George Steiner y la nostalgia del Absoluto
En este trajinar de lecturas suele uno encontrar autores y libros de pasos adelante, descubrimientos que fascinan. Al tener autores de cabecera también hay alegría al encontrar nuevos autores y obras que nos gratifican. George Steiner (1929-2020) es uno que conservo en cercanía. Hace poco William Ospina le dedicó una bella columna de prensa a exaltarlo con los detalles de conocimiento certero, dolido por no habérsele dado el Premio Nobel (cf. “El rostro de esta época”; “El Espectador”, 22.XII.2019). Se trata de escritor y pensador, maestro en campos de la literatura comparada, con singular obra de sabiduría descomunal. Por ejemplo, tiene un volumen sobre Martin Heidegger, otro sobre Tolstoi y Dostoievski, y muchos más, con mención especial su autobiografía, “Errata – El examen de una vida”, sus conversaciones con Ramin Jahanbegloo y Laure Adler.
Por estos días he vuelto a su obra “Nostalgia del absoluto”, una serie de cinco conferencias que tuvo en Canadá en 1974, para examinar lo que, según su opinión, ha ocurrido en el mundo occidental con la decadencia de las religiones. Estudia los casos de Marx, Freud y Levi-Strauss con el fin de mostrar la elaboración de mitos en ellos, en especie de abandono de aquellos sentimientos aportados por los sistemas religiosos. Encadena los análisis hasta esbozar en la última conferencia sus comprensiones de la ciencia. Cada concepto lo emite con soporte en una información asombrosa, y en análisis detallado.

Los tres pensadores que examina en esa obra los agrupa en creadores de grandes mitologías racionales con las que tratan de explicar la naturaleza humana, en la historia y en su futuro. A Marx lo ubica en una promesa de redención, identificado con Prometeo, a Freud lo señala en un regreso a casa con la muerte y lo asimila a Moisés, y a Levi-Strauss lo encuentra en el apocalipsis y la destrucción humana, con el Edén como referente. Piensa que en los más recientes 150 años la historia del pensamiento en Occidente puede interpretarse como intentos conscientes, sistemáticos y violentos por llenar el vacío que dejó la teología, como expresó Nietzsche con su proclama de “la muerte de dios”. La descomposición del cristianismo había dejado secuelas en desorden, abandono de la justicia social, despeje en la relación mente-cuerpo y en la comprensión de la conducta moral.
Steiner se ocupa de mostrar como las teorías de los tres son armazones de mitologías, con el sentido de disponer de visiones totales, integradoras, del ser humano en el mundo, con anticipos de clarividencia que les lleva a suponer la configuración de un sistema, al incorporar en especie de unidad gestos, rituales y símbolos propios de esa naturaleza. Otra cosa es saber si esas mitologías son verdad. Tiene claridad el autor al estimar que ellas son intentos de otras teologías. Llega a concebir esos procesos alegóricos en especie de batallas en las que culminan los oponentes pareciéndose unos a otros.
Considera que esas mitologías, en sustituto a las religiones consagradas, son una especie de “nostalgia del Absoluto”, por el abandono de aquella supuesta certeza en la teología. Las teorías de Marx las asemeja a un poema épico construido sobre la figura de Prometeo, y lo aprecia en esa identidad Prometeo-Marx, en la utopía de conducir la humanidad esclavizada, sujeto de explotación, al despertar de la libertad. Marx adopta, como en los poetas románticos, la idea de una infancia perdida, con la caída del ser humano. Una caída que da lugar a especie de mesianismo visionario, religioso, de arribo a un nuevo edén, ilusorio. Pero en esos propósitos se ha llegado a totalitarismos, de consecuencias funestas.
En Freud considera que sus desarrollos teóricos están basados en la intuición y la introspección, con oposición a la investigación clínica, que confronta las dinámicas de represión y sublimación con el tratamiento bioquímico y neurofisiológico de las funciones mentales. En la teoría freudiana hay fuerza convincente, descripciones atractivas, metáforas que cautivan, pero con enorme duda en las pruebas, o en la prueba de “falsación” expuesta por Karl Popper. Lo que lleva a Steiner a expresar que las teorías de Freud no son científicas, puesto que no son universales, como ocurre con las leyes de la Física o de la Biología. Esa iluminación literaria tuvo en Freud apego en Schopenhauer, Proust y Thomas Mann, como él mismo lo expresó.
Incluso Steiner llega a pensar que el Psicoanálisis suele inventar los propios pacientes, como las neurosis que aparecen cuando Freud expuso las maneras de asumirlas y controlarlas. Recuerda que Freud acudió en prueba de sus teorías a elementos imaginarios de la literatura y en particular de la poesía, con fortalecimiento de lo mítico, en la diferenciación de los consciente y lo subconsciente. Amor y muerte, Eros y Tánatos, son deidades establecidas por Freud que “abruman, gobiernan y dividen nuestro ser”.
Muy a pesar del examen cuidadoso de las teorías freudianas, acientíficas, Steiner reconoce en entrevista con Laure Adler que Freud fue un gigante, “cambió profundamente nuestra cultura.” Y no deja de encontrar actitudes de significativas personalidades de la intelectualidad que fueron complacientes y hasta cómplices con los regímenes nazi, del fascismo o del estalinismo; al respecto llega a decir: “las humanidades no han ofrecido resistencia.” Cuenta haber encontrado en el museo dedicado al fascismo en Roma, el libro de Freud “La interpretación de los sueños” con esta dedicatoria: “Al duce, a quien debemos tanto por haber restaurado el esplendor de la antigua Roma.”
Claude Levi-Strauss, antropólogo, considerado como “científico del hombre”, tuvo el interés en completar, corregir y mejorar las teorías de Marx y de Freud, con ambición unificadora. Steiner considera que la prosa de aquel, por ejemplo en su obra autobiográfica “Tristes trópicos”, remite a la literatura épica del siglo XIX, con arquitectura de evocación. Levi-Strauss establece el predominio de códigos binarios en todo lo existente: afirmación/negación, sí/no, orgánico/inorgánico, izquierda/derecha, afirmación/negación, antes/después. De esa manera llega a dar preponderancia a la Naturaleza y la Cultura, con la comprensión de la persona estar dividida en lo biológico y en las adquisiciones socioculturales, cuestiones del “conjunto binario”.
A Levi-Strauss lo aparta radicalmente de las condiciones de Marx y Freud. En Marx, Prometeo es el paradigma revolucionario. En Freud ubica lo erótico de los temas, el simbolismo sexual y la renovación simbólica en Prometeo. En Levi-Strauss ubica el conocimiento del fuego como fundamento en los avances socioculturales, y le asigna la potestad de la gramática en asuntos de parentescos como requisito esencial de lo básico en la moral. Entiende que la visión apocalíptica de Levi-Strauss tiene asidero en la barbarie política del siglo XX (Holocausto, las armas nucleares en proliferación), con destrucción de los relictos del Edén, el “mito punitivo” de él. Vaticina la prevalencia del cinismo y la destrucción, con mutación de la antropología en “entropología”, con apego a la entropía, la ciencia de la destrucción.
Steiner no deja de valorar esas construcciones de análisis, en su “carácter racional” del marxismo, la psicología freudiana y la antropología de Leví-Strauss, con la premisa de su calificativo de “mitologías”, con la claridad de ser estas “pseudoreligiosas” y sustitutas de la fe y de la práctica religiosa.
Steiner llama la atención en la actitud de los pensadores de la Ilustración y en los agnósticos y pragmáticos del siglo XIX por el auge de las ciencias básicas y aplicadas, en concordancia con el declive de las religiones.
De la propia cosecha Steiner enuncia las imbecilidades preponderantes en el mundo actual, de apego a las irracionalidades y a las supersticiones, al considerar que los avances del pensamiento matemático y de la ciencia empírica son de considerar y promover, por las respuestas que se consiguen, con enunciado de preguntas cada vez de mayor complejidad, que repercute en niveles superiores en lo conceptual y en inteligencia. A la vez que advierte en la crisis de confianza en la cultura occidental, con las secuelas de las dos guerras mundiales en el recrudecimiento de la violencia, que ocasiona nerviosismo en general.
De esa manera la ciencia surge como intento de alcanzar explicaciones de los fenómenos, sin apoyo en creencias religiosas, con el fin de acentuar el progreso humano. Steiner se pregunta: “¿Puede la ciencia saciar la nostalgia, el hambre de absoluto?” y de manera afín también se pregunta sobre la manera como podrá entenderse la verdad, respecto a su concepto clásico. Asegura que desde tiempos inmemoriales la búsqueda de la verdad es afanosa, como si estuviese fuera de nosotros y haya que alcanzarla. Desde el Renacimiento y la Ilustración esa conquista de la verdad tendría consecuencias en la prosperidad, la dignidad humana, la excelencia moral de los individuos y en el deseado esplendor de la sociedad.
Señala la lucha de la iglesia católica contra Galileo en resistencia a los cambios, por temores a que la “verdad reveleda” se desvaneciera por la experimentación y las observaciones metódicas. En su exploración por el sentido de la verdad, Steiner hace mención de lo inquietante en el momento actual por la posibilidad destructiva de ella. Cita el descubrimiento de la segunda ley de la Termodinámica, la “entropía”, que da a entender que el Universo tiene su proceso de agotamiento. Asimismo refiere otro ejemplo en el conocimiento de la falta de períodos largos de paz, similar a lo que ocurre cuando no se utilizan los músculos. Es decir, pareciera que las guerras son formas de entrenamiento de preservación dinámica de la sociedad. Tremendo esto. Un tercer ejemplo que aduce lo formula con una hipótesis: de si el entorno influye hasta en un 20% en nosotros, y del orden del 80% es herencia genética. Cuestión que refiere a las “razas”, de suyo un tema altamente problemático.
En últimas, asevera que la tradición de ir a cualquier precio tras la verdad, como una fatalidad impresa en el cerebro, genera peligro social y hasta de imposibilidad. Tema puntiagudo que merece mayor discernimiento, sobre bases de la Ciencia.
En medio del oscuro panorama, Steiner encuentra salida en el mejoramiento de la condición personal, en la lucha por la verdad científica, con objetividad, con resultados en las “ciencias filosóficas y exactas”, con la inquietud si ese camino tendrá futuro.
El libro concluye con aseveraciones de este orden: “De los tres ejemplos que he ofrecido –y hay muchos más- podemos deducir un panorama bastante terrorífico de un universo que no fue construido de ninguna manera para nuestro bienestar, para nuestra supervivencia,…” Muy a pesar, estima que la condición humana debe asumir con dignidad la búsqueda desinteresada de la verdad. La verdad, agrega, tiene futuro, pero tiene duda sobre el futuro de la humanidad. ¿Cómo conciliar esta consideración dual? Quizá, pienso, que si es dudoso el futuro de la humanidad, la búsqueda de la verdad tendrá límite en la eventual no existencia de la humanidad.
Steiner ha tenido siempre la palabra sabia, con apego al estudio y a los análisis más cuidadosos de obras, de personajes y de cuestiones cruciales en las diversas épocas de la historia.
*
En Aleph, hoy, 03 de febrero de 2020, día de la muerte de George Steiner, en su casa de Cambridge, en Inglaterra.

Ref.: En «La Patria», domingo 09.II.2020; p. 18, la versión corta.