Cargando sitio

Apuntes sobre Jorge-Luis Borges

Quizá la historia universal es la diversa entonación de algunas metáforas.
                                    J.L. Borges
(en “La esfera de Pascal”, contenido en “Otras inquisiciones”

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando
vi todas las cosas y lo he olvidado?
Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy
falseando y perdiendo,
bajo la trágica erosión de los sueños, los rasgos de Beatriz.
                                     J.L. Borges
(frases finales de “El Aleph”, en la “Posdata del primero de marzo de 1943”)

La literatura es un bien innegable en la condición humana. Ella es de continuo descubrimiento, interpretación de realidades, y asombro. Se acude a la literatura no solo por recreación, también por conocimiento y por escudriñar en lenguajes abiertos, de exploración indagadora y de acomodo a las incertidumbres reinantes. Sus manifestaciones, por las obras de los más logrados escritores, nos atrapan, independiente de las disciplinas de los lectores. Es un recurso para todos, sin distingo alguno. De ahí que los libros y las bibliotecas, en mayor grado con los desarrollos digitales, han sido y siguen siendo fuente de saberes y de diálogos con épocas, con autores y entre personas las más diversas.

Borges, como en general los clásicos, es un personaje en la historia de la Cultura que llena todos los espacios. Analizado, difundido y polemizado. Su estatura intelectual no tiene talla de comparación. Formado desde muy joven en disciplinas del más variado conocimiento, sin que nada le fuera ajeno, en idiomas, en temáticas, en formas de escritura, incluso en simpatías por la ciencia, en especial la matemática. Agnóstico y escéptico, incorregible, portador del complejo de Edipo (dependencia plena de la mamá, Leonor Acevedo, quien muere en 1975 de 99 años). Nació en Buenos Aires en 1899 y muere en 1986 en Ginebra, su segunda patria por propia elección. Tuvo el inglés desde pequeño y a los ocho años escribe en ese idioma artículo sobre mitología griega, escribe también un relato, La víscera fatal, influenciado por El Quijote que ya había leído. A los diez años traduce El prófugo feliz de Oscar Wilde.

A los 15 años fue a Ginebra con sus padres donde cursa el bachillerato y se empina con vocación inquebrantable en asimilar la cultura europea, con su historia, sus lenguas y su producción variopinta. Aprende alemán para leer a Schopenhauer, quizá el filósofo que más admiraba, y en este idioma lee por primera vez las “Hojas de hierba” de Walt Whitman, obra que después traduce al español de su original en inglés.  Estudio a fondo el latín de muy joven, el que perfeccionó con estudio intenso en Mallorca, de veinte años, y pasado el tiempo se ocupó de estudiar inglés y escandinavo antiguos, para escudriñar obras en esas lenguas. Dijo haber aprendido a leer con escepticismo por influencia de Macedonio Fernández, escritor extraño, excéntrico, de escasa y singular obra, más influyente por el método socrático, de quien tuvo “impresión profunda y duradera”, en sus propias palabras.

Emil Cioran, ese gran y curioso filósofo, maestro supremo del pesimismo y apóstol del nihilismo, identificó a Borges con las siguientes palabras:

“Fue un espíritu universal, al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.”

“…, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al «último delicado»…”

Ref.: Emil Cioran. En carta a Fernando Savater, París, 10 de diciembre de 1976. Contenida en su libro “Ejercicios de admiración y otros textos” (Tusquets Editores, Barcelona 1992/1995)

A poco de llegar Borges a Ginebra, conoció a Maurice Abramowicz, judío-polaco, dos años menor que él, compañero del colegio, quien lo induce a la lectura de Rimbaud. Cuando Abramowicz muere (1984), Borges lo recuerda en estremecedora página que termina: “Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.”

Pasa dos años en España (1919-1921), donde asume influencia ultraísta. Regresa en el 21 a Buenos Aires y ese reencuentro lo conduce a celebrar la ciudad con una serie de poemas que publica en su primer libro: “Fervor de Buenos Aires”. De ahí en adelante su obra se desarrolla y difunde con gran acogida, incluso con apariciones en la prensa. Toda su obra tiene acentos de preocupación, obsesiones, en temas como los laberintos, el tiempo, el sueño, el infinito, la violencia, la deslealtad, los espejos, la biblioteca,…

Transcurrido el tiempo Borges llega a ser auxiliar primero en la biblioteca municipal Miguel Cané, en barrio marginal al suroeste de Buenos Aires, donde trabajó nueve años, y escapado en sus sótanos se dedicaba cinco horas diarias a la lectura y escritura. Ya era escritor conocido, incluso por su beligerante posición contra Juan-Domingo Perón, quien al tomar posesión de la presidencia en 1946, uno de sus primeros actos de gobierno es trasladar al ya célebre bibliotecario como “inspector de aves y conejos en los mercados municipales”.  Borges renuncia antes de hacerse efectivo el traslado. Como era persona de familia con pocos recursos económicos, se siente con gran vacío, pero por sus reconocidos conocimientos comienza su etapa de conferencista y la Universidad de Buenos Aires le echa mano para que asuma clases sobre literaturas inglesa y de Estados Unidos, y también pronto es convocado a conferencias internacionales, comenzando por el país del norte donde se ocupa de la literatura argentina.

Y como el tiempo no cesa, Borges es nombrado director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, en 1955. Al asumir el cargo, que ejerce por 18 años, lo hace en el momento de quedar totalmente ciego, con el antecedente de otros dos directores que padecieron la misma limitación: José Mármol y Paul Groussac. Pero esa situación le potencia la memoria, de suyo poderosa, la asimilación de lecturas que le hacen y la composición de poemas, relatos y ensayos que dicta, con absoluta coherencia.

Coincidente con esa doble situación, quedar ciego e ingresar a la dirección de la Biblioteca Nacional, está coetáneo su “Poema de los dones”, que en unos apartes dice:

……
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
………….
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

 

Toda su obra desde entonces tiene ese carácter sorpresivo, pero cuando habla en entrevistas y conferencias sobre su ceguera, utiliza la expresión relacionada con lo que escribe, una bella figura para dibujar lo que dicta.

Las conferencias de Borges eran de una erudición pasmosa, con sabias conexiones entre autores y épocas, sin titubeo alguno. Sus citas de memoria, incluso en varios idiomas, son de asombro. Libros devorados por la voz de otros, y ubicados con libertad en su prolijo discernimiento. Con otra cualidad; en sus exposiciones era, increíblemente, modesto, humilde y sin arrogancia alguna. Incluso le gustaba que le preguntaran y debatieran. A veces se le juzga con ligereza por haber sido un escritor de la literatura y el pensamiento, sin poses en lo político ni en las problemáticas sociales. La escritura y la palabra eran su mundo de exploración y creación, de sabiduría incontrastable. De mentalidad un tanto ecléctica, incluso con algo de anarquía intelectual e irónico. Su antiperonismo lo llevó a condescender con el dictador Videla, de quien recibió condecoración; parecido ocurrió con los honores que le tributó el otro dictador, Pinochet, en Chile. Esas dos aparentes afinidades ingenuas lo marginaron del Premio Nobel, pero no lo necesitaba. Su obra trasciende en el tiempo, y su notoriedad creativa es superior a la mayoría de los galardonados. He dicho que “aparente” esa afinidad, por cuanto pienso que esos actos fueron parte de su anarquía intelectual, de su capacidad de ironía.

Hay un escrito en especial que me sedujo temprano y me sigue acompañando. Se trata del cuento o relato “El Aleph”, cuya primera lectura hice en 1966, al descubrirlo en el libro “El retorno de los brujos”, obra de Louis Pauwels y Jacques Bergier (Ed. Plaza y Janés, Barcelona 1964;  pp. 510-522). Yo era estudiante de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional de Colombia, cuando el rectorado de José-Félix Patiño y al amparo del agite cultural liderado por Marta Traba. Y me inventé la Revista Aleph, con el estímulo de Marta y de nuestro Decano Magnífico, el ingeniero de la Escuela de Minas (UN, Medellín), de principios del siglo XX y arquitecto de París, el maestro Alfonso Carvajal-Escobar. El nombre de la Revista surge de esa creación de Borges, en la doble dirección: por el humanismo y por la ciencia, en virtud de incorporarse en el relato, en una matriz de insospechada erudición y esencia poética, la “Mengenlehre”, o teoría de los conjuntos infinitos, elaborada por el matemático alemán George Cantor (1845-1918), a cuyo primer transfinito le dio el nombre de “Aleph”, primera letra del alfabeto hebreo. Además con el contexto judío de la Cábala, “el En Soph, la ilimitada y pura divinidad”.

Era el enfoque descubierto que podía representar nuestra formación en ingeniería y las veleidades de lector de interés múltiple, con campos de la literatura, la ciencia y la filosofía.

Ese relato complejo, erudito y fascinante, tiene antecedentes en su preocupación por el infinito y la geometría en un espacio multidimensional. En su ensayo sobre Pascal cita a Giordano Bruno, de quien recuerda el siguiente pensamiento: “Podemos afirmar con certidumbre que el universo es todo centro, o que el centro del universo está en todas partes y la circunferencia en ninguna.” Imagen que aparece desarrollada en “El Aleph”.

La literatura de Borges tiene una matriz dominante del ensayo, en tanto modelo de exploración y duda, de provisionalidad en los conocimientos, con solvencia en lo probable y en las conjeturas. Incluso en ocasiones en su poesía hay asomos inocultables en el pensamiento y en teorías puestas en cuestión.

En “El Aleph” hay esa hibridación de narración creativa, poética, sentido de la argumentación, delirio sonambúlico y navegación en lo incierto. Borges es el narrador y principal personaje, que hace suponer esa creación como especie de crónica de su vida. Con dos compañías: Beatriz Viterbo que simboliza los retos de su amor frustrado, y del primo de ella, Carlos Argentino Daneri, en quien vierte toda la ironía de que es capaz, por considerarlo su contendor en el amor a Beatriz.

Ese cuento lo escribió Borges pasados los 40 años de edad, cuando tenía una relación amistosa con la escritora uruguaya, Estela Canto, residente en Buenos Aires, quien se fascinó con las conferencias de aquel y lo seguía con admiración. Ese relato está dedicado a ella. Y hay historias de esa relación que la Canto cuenta en su libro “Borges a contraluz”.

El relato comienza con la muerte de Beatriz Viterbo ocurrida en febrero de 1929 y se propone peregrinar a su casa cada 30 de abril, en su cumpleaños, para recordarla con mayor intensidad. Y es la casa donde ha quedado Carlos Argentino Daneri dedicado a describir en poemas todo lo existente en el mundo, con desgarbo y altisonancia, que Borges ridiculiza cuando consigue que aquel le muestre algunos fragmentos. Incluso apunta Borges antecedente en esos esfuerzos por describir totalidades como en el caso del escritor inglés Michael Drayton (1563-1631) con su obra Polyolbion, que en quince mil dodecasílabos describe la geografía y los seres vivos pobladores de Inglaterra.

Borges se recrea con las fotos de Beatriz en las paredes, enunciando sus momentos, cualidades y belleza. Avanzada la narración, Daneri convoca a Borges para contarle que los dueños de la casa la demolerán, y su secreto es que allí está el Aleph, elemento que le inspira todos los detalles de su desmesurado proyecto. Y lo invita a visitar ese lugar de privilegio y misterio. Ya en casa, Daneri lo instruye de como ubicarse en el sótano del comedor; cumplidas las instrucciones Borges acostado en posición decúbito dorsal, mira al escalón 19 y observa una pequeña esfera de 2 a 3 cms. de diámetro donde se reproduce en simultaneidad todo, absolutamente todo. Borges al salir de ese lugar, cruza palabras esquivas con Daneri, pero pasa en el relato a describir lo visto, un bello poema con los encantos y misterios de una creación extraña. Allí percibe, entre otras, de qué murió Beatriz, un cáncer de seno, y descubre las cartas eróticas que esta le escribía a su primo. Un desengaño.

Ocurre que Borges con inconcebible frialdad, cobra especie de retaliación con Estela Canto, quien fue enterándose de la escritura y a quien le obsequia el manuscrito luego de ella transcribirlo en máquina. En ese ir y venir con Estela, Borges sintió amor por ella y en algún momento le propuso que se casaran, a lo cual Estela le repuso que no se casaría con quien antes no se hubiera acostado. Borges entra en pánico. Y es de suponer que Beatriz en el cuento es la imagen de Estela.

Incluso Borges refiere esa relación en entrevista que le concedió cuarenta años después (1983) al periodista Ricardo Kunis. Beatriz Viterbo en la ficción es Estela Canto, portadora de su amor, un amor trunco, que cobra especie de fría revancha o desquite en el cuento, a sabiendas que es desarrollado cuando aquella amistad real existía.

Otro detalle especial en “El Aleph” es cuando se relata que tanto Borges como Daneri presentaron obras a un concurso; Daneri es galardonado con el Premio Nacional de Literatura y Borges no clasificó, con “Los naipes del tahúr”. Al parecer, es una muestra de humildad. Asimismo, Borges desentraña el significado de Aleph, como la primera letra de la “lengua sagrada” y para la Cábala (kabbalah) tiene el sentido de la infinita divinidad, reconocida como el En Soph, en la cultura espiritual hebrea.

Borges estima que el centro de ese relato es el encuentro y la descripción poética que hace del Aleph, que vale la pena leer en voz alta:

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

 

Hay otra obra de Borges que me suscita similar emoción. Se trata de su último libro, “Los conjurados”, el que le dictó a María Kodama en Ginebra, donde dispuso ir a morir cuando ya estaba con dolencia letal, en 1985, por haber considerado, desde temprano en la vida, esa ciudad como su segunda patria, con la intención de concluir allí su vida, lo cual cumplió a cabalidad. Ese libro reúne unos 40 poemas que dictó a la Kodama, con una absoluta serenidad de espíritu y lucidez mental inagotable. Escribe –como dice él- una dedicatoria muy sensible a María que llama “Inscripción”, donde le recuerda algunos de los lugares del mundo que recorrieron juntos, al decirle: “De usted es este libro,… /… Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro.”

También le escribió un “Prólogo” donde, entre otras cosas maravillosas, expresa: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante en el paraíso.”  Ese hombre que está en las últimas de la vida no siente angustia, desolación, abandono, sino que expresa felicidad. Su comprensión de la muerte como un fin ineludible, pero con la convicción de haber cumplido a cabalidad su propio destino. Allí están los recuerdos más firmes, las evocaciones del Cristo en la cruz, de las noches, los ríos, las nubes, los sueños, los ayeres, la milonga, Andalucía, el ciprés,… los personajes de sus entrañas (Abramowicz, César, Góngora, Sherlock Holmes, Swinburne, Schopenhauer, Conrad, Shakespeare, Dante, Emerson, Goethe, Carlyle, Whitman, Joyce, Enrique Banchs,….).

La afición por el conocimiento científico de Borges partió del regalo que le hizo su padre, siendo un niño, de unos volúmenes de egiptología y paleontología. En su obra hay reflejos de esos conocimientos que han llevado a varios autores a examinar esas nociones. Por ejemplo el científico evolucionista Marcelino Cerreijido, en mirada atenta a sus libros, dice: “… a veces lo vemos [a Borges] surgir del caos como un fantasma que regresa a contrapelo del tiempo, se introduce en la historia y se hunde en la mitología para recrear el drama de un fatigado Minotauro, o para mostrarnos una faceta de Facundo Quiroga que no habíamos advertido.” (cf. “Borges visto por un científico”, en “Borges y la Ciencia”, Ed. Eudeba, Buenos Aires 2004).

En la paradoja de la serie de los números naturales (1, 2, 3…) ser infinita, y la serie de los números pares (2, 4, 6,….), también, y al fusionar los unos con los otros se consigue un infinito unificado. Lo cual lleva a pensar que una parte equivale al todo. Cuestión que fascina a Borges, con la apreciación que en el infinito matemático el todo no es necesariamente mayor  que cualquiera de las partes. Es decir, hay partes que son iguales o equivalentes al todo. (cf. Guillermo Martínez. Borges y la matemática. Ed. Destino, Barcelona 2007). Paradoja que incorpora Borges en “El Aleph” en la Posdata, al aludir a la teoría de los números transfinitos de George Cantor, “en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.”

El tema de la infinitud lo aborda en múltiples escritos. En 1939 publica “La biblioteca total”, una meditación sobre su característica de inabarcable. En su relato/ensayo, “La biblioteca de Babel” (1941), en la primera frase da la señal: El universo que otros llaman la Biblioteca, la concibió integrada por galerías hexagonales iguales, con especial exposición de sus características en el primer párrafo y en el tercero,  ha sido motivo de investigación por científicos como Max Tegmark y Brian Greene, hasta esclarecer su geometría con las formas que la integran, en proporciones que tienden al infinito. En cada muro 5 estantes, en cada estante 32 libros, en cada libro 410 páginas, en cada página 40 renglones, en cada renglón 80 símbolos y en cada símbolo 25 variantes… Es decir, un mundo de dimensiones inabarcables.

Por otra parte, además de la inmensa cantidad de apologistas de la obra de Borges no han faltado quienes disientan de su importancia. Por ejemplo, Eduardo Escobar, poeta y ensayista de la generación del Nadaísmo, dedicó dos ensayos a demeritar su obra. Así, llegó a expresar: “Es un orfrebre distinguido, a lo sumo. La gran ausente en sus historias de criollo educado, es la vida… Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura… Borges no consiguió hacer carne el Verbo. Su escritura siempre fue demasiado prudente, cautelosa y contenida. Como la marcha de los ciegos.”

En contraste, otro colombiano ilustrado y pensador, Carlos Gaviria, anotó en conferencia suya sobre Borges (2015) que “Borges era un hombre con un temperamento profundamente filosófico, permanentemente acosado por problemas metafísicos…/… La lecturas de Borges que están presentes a través de todos sus escritos revelan un conocimiento profundo de Heráclito, de Parménides, de Platón, de Aristóteles, de todos los filósofos griegos, especialmente… de los filósofos platónicos, de San Agustín, de Plotino. / Luego, en la Edad Media, de Guillermo de Ockham, de Baruch Spinoza. Y en la Edad Moderna, de Leibniz, de Kant, de Schopenhauer y de filósofos contemporáneos como Russell.”

A propósito de los sueños, como uno de los temas prevalentes en su obra, Borges hizo y publicó una antología intitulada “Libro de sueños”, y en él está este bello soneto: “Sueña Alonso Quijano”:

El hombre se despierta de un incierto
sueño de alfanjes y de campo llano
y toca la barba con la mano
y se pregunta si está herido o muerto.

¿No lo perseguirán los hechiceros
que han jurado su mal bajo la luna?
Nada. Apenas el frío. Apenas una
dolencia de sus sueños postrimeros.

El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y Don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo

está pasando que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
los mares de Lepanto y la metralla.

 

Es inagotable todo lo que puede decirse sobre el personaje y su monumental obra, lo que es motivo de esta tertulia. Pero puede complementarse con este texto de Borges, viéndose él mismo:

Borges y yo; por Jorge-Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario bibliográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y lo infinito, pero esos juegos son de Borges y ahora tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cual de los dos escribe esta página.

De este conjunto de cosas que he expresado, vale la pena intentar redondear algunas ideas sobre el Borges total, el de siempre explorar con descubrimientos continuos en conocimientos, creaciones, símbolos, metáforas. Fue un creador incesante de mundos en toda su obra, resultado de los asombros que lo estremecían en la vida diaria, con la apariencia de frialdad o de sosiego. La ambición de infinito lo estremecía en especie de fantasma que aparece y desaparece, que induce intuiciones y aventuras de pensamiento, con articulaciones en el conocimiento profundo de esas inagotables lecturas que llevó con pasión.

El grande escritor nuestro, William Ospina, en su valoración del personaje que nos ocupa, escribió: “Borges siente que en este mundo los sueños existen más que la realidad, que Don Quijote existe más que Cervantes, que Hamlet existe más que Shakespeare. Como Pascal, mira un grano de arena y piensa que lo mejor contiene un universo, mira el universo y se pregunta si no será apenas un grano de arena de otra realidad inabarcable.” (cf. “El asombro”, W.Ospina; “El Espectador”, 29.XII.2019)

Manizales, en Aleph, a 26 de octubre de 2021. En tertulia virtual de académicos sobre literatura, establecida desde el 2000 por iniciativa y liderazgo del “Académico Honorario” (Accefyn) D. Alberto Ospina.

Compartir: