Unos recuerdos
1.
Desde niño uno imagina y sueña futuros posibles. Avanza hacia ellos día tras día: a veces con la certeza de que se cumplirán y podrá navegar esa realidad soñada; otras, la indecisión los detiene y se van apagando con el tiempo, hasta caer en el olvido o el desencanto.
He sido un soñador. Imaginé ciudades, rutas que llevaran a sitios desconocidos y afectos sin fin. Algunos sueños llegaron; otros se desvanecieron.
Fue en Montreal, a finales de 1993, recién llegado a la ciudad. Allí sentí que un sueño empezaba a cumplirse. Caminaba a la deriva bajo el final del otoño, tiempo en que los vientos fríos del norte golpean sin clemencia y las primeras nevadas caen como aviso de la llegada del invierno, ese tiempo en que la ciudad se recoge y uno mismo siente que algo está por ponerse a prueba. Avanzaba a la deriva, sin rumbo fijo, dejándome llevar por sus calles, por su arquitectura, por el pulso de la ciudad y por esa diversidad humana que se adivina en los rostros de quienes llegan de todos los rincones del planeta. Había algo en ese paisaje frío y misterioso que me hacía pensar que estaba viviendo uno de mis sueños de juventud.
Por esos días se inauguraba, en el departamento de diseño y arquitectura de la Universidad de Montreal, una exposición del diseñador y arquitecto italiano Achille Castiglioni, acompañada por una conferencia. Allí estuve, atraído por la exposición, porque quería verlo y escucharlo, y también porque quería un par de afiches: uno para mí y otro para enviar a la Escuela de Diseño Visual de la Universidad de Caldas.
Mientras lo escuchaba, me preguntaba qué diablos hacía yo allí: la charla era en italiano, traducida al francés. No entendí nada; solo me dejé llevar por las imágenes, y antes que terminara la conferencia salí rápido hacia la sala de la exposición para preguntar por los afiches. Al llegar, vi que la persona encargada era una mujer demasiado bella y elegante, con un sorprendente parecido a Sophie Marceau. Eso me intimidó y no fui capaz de preguntar. Salí al rato, desanimado, sintiéndome tonto y diciéndome a mí mismo: Carlospineda, si no es capaz de pedir un afiche, que diablos va hacer aquí?. Pero al avanzar dos cuadras apareció, como enviada para la ocasión, una frase de Shakespeare que dice algo así como que el atrevimiento va más allá de lo que la imaginación alcanza.
Me di vuelta y regresé. Fui directamente a la mujer a preguntarle, en inglés, por los afiches. Para mi sorpresa, respondió con amabilidad: Claro, cuántos quieres?. Le dije: dos. Fuimos a un pequeño salón donde los guardaban. Ya en confianza, le conté que había sido invitado por la Universidad de Guelph a dar unas charlas sobre mi trabajo en Colombia, y le pregunté si sería posible hacer algo similar en el departamento de arquitectura. Ella respondió: “Vuelve mañana, al final de la mañana, y hablamos con el director”. Salí con los dos afiches, contento y sintiendo el frío amable.
Esa noche seleccioné cien diapositivas, las mejores que tenía: una revoltura de diferentes temas. La mañana comenzó llena de ansiedad. A las once en punto llegué a la U y me encaminé con Ann Marie hacia la dirección. Albert Leclerc nos recibió y nos recomendó visitar a un profesor. Fuimos, y resultó ser un gruñón, pero generoso a su manera. Tras decir que no sabía nada, de pronto dijo: Attendez une minute. Nos envió a la diathèque, el lugar donde se conservan las diapositivas.
Allí nos recibió Ginette Melançon-Bolduc, responsable del archivo. Ann Marie le explicó lo que quería y qué buscaba. Ginette pidió ver las fotos. Las montamos en un carrusel y comenzamos a proyectarlas, una tras otra, como quien revela una historia íntima. Ella las observaba con cuidado. Llamó a su asistente, Alphonse, y entre los tres seguimos observando, sin prisa, dejando que cada imagen encontrara su propio tiempo. Al final, Ginette dijo algo que me llenó de alegría: Me interesa tu trabajo. Haz una selección amplia de arquitectura y la vemos el lunes.
Ese fin de semana lo pasé seleccionando diapositivas. Fue un refugio: un antídoto contra los vientos fríos y contra mis dudas. Me acompañaba una mezcla de expectativa, optimismo y serenidad, como si la vida estuviera dispuesta a ofrecerme algo que yo mismo había convocado con el atrevimiento. Y así fue.
Llegó el lunes. La proyección gustó y, para mi sorpresa, Ginette dijo que quería comprar las fotos de Machu Picchu. Acepté venderlas, aunque eran copias únicas; no me importaba, a Machu Picchu podía regresar. Pero lo decisivo vino después: mencionó que estaban trabajando en un proyecto sobre la ciudad subterránea de Montreal, que necesitaban fotografiarla y me preguntó si yo podía hacer las imágenes. Mi dicha fue enorme. Sentí que había llegado al lugar preciso, en el momento indicado. Acordamos el costo, duración del trabajo y las condiciones de pago, y ahí entendí el esfuerzo que se avecinaba: solo pagarían la totalidad una vez terminado el proyecto. Mis ahorros eran limitados.
Comencé a tomar fotos al día siguiente. Era un trabajo que me encantaba y para hacerlo debía recorrer toda la ciudad subterránea: una red de más de treinta kilómetros de túneles que conecta conjuntos residenciales, centros comerciales y estaciones de metro. Aprendí a moverme bajo tierra y la recorrí toda. Era fotografía análoga y debía mirar bien antes de tomar cada foto. Salía con tres rollos de diapositivas y no podía desperdiciar nada.
Fue un tiempo exigente. Cuando los ahorros llegaban a su final, tuve que organizarme con juicio: un pan tajado de quince rebanadas para siete días, arroz y fríjoles como menú y raciones cada vez más ajustadas. No era miseria, era una disciplina forzada para sostener y terminar el proyecto. Pero el cuerpo también lleva sus cuentas, y en ese equilibrio tenso terminé enfermándome. Lo sentí un día subiendo las escaleras del metro: sudaba, me faltaba el aire, estaba débil. Me estaba desangrando por culpa de una úlcera, fruto de no alimentarme bien. A veces los sueños tienen un precio alto. Fue una etapa dura, sí, pero sobre todo reveladora.
Fui al Hospital Judío. Me atendieron de inmediato. Me examinaron y me hicieron un lavado gastrointestinal. Luego me dejaron en una camilla, esperando los resultados. Al poco rato llegó una enfermera con una bata verde en sus manos; me miró y dijo, en pocas palabras: “Estás mal. Te quedas en cuidados intensivos”. No pensé nada. No sentí nada. Solo tuve la certeza de que estaba en un lugar del que iba a salir bien. Salí con la promesa de no recordar ese momento y con la esperanza que no volviera a suceder. No conté nada en la Universidad: seguí trabajando y, a los pocos días, terminé el proyecto. Recibí mi pago, cambié el cheque y, muy contento, fui primero a un restaurante a darme una buena comida y luego a comprar un nuevo lente para la cámara.
Seguí realizando proyectos para la universidad: los parques naturales de la ciudad, los nuevos desarrollos urbanísticos y arquitectónicos, los estudios sobre la multiculturalidad y la multietnicidad en la metrópoli, y otros más. Fueron años intensos. Y entonces, casi sin buscarlo, otro sueño vino a cumplirse.
Al terminar mi carrera en Diseño en la Universidad Concordia, me llamaron de la U de M para digitalizar el archivo análogo del departamento de arquitectura. En la oficina donde trabajaba llegaban los nuevos libros para la biblioteca: arquitectura, diseño, imágenes de obras recientes y teoría. Mientras escaneaba cada fotografía, iba hojeando esos libros y asomándome a la arquitectura contemporánea. Un día me atreví a decirle a Marc Waller, director de la biblioteca, que el archivo necesitaba una actualización para estar a la altura de lo que estaba ocurriendo en la arquitectura en el mundo. Para mi sorpresa, simplemente respondió: “Pásame un proyecto”.
Mi alegría fue inmensa. Lo tenía clarísimo. Quería recorrer toda la costa oeste de Norteamérica, desde Vancouver, en British Columbia, hasta San Diego, en California. Ya conocía, a través de los libros, la obra de Rem Koolhaas, Frank Gehry, Zaha Hadid, Rafael Moneo y muchos otros. Y sabía lo que significaría para mí recorrer esas obras, verlas con mis propios ojos, sentir de cerca esa mezcla de poesía y atrevimiento que sus creadores soñaron y realizaron. De Gehry, recién fallecido, me extasié con sus obras del Museum of Pop Culture (MoPOP), en Seattle, un tributo a Jimi Hendrix y el Walt Disney Concert Hall, sede de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (LA Phil).
Siguieron otros viajes: Europa, otras regiones de Norteamérica, África. Siempre planeaba las obras que quería fotografiar y llevaba una carta de la Universidad de Montreal para acceder a ellas. Eso me permitía moverme con tranquilidad, tener la entrada libre y fotografiar con trípode, que en muchos museos está prohibido, y obtener información sobre cada edificio. Atreverme a decir que un archivo estaba incompleto me abrió las puertas de muchas ciudades, me llevó a gente maravillosa, sitios bellos y me permitió ver la arquitectura de la mejor manera: caminándola. En cada caminada encontré algo que no estaba en los libros ni en los planos. Fue entonces cuando comprendí que los viajes no solo ampliaban el archivo de la universidad; también mantenían vivo el mío, el más íntimo, el que se alimenta del asombro. Y quizá por eso, sigo preparando el morral hacia sitios desconocidos, porque en cada viaje nace otro deseo.
Cuando se es niño, las ideas y las circunstancias son fugaces: llegan, iluminan un instante y se van. Cuando se es joven, en cambio, los sueños se idealizan; nos volvemos poetas de nuestra propia realidad, de aquello que sostiene nuestro mundo. Y es precisamente en esa etapa, en ese territorio de asombro, de imaginación intacta, donde deberíamos permanecer siempre: conservar jóvenes las ilusiones, los sueños, el corazón, y viva la curiosidad de mirar el mundo como si fuera la primera vez.
(Dbre. 2025)
2.
Me gusta cómo la fotografía nos lleva a otros tiempos; en ella la memoria se afianza, los recuerdos se avivan y comienza un viaje que también despierta los sentidos.
Era el año 1996.
Decidí hacer un viaje a la isla CapeBreton, Nova Scotia, Canadá; quería conocer a Robert Frank en su casa, a unos cuantos kilómetros de Mabou, un pintoresco pueblo en su costa occidental.
La aventura comienza en la bella, generosa y amada Montreal. Tomé el tren hacia Sackville, en New Brunswick. Allí me hospedé donde mi amiga Liam Simpson, en las residencias de la Universidad de Mount Allison, y luego pasé unos días en la reserva indígena de Mi’kmaq donde tuve mi segundo encuentro con un oso: negro, por fortuna. Otro día contaré con calma mis encuentros con los osos.
Quería recorrer la isla a pie y en auto-stop. Liam me condujo hasta el puente de Canso, la frontera entre Nova Scotia y Cape Breton. Hacer auto-stop es una delicia, sobre todo en un país seguro como Canadá.
La primera persona que me recogió fue el padre de un jugador profesional de Jockey; iba hacia la caballeriza que su hijo le había regalado. Luego me llevó hasta Mabou. Allí pregunté si alguien conocía a Robert Frank y, por supuesto, la respuesta fue que sí: en un pueblo pequeño nadie pasa desapercibido. Me señalaron el camino. Su casa quedaba a unos 12 kilómetros del pueblo, por una carretera destapada y solitaria en un paisaje de ensueño.
Comencé a caminar, era finales del verano y, con ese clima amable, avanzar por esa carretera solitaria era casi un privilegio, un regalo de la naturaleza.
Al cabo de una hora, una camioneta azul apareció en sentido contrario; al pasar, sus pasajeros levantaron la mano y yo respondí al saludo. Seguí caminando. Unos 45 minutos después, la misma camioneta regresó y se detuvo a mi lado. Una mujer hermosa, de pelo largo y canoso, bajó la ventana y me preguntó: “Do you want a ride?”. Respondí: “Oh yes, sure, thanks a lot.”
Cuando se detuvo para dejarme, le agradecí y pregunté si conocía a Robert Frank. Ella sonrió, como si revelara un secreto, y dijo: “Claro que sí, soy su esposa.” Quedé sorprendido y fascinado: era la mismísima June Leaf. No cabía de la emoción y, como suele pasar en esos momentos, uno saca a relucir cierta torpeza; no sabía qué decir y balbuceaba. Le pregunté si podía conocer a Robert Frank, pregunta que no pareció entusiasmarle por el gesto que hizo. Me dijo que estaba un poco enfermo y que, si lo saludaba, fuera apenas un momento. Llegamos a su casa de madera. En el patio, entre la ropa colgada, estaba él: algo malhumorado, hablando en un español sorprendentemente bueno, y sin permitirme tomarle fotos. A pesar de su negativa de tomarle una foto sentí la dicha rara y luminosa de esos encuentros que parecen un guiño del destino: conocer a June Leaf y saludar, aunque fuera brevemente, a Robert Frank, uno de los grandes fotógrafos, que junto a Josef Koudelka y Sergio Larraín más han marcado mi mirada.
Seguí mi camino alegre, cantando con mi voz destemplada y duro porque estaba seguro de que nadie me escuchaba; solo las olas del mar y la arena de la playa me acompañaban.
Después de caminar un rato sucedió lo que menos esperaba: mi morral se estropeó. Se reventó una varilla y así era imposible continuar. Intenté arreglarlo amarrando una vara de madera; creí haberlo logrado, pero al rato la vara también se partió. ¿Y ahora qué hago?, pensé. Mi idea era quedarme en el cabo tres semanas, caminando por sus playas y senderos y fotografiando sus bellos paisajes marinos. Lo bueno era que había visto en persona a Robert Frank. Lo malo: que así, con el morral roto, no podía continuar.
La ruptura del morral me salvó la vida. A veces la vida, de forma sigilosa, hace ciertos llamados de atención que nos obligan a detenernos, a mirar alrededor, a pensar, a saber que hay cosas que transitan por los laberintos del misterio. Yo no había tenido en cuenta el horario de las mareas y, si hubiese continuado, seguramente habría quedado atrapado entre unos acantilados cuando la marea comenzara a subir.
Cargando el morral en mis brazos, (qué cosa más harta), regresé a una parte segura de la playa. Me senté en una roca, mirando el horizonte, preguntándome qué hacer. Triste y preocupado, divagaba entre las posibilidades: ¿acampar ahí mismo? ¿volver a la casa de June y Robert F? No… no me sentía cómodo regresando a pedir ayuda. Mmm… esas situaciones no son precisamente agradables.
De pronto llegó un auto. Un hombre alto descendió y me saludó con amabilidad. Me preguntó cómo estaba; respondí que bien, pero él me miró como diciendo: ¿seguro? Le dije: no, la verdad no muy bien. Le conté que el morral se había dañado y así era imposible seguir la travesía que tenía planeada. Cuál travesía, preguntó. Le conté y me dijo: “¿Estás loco? Imposible, te hubiera llevado el mar”. Sonrió y añadió: “Voy a caminar una hora por la playa. Si quieres, me esperas y te llevo de regreso a Mabou; de pronto allá encuentras un repuesto para tu morral”.
Lo esperé, ya más tranquilo, dejándome llevar por las manifestaciones del azar. El hombre regresó y volvimos juntos a Mabou. Fuimos a la única tienda de deportes y aventura y, claro, no estaba el repuesto: pailas. Para completar, el transporte público era un solo bus al día hacia Halifax, que entró en mis planes después de la ruptura del morral. El camino es una línea que conduce a lo que somos y así se reconoce en cada uno a uno mismo; bien lo dijo Whitman.
John —John Livingston—, productor y director de cine, me invitó a cenar y a quedarme en su casa. Compró pescado, verduras y vino para la cena. Llegamos a su casa en medio de un bosque de arces, y allí apareció el asombro: era un sitio autosostenible, producía su propia energía con una noria gigante y tenía su propia agua. Una persona afortunada.
Me dijo: “Vete a tomar fotos y regresa en una hora para la cena”. Yo, encantado, pensaba en la generosidad de la vida y en lo afortunado que era: conocer semejantes personajes y llegar, por azar, a un lugar maravilloso. Salí a fotografiar un poco y lo que veía me llenaba de admiración.
Regresé para la cena; conversamos un buen rato y, al terminar, John me mostró el espacio donde dormiría: una enorme sala llena de películas y monitores. No vi ninguna. Preferí leer y pensar en lo que había pasado esa mañana. ¿Dónde estaría si el morral no se hubiera roto? Quizá ya no estaría.
Llegó el amanecer, acompañado por la suave luz de finales del verano, comienzos del otoño. Yo seguía rumbo a Halifax, seguro de que allí podría reparar mi morral o encontrar el repuesto. John preparó un buen café y luego el desayuno, mientras yo me alistaba para esperar el bus.
John Livingston no paraba de reírse al verme luchar con el morral estropeado, hasta que dijo: “Te presto uno. Es de mi esposa, así que cuídalo bien. Cuando llegues a Montreal me lo envías. Dame una dirección para mandarte el tuyo”.
Mi alegría era inmensa pues retomé el camino hacia Chéticamp. Allí, entre pescadores, el francés áspero de los acadianos, el viento, la mar, los primeros colores del otoño y aquel árbol que, con sus hojas caídas bordaba de color la hierba, entendí que el viaje no había sido hacia Cape Breton para conocer a Robert Frank, sino hacia las personas que la vida pone en el camino. Cada encuentro es una conversación con el azar, una celebración de coincidencias en medio de la eternidad.
En la fotografía se encuentra el eco de la memoria: una luz tenue que nos recuerda que estamos hechos de encuentros, de pérdidas y de esos instantes que, sin saberlo, nos cambian para siempre. Al mirar el autorretrato, comprendo que lo importante no es llegar, sino todo aquello que el camino decide enseñarnos y confiarnos.
(Nov. 2025)
PD: muchas fotos están aquí:
https://calypso.bib.umontreal.ca/…/_diame/id/4416/rec/31