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Reconocimiento del Japón al Académico/Humanista Guillermo Páramo-Rocha

1. Ofrecimiento del Sr. Embajador Takasugi Masahiro

Distinguidos asistentes,
Familiares, amigos y colegas
del profesor Páramo

         Buenas tardes

Me complace saludarlos y darles una cordial bienvenida a esta ceremonia de entrega de la Distinción del Ministro de Asuntos Exteriores del Japón al doctor Guillermo Páramo Rocha.

Deseo, asimismo, expresar mis más sinceras felicitaciones al doctor Páramo por este merecido reconocimiento, otorgado en agradecimiento a su generoso y constante apoyo a las actividades relacionadas con la difusión del idioma y la cultura japonesa en Colombia, especialmente a lo largo de su destacada trayectoria académica y laboral en la Universidad Nacional de Colombia.

Demás está decir que durante su gestión, el doctor Páramo se distinguió por su tenacidad y compromiso con una transformación profunda del sistema educativo, orientada a descentralizar la educación superior y acercarla a las regiones del país. Gracias a su liderazgo, las brechas educativas entre regiones han disminuido continuamente por la apertura de diferentes sedes dentro del país, así como la puesta en marcha de UN Televisión, canal que fortaleció el vínculo entre la Universidad Nacional y la sociedad colombiana.

Siendo el gran conocedor del país, el doctor Páramo ha mantenido siempre un firme compromiso con el diálogo intercultural y la cooperación académica internacional. Fruto de este interés, en 1995 fue beneficiario de una beca de la Fundación Japón, que le permitió realizar una visita académica a universidades y centros culturales en diversas ciudades del país. Igualmente, ha estudiado por varios años la obra del profesor Hayao Kawai, brillante sicólogo

clínico japonés y gran conocedor de la cultura japonesa, a quien el doctor Páramo tuvo el privilegio de conocer durante su visita al Japón. Aquellas experiencias, entre otras, consolidaron su vocación por el entendimiento mutuo entre nuestras sociedades y por la creación de espacios de aprendizaje y colaboración entre Colombia y Japón.

Junto con su esposa, la Sra. Luz Stella, sus profundos intereses por Japón y su cultura han servido, además, como un puente de amistad entre ambas naciones. Desde su labor docente y directiva, apoyó con especial entusiasmo las iniciativas orientadas al estudio del idioma japonés, los intercambios académicos y las actividades culturales que acercaron a estudiantes y profesores colombianos a la riqueza del pensamiento y las tradiciones del Japón.

Como rector de la Universidad Nacional de Colombia, fomentó un diálogo abierto con los estudiantes, del cual surgieron diversos grupos dedicados a la difusión de la cultura japonesa dentro de la institución. Gracias a su esfuerzo en traer voluntarios de JICA a la Universidad, se inició un valioso intercambio, del cual el Grupo de Cultura Satori se conserva como herencia. Ellos continúan compartiendo hoy en día la cultura japonesa mediante clubes de lectura, proyecciones de cine y actividades organizadas, en ocasiones, en colaboración con la Embajada del Japón en Colombia.

En este sentido, en reconocimiento por su contribución al fortalecimiento de la promoción de la cultura japonesa en Colombia y el mutuo entendimiento entre nuestros países, en nombre del Ministerio de Asuntos Exteriores del Japón y del pueblo japonés, es un honor para mí hacer entrega del diploma de distinción, al tiempo que le reitero mi más sincera felicitación.

Muchas gracias.


2.  Palabras de Guillermo Páramo, en respuesta

Saludo al señor Embajador, al señor presidente de la Academia Colombiana de Ciencias; a la señora representante de la Universidad Nacional; a los señores miembros de la Embajada; a la señora Sakihara, una colega muy importante en la Universidad Nacional, y a los demás invitados especiales.

Un pobre viejo con un cuenco con comida escribe tres versos; 17 sílabas en total:  “El mundo está bien, otra mosca se ha parado sobre el arroz”. Se trata de un haiku, esa forma de poesía japonesa extraordinariamente breve, producto de una evolución del tanka del siglo VIII, que tiene el propósito, primero, de conectarse con la estación en el año y por eso con la naturaleza, y luego, de expresar un sentimiento que no se hace explícito sino que apenas se sugiere. Ese mismo viejo, muy pobre, ha escrito otros haikus parecidos: “Tratando de matar una mosca, rompí una flor”; “Cubierto de mariposas, el árbol muerto, florece”.

Se ha interpretado el primer haiku como una invitación a la mosca a compartir la pobreza; como una ironía sobre la propia miseria. Yo creo, sin embargo, que ese haiku, cuando se le pone a tono con los otros dos, expresa mucho más. El mundo está bien: ¡hay arroz!. El mundo está bien, hay moscas, ¡hay vida!. Ese es un sentimiento que se refleja en muchas de las obras artísticas japonesas, principalmente, las del periodo que mencionaba el señor Embajador, el momento en el cual el Japón está por abrirse a Occidente. Esa manera de pensar y de sentir me ha conmovido porque me vincula de manera personal con ese mundo cultural, pues yo también amo las moscas, las mariposas, los insectos.

Kobayashi, quien escribió este poema tiene muchos haikus sobre insectos; en ellos habla de las moscas, de las mariposas, de las libélulas, de las pulgas. Leyendo a Kōbō Abe, viendo la bellísima película, La Mujer de la Arena, encontré que una mirada fugaz a un insecto en la mente de ese artista puede contener la clave de toda una tragedia colosal. Un hombre camina por un desierto, que al parecer es la playa de Enoshima, caza insectos y ve uno que le atrae. Lo captura, pero después es él, el cazador, quien es capturado. Una mujer que sale de un agujero de la arena en donde vive lo sepulta en un enorme pozo del cual el prisionero no puede escapar. La película estudia la tragedia de ese personaje que trata de salir, pero siempre fracasa, porque al intentarlo la arena se desmorona y se desploma. La Mujer de la Arena es una discusión trascendental, quizás sobre la vida, el destino, o la suerte.

Como me interesaron siempre los insectos, apenas ví el que capturaba el infortunado entomólogo supe que se trataba de una Cicindela japónica, un ‘escarabajo tigre’. Las cicindelas son conocidas porque en su estado larval hacen un orificio en la arena; allí esperan a sus víctimas, saltan como el mono de una caja de sorpresas para atraparlas y luego las devoran en el fondo de su habitáculo. La metáfora del insecto es muy propia de la cultura japonesa, que tiene la capacidad de ver la vida y la grandeza del universo en algo muy pequeño, a veces despreciable; es la lógica del kami. El mundo está lleno de kamis, y el kami -lo decía un filósofo de finales del siglo XVIII, la misma época en que vivió Kobayashi- es el poder que tienen ciertos objetos, ciertas cosas, no importa cuales, para infundir en nosotros respeto, sorpresa, temor, terror, afecto. Se ha dicho que los kamis son los espíritus de las cosas, de las montañas, del mar, de los rayos, del sol, del dragón, del zorro, pero que también pueden ser los de la flor, la mariposa, la mosca. No obstante, el filósofo al que aludo, Motoori Norinaga, decía que los kamis no son espíritus sino las cosas mismas; el kami, según él, es un poder de ciertas cosas.

Yo creo que en esa forma de pensar y de sentir puede haber una clave para la salvación del mundo en la crisis actual. Las conferencias son muy importantes, las leyes también lo son, la lógica de la ciencia es fundamental. Pero nada de eso es suficiente; para preservar nuestro mundo se necesita una sensibilidad; sentir que un árbol muerto florece con mariposas; saberse hermano de la mosca que se come el arroz; sufrir algo por maltratar una flor. Solo eso, quizás, pudiera salvar al mundo. Es una lástima que entre nosotros ese espíritu de participación y de admiración ante lo débil y lo humilde, que no obstante puede ser grandioso, sea tan poco valorado. Creo que, efectivamente, en la observación de un insecto puede caber una filosofía sabia sobre nuestra condición y nuestro entorno:

“La abeja está en la flor; la flor está en la planta; la planta está en el jardín rodeada por un muro; el jardín está en la ciudad, la ciudad está en el Japón, el Japón está en el mundo; el mundo está en Dios. Y Dios está en la pequeña abeja”. Este es un Dōyō de una poetisa japonesa que vivió una vida tan triste como la del primer poeta mencionado y murió a los 26 años de edad: Kaneko Misuzu.

Quiero expresarle mis más sinceros agradecimentos al señor Embajador por este homenaje, al Ministerio de Asuntos Exteriores del Japón por vincularme simbólicamente a esa cultura que tanto admiro, y a todos ustedes por asistir a esta ceremonia.

Muchas gracias.

[Bogotá, 11 de noviembre del 2025]

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Edición No. 216