Livia González, cómplice silenciosa de Aleph
En «Quehacer Cultural» (Manizales, Oct. 2016)
“Ha sido el gran bastión de la familia, y el soporte ineludible de las tareas en las que he estado involucrado, con Aleph vigente desde los primeros tiempos de nuestra relación. Lectora voraz que me ha honrado con la selección de los libros que va tomando entre manos. Lo que escribo pasa siempre por su lectura crítica, hasta conseguir el tono y las maneras más adecuadas de expresión. Correctora acompañante de las pruebas de la Revista, aunque suelen pasársenos gazapos, pero con la curia de tomar su ejemplar al salir de imprenta, la lee de seguido, de primera a última página, y con lápiz en mano señala los escapes que tuvimos en el proceso de corrección.
Su capacidad didáctica, pedagógica, es sorprendente. Suele inventarse procedimientos y maneras para que los otros asimilen con rapidez y alegría. De ahí su interés en la formación de los niños, a partir de las artes.
Y una afición que lleva con devoción y buen gusto: tejer con agujas y bordar, en las más variadas técnicas, con sorpresivos resultados, y tantos más en ese arte/oficio del cruce de palitos, el encaje de bolillos, con muchos hilos desplegados en especie de tambor (la “máquina”, pero sin motor), que se entrecruzan mil veces, a ritmo sostenido, para el avance de la franja, o la carpeta, o el cuello de margaritas, o cuanta figura se le ocurre, cuadrada, circular, rectangular, rombo, o con las irregularidades que se quiera, con el punto de filigrana, o trenzas y canastillas, o el ribete en la orilla, y hojas, o grupos de arañas… Recuperación de tradición anclada en la vieja Europa, con museo en el puerto de Brujas, que con pasión visitó –conmigo- hace unos años. Los resultados son arte de artesanía, con magia en las manos. Quizá es otra manera de sublimar la música que lleva dentro. Es una excelsa mezzosoprano e intérprete del violonchelo. Durante 30 años profesora de música en la Universidad de Caldas. Gestora del programa de iniciación de niños en la música, de 4 a 6 años.
Si algo he ido haciendo de positivo por la vida, no cabe la menor duda que a ella se debe en lo principal”.

Con estas palabras se refiere el Maestro Carlos-Enrique Ruiz a su esposa desde hace 43 años, Livia González de Ruiz. Se conocieron hace 54 años cuando todavía eran estudiantes, él de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional, ella de Música en la Universidad de Caldas.
Ahora, con motivo de los 50 años de Aleph (2016, 178 ediciones) que se cumplen este mes de octubre, conversamos con ella en su casa situada en el Barrio Alta Suiza de Manizales, donde, al mismo tiempo que la revista, levantó con Carlos Enrique una familia de tres hijos y cinco nietos, casa en la que se transpira afecto por todas partes: en las personas que la habitan, en la biblioteca, en la inmensa colección de cuadros originales, en los cientos de manuscritos, grabaciones y correspondencia con personajes de todo el mundo, en el piano, en los bordados y tejidos que realzan los muebles y en la colección completa de Aleph, un patrimonio cultural inconmensurable que Livia cuida amorosamente.
Si, Carlos Enrique fue el creador y es cabeza de la revista Aleph, Livia ha sido la cómplice silenciosa. Ella, con su natural ponderación y sencillez, expresa las emociones vividas en este trasegar intelectual de medio siglo, muchas de alegría, otras tantas de decepción. Pero en pocas palabras y lo que importa: ha sido una tarea ininterrumpida hecha con pasión.
– ¿Cómo recuerda los inicios de Aleph?
R/. Carlos Enrique siendo estudiante en la Universidad Nacional se empeñó en hacer una revista pequeña cada tres meses, como ha sido siempre, parte técnica y parte humanística que editaban en la misma institución. Al poco tiempo la sancionaron porque les pareció subversiva, peligrosa. Fue la misma época en que expulsaron de la universidad a Rubén Sierra, a Guillermo Páramo y a otros profesores. Dice Carlos Enrique muy graciosamente: siquiera echaron a la revista y no a mí. Desde entonces la seguimos haciendo por nuestra cuenta.
– ¿Usted se considera el polo a tierra, el poder detrás del trono o un Sancho Panza de Carlos Enrique?
R/. Creo que lo último porque siempre estoy detrás, pendiente de lo que él necesita, de lo que hay que hacer: ayúdeme a encontrar esto, vamos a buscar aquello, llámeme a fulano de tal (a CE no le gusta hablar por teléfono), consígame esto o aquello. Soy la primera que lee los artículos, especialmente antes del internet porque claro, llegaban en papel. En la parte del contenido no intercedo ya que Carlos Enrique es muy idealista y obstinado y mientras consigue lo que se propone no interviene ni la Virgen María.
– ¿Cómo ha logrado compartir los roles de mamá, ama de casa, profesora, esposa y coequipera de la Revista, y además borda y teje?
R/. No tan difícil. Viéndolo desde ahora diría a qué horas hice todo eso, que cansancio, pero cuando uno está joven puede con todo. A veces me agobia más ver trabajar a Carlos Enrique, es incansable. Le digo, por favor, no más porque ya no vas a ver los errores, descansa. Es tan no descansa que pocas veces en su vida laboral tuvo vacaciones. Solamente ahora que estamos jubilados empezamos a disfrutar, a salir juntos, a hacer un paseíto, pero todavía es difícil. Le sugiero ir a Alemania donde el hijo pero a estarnos siquiera tres meses, que valga la pena la salida, y él dice pero mi cátedra, mi clase, no se puede. Trabajando es feliz, un trabajo intelectual permanente, porque de resto no tiene idea de calentar un agua, se le pasa de punto.
– Hay un tema álgido para cualquier publicación, especialmente si es cultural ¿Cómo han logrado la financiación de la revista durante tantos años?
R/. Al principio, cuando teníamos avisos era terrible porque me tocaba ir a mí a cobrar, y eso es lo más humillante, es como pedir limosna. Menos mal él dijo, esto no nos puede volver a pasar, la seguimos haciendo por nuestra cuenta, hasta que apareció José Fernando Isaza, quien afortunadamente le dio la mano durante el tiempo que fue Presidente de Mazda. Pero llegó un señor nuevo, no le pareció interesante y acabó con todo. Es complicado, y por eso en un momento dijimos si la podemos publicar por nuestra cuenta lo hacemos, de lo contrario no la sacamos más y así lo hemos podido sortear sin tener que pedirle nada a nadie.
– La revista Aleph se ha distribuido durante sus años de existencia por todo el mundo. ¿Tienen registro de las colecciones que existen?
R/. Hay colecciones en muchas partes. Cuando estuvimos en Berlín en el Instituto Iberoamericano, entramos, Carlos Enrique se presentó y una niña en ese momento estaba catalogando la revista. Allí tienen la colección completa, también en universidades de Estados Unidos, Brasil, Costa Rica, España, en el Instituto Cervantes. Por supuesto en Colombia en bibliotecas y otras instituciones académicas.
– Guardan ustedes un inmenso acervo de manuscritos, grabaciones, cuadros, correspondencia, fotografías, una biblioteca de más de 12.000 volúmenes, todo un testimonio de la vocación científica y humanista que ha acreditado la Revista durante su larga vida. ¿Han pensado en el destino de estos valiosos archivos?
R/. Antes de tanta tecnología, el contenido de la revista se conseguía por teléfono y por carta, así que hay mucho material con personajes de todo el mundo. Yo le ayudo a organizar los archivos, pero es mínimo lo que se ha hecho en comparación con lo que hay. Instituciones como la Universidad Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, entre otras, han mostrado su interés en estas colecciones. Pero, además de que a Carlos Enrique le da mucho trabajo desprenderse, habría que entregarlo muy bien clasificado, una labor muy compleja. Yo le insisto que done en vida porque nadie lo va a comprar, es muy difícil y si se queda aquí, cuando faltemos, es un encarte para los hijos, no tienen espacio en sus casas. Esto tiene que quedar en un lugar donde la gente lo pueda disfrutar. No se cómo vamos a solucionar este dilema, mejor dicho, es que no nos podemos morir!!!
– Cuéntenos alguna anécdota que recuerde con cariño de tantos viajes, personajes, tanto mundo explorado.
R/. Sí, recuerdo una muy especial para mí. Cuando fuimos a Burdeos hace 14 años más a menos a conocer a Emma Reyes. Qué mujer extraordinaria. Ella se carteaba mucho con Carlos Enrique y supimos que había sido la primera esposa del Maestro Guillermo Botero. Carlos Enrique le contó la historia que le había relatado el Maestro sobre su relación y ella dijo eso no es así, eso es al contrario. Fueron dos días maravillosos. Me regaló una pintura pequeña y a los dos años nos mandó 80 originales más.
– Finalmente Livia. ¿Qué significa para usted la revista Aleph?
R/. La revista Aleph ha sido la obsesión de Carlos Enrique toda la vida y yo vivo muy contenta de que él haya podido realizar esta labor, una labor titánica. Que en un viaje que hagamos él diga: que bueno entrevistar a este, que bueno ver a aquel, es una maravilla. La Revista es un legado muy valioso y estéticamente es muy linda. Vivimos muy satisfechos de poder sacarla y lo mejor es que tenemos muchas expectativas motivados por nuestros 5 nietos.
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Medio de difusión de la actividad Cultural de Manizales.
Directora: Maria Virginia Santander Mejía.
Manizales