Don Lope de Vega y Don Efraim Osorio
Hermoso desaliño, en quien se fía
cuanto después abrasa y enamora,
cual suele amanecer turbada aurora,
para matar de sol al mediodía.
Lope de Vega
(en su soneto “A una dama que salió revuelta una mañana”)
Don Efraím Osorio-López ha sido una personalidad estudiosa, guardiana del rigor de nuestro idioma, autor de libros y columnas de prensa, con apego a la tradición clásica greco-latina y en los fueros de Cervantes. Ahora nos sorprende con su incursión a la extensa y compleja obra de Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635), un personaje de vida díscola con todos los arrebatos, de prolíficos amores con mujeres del ir y venir, incluso con participación en acciones militares y coronado de clérigo, con las disipaciones propias de ese carácter indócil.
Lope de Vega escribió novelas, dramas, comedias, tragedias, tragicomedias, poesía, canciones, epitafios,… en abundancia sobrecogedora. Dice haber compuesto más de mil quinientas comedias, pero se conservan del orden de trescientas. Las temáticas fluctúan entre la acción amorosa, de lances e intrigas, el honor, los problemas en el desborde del poder, con testimonios de la situación conflictiva en lo político de España. Analistas consideran que Lope fue innovador en el teatro, con el antecedente de prolongada aplicación a la escritura de obras para ser representadas, lo que le lleva a escribir “El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo” (1609), contribución teórica a partir de su propia experiencia.

La poesía de Lope de Vega tiene todos los matices de su propia vida, de sus pasiones, desvelos, desafíos, con la gracia, la levedad y la música que es debida; sátiro que canta, bebe y baila; en sus versos vibran los oficios del campo, las bodas en sus festejos, el trajín de los rebaños, los trinos en los jardines. como bien lo señaló Rafael Alberti. Es divertido y trascendente. Supo de los destierros, de los celos, de las frustraciones de amor, de las caídas dolorosas y de la gloria por reconocimiento y exaltación. Estuvo entre los polos opuestos y acudió a la creencia religiosa con angustia y remordimiento, para exaltar la figura de Cristo, el “Jesús mío”, que llama.
De la cantidad de mujeres que pasaron por sus manos se recuerdan, ante todo, las siguientes, identificadas como tréboles: Elena Osorio, Isabel de Urbina, Ana Trillo, Lucía Salcedo, Juana Guardo, Micaela Luján, Marta de Nevares, y la Amarilis de sus últimos apasionamientos. En uno de sus maravillosos sonetos, nos dice: “Muere la vida y vivo yo sin vida/ ofendiendo la vida de mi muerte;/ sangre divina de las venas vierte/ y mi diamante de su dureza olvida.”
Compungido Lope por sus desfallecimientos, busca amparo en Congregaciones, una de ellas la del “Oratorio de las Trinitas Descalzas”, y luego ingresa a la “Orden Tercera de San Francisco”, donde escribe los “Cuatro soliloquios de Lope de Vega Carpio”. No dejó de sentir desengaño al considerar que no tenía la agnición y los honores merecidos, a la vez que observaba con preocupación y cierto desdén el reconocimiento a los nuevos escritores, en especial a Góngora. Es de advertir que el mayor soporte en valía del Siglo de Oro de la poesía española es debido a las obras de Quevedo, Góngora y Lope de Vega.
Pero el motivo fundamental de estas líneas es considerar las características de esta obra singular de Don Efraím. En el libro el autor se ocupa de revisar las obras de Lope para detectar en ellas expresiones que por singularidad resalta con observaciones de interpretación y de nexos con otros autores clásicos e, incluso, con la vida del mundo contemporáneo. En la mayoría de las obras que aborda escribe al comienzo alguna significativa reflexión suya, en especie de epígrafe.
Por ejemplo, al ubicar en “La estrella de Sevilla” alusión por afrentas y sospechas, interpreta como los seres humanos en muchos actos buscan el interés por alcanzar beneficios morales o materiales. Esta consideración puede correlacionarse con su encuentro en “Fuenteovejuna” al decir Lope que no hace bien quien los gustos atropella, lo que le da motivo al autor para referirse a la consideración que merece una tercera persona involucrada en la toma de alguna decisión, la cual debe ser tenida en cuenta.
En la tragedia “El castigo de la venganza” encuentra la estimación de Lope acerca de llamar valiente a quien busca y desafía el peligro. A este propósito Don Efraím dice con propiedad no considerar la valentía como la manera de enfrentar los peligros sin reflexión, puesto que en este caso lo que ocurre es la temeridad. En otro aparte de la misma tragedia encuentra que Lope se refiere a los males que se dan en las miserias humanas, lo que lleva al autor a interpretar que los seres humanos con inclinación al mal son capaces de llegar a cualquier extremo por bárbaro que sea.
En el drama-comedia “Los prados de León” se topa con la consideración de Lope sobre la envidia, y Don Efraím alude a la manera como por envidia se acude a insidias y a engaños para lograr hasta propósitos criminales. En la comedia “El premio del bien hablar” aparece la relación entre las obras injustificadas y las palabras que aducen lo contrario. El autor nuestro considera que quien obra de manera torcida o trapera sus palabras no pueden ser honestas, puesto que lo que busca con ellas es encubrir el proceder maligno.
En la comedia “Las bizarrías de Belisa” halla alusión al eventual precio de los amores y como las malas costumbres sobrepasan a la razón. El autor en comento asevera con justicia que no siempre las mujeres aman por intereses materiales, sino por estimar los atributos que en realidad engalanan la vida del otro. Asimismo señala que es frecuente avasallar con las costumbres el recto juicio de la razón en los modos de actuar.

De igual modo el autor recorre la poesía, las églogas, los epitafios, las rimas sacras, las canciones, el romancero espiritual, los sonetos, para esclarecer versos con apreciaciones de estimar. Así encuentra que el tiempo en su paso es despiadado con los seres humanos, condenados a un irredento declive en todas las características. El afloramiento intempestivo de la angustia que puede perjudicar. Lo que le lleva también a encontrar en los versos las manifestaciones sobre el inexorable destino de todo lo creado.
En un Romance de Lope está la referencia digna de quien muere por motivos de practicar verdades, ante lo cual Don Efraím invoca la validez del respeto, la tolerancia, la consideración, la manera de pensar de quien es capaz de sacrificar hasta la vida por su ejercicio recto en conductas, palabras y concepciones. Es, ni más ni menos, la apología del bien común.
El sentido de la finitud, de lo temporal, de lo pasajero en las vidas y en el simple pasar, lo explora también en variantes de la poesía de Lope. El paso indeclinable del tiempo no perdona belleza ni vitalidad. De igual modo encuentra la preeminencia posible del mal como inclinación en la naturaleza humana, condición a la cual hay que oponerse con la formación que se adquiere en la familia, en la educación y en las relaciones con las mejores amistades, para adquirir la conducta en obras llevadas a cabo sin falta con rectitud.
Resalta las manifestaciones de Don Lope que se oponen al desenfreno de la pasión, auncuando, con Horacio, acepta la imperfección de los seres humanos manifiesta en todas sus actuaciones. Lo inmutable es ausente en la vida. Los momentos de dolor, desasosiego, tranquilidad y felicidad suelen ser también pasajeros, incluso con intercambios en los estados opuestos.
Interesante compartir los epígrafes de Don Efraím en los diversos capítulos, que son a la vez lecciones de pensamiento y conducta:
La obediencia ciega e irracional induce a los seres humanos a cometer actos despreciables y aun criminales, que más tarde llorarán
La envidia y los celos no son buenos consejeros: quien sus dictámenes sigue comete gravísimos errores y aun delitos, que tarde o temprano pagará
La voluntad de una comunidad unida, y decidida a alcanzar su objetivo, es inquebrantable, y no hay poder que la doblegue.
Castigar con justa causa es, de ninguna manera, venganza.
El amor, aunque sea platónico, no puede volverse ni hostigamiento ni importunación, pues las consecuencias de esta conducta son siempre aciagas para el enamorado.
La justicia y la piedad, cuando provienen de un príncipe justo, no se excluyen.
En el momento de escoger entre dos cosas, las personas sensatas se inclinan por la que les augura más seguridad, aunque la otra, aparentemente, sea más llamativa por cualquier razón.
A pesar de las circunstancias cambiantes y de la inestabilidad de los sentimientos humanos y de sus actuaciones, lo que ha de ser será.
El amor allana obstáculos, derriba muros, devuelve la cordura, en una palabra, obra milagros.
El honrado vivirá su vida en paz y sosiego, y tarde o temprano recibirá su recompensa.
Una patraña bien urdida puede cambiar el destino de las personas.
Las buenas maneras y el uso limpio y comedido del lenguaje abren puertas y conquistan voluntades.
Cuando se toman atajos o el camino equivocado, se corre el riesgo de hacer inalcanzable la meta pretendida.
Los remilgos, melindres y la testarudez nos inducen a perder muy buenas oportunidades, y, al final, nos obligan a escoger la única que se nos presentare, aunque no nos seduzca.
Las circunstancias, con más frecuencia que la que deseáramos, ejercen su influencia en nuestro destino.
A pesar de las circunstancias adversas y del uso o costumbres de una sociedad o de una familia, en lo que atañe a la vida de una persona debe imponerse su voluntad.
Hay decisiones que, por ir en contra de la naturaleza humana, son insostenibles.
La pobreza se convierte en riqueza cuando quien la padece es un ser humano noble, responsable y generoso.
De esta manera comprende uno la razón de ser del título de esta obra: “El pensamiento de Lope de Vega”. No se trata de un estudio ensayístico, sistemático, sobre las concepciones filosóficas de Lope, sino una pesquisa meticulosa en su extensa y variada obra para desentrañar ideas relativas al comportamiento humano y a la trascendencia espiritual. Allí está representado un conjunto de cualidades por rescatar en los tiempos que corren, para guiar las conductas individuales y sociales. La literatura suele ser una fuente, no estimada en forma debida, de testimonios de los tiempos, a través de personajes, narraciones, mitos, leyendas, teatro, poemas,… que sirven para identificar a los autores pero, ante todo, los contextos de sus vidas. De ahí el afán por promover la lectura ante todo de los clásicos de todos los tiempos. Autores de momento pueden ser igualmente aleccionadores, y de la bondad en su escritura juzgará la manera como perduren. El tiempo en su paso demoledor da pie para consagrar nombres y obras, como también para dar paso al irremediable olvido.
Termino estas notas expresando el significativo valor intelectual y académico del maestro, Don Efraím Osorio-López, cuyos libros son fiel testimonio de la inteligencia, la erudición, la vocación y la laboriosidad de incansable cultor de nuestro idioma. Basta con acudir a sus columnas de prensa semanales y a sus libros, que refiero: “Belcoraida y Rostubaldo (Somnia)”; “Dichos, sentencias y refranes de La Celestina”; “Compilación e interpretación bilingües (inglés-español) de dichos, refranes y adagios de la lengua castellana”; “Quisquillas de alguna importancia” (2 volúmenes); “Viejos, añosos y añejos – Dichos y refranes del Castellano”; “La sabiduría de Don Miguel de Cervantes Saavedra”; “Los cuentos de don Efraím”.
En Aleph, 18 de marzo del 2021