La vejez, viajera de la noche
Estudiaba tercero de bachillerato y en el curso de Preceptiva literaria que nos dictaba el profesor Pompilio Calderón, aprendí el soneto De noche, de Rafael Pombo, que me interrogaba así:
Es la Vejez viajera de la noche;
y al paso que la tierra se le oculta,
ábrese amigo a su mirada el cielo.
Esa vejez viajera, que es la de Chateaubriand, no cupo en mi entendimiento. Tan cifrada estaba como los versículos del Eclesiastés. Apenas ahora aparece un fulgor para darle un sentido razonable. Sin duda, un recorrido de varias décadas entre lo japonés me ha servido para iluminar secretos.
Caminar es la única forma de vivir y de aprender. También siendo niño, vi las tenebrosas películas americanas sobre la guerra del Pacífico y los japoneses. Y luego me enfrenté a los escabrosos relatos de los sacerdotes franciscanos con quienes estudiaba, cuando hurgaban en nuestros bolsillos para auxiliar a sus misiones en Japón, que para ellos era una tierra de bárbaros y herejes.
A nadie se le escapa que la vida está llena de sorpresas. En efecto, mi recorrido japonés no comenzó de manera consciente. Fue producto del azar que hizo crecer un caudal que todavía se enriquece y que es dueño de su propio rumbo. En el artículo «La poesía imaginista»[1] de Carlos García Prada publicado en el número correspondiente a abril-junio de 1960 de la revista Universidad Pontificia Bolivariana, algo en mi interior se alumbró cuando leí este haiku:
Yo no naka wa
mikka minu yo no
sakura kana
que estaba acompañado de esta traducción:
En cuanto al mundo,
¡oh cerezo no visto en tres días!
Tenía doce años cuando lo leí y me marcó por siempre. Si Pombo me abismó por todo lo que decía, esta pequeñez hizo lo mismo pero por todo lo que no decía. Después de casi seis décadas esa revista aún forma parte de mi biblioteca.
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Las travesías son múltiples y en el transcurso del tiempo estas imágenes han ido evolucionando y se han enriquecido. Muchos años después, en 1983, cuando acababa de llegar a Japón con el objetivo de abrir la Oficina Comercial del gobierno colombiano para toda el Asia —encargo que honrosamente recibí de la administración del presidente Belisario Betancur—, tuve la fortuna de conocer al profesor Ohashi de la muy famosa Escuela de Kyoto. Estábamos en casa de nuestro gran amigo, el filólogo Junnosuke Miyoshi, y el filósofo, para contestar mis inquietudes sobre cómo acercarme a la Antigua Capital, me escribió en una hoja que todavía conservo, lo que podría ser el summum de un recorrido por la ciudad. Es el origen de tres hitos personales que habrían de calar en mi formación y en mis gustos: Ginkakuji (el Pabellón de Plata), Shisendô (con sus 36 poetas y sitio donde se originó el Bunjin-cha, el té de los literati) y el Tetsugaku no michi (el camino del filosofo) que debe su nombre al notable pensador Nishida Kitarô, fundador de la Escuela de Kyoto, quien lo transitaba con regularidad.
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Para hacer flotar los recuerdos de lo que he transitado durante varias décadas, resulta estimulante apoyarme en Oku no Hosomichi, el diario más conocido de Bashô sobre el viaje hacia el norte de Japón, a Tôhoku —que fue también un viaje al fondo de si mismo—, recorrido que inició una mañana primaveral de marzo de 1689. El poeta que comienza su narración haciendo eco de los versos de Li Bai, nos dice:
Los días y los meses que transcurren son viajeros del tiempo. Los años que vienen y van también lo son.
Pero a la imagen del Banquete en el jardín de los durazneros y perales del poeta chino, Bashô agregó:
La vida misma es un viaje; y para aquellos que pasan sus días sobre las aguas en sus barcos y para aquellos que se hacen viejos cabalgando en los corceles, su casa misma es un camino abierto.[2]
Como todo buen comienzo, emprendió su correría con la primera floración del año. Viaje y primavera que nos recuerdan los versos de Fujiwara no Teika:
| Uchiwatasu Ochikata bito wa Kotaenhedo Nioi zo nanoru Noe no umegae.[3] | A lo lejos, si bien el caminante se apresura sin una sola respuesta, con la fragancia de las flores del ciruelo resuena su nombre por los campos. |
Así calle Teika, resulta obvio que se refiere a la estación del renacer que no necesita ser nombrada para identificarse. Los sentidos están alertas, la luz renueva su esplendor, los instintos reverdecen al mismo ritmo de la naturaleza. Lo que nos rodea resuena y al unísono vibramos. Estamos dispuestos a intentarlo todo, a probarlo todo, a hacerlo todo. No es extraño, entonces, que todo comience en primavera.
Y por ese mismo camino unos van y otros vienen al vaivén del tiempo, mientras pensamos como lo ilustra Kenko en su Tsurezuregusa que “el que es insensible al paso del tiempo, es un cadáver”[4].
Ahora, como decía Machado, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Aunque no solo hacemos camino: somos camino. Y el camino es la traducción de lo que vemos, de lo que sentimos y asimilamos, de lo que vivimos, mientras al propio tiempo somos la traducción que el camino va haciendo de nosotros mismos.
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He tenido la suerte de contar con un generoso abanico de oportunidades que me han permitido ver, sentir, vivir a Japón desde diversas perspectivas: los negocios, la diplomacia, la academia, el periodismo, la traducción, la literatura, la poesía. Aunque es larga esta suma, seguramente no me asegura un entendimiento pleno porque está interferida por los sesgos con que cada ángulo va hilvanando mi juicio. Ante la imposibilidad de ser neutral, voy simplemente a referirme a lo que siento y que no pretende ir más allá del testimonio de alguien que fue tocado por esos afectos que traspasan las nacionalidades y que rehúsan los cercos de la geografía. E insisto en “sentir” porque ha sido quizás la impronta que más se destaca en este recorrido. El fin de la vida parece no ser “saber” o “conocer” —que resultan subsidiarios—, sino “sentir”.
El episodio 28 de Yamato Monogatari, obra escrita en 956, narra los funerales de un notable, el padre de Kaisen. Reunidos alrededor de unas copas de sake, los asistentes hablaban del difunto y de su vida. Uno de ellos, cuando despuntaba la aurora otoñal entre una capa de neblina, escribió el siguiente poema:
Si él estuviera en medio
de esta neblina matutina
mal haría regocijándome
si se despejara la bruma.
Que fue contestado por el hijo del fallecido, así:
De ser posible yo quisiera
que jamás se despejara la neblina
e imaginarme que la bruma del otoño
lo oculta para guarecerlo.
(The Tale of Yamato, 1980:18)
Y estos dos poemas me llevaron a otro que aparece en el capítulo 3, Utsusemi, del Genji Monogatari:
Utsusemi no El cascarón vacío
Mi wo kae te keru del que se libró la cigarra
Ko no moto ni cuando vivía bajo el árbol
Nao hitogara no aún evoca cálidos recuerdos
Natsukashiki kana de cómo era ella.
(Shikibu, 2001: 16)[5] (Shikibu, 2001:52)[6]
En este escenario, ahora que miro atrás mi recorrido de más de cuatro décadas por las sendas de Japón, me hallo frente a un cascarón que aparece y desaparece entre la neblina de la memoria. Y podría agregar que al igual que las burbujas en el río que tan poéticamente describe Kamo no Chomei en el Hôjôki, son visiones que se esfuman en un instante para formarse luego.
De igual manera a como varían y se renuevan los paisajes, así sucede con las personas que se van sumando a nuestras experiencias. Y cuando se trata de aquellos que han crecido y se han formado en tierras distantes y en culturas diferentes, aunque uno se asombra con las distancias, más se sorprende con las cercanías.
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Todo se va profundizando, decantando y enriqueciendo. El primer haiku que comenté al inicio me abrió las puertas a Emily Dickinson y a Ezra Pound, a nuestro Octavio Amórtegui y a las greguerías de Gómez de la Serna. No obstante, y sin duda alguna, lo de mayor calado en mis andanzas japonesas fue la trayectoria que comenzó el 14 de mayo de 1973 y que aún no se detiene. Ese día entré a trabajar en la Sumitomo Shoji Kaisha y desde entonces el eje de mi vida ha girado alrededor del País del Sol Naciente.
El resultado de este encuentro ha estado blindado por un equilibrio afortunado entre dar y recibir. Lo que he dado, que no es más que el compartir lo que he aprendido, lo que he visto, lo que he padecido y lo que he gozado desde las posiciones que he ocupado, lo he hecho con desinterés y así mismo con transparencia y autenticidad. Y si quisiera sintetizar lo que he recibido a cambio, aunque parezca paradójico, ha sido un mejor conocimiento de mí mismo, de mi país, de mi región. Lo cual es el resultado de la reflexión alrededor de lo diferente que sobrepasa los límites del espejo cuando no tenemos más alternativas. Así tengamos que asimilar las perplejidades que nos advierte Sami no Manzei en el Man’yoshu (351):
¿Con qué comparar
las cosas de este mundo?
Con un barquito
que parte y no deja
rastro de su curso.
Lo cual es cierto si uno, cuando mira atrás, no logra ver las curvas que recorrió y que se esconden unas detrás de otras. Sin embargo, la lectura de las arrugas y las canas nos va revelando lo acumulado paso a paso. Reconocer esto me permite sopesar el privilegio que he tenido de poder apoyar mis sentidos en una perspectiva amplia, generosa y afortunada. Posiblemente aquella que nos permite ser más universales.
El trasegar en los recuerdos, especialmente cuando se disfruta con la distancia del tiempo y al borde del olvido, resulta encantador. De mi primer viaje a Japón en 1979 traje algunos libros. El Man’yoshu en la traducción de H. H. Honda, los seis tomos de Blyth sobre el haiku y otro que releo con frecuencia: Chieko Sho de Takamura Kôtarô. En busca de la casa de retiro al que se sometió este poeta en Hiraizumi al concluir la segunda guerra, y a la que llegué con la nieve a la cintura para tropezarme con las puertas cerradas, también me encontré en aquellas tierras de Iwate con los recuerdos de Miyazawa Kenji y con el templo Chûson-ji. En este templo budista de la secta Tendai, situado en los dominios de Date Masamune —aquel que envió la primera embajada a Roma a través de México—, se guarda el famoso recinto de Konjiki-dô completamente cubierto de oro que nos recuerda tanto a Kinkakuji —el Pabellón de Oro en Kioto, como a la réplica de la casa de te de Hideyoshi en el Museo de Arte de Hakone. Como mi gusto por lo sencillo y simple se aviene preferentemente con Shisendô o con Ginkakuji, mi memoria todavía se solaza más en las sensibilidades de la casa de madera de Takamura y del violonchelo de Miyazawa.
Las descripciones, las teorías, las explicaciones son insuficientes para entender el mundo y a quienes lo habitan. Y no he encontrado nada mejor que el kokoro (la mente, o mejor el corazón) para fundir mi conocimiento con los sentidos de pertenencia que provoca esa comunión espontánea con Japón y que ayuda a compartir aquella estética compleja a la cual me aproximé o comencé a aproximarme al pasar por Hiraizumi. Luego de ese recorrido entre la nieve fue evidente esa sensación que se arraiga en el furusato —esa saudade por el terruño— y que fue un bautizo en el soboku, la rústica y natural simplicidad. Añadir algo más sería desdecirla.
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En este año en el que cumplo 45 años de dedicación a Japón, también se conmemoran 150 años de la Restauración Meiji y 110 de las relaciones colombo-japonesas. Son hechos que me ponen en una cercanía inusitada con el pasado pues ya no me parece tan distante. Mi recorrido japonés corresponde a un tercio del tiempo que nos separa de Meiji y a casi la mitad del tiempo entre hoy y la fecha en que se firmó en Washington el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre la República y el Imperio. De ahí que no extraño las muchas preguntas que me surgen sobre qué tanto hemos avanzado.
El New York Times, bajo el título de Los postillones que en ediciones posteriores aparece como Parada en Broadway, publicó el 27 de junio de 1860 un poema de Walt Withman que reflejaba las impresiones del poeta sobre la forma como la ciudad había recibido a la primera embajada japonesa que vino con el fin de ratificar el Tratado Harris de 1858 celebrado entre Japón y los Estados Unidos. Misión que cruzó por territorio colombiano en su camino desde San Francisco a Baltimore. Estos son los primeros versos:
Over the Western sea hither from Niphon come,
Courteous, the swart-cheek’d two-sworded envoys,
Leaning back in their open barouches, bare-headed, impassive,
Ride to-day through Manhattan.
Libertad! I do not know whether others behold what I behold,
In the procession along with the nobles of Niphon, the errand-bearers,
Bringing up the rear, hovering above, around, or in the ranks marching,
But I will sing you a song of what I behold Libertad.
Del mar occidental hacia acá vienen de Nipón,
corteses, atezados, los enviados cada uno con dos espadas,
reclinados en sus carruajes destapados, la cabeza rasurada, impasibles,
hoy recorren Manhattan.
¡Libertad! No sé si otros contemplan lo que yo contemplo,
en la procesión junto con los nobles de Nipón, los postillones,
en la retaguardia, o revoloteando de un lado al otro, o marchando.
Aún así, Libertad, te cantaré una canción de lo que veo.
Y lo que vio Withman fue el cúmulo de las sorpresas que depara el encuentro con el otro, con el desconocido. La musa no se detiene en Japón, viaja por China, por la Polinesia, por India, llega a Asiria. No obstante, al poeta también lo conmueven las profundidades del pasado:
Young Libertad!
With the venerable Asia, the all-mother,
Be considerate with her, now and ever, hot
Libertad—for you are all,
Bend your proud neck to the long-off mother, now
sending messages over the archipelagoes to you,
bend your proud neck low for once, young Libertad…
¡Joven Libertad!
Con el Asia venerable, la madre de todos,
sé considerada ahora y siempre, ardiente Libertad,
porque tu lo eres todo,
inclina tu orgulloso cuello ante la lejana madre
que desde los Archipiélagos te envía sus mensajes
inclina ya mismo tu orgulloso cuello, joven Libertad…
Por supuesto —y allí se encuentra el milagro— un poeta japonés pudo haber escrito algo similar al observar el paso de embajadores y diplomáticos desfilando en las carrozas del Emperador por Uchibori Dori camino del Palacio Imperial, como lo hice yo.
§
Al iniciar recordaba a Fujiwara no Teika quien insistía en que bastan los sentidos para reconocer la primavera. Y al mismo tiempo señalaba aquella luz que revive después del invierno sombrío. Sin embargo, la paradoja es que esa misma luz que nos descubre el mundo inmediato no nos deja observar el firmamento. La sabiduría japonesa enseña que se debe esperar a las más oscuras noches, las del otoño, para observar la Vía Láctea. Nada más cierto. Se requiere del tiempo, de la experiencia, para entender que la luz del sol no lo ilumina todo y que, al contrario, al deslumbrarnos nos perturba la lectura de las sombras que tanto elogiaba Tanizaki.
Regreso entonces al mismo poeta, a Teika:
| Miwataseba hana mo momiji mo nakarukeri ura no tomoya no aki no yûgure | Cuando busco cerezos y hojas de otoño, no encuentro rastro: la choza de un pescador en la bahía en una tarde otoñal |
§
Las dudas, no obstante, jamás desaparecen. Especialmente cuando se trata de encarar lo que pretendemos reconocer como verdades. El mismo Prof. Dr. Ryosuke Ohashi ya mencionado, decía en una entrevista de 2011 para el ASIA Study Center de Boloña:
No había entendido a Heidegger. ¿Por qué? Porque el principal problema por el cual o para el cual Heidegger ha pensado es la tradición occidental de la metafísica, desde hace más de 2.000 años. Y esta tradición de la metafísica no ha sido transportada a Japón. Solo el texto, solo el resultado de esta tradición fue importado a Japón. Eso fue lo mismo que el problema de la modernización en Japón. La modernización tiene su propia historia y motivos. Pero en Japón, la tecnología fue aceptada y desarrollada sin experimentar el contexto en [el cual] nació, se desarrolló y se modernizó.
Se produjo la modernización de los japoneses, se produjo la europeización de Japón. Pero Japón sigue siendo Japón. ¿Qué ha permanecido y qué se europeizó?[7]
Ahora, si miramos bien atrás, hace ocho siglos Kamo no Chômei en el Hôjôki se hacía preguntas y nos transmitía inquietudes similares:
La luna de mi vida se oculta; los años que me quedan se aproximan al borde de las montañas. Tendré que afrontar la oscuridad de los Tres Pasos Diabólicos. ¿De cuál de mis viejos desengaños vale la pena lamentarme ahora? El Buda nos enseña a desprendernos de las cosas mundanas. Hasta mi aprecio por este rancho techado es un pecado; también mi amor por la tranquilidad debe considerarse como un obstáculo para la iluminación. ¿Por qué pierdo el tiempo en descripciones de placeres inconsecuentes?
Mientras reflexiono en estas cosas durante los plácidos momentos antes del amanecer, me hago una pregunta:
Te has retirado a la reclusión en las montañas remotas por lo cual debes disciplinar tu mente y practicar el Camino; pero tu espíritu impuro desmiente tu apariencia de monje. … ¿Será porque te has dejado embromar por una pobreza ordenada por el karma, o tu alucinada mente por fin se ha enloquecido?
[Y concluye Chômei:] La pregunta sigue sin respuesta.
Por supuesto no se trata de concitar el desánimo. Al fin y al cabo, nos decía el mismo Nishida:
hito wa hito Las personas son personas
ware wa ware nari y yo mismo soy yo.
tonikaku de todos modos
waga yuku michi o el camino que sigo
waga wa yukunari es el mío.
Claro que para continuarlo a estas alturas hay que estar alerta, como nos advierte Bashô:
kono michi ya Este sendero
yuku hito nashi ni nadie lo recorre.
aki no kure Fin del otoño.[8]
§
Recibir la Orden del Sol Naciente que se me otorga en nombre de S. M. el Emperador Akihito es como beber una taza de te en el desierto luego de encontrar un manantial con la mejor de las aguas en medio de la nada.
Seguramente la siguiente tanka de Sôtan, nieto de Sen no Rikyu quien estableció el Chanoyu — la ceremonia del te—, nos de mejor cuenta de esta imagen:
Chanoyu to wa Si te preguntan
ikanaru koto to por la naturaleza del Chanoyu
hito toeba di que es el sonido del viento
sumie ni kakishi entre los pinos que se mueven
matsu kaze no oto. en una pintura sumié.
Sen no Sôtan (1578-1658)
Cuando se llega a tal punto, no hace falta hablar.
¹
Para concluir quisiera rememorar a San Juan de la Cruz a quien leí por primera vez en mi juventud. Luego, varias veces, me tropecé con él. Pero fue María Lucía, mi adorable esposa y la más rigurosa compañera intelectual, quien le dio una nueva dimensión. Ella lo abriga en lo espiritual. Yo lo vivo día a día en lo terrenal pues ella es la encarnación del mejor de los Cantares:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
e yéndolos mirando
con sola su figura
vestidos los dejó de fermosura.
§
Hoy, decimocuarto día del noveno mes del trigésimo año de Heisei, hago una pausa.
Mañana nacerá un nuevo sol.
[1] Universidad Pontificia Bolivariana. Vol. XXVI, No. 86, abril-junio de 1960. Medellín.
[2] Dorothy Britton (1974). A Haiku Journey. Tokyo: Kodansha International. p. 27
[3] Robert H. Brower (1976) “Fujiwara Teika’s Hundred-Poem Sequence of the Shoji Era [Continued].” Monumenta Nipponica, Vol. 31, No. 4 (Winter, 1976), p. 337
[4] Yoshida, Kenko (1996). Tsurezuregusa; ocurrencias de un ocioso. Madrid: Hiperión.
[5] Shikibu, Murasaki (2001) A string of Flowers, Untied. Love Poems from the Tale of Genji. Stone Bridge Press: Berkeley.
[6] Shikibu, Murasaki (2001). The Tale of Genji. Trad. Royall Tyler. Voking Penguin: New York.
[7] Bartossa. Franco (2011). Interview with professor Ohashi Ryosuke. http://en.asia.it/adon.pl?act=doc&doc=442, junio 21, 2018
[8] Shirane, Haruo (1998). Traces of Dreams. Stanford: Stanford University Press. p. 285