El feminismo es humanista
El feminismo es una corriente de pensamiento que se viene gestando desde el siglo XVIII, y que, aunque carece de fronteras rígidas, tiene ciertos hilos comunes de pensamiento y acción: defiende la igualdad de la mujer respecto al hombre, somete a crítica la historia de opresión de la mujer y del sistema patriarcal que la sustenta, y critica los argumentos que legitiman la historia de la discriminación. Desde sus comienzos, el feminismo es una toma de conciencia acerca de la situación de la mujer en sociedad. Parte del reconocimiento de que “la mujer ha sido siempre marginada socialmente a lo largo de la historia, se le ha discriminado y considerado una “menor de edad” como persona, con una actitud similar a la del colonizador ante los habitantes de sus dominios” (p.9); esa toma de conciencia, que se ha presentado de distintas maneras desde la antigüedad, tuvo un auge destacado desde finales del siglo XVIII, cuando se desarrollo como una forma de pensamiento vinculado a la ilustración, se desenvolvió como un movimiento social y se asumió como una toma de posición personal frente a las relaciones sociales. “La lucha por la emancipación y liberación femenina nace siempre de la conciencia de esta situación de inferioridad y aspira a derribar las barreras que hacen de la mujer un ser social y personalmente inferior al hombre” (Gloria Steinem. P. 9)[i].
[i] Steinem. Entrevista en “La liberación de la mujer”. Biblioteca Salvat, 1974.
El feminismo puede considerarse una forma de humanismo en tanto propende por el cultivo de los rasgos que definen lo humano y cree en las posibilidades del mejoramiento de la condición humana, cuyas definiciones asume como ideales de lucha; como el humanismo, el feminismo es un camino de autorreflexión y auto comprensión de la especie; consiste en la lucha por el reconocimiento de la mujer en su dignidad como persona libre y capaz de gozar de los mismos derechos y de cumplir las mismas obligaciones de los demás ciudadanos. Y, en tanto el humanismo actual considera al proceso de reconocimiento de los seres humanos en su reciprocidad, como uno de los procesos humanizadores más profundos y creadores de la cultura, cabe afirmar que los movimientos feministas son humanistas. Clara Campoamor, la diputada española, quien, en 1931, en un debate ante las cortes de España defendía el derecho de la mujer al voto, afirmaba: “Digamos que la definición de feminista con que el vulgo pretende malévolamente indicar algo extravagante indica la realización plena de la mujer en todas sus posibilidades, por lo que debiera llamarse humanismo” (Ana de Miguel, 2015 p. 27)[i]”. Y Ana de M. acentúa: “Efectivamente, el feminismo es un humanismo, es la lucha por el reconocimiento de las mujeres como sujetos humanos y sujetos de derechos, es y ha sido siempre la lucha por la igualdad entre los dos sexos” (p. 27).
Ahora bien, mientras es posible afirmar que el feminismo es humanista, la afirmación contraria no puede sostenerse; la historia del humanismo no ha desarrollado una visión feminista, porque en la mayor parte de su tradición ha pasado por alto, e, incluso, rechazado la igualdad de la mujer. Sin embargo, muchos de los ideales de la definición de lo humano que se ha ido constituyendo en la historia de la cultura han sido apropiados por los sectores marginados y excluidos, de los cuales, cabe destacar la lucha femenina. Ni el feminismo es reductible al humanismo ni todo humanismo es feminista; ninguno de los dos conceptos puede ser reducido al otro. Significa más bien que el feminismo tiene una perspectiva humanista cuando teoriza y se moviliza en busca del mejoramiento de la condición humana, cuando propende por el enriquecimiento de la vida, cuando lucha por el reconocimiento de la mujer en su ser persona y su dignidad, y cuando somete a crítica el sistema de valores y las prácticas sociales de discriminación y menosprecio de la mujer y de otros grupos sociales. Además, las luchas feministas generalmente han estado imbricadas con diversos movimientos sociales, como la lucha contra la guerra, la colonización, la esclavitud, etc., todos los cuales cuestionan las prácticas sociales denigrantes de la condición humana, mientras buscan hacer aportes en la construcción de una vida en común más equitativa y más justa.
Establecer una relación entre humanismo y feminismo no significa plantear la equivalencia entre los conceptos, sino analizar sus semejanzas y diferencias y descubrir la manera en que conceptos y movimientos se entrecruzan, con el fin de aclarar sus significaciones. Feminismo y humanismo comparten su efectuación en tres niveles distintos pero entrecruzados de la existencia en el mundo: Primero, son teorías y formas de pensamiento; segundo, constituyen movimientos sociales; y, tercero, significan una toma de posición práctica de la vida personal y una manera de entender la vida. Entre los tres niveles no siempre hay coherencia, más bien, tienen quiebres y discontinuidades. Desarrollemos estos tres niveles.
La teoría feminista
“El feminismo como teoría es una teoría crítica de la sociedad. Una teoría que desmonta la visión establecida, patriarcal de la realidad” (Ana de M. p. 29); que nos ofrece una nueva red conceptual para entender los fenómenos del mundo y sus transformaciones; “unas gafas que nos muestran una realidad ciertamente distinta de la que percibe la mayor parte de la gente” (p. 29). Una apuesta del pensamiento que nos ofrece elementos para comprender la manera en que se reproduce el sistema patriarcal que se resiste a ser superado. Mientras que el feminismo es una toma de conciencia y una posición teórica progresista que trabaja por el mejoramiento de la condición humana y tiende al futuro y a los imaginarios de utopía, el machismo es una posición ideológica no consciente, que sostiene las estructuras patriarcales del pasado y perviven en el presente. Como ideología, el machismo tiende a legitimar, conservar y sostener las estructuras vigentes; a diferencia suya, el feminismo trabaja por el cambio y la transformación, de acuerdo con ideales sociales compartidos por buena parte de la humanidad, el machismo es resistencia al cambio. Comúnmente, el calificativo de “machista” se entiende como un atributo negativo, mientras no es así con el de “feminista”, aunque también sucede que se satanice por confusión y en tanto arma ideológica de obstrucción al cambio cuando es sentido como amenaza.
Si el humanismo es una corriente de pensamiento dinámica y cambiante, ocupada de la reflexión acerca de lo que define al ser humano; si tiene una historia que despliega la transformación del sentido de lo que en distintas épocas se ha entendido respecto a las características de la excelencia humana, historia que ha venido sistematizado una serie de propuestas y modelos que se modifican y van emergiendo en medio del declive de viejos esquemas que se ven debilitados y resultan infructuosos; y si en este sentido el humanismo es la comprensión de sí que el hombre ha forjado en diversas épocas y diversas geografías, y que cumple un papel transformador, cabe reconocer que el feminismo constituye un campo de desarrollo del humanismo, también dinámico, cambiante y transformador. Humanismo y feminismo constituyen en sus momentos de despliegue, movimientos críticos del pensamiento y de la práctica provocadores del cambio; han significado en su contexto histórico movimientos de subversión, de crítica, de autorreflexión y de invitación al cambio. Los dos constituyen más bien ideales de utopía que imaginarios sociales de conservación y legitimación.
Si bien es preciso reconocer que las ideas feministas proceden desde la antigüedad y han atravesado la historia de la cultura, también es cierto que puede considerarse la última década del siglo XVIII, momento cercano a la revolución francesa, como un hito o un acontecimiento del pensamiento en el esclarecimiento y la promoción de las capacidades y los derechos de la mujer; hay una toma de conciencia social acerca de la igualdad de la mujer respecto a las capacidades. Podría decirse que la mujer hace suya la reivindicación de lo que Ricoeur llama el “sujeto capaz” o el “agente capaz”. A partir del desarrollo del pensamiento ilustrado, comienza y promueve el impulso continuo de las ideas en defensa de la igualdad civil y política. La lucha se dio de manera teórica en varios frentes, ante todo, en el debate contra las ideas de la inferioridad natural de la mujer y de su minoría de edad. La lucha teórica se da, entonces, en torno al reconocimiento de las capacidades que hacen de ella un agente de deberes y de derechos en igualdad de condiciones con el hombre.
En tanto la discriminación se apoyaba en la idea de que la mujer estaba menos capacitada para el conocimiento y el uso de la razón, la reivindicación teórica de las capacidades consiste en la defensa antropológica de que es un “agente capaz”; dicha segregación intelectual y teórica autorizaba y legitimaba las demás discriminaciones. Además, los deberes siempre le fueron exigidos de manera rígida en proporción con lo que se consideraban sus incapacidades. Ya Mary Wollstonecraft, en la “Vindicación de los derechos de la mujer”[ii], obra que se conoce como una defensa de derechos, lleva a cabo una salvaguardia de las capacidades. La obra objeta abiertamente la pretendida inferioridad natural de la mujer, que atribuye más bien a los efectos de la educación y la cultura; de una educación que la forma para el matrimonio, la seducción, la subordinación y en valores superfluos, y una cultura que la incapacita para actuar: “la instrucción que han recibido las mujeres, dice la pensadora, hasta ahora solo ha tendido, con la implantación de la sociedad cortés, a convertirlas en objetos insignificantes del deseo -meras propagadoras de necios- si puede probarse que al pretender adiestrarlas sin cultivar sus entendimientos se las saca de la esfera de sus deberes y se las hace ridículas e inútiles” (Citado por G. Martino, 2000, p. 226)[iii]. La señora Wollstonecraft hace una crítica radical al sistema educativo impartido a las mujeres que las mantenía en una situación de inferioridad y de frivolidad, mientras les impedía realizar las capacidades del entendimiento.
La pensadora inglesa “trataba de situar las instancias de liberación y de igualdad social y política de las mujeres en el contexto del programa general ilustrado de los derechos del hombre” (G. Martino y M. Bruzzese.2000, p. 221). Consideraba que existía una igualdad natural entre hombres y mujeres, especialmente en las capacidades del intelecto, donde no tendría que haber diferencias si se le permitiera a la mujer su realización; incluso, en algunos aspectos, como el afecto, ella podía ser superior; invitaba a las mujeres a salir de la “jaula de oro” en que estaban sumidas por las pretensiones masculinas de exaltar ciertos valores de “feminidad”, las incitaba a formarse en la razón y a participar de las actividades intelectuales, civiles y políticas. Esta mujer como otras mujeres de la misma década siguieron los ideales del humanismo ilustrado que propendían por los ideales humanos de libertad y la igualdad; hicieron suyos estos valores del mejoramiento de la vida humana y los demandaron para sí; algunas de ellas exigieron su aplicación al punto de dar la vida por dichos valores.
La disputa contra la pretendida inferioridad de la mujer tiene antecedentes a fines del siglo XVI y comienzos del XVII en Venecia, cuando pensadoras como Moderata Fonte (1555-1592) y Lucrezia Marinelli (1571) opusieron la antítesis de la superioridad y la excelencia de la mujer frente a diversos escritos sobre su inferioridad ontológica. Mediante estudios históricos demostraron los excelentes resultados de la participación femenina en los diversos campos de la cultura como la ciencia y la poesía. Marinelli defiende la igualdad física y metafísica de los sexos a través del estudio de la posición de filósofos como Platón. (Martino y Bruzzese, 2000, p. 173-174). Así mismo, ya a comienzos del siglo XVIII, Mme. Lambert (1647-1733) defendía a las mujeres de ciencia y cultura de la época, sometidas al ridículo por subvertir los cánones, mientras que promovió la idea de la superioridad o la igualdad femenina, cuestionando a los hombres como responsables de sus dificultades para realizar las capacidades. En “Las nuevas reflexiones sobre las mujeres dirigió un severo discurso contra los hombres que son la causa de un enorme desperdicio, el de los dones naturales de las mujeres, descuidados o despreciados. Estos dones si hubiesen sido desarrollados, habrían situado a las mujeres en condiciones de contribuir a la felicidad de la humanidad y a difundir una concepción más pura y completa del amor” (Martino y Bruzzese, 2000, p. 192)
El feminismo es comprensión de sí del género femenino y de la especie humana; es pensamiento que invita a pensar, que cuestiona, que somete a crítica y exige transformación. Es toma de conciencia; es autorreflexión sobre la especie y las implicaciones de las diferencias de género y sobre las consecuencias de la desigualdad y la injusticia social. El feminismo es una forma de pensamiento que lucha por el reconocimiento de la mujer, de su lugar en la sociedad y sus derechos. Y significa la mayor lucha no violenta de la historia por la igualdad, la justicia social, y el mejoramiento de la vida en común. En este sentido el feminismo es una teoría que tiende al florecimiento de la vida humana y tiene profundas implicaciones en la vida práctica.
Los movimientos feministas
Son movimientos de tipo social que agrupan a diversos sectores de mujeres. Son movimientos caracterizados por la pluralidad y la diversidad. Es una práctica social y política que encarna los ideales del pensamiento feminista y que reúne diversos tipos de movimientos, gracias a su apertura ideológica e independencia del partidismo político. Así lo afirma Ana de Miguel: “La necesidad de unión de todas las mujeres, la constitución de un Nosotras como sujeto político –los pactos entre mujeres y los pactos de género- se deriva de la realidad de que, aunque sin duda la condición de mujeres interactúa con otras variables como la clase social, la etnia, y la orientación sexual entre otras, todas hemos sido excluidas de derechos por ser mujeres, todas compartimos una historia de opresión” (p. 31).
Como hemos dicho, el fenómeno social del feminismo inicia su marcha en la época moderna, ya avanzado el siglo XVIII, de manera paralela a las luchas de la revolución francesa por la promulgación y la democratización de los derechos. “El feminismo comienza en la llamada modernidad, a la par con las grandes transformaciones materiales e ideológicas que trajeron la Revolución Francesa y la Revolución industrial, y se extiende a lo largo del siglo XIX con la reivindicación del derecho al voto femenino y otras como el trabajo asalariado no estrictamente proletario y la educación superior… Desde entonces el feminismo es una pluralidad” (Ana de M. 2015, p. 29).
En el transcurso de los siglos XVIII al XX, los estudios hablan de tres grandes olas del feminismo[iv] para hacer referencia a la fuerza, el ímpetu y el impacto con que irrumpen estos movimientos. De alguna manera, la historia se ve atravesada por los mismos problemas, pero los movimientos se han desplegado de diversa forma en distintas épocas y con distintos énfasis, de acuerdo con los logros y la dinámica de los cambios sociales. La primera ola se despliega entre los siglos XVIII y XIX, y tiene el lema de que “sin derechos civiles para las mujeres no hay revolución”; la segunda, se considera desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el primer tercio del siglo XX, y tiene como lema “sin derechos políticos para la mujer, no hay paz ni democracia”; la tercera ola está comprendida entre la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI y defiende que “sin derechos sociales para las mujeres no hay derechos humanos ni justicia”.
Los problemas a los que se ha enfrentado el feminismo a través de la historia son los siguientes:1. Asunción de la inferioridad ontológica de la mujer; 2. Ausencia de respeto a la autonomía personal, al derecho a elegir, deliberar y tomar decisiones; 3. Desconocimiento jurídico de los derechos; 4. Desigualdad frente a los derechos económicos; 5. Desigualdad en la familia; relaciones de poder basadas en el género; 6. Privación del derecho a la educación; 7. Participación inequitativa en la vida laboral y profesional; 8. Reducción a objeto y mercancía sexual; y 9. Imposibilidad de decidir sobre su cuerpo y sobre las diversas acciones de la vida.
La primera ola se inaugura con la obra indicada de 1792 de Mary Wollstonecraft “La vindicación de los derechos de la mujer”, donde la autora reclama la igualdad de la mujer en el matrimonio, la sociedad y ante la ley, así como la necesidad del acceso a la educación y a la formación ilustrada. Las mujeres exigen la extensión y la aplicación de los derechos consagrados a los varones. Piden la abolición legal de los privilegios masculinos en el contrato del matrimonio y en las relaciones con los hijos; inician las exigencias de participación en el mundo laboral, en la capacitación profesional y en la educación. Y, ante todo, comienzan la larga marcha de la lucha por el respeto a la autonomía, la mayoría de edad o la libre elección. Un camino que todavía seguimos transitando.
Esta época se caracteriza por la participación beligerante de la mujer en los acontecimientos sociales. Fueron sometidas a la guillotina Olympe de Gouges, Manon Philipon y Mme Rolland. La primera escribió la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”, donde afirma que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las diferencias sociales solo pueden estar fundadas en la utilidad común” (Citado por Martino y Bruzzese, 2000, p. 213); defiende la ciudadanía de la mujer en las mismas condiciones que el hombre, es decir, la necesidad y obligación social de social del reconocimiento de sus capacidades y el ejercicio de sus derechos. Las mujeres, en sus escritos, en la participación política y en el liderazgo de los salones, verdaderos centros de debate cultural y político, ejercieron el don de la palabra, la capacidad de intervenir en política y la actividad intelectual. En la práctica se sobrepusieron a la exigencia a la que estaban destinadas: la dedicación a las labores domésticas y al cuidado de la familia.
La segunda ola se desenvuelve en relación con los movimientos socialistas que luchaban por una mayor igualdad económica y social. Se movilizaron de la mano de los sectores marginales en busca de sus reivindicaciones. “El horizonte ético político del feminismo decimonónico ha sido el del igualitarismo entre los sexos y el de la emancipación jurídica y económica de la mujer” (Martino y Bruzzese, 2000, p. 292). Exigieron el sufragio universal, el acceso a las profesiones y a cargos de todo tipo; las mujeres demandaron el respeto a la autonomía de la voluntad, declararon su mayoría de edad, esto es, la capacidad de pensar por sí mismas y tomar sus propias decisiones; se afirmaron librepensadoras e independientes; hicieron suyo el postulado kantiano de que todo el mundo debía superar la sujeción al pensamiento y a la voluntad de otros. Además, encontraron en la educación ilustrada, el mejor mecanismo para conquistar sus derechos. Las mujeres ya hacían parte del mercado laboral, aunque en condiciones de desigualdad. Exigen el derecho a administrar su economía; con numerosos obstáculos, refuerzan la lucha por mejores condiciones laborales, cambian su vestimenta, viajan, leen, escriben, publican y asisten a sitios públicos de esparcimiento. Deciden tomar a cargo su propia vida. El movimiento se desarrolla en Francia, Inglaterra, Alemania, Francia y España. En Colombia, muy avanzado el siglo XIX, sabemos de la contribución de Soledad Acosta de Samper, mujer que viajó por Europa, fundó un periódico dedicado a las mujeres, representó a Colombia en actividades diplomáticas de España, y escribió novelas y ensayos.
En la tercera ola hay un afianzamiento del pensamiento feminista, nacen diversas obras y estudios sobre sus implicaciones y significados, de las que pueden destacarse las obras de Virginia Wolf, “El segundo sexo” de Simon de Beauvoir y “el cuaderno dorado” de Doris Lessing (1962); surge una prolífica obra literaria femenina sobre el tema, se hacen investigaciones acerca de las estructuras patriarcales de desigualdad y discriminación, y se escriben diversas obras sobre las estructuras ideológicas de la conservación de los imaginarios de dominio y control. Estas pensadoras subrayan la necesidad de configurar un discurso apropiado a la subjetividad femenina, acostumbrado a expresarse en formas lingüísticas ajenas, impuestas por la sociedad patriarcal, mientras avanzan en la comprensión de la identidad y la diferencia de lo que Simon de Bouvaire llama el segundo sexo. Y encontraron en el arte, en la novela y el ensayo literario el mejor recurso para la expresión de las ideas.
Puede decirse que, durante el siglo XX, el movimiento feminista se caracteriza por el desarrollo de la formulación teórica y la investigación sociológica y antropológica, así como, por la exigencia de extensión y aplicación, en la práctica, de las vindicaciones exigidas desde los siglos anteriores, pero que seguían sin resolverse. Puede afirmarse también, que en la práctica de la vida social se presenta un gran avance en la consecución de los derechos, en el acceso a los diversos campos laborales, en la participación de la mujer en política, en el respeto a la autonomía, en la posibilidad de elección, pues es verdad que hoy podemos elegir pareja, divorciarnos, elegir o no el matrimonio, y muchas otras cosas, pero también es cierto que nos quedan muchos logros pendientes. Ahora mismo, hay diversas vertientes feministas que hacen énfasis en distintos problemas y reivindicaciones; se habla de feminismo radical, disidente, eco feminismo, ciberfeminismo y feminismo queer.
Antes de considerar las experiencias del presente y los retos para el porvenir, es necesario tratar brevemente el tercer nivel del feminismo, su ejercicio práctico en la vida cotidiano.
El Feminismo de la vida personal y la experiencia vital
En el nivel de la persona, el humanismo es una posición vital frente a la existencia personal y social, que hemos ejercido la mayoría de las mujeres en medio de la vida cotidiana. Es una pelea en primera persona que hemos librado en el seno de la familia, el espacio laboral, el desempeño de las profesiones, la vida pública y política, el mundo de la cultura y las relaciones interpersonales. Una lucha que hemos debido librar lentamente con pequeñas y grandes conquistas, pero que tienen un impacto profundo en la sociedad. La primera forma de disputa aún se despliega en el hogar, en la lucha por el reconocimiento de nuestra mayoría de edad en la familia; es una disputa que todavía tiene consecuencias graves para la mujer, como se manifiesta en las expresiones de la violencia. Poco podrían haber logrado los movimientos y las teorías feministas si ellas no fueran apropiadas y tomadas a cargo por amplios grupos de mujeres en su vida personal e íntima. Es la lucha cotidiana de la mujer por la autonomía, el respeto y el reconocimiento, y que hace parte de la larga marcha del ser humano en busca de la libertad.
También la apropiación personal de la posición femenina fue estimulada por el pensamiento de las mujeres cultas. El ensayo de Virginia Wolf de comienzos del siglo XX, “Una habitación propia”[v] es considerado como “una especie de texto sagrado del pensamiento feminista” (Martino y Bruzzese, p. 372); su aporte singular consiste en sacar a la luz un problema que aún desvela a la mujer: los obstáculos para tener una vida propia, la imposibilidad de acceder a un tiempo y un espacio propios, así como la exigencia de entrega total. Para Virginia Wolf los obstáculos más evidentes que la sociedad imponía a la mujer eran: “la dependencia económica, la negación de un espacio-tiempo autónomo. La mujer era siempre expropiada de su propio tiempo y de su propio intelecto. No tenía una habitación propia para pensar, fantasear, leer o escribir” (Martino y Bruzzese, 2000, p. 373).
Simon de Beauvoir es un ejemplo de toma de posición desde la condición femenina, que consideraba la más adecuada para integrarse en el mundo del quehacer filosófico, casi reducido a los hombres. Una frase suya es pauta de la acción femenina: “el feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. Aportó al estudio de la subjetividad femenina integrando su condición de mujer con el pensamiento existencialista. Configuró una serie de categorías para pensar la singularidad de la mujer en su situación en el mundo: identidad contra alteridad, libertad contra subordinación, subjetividad contra objetivación, trascendencia contra inmanencia (M y B. 2000, p. 416). Planteó la necesidad de vivir y redefinir la condición femenina, así como descubrir y resaltar sus valores en bien de la sociedad, la cual debe avanzar por caminos distintos a los de la guerra y la desigualdad y caminar hacia un proyecto de humanismo existencialista. Cabe destacar una idea Del Segundo sexo[vi], obra dedicada a la reflexión fenomenológico existencialista de la mujer; la segunda parte dedicada al estudio histórico muestra el carácter dialéctico del rol de la mujer en el mundo, que la autora marca con la paradoja de la presencia-ausencia: aunque siempre ha estado presente, de manera existencial y concreta en el dinamismo de la historia, aunque su rol siempre ha sido activo, su significado y sus aportes han sido callados invisibilizados, en una historia escrita por los hombres.
Finalmente, en la toma de posición feminista en la existencia concreta, de una primera persona que actúa, no puede olvidarse el aporte de miles y miles de mujeres que se han hecho cargo de una existencia rica y activa, y que han sufrido las consecuencias de la toma de conciencia y la reivindicación de los derechos; de las mujeres que en la historia han tenido que utilizar diversos recursos para realizar sus proyectos de vida, como bien lo han narrado la literatura y el cine.
Lo que tenemos y lo que nos falta
No podemos cerrar los ojos y negarnos a aceptar los profundos logros conquistados por siglos de lucha. Tenemos “una deuda con las mujeres que dedicaron sus vidas o parte de ellas a conquistar lo que hoy nos parecen los derechos más elementales” (Ana de M. 2015, p. 27). Sin embargo, en muchos campos, las desigualdades se resisten a ser superadas. El feminismo de hoy, llamado por algunos la cuarta ola, hace un alto en el camino para detenerse a pensar en las desigualdades que persisten, así como en las estructuras ideológicas que las sostienen. Dice Ana de Miguel: “Por estas razones, para luchar contra la desigualdad es tan importante detenerse a pensar, conceptualizar bien la realidad… Sólo un buen análisis de la realidad nos permite saber dónde estamos y cómo organizarnos para cambiar la realidad” (p. 11)
Los problemas a los que se enfrenta el feminismo contemporáneo tienen algunas variaciones: una primera pregunta nos inquieta: ¿Cuáles son las razones para que después de 270, y más, años de lucha no logremos construir una sociedad más equitativa para las mujeres? La respuesta tal vez no sea difícil: la estructura patriarcal -una estructura vertical, logocéntrica, de dominadores y subalternos- está demasiadamente arraigada en la sociedad, después de su pervivencia durante cientos de siglos de historia. Su transformación constituye una tarea lenta y difícil, porque toda sociedad de privilegios será defendida y sostenida a la fuerza por quienes se benefician de ellos; y los mecanismos de conservación y legitimación de hoy se configuran a través de diversas formas ideológicas.
Tal vez, dos desafíos centrales convocan y legitiman las luchas feministas de hoy: primero, los obstáculos que la sociedad sigue imponiendo para frenar la realización de los derechos de la mujer y el avance hacia el reconocimiento recíproco. Se sigue negando el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo y sobre la maternidad; en la familia, se le siguen poniendo obstáculos para la realización de sus propios proyectos, las relaciones de poder siguen vigentes en la vida laboral y familiar. Segundo, la necesidad de deconstruir y someter a crítica los imaginarios sociales de ideología que alienan a la misma mujer y que justifican y naturalizan la dominación y la discriminación. Conviene entonces hoy, develar las formas ideológicas en que se apoya esta estructura para mantenerse en pie, así tenga signos de estarse derrumbando. Quisiera proponer tres mecanismos de ideologización.
Una forma de sostener la estructura patriarcal se configura mediante la confusión, el desconocimiento y la descalificación del pensamiento, los movimientos y las prácticas feministas. Se confunden con “la lucha por la supremacía femenina” (Ana de M. 2015, p. 27) y con el odio por los hombres. Estos fenómenos no son extraños en un mundo todavía liderado y gobernado por una mitad de la especie que se cree amenazada. Mediante una educación no democrática, unos medios de comunicación ideologizados y hasta de las nuevas redes sociales, se promueven las ideas de la competencia, la rivalidad y la enemistad, en lugar de la complicidad, la reciprocidad y la ayuda mutua. Se crean estereotipos que invaden a la sociedad y promueven pensamientos machistas que, en muchas ocasiones pasan desapercibidos y son asumidos de manera inconsciente, incluso por las mujeres.
Sinembargo, cabe reconocer que “toda desigualdad humana se alimenta y desarrolla en los prejuicios, en la confusión de ideas. Ideas heredadas e ideas confusas sobre las causas de la desigualdad que la naturalizan, encubren y legitiman” (Ana de M. p. 11). Conviene, entonces, subrayar que la lucha feminista no está dirigida contra los hombres ni promueve el odio hacia ellos. Antes bien, les hace una invitación a participar en ese cambio, a entender los beneficios para la especie que están implicados en este movimiento por la igualdad, la justicia social y el reconocimiento. Es un proceso en el que todos ganamos, pues en vez de competencia promueve la reciprocidad y la solidaridad. Es una lucha que Invita a poner fin a la desigualdad más antigua y universal, la desigualdad entre hombres y mujeres. Una auténtica escuela de desigualdad humana” (Ana de M. p. 11).
Otra forma de sostener la estructura patriarcal y la ideología machista consiste en la alienación de la conciencia. Si el feminismo es toma de conciencia, este se combate mediante la deformación de la conciencia. Promoviendo la creencia de que existe la igualdad se deslegitiman las críticas, se oculta la verdad y se conduce a la mujer a aceptar las prácticas de desigualdad, tal como sucede en la motivación a la prostitución y la cosificación del cuerpo en la publicidad y la sexualidad. Hoy “la desigualdad ya no se reproduce por la coacción explícita de las leyes ni por la aceptación de las ideas de “la inferioridad de la mujer” (Ana de M, p. 9); hoy se basa en la idea de “la libre elección” y el “consentimiento” en las cuales se justifican, legitiman y naturalizan.
Por último, la exacerbación del concepto de tolerancia, que nos induce a pensar que todo debe ser comprendido y tolerado, idea promovida por la convicción de que no existen los límites de lo permitido. Solo la crítica y la clarificación del pensamiento nos permiten entender que los límites son necesarios, que si bien, nunca es conveniente la asunción de axiomas o principios rígidos e inamovibles, es preciso afirmar que existe lo intolerable para la mujer, unas nociones morales mínimas en las que no podemos transigir, como pueden ser las siguientes: el rechazo a las acciones de violencia física, moral y psicológica; a las ideas y las prácticas de control y dominio, provengan de donde provengan; a los intentos de sometimiento y sujeción; a las prácticas de utilización de la mujer como medio, como instrumento y como mercancía; y al desprecio de su autonomía y capacidad de elección y decisión.
En últimas, es preciso asumir que la mujer debe ser considerada como persona de derechos y deberes, como fin y nunca como medio, y como un ser digno de reconocimiento, teniendo en cuenta, además, que esta disputa se sigue librando en primer lugar, en primera persona, en las relaciones interpersonales de la vida cotidiana. Es decir, que el feminismo es una actitud para la vida, que se asume, ante todo, en las experiencias de la vida personal y social. Este es el espacio inicial que nos permite avanzar a profundidad en la reciprocidad y la realización de los derechos. Se trata de proseguir en la lucha por la realización de ideales afines a la vida humana, que propenden por el florecimiento de la vida y que comparten un interés común con el humanismo.
[i] Cfr. Ana de Miguel. (2015) Neoliberalismo sexual. Madrid: Ediciones Cátedra.
[ii] Cfr. Mary Wollstonecraft. (2017) Vindicación de los derechos de la mujer. Taurus. Y Grupo editorial Penguin Random House. Primera impresión en Colombia.
[iii] Cfr. G. de Martino y M. Bruzzese. (2000) Las filósofas. Madrid: Cátedra.
[iv] https://ieg.ua.es/es/documentos/boletines-2015/boletin-7/las-olas-del-feminismo.pdf
[v] https://rincondelectura.net/virginia-woolf-una-habitacion-propia/
[vi] https://femyso.files.wordpress.com/2017/01/el-segundo-sexo.pdf