Las gordas más bellas de Colombia
Amo los desiertos, no como ecosistemas de sequedad y aridez supremas, sino como la puerta de entrada a realidades íntimas, a descubrimientos a veces dolorosos pero necesarios en la existencia de los hombres. “El desierto está creciendo, desgraciado aquel que alberga un desierto” decía Federico, Nietzsche naturalmente. Se refería al mundo moral, pero aplicable a la geografía del planeta. Saint-Exupery, el autor de El Principito, sentenciaba: “El desierto es maravilloso porque oculta un pozo en cualquier parte”. Y también:” En el desierto valgo lo que valen mis divinidades”.
En Colombia solo tenemos un desierto físico, el de la Guajira; los demás son bosques secos tropicales y uno de estos es el Cañón del Chicamocha que se extiende a lo largo de 227 kilómetros entre Santander y Boyacá y cuya profundidad máxima es de 2.000 metros. Hace unos años se elaboró la lista de “las siete maravillas del mundo moderno” y a pesar de que afiebrados colombianos pretendieron incluir al Cañón en la dichosa lista, solo lograron ubicarlo en el puesto 77 entre las maravillas del mundo.
Los mismos compatriotas pretenden que es el segundo cañón más profundo del planeta. El primero es el Cañón de Yarlung, en China, que nace en el Kailash, montaña sagrada para varias religiones asiáticas. El cañón tiene profundidad entre 5.000 y 5.590 metros. El segundo es el de Apurimac, en Perú con 4.691. El tercero es el Kali Gandaki en Asia con 4.374. El cuarto es el del Colca, en Perú, famoso por sus cóndores; mide 4.160. El más famoso del mundo es el del Colorado, en Arizona, con 2.422 metros. Nuestro cañón de Chicamocha tiene 2.000 metros de profundidad.

En Chicamocha voy por las barrigonas. No me detengo en el Parque Panachi, fabuloso parque de atracciones ubicado en Aratoca y que mira desde arriba el cañón. Entre sus atracciones figura un teleférico que sobrevuela el cañón. Desde Aratoca hasta el fondo del cañón en Pescadero la carretera se alarga por un sinfín de curvas peligrosas. Una carretera panorámica nos lleva desde Aratoca al bello pueblo de Cepitá en el fondo del cañón. Allí una camioneta nos recoge y por arriesgada carretera que marcha paralela en sentido contrario al río Chicamocha nos lleva hasta el hotelito de Ovidio López, sencillo y con todas las comodidades. Ovidio es un anfitrión maravilloso. Ya estamos listos para visitar a mis viejas amigas, las barrigonas. Se trata de unas ceibas maravillosas, endémicas del cañón. Crecen en paredes de 75% de inclinación, sobre arena, tierra reseca y piedras. Los ciclistas sufren subiendo inclinaciones de apenas 15% las cuestas más inclinadas del Tour de Francia. Las ceibas son un prodigio de la naturaleza. Barrigonas porque su inflado tronco que acumula la escasa agua alcanza varios metros de grosor. Se necesitan varias personas agarradas de las manos para abarcar su diámetro total. Fueron estudiadas por un botánico español que las clasificó como Cabanillesia chicamochae. Florecen en diciembre y su alada semilla es alimento preferido de las cabras que abundan en el cañón y son las mismas cabras las que están llevando a la extinción a la hermosa especie de las barrigonas. Las raíces de las ceibas semejan las robustas piernas de los fisicoculturistas. Estos árboles, que son los baobabs colombianos, alcanzan un promedio de 4 metros de altura y sus copas se doblan formando un arco, incluso en varias partes del camino los viajeros pasan debajo de estos arcos vegetales.
Desde el hotelito de Ovidio nos desplazamos por los varios senderos del cañón y visitamos a los campesinos que en la vega del río siembran tabaco, cacao y patilla. Una plaga les destruyó vastos sembrados de limoneros y bajo un sol que quema conciencias y luego de unas horas de camino llegamos a las laderas en las que crecen las barrigonas. Las cámaras fotográficas también se emocionan y disparan delirantes para estampar estos prodigios de la naturaleza, las barrigonas.
Desde el pueblo llamado La Laguna de los Ortices un camino en descenso acerca a las barrigonas. El apacible pueblo tiene una laguna objeto de muchas leyendas y los campesinos se dedican a la fabricación de la panela. De esta manera el agradable olor del guarapo de caña llena el ambiente. Jorge William Sánchez, abogado ambientalista y montañista empeñado en salvar el páramo de Santurbán fue quien me abrió las puertas del cañón de Chicamocha.