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Hannah Arendt, una personalidad en contexto

Ha habido una tradición bárbara, preponderante, de subvalorar y desconocer la calidad científica, artística y de pensamiento de las mujeres, en algo atenuada con el paso del tiempo. Sinembargo, han aflorado con singularidad desde épocas más antiguas. Por los años más recientes se ha desplegado el grito por reivindicarlas y darles el reconocimiento como singularidades humanas, en virtud de la alta formación, de sus desarrollos incluso de liderazgo, con obras fundamentales. Un caso de alto significado, entre muchos otros, es Hannah Arendt (1906-1975), mujer surgida a pulso en medio de las más atroces dificultades, perseguida, encarcelada, migrante, escindida con el mundo. Pensadora en los temas cruciales de nuestro tiempo, con apego al estudio de las diversas vertientes de expresión, ajena a cualquier dogmatismo de credo, de política, de filosofía y a los ismos, con independencia absoluta y actitud recia en la escritura y en la voz pública. Se autocalificó como una persona políticamente incorrecta.

Dispuso la idea de pensar no para conocer, sino para esclarecer las situaciones de lo bello y lo bueno, al igual que de sus contrarios, lo feo y lo malo. Al pensamiento político lo enmarca en la capacidad de juzgar, a diferencia de lo que ocurre con los caudillos en sus perseverantes procesos para controlar a las personas, con deseos de control absoluto. La esencia del intelectual la asimila a la capacidad de generar ideas, a partir de las experiencias personales, con vínculo a la realidad con posibilidades en contribuir a los avances y a las transformaciones, con la conversación como intermediaria. En la libertad dispuso siempre la capacidad de disentir. El sentido de la responsabilidad lo vincula a la reflexión sobre lo que hace la persona o lo que se propone hacer, incluida la previsión de las consecuencias por asumir. Tuvo la convicción del capitalismo no haber sido un sistema económico planeado ni previsto por nadie; cosas de esas extrañas en la historia, pero por fortuna se fue generando un sistema legal, con fronteras y estímulos, y amparo a los individuos. Tuvo preocupación bien fundada por la pérdida de la confianza, el deterioro de la armonía del poder y el vacío en la credibilidad, cuestiones acuciantes en nuestro tiempo, sin nadie saber qué va a pasar en el futuro, algo así como dependencia del azar. Y lo que ocurrió alguna vez podrá volver a repetirse.

Sus libros fundamentales han renacido en el estudio, las reediciones, los debates, con presencia de actualidad, así: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), La banalidad del mal (1963), Hombres en tiempos de oscuridad (1968), Sobre la violencia (1970)… Muere cuando termina su obra La vida del espíritu, con edición póstuma. Asistió al juicio de Eichmann en Jerusalén y dejó el testimonio en juicioso y grueso volumen (1963). Fue ejemplo emblemático en sus relaciones con respeto recíproco, transparencia y sentido de la igualdad. Ejerció y fomentó la conversación, como desempeño en la vida activa, sin ser ajena a los momentos de guardar silencio. Su pasión en la vida fue el pensamiento, con aplicación continua en la reflexión libre de problemas, de posiciones, para tratar de comprender los acontecimientos del mundo, las actitudes de los gobiernos y de los líderes políticos.

No fue propiamente una filósofa, puesto que su aplicación preponderante estuvo en la ciencia política, pero de difícil exclusión el ocuparse de aquella. Incluso tuvo desarrollos sobre la filosofía política de Platón. Fue admiradora profunda de Sócrates, su gran compañía intelectual, y tuvo gusto especial por la poesía griega; querencia por la poesía de Rilke y de Mandelstam, y por obras como las “Confesiones” de San Agustín y el “Así habló Zaratustra” de Nietzsche. Conocedora y divulgadora de la obra de Kant, por ejemplo en un seminario en Nueva York, donde profundizó en los conceptos de desinterés e imparcialidad. Fue profesora activa e ilustrada en muchas universidades en EUA, entre ella en Princeton, en California (Berkeley), en Columbia, en Chicago, en Nueva York,… Participante en foros, debates, conferencias públicas, con libertad de análisis y sostenida argumentación en sus tesis.

Su talento de asombro se asoma cuando a los catorce años se ocupa de leer con entusiasmo la Psicología de las concepciones del mundo, de Karl Jaspers, de quien fue alumna, reconociendo que él fue quien la educó en el ejercicio de la razón. Llegó a decir: “donde Jaspers aparece y habla, se hace la luz”. De igual modo fue también alumna de Husserl y de Heidegger, con quien tuvo intensa relación; se conserva publicada la correspondencia entre ambos (1925-1975). Fue una relación fecunda en el diálogo, con examen de temas, incluso tuvo la fortuna de recibir escritos recientes de él para lectura y opinión. Hannah, en quizá su último encuentro con Heidegger le pregunta por una inquietud que la absorbe: ¿Cuál es la realidad del estado en que nos encontramos cuando pensamos?  Él le explica que el proceso de pensar es balbuciente, incluso hasta hacerse inaudible en medio del bullicio del mundo.

Heidegger le escribió a Hannah el poema intitulado Aquella que viene de otra parte: “Otra parte,/ allá donde estás, en otra parte,/ ¿cómo es?/ … Fortaleza de encanto,/ mar de amargura,/ la desolación del deseo,/ primera luz de un adviento./ Otra parte, donde está en su casa esa mirada única/ que estrena un mundo./ Estrenar: operar el sacrificio. […]”

La Arendt le escribe a Jaspers el poema: “Correré como corría entonces/ por los prados, los bosques y los campos:/ tú seguirás siendo, igual que entonces,/ el saludo más íntimo del mundo./ Después contaremos los pasos/ en la lejanía y en la proximidad;/ después explicaremos esta vida/ que fue el sueño de todo instante.”

En su tarea de pensar asume que la reflexión es lo único que puede ayudar a dialogar en las diferencias para resolver cuestiones que contribuyan a formar una sociedad mejor, con justicia y libertad, más humano, con librepensamiento, así en ocasiones históricas y de lugares la actitud de pensar es de peligro, con riesgos. Pero necesaria para construir opciones de mejor vida. Examinó la situación del totalitarismo, como encrucijada de dominación total del hombre, sin límite en el tiempo. Investigó en profundidad, con desarrollos singulares, sobre la causa que ocasionan el mal, incluida la violencia política. Tuvo la convicción en la fortaleza del bien, con recursos dispuestos en la humanidad para cimentar el bien común, hacia una sociedad más fraterna. Asimismo, creyó en la posibilidad de una “ley moral”, de compartir por todos. Sinembargo, no dejó de advertir los tiempos sombríos, con la necesidad de comprender lo que ocurre y buscar las maneras de afrontarlos, para estar en contexto con la realidad.

En la proximidad de su muerte (ocurrida el 4 de diciembre de 1975) concluyó su última obra: Diario filosófico, publicada póstumamente. Allí se lee: “La verdad es el más elevado signo del pensamiento […]. Sin pensamiento no hay verdad.”  Hannah Arendt es la pensadora de alto significado en la comprensión de estos tiempos sombríos, con capacidad de diagnosticar lo que ocurre, con la convicción en la fortaleza de la humanidad para encontrar la superación de las personas y de la sociedad, con sentido del espíritu fraterno. Su paso por la vida fue una seducción por comprender la plenitud del ser humano.

Lápida de Hannah Arendt en Bard College en Annandale, Nueva York

[Versión más corta en “La Patria”, domingo 12.X.2025; p. 20]

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