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Educación y humanismo: lugar de la esperanza

Reseña del libro Educación y humanismo en la vida universitaria
(Ed. Página Maestra Editores, Bogotá 2010), de Carlos-Enrique Ruiz

Hay libros que reúnen escritos de una vida y hay libros que, además de reunirlos, dejan entrever la vida que los ha producido. Educación y humanismo en la vida universitaria, de Carlos-Enrique Ruiz, pertenece a esta segunda especie. No es solamente una colección de ensayos, conferencias, reflexiones y testimonios alrededor de la educación superior: es la expresión sostenida de una preocupación intelectual y moral por el destino de la universidad, por la formación de la persona y por la responsabilidad de la cultura en una sociedad atravesada por conflictos.

El volumen, publicado en 2010 por Página Maestra Editores, recoge textos escritos a lo largo de aproximadamente doce años y organizados en torno a cuatro grandes ámbitos: la educación humanística, el humanismo, la universidad y la cultura, y la universidad y la educación. Antanas Mockus, en el prólogo, advierte que detrás de esa diversidad existe una coherencia profunda: una vida dedicada a la escritura, al aula, al diálogo y a la convicción de que el conocimiento solamente alcanza su plenitud cuando contribuye a hacer más humana la existencia.

Esa unidad interior es, quizá, la primera clave para acercarse al libro. No estamos ante un tratado sistemático de pedagogía ni ante una historia institucional de la universidad. Estamos ante una suerte de itinerario intelectual en el que las ideas aparecen acompañadas por experiencias, nombres, recuerdos, lecturas, instituciones y episodios de la vida universitaria colombiana. El pensamiento se encuentra aquí con la memoria.

Y la memoria, en Ruiz, no es nostalgia. Es una forma de responsabilidad.

Desde las primeras páginas se percibe que la educación no puede reducirse a la adquisición de competencias, por necesarias que estas sean. Educar significa abrir posibilidades de comprensión, formar criterio, aprender a escuchar, confrontar argumentos, reconocer al otro y adquirir una capacidad moral para orientarse en el mundo. En esta concepción, el conocimiento no es un instrumento aislado, sino una dimensión de la vida humana.

Por eso el aula adquiere una importancia singular. Ruiz llega a decir que su lugar esencial ha sido y continúa siendo el aula, entendida como espacio para “el compartir, para los diálogos, para el libre examen”. No es una declaración secundaria. En ella se condensa buena parte de su concepción de la universidad: el aula como lugar de encuentro, pero también de interrogación; espacio donde el maestro no se limita a transmitir respuestas y el estudiante no está destinado simplemente a recibirlas.

Hay en esa postura una filiación socrática evidente. La universidad aparece como una comunidad de conversación en la que el saber se mantiene vivo precisamente porque puede ser interrogado. El libre examen no significa solamente libertad para opinar: implica la responsabilidad de someter las propias ideas a la prueba de la razón, de escuchar la objeción y de aceptar que ninguna forma de conocimiento está completamente clausurada.

De ahí que el humanismo propuesto por Ruiz no sea ornamental. No se trata de añadir unas cuantas asignaturas de literatura, arte o filosofía a una formación profesional concebida previamente como completa. Se trata de modificar el horizonte mismo de la educación. La ciencia necesita conciencia de sus consecuencias; la técnica necesita comprensión de sus contextos; la profesión necesita responsabilidad social; y la especialización requiere una visión capaz de relacionarla con otras formas del saber.

En uno de los pasajes más significativos del libro, Ruiz plantea la cultura como una continua interrelación de disciplinas y saberes. La especialización, en lugar de conducir al aislamiento, debería encontrar su sentido dentro de una comprensión más amplia de la complejidad. La experiencia de la Cátedra Aleph constituye precisamente una tentativa práctica de esa concepción: ciencia, tecnología, arte y humanismo puestos en conversación ante estudiantes procedentes de diferentes carreras.

La Cátedra Aleph ocupa así un lugar central en la arquitectura espiritual del libro. Creada por la Universidad Nacional de Colombia como reconocimiento a la trayectoria de la Revista Aleph, se convirtió en un espacio académico de carácter interdisciplinario, organizado bajo la modalidad de seminario y abierto a estudiantes de distintas áreas. Las sucesivas versiones abordaron asuntos tan diversos como la comprensión unitaria, la paz, el perdón, Don Quijote de la Mancha y otros problemas de la cultura contemporánea.

Lo importante, sin embargo, no es solamente la variedad temática. Lo significativo es el principio pedagógico que la sostiene: poner en contacto a jóvenes universitarios con preguntas que desbordan los límites de sus respectivas disciplinas. La universidad recupera así algo de su sentido originario: ser lugar de convergencia de los saberes, no simple suma de especialidades.

En este punto, Educación y humanismo en la vida universitaria adquiere una dimensión particularmente colombiana. El problema educativo aparece relacionado con la violencia, con la pobreza, con la fragilidad institucional y con las dificultades de construir una ciudadanía capaz de deliberar y convivir. Ruiz sostiene que el conflicto debe ser enfrentado desde la educación y la cultura, con especial atención a la formación de maestros. Mockus destaca esta convicción como uno de los rasgos más singulares del pensamiento del autor.

No se trata de atribuir a la educación una capacidad milagrosa para resolver por sí sola los problemas históricos de una sociedad. El planteamiento es más exigente: una sociedad que no forma ciudadanos capaces de pensar autónomamente, de reconocer al otro y de examinar críticamente sus propias creencias difícilmente podrá construir una convivencia duradera.

De ahí la presencia recurrente de Einstein, del pacifismo, de la civilidad, de la crítica al militarismo y de la necesidad de un cambio de paradigma educativo. Ruiz escribe desde una Colombia concreta, pero sus preguntas desbordan las fronteras nacionales. ¿Para qué educamos? ¿Qué clase de persona queremos contribuir a formar? ¿Qué relación debe existir entre conocimiento y responsabilidad? ¿Puede la universidad permanecer indiferente frente a las heridas de la sociedad que la sostiene?

Son preguntas antiguas y, precisamente por ello, siempre actuales.

Hay otra dimensión del libro que merece especial atención: su carácter testimonial. Ruiz no habla de la universidad desde una distancia puramente conceptual. Habla desde haber vivido intensamente sus instituciones, sus conflictos, sus proyectos y sus transformaciones. Las páginas dedicadas a la Universidad Nacional en Manizales, a la biblioteca, a la actividad cultural y a la Revista Aleph constituyen, en este sentido, un fragmento de memoria de la vida universitaria colombiana.

La Revista Aleph aparece como una prolongación natural de esa concepción de la educación. Desde sus comienzos, en 1966, buscó poner en diálogo las ciencias, las humanidades, la literatura, el arte y el pensamiento. El patrimonio acumulado durante décadas —ensayos, poemas, manuscritos, partituras, entrevistas, voces grabadas, obras de artistas— convierte la publicación en algo más que una revista: en un archivo vivo de la cultura. Ruiz enumera una extensa constelación de escritores, artistas e intelectuales que han dejado allí su huella.

La memoria de Aleph no es, entonces, un capítulo marginal del libro. Es una demostración práctica de aquello que Ruiz entiende por cultura: una conversación prolongada entre generaciones, disciplinas, sensibilidades y formas diversas de creación.

También la biblioteca ocupa un lugar significativo dentro de esta visión. No como depósito silencioso de libros, sino como organismo cultural capaz de provocar encuentros. Ruiz recuerda la experiencia de Paul Holdengräber en la Biblioteca Pública de Nueva York y su idea de hacer del conocimiento una experiencia compartida, abierta al diálogo y al entusiasmo. De allí surge una concepción de la biblioteca como espacio activo de convocatoria, capaz de poner el libro en relación con la conversación pública.

En ese sentido, el libro va trazando una geografía de lugares para el pensamiento: el aula, la biblioteca, la revista, el seminario, la conferencia, la mesa redonda. Todos ellos tienen algo en común: son espacios de encuentro. Frente a la dispersión contemporánea y frente al conocimiento convertido cada vez más en mercancía o en herramienta de rendimiento, Ruiz reivindica el tiempo lento de la conversación, de la lectura, de la pregunta y del descubrimiento.

Tal vez por eso el título del libro debe leerse como una unidad. No se trata de educación por una parte y humanismo por otra. El humanismo es la pregunta por el sentido de la educación, y la educación es el medio mediante el cual el humanismo puede dejar de ser una palabra abstracta para convertirse en experiencia.

Hay, además, una dimensión autobiográfica que atraviesa discretamente estas páginas. Ruiz recuerda sus años en la Universidad Nacional, su paso por el vicerrectorado, su posterior desempeño como rector de la Universidad de Caldas y, sobre todo, su regreso permanente al aula. Cuenta incluso que durante algunos períodos llevó consigo sesenta libretas en las que consignaba notas y observaciones. La escritura aparece así como acompañamiento de la experiencia, no como ejercicio posterior a ella.

Ese vínculo entre vivir, observar y escribir explica buena parte del tono del volumen. El autor no pretende ocultar su subjetividad bajo una falsa neutralidad. Por el contrario, asume que pensar la universidad también significa comprometerse con ella. Pero esa subjetividad se encuentra permanentemente abierta al diálogo, al examen y a la posibilidad de ser discutida.

En ello reside una de las mayores virtudes del libro: su confianza en la conversación.

La universidad que aquí se defiende no es solamente la institución que otorga títulos, administra programas y certifica competencias. Es una comunidad intelectual y moral. Su tarea consiste también en preservar la capacidad de preguntar cuando las respuestas parecen demasiado fáciles; en mantener abiertas las ventanas de la imaginación cuando domina el pragmatismo; en recordar que la cultura no es un lujo, sino una forma de comprender la vida.

Por eso el libro conserva una vigencia que no depende exclusivamente de las circunstancias en que fue escrito. Cambian las tecnologías, las instituciones, los lenguajes y las urgencias sociales; permanece, sin embargo, la pregunta fundamental por el sentido de educar.

Educación y humanismo en la vida universitaria puede leerse, finalmente, como una defensa de la esperanza. No de una esperanza ingenua, sino de aquella que nace del trabajo paciente sobre las personas, las instituciones y las ideas. Una esperanza que se sostiene en la lectura, en la conversación, en la memoria y en la posibilidad de formar seres humanos capaces de ejercer su libertad con responsabilidad.

El libro deja, en última instancia, una imagen de la universidad como casa abierta: abierta al conocimiento, a la duda, al arte, a la ciencia, a la memoria, a la diferencia y al futuro. Una universidad que no renuncia a formar profesionales, pero que entiende que antes y después de toda profesión existe una persona.

Y acaso allí se encuentre el centro secreto de estas páginas: educar no consiste solamente en preparar para la vida profesional. Consiste en preparar para la vida misma.

Cuando el aula vuelve a ser lugar de conversación, cuando el libro deja de ser objeto para convertirse en encuentro, cuando la ciencia dialoga con el arte y el humanismo, cuando la memoria se transforma en responsabilidad y el conocimiento en capacidad de comprender al otro, la universidad recupera su dimensión más profunda.

Entonces educar vuelve a significar una tarea esencialmente humana: hacer del conocimiento una forma de libertad y de la universidad un lugar donde la vida pueda ser pensada, compartida y dignificada.

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