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“Los cuadernos de N”

Nicolás Suescún es un hombre de inquietudes variadas casi hasta el infinito: un modelo no de intelectuales sino para los intelectuales: no lo que es en la vida un intelectual sino lo que debería ser. Es un permanente buscador de fórmulas, un constante probador de tendencias, de modos, de posibilidades para un ejercicio que no es solamente el de escribir sino que en su caso se combina también con su maestría en las técnicas del collage y su pericia como ilustrador y diagramador. Sus collages son devastadores comentarios sobre la realidad contemporánea, pero en especial sobre la realidad nacional.

En ellos quedan en sarcástica desnudez los prejuicios más entrañables de la conducta colombiana, desde el patriotismo hasta la beatería religiosa: son caricaturas de alto vuelo, son la borla erigida en arte, son el reordenamiento de un mundo descompuesto ante el rigor de una inteligencia traviesa y descontenta, y ante la pericia de unas hábiles, agudas tijeras. Este aspecto de la creatividad de Suescún podrán apreciarlo los lectores de su nuevo libro, Los cuadernos de N, ilustrado por él con encolamientos (creo que ese es el término en castellano) de dibujos.

Pero más vale tratar de decir algo sobre el escritor. Aquí también es Suescún diverso, experimental, ingenioso: desde El retorno a casa, su primer libro de cuentos, hasta esa “antinovela”, como define a Los cuadernos de N, ha hecho variaciones en prosa y en poesía, y en esta Casa Silva hizo una lectura de los poemas de Bag Bag, un libro todavía inédito pero que precede a Los cuadernos de N. Este Bag Bag, la voz, el protagonista, si así puede decirse, del poemario, está muy estrechamente emparentado con ese memorialista desencantado que es el N de la antinovela: un antiprotagonista, un antipersonaje, para coincidir con la denominación del autor.

En un poema titulado “Bag Bag sale” dice que “se acabó/ el camino/ comienza el viaje/ el cuerpo/ no es/ nuestra principal/ posesión! desplazarse en el/ espacio/ nunca! podrá tomar el lugar/ de nuestros sueños/ por eso/ el viaje comienza! cuando se acaba el camino/ y todos/ los tesoros/ están ahí/ al alcance de la mano/ es así como/ al regresar/ de mi última! salida! comprobé/ que no había! dejado mil cuarto”.

El motivo del desplazamiento imaginario y del comprobar, al regreso del viaje o del sueño, que no se ha salido de la habitación reaparece un par de veces en los Cuadernos; son muchas otras las coincidencias entre los asuntos de los poemas y los del diario de N, pero la similitud más notable es entre las dos voces -Bag Bag y N- que informan los poemas del primero y las anécdotas y las reflexiones del segundo. Bag Bag, en suma, es N, pero con diferencias debido no sólo al lenguaje y al estilo sino también con una disimilitud en el ánimo del texto: -Bag Bag es más jovial y juguetón: N, más sombrío y meditativo.

Pero la continuidad es perceptible: N es la prolongación de Bag Bag, su reaparición intensificada, es -para emplear otra imagen que surge ocasionalmente en N- el paso de la comedia a algo más ácido y más inquietante pero que se niega a ser tragedia. Por lo demás, esta negativa a la tragedia es una de las claves de ese hondo libro que es la antinovela de Suescún.

Leve y risueño

La armazón de los Cuadernos no puede ser más clásica, más convencional, si se quiere: es el manuscrito encontrado al azar, los papeles destinados a volverse ceniza en un fogón y rescatados casual y coincidencialmente por un amigo del anónimo diarista. La historia, si es que esta antinovela la tiene, es la de una vida oscura y anónima registrada en las páginas de unos cuadernos; pero allí no hay cronología (no hay tiempo, en definitiva), no hay sino reflexiones salpicadas a veces con los sucesos que a N le acontecen, sobre sus encuentros, sus conversaciones, sus ocasionales amigos o relacionados. N parece tener 47 años recién cumplidos en algún momento del libro, pero en los demás carece de edad; es un sujeto profunda, rigurosamente solo; soledad no atenuada ni intensificada por la presencia femenina, si bien el recopilador de sus escritos nos advierte al comienzo que “he excluido, por pudor de amigo, cosas, no muchas, que N incluyó en sus cuadernos, sobre el sexo y asuntos por el estilo, que no le importan a nadie”.

Pero son la soledad, la pobreza, el silencio -las gentes locuaces no escriben diarios- las notas más definitorias de N, junto con su inconformidad y su maravillosa capacidad de ver el envés y el revés de las cosas al mismo tiempo, de poner patas arriba los lugares comunes de su sociedad, que, sobra decirlo, es la nuestra: Suescún hace que mientras más elusivo y vaporoso parezca N más concreto e identificable sea el marco donde transcurren sus acciones y sus ensoñaciones: reconocemos la época, reconocemos el país, nos reconocemos como accidentes en el contexto infeliz donde transcurre el soliloquio de N.

“N -escribe Suescún- no ha salido nunca de su subsuelo. Sale una tarde púrpura. Camina un poco. Alguien le pregunta a qué lugar se dirige. Elle responde: quiero volver a mi subsuelo, donde conozco el techo milímetro a milímetro y los muros son firmes. Pero no sé dónde queda. Me he perdido. No conozco la ciudad”. En estas líneas confluyen dos presencias que creo percibir en los Cuadernos: la de Dostoievski, en concreto la de las Memorias del subsuelo, y la más omnipresente de Kafka, de quien incluso se llega a percibir un eco aparente en el final de la vida de N, tan semejante -y tan distinto- al del final de El proceso. Son antecedentes ilustres; tampoco es poca cosa el de Cyril Connolly, cuyo libro La tumba sin sosiego consiste como los Cuadernos, en una sucesión de anécdotas, reflexiones, aforismos, citas que en alguna forma se asemejan a la ordenada incoherencia, a la caótica firme estructura de esta antinovela. Como el de Connolly, el libro de Suescún podría subtitularse también “un ciclo verbal”.

Un ciclo verbal sumamente austero. El estilo de Suescún también busca más la exactitud y la concisión que las efusiones y sus consecuentes confusiones. Incluso, es parco, de manera perceptiblemente deliberada, en la adjetivación; es sobrio, sobre todo, en cuanto toca a la dimensión patética que en otras plumas hubieran podido asumir las infelicidades de N. N no es desesperado, ni derelicto, ni miserable, ni digno de compasión: ni siquiera es triste, porque el epíteto no aparece y porque la nota más personal de Suescún en esta obra consiste en su negativa a la tragedia, como antes dije, en decirle no a la tristeza, en cuidarse de las facilidades de un pesimismo trivial.

Lo asombroso de los Cuadernos está en que muestran una trayectoria humana opaca, pesarosa, desastrosa quizá, pero empapada en una ironía y en un humor -incluso en un buen humor que la libran felizmente de la doble tara del sentimentalismo y del dogmatismo. La hazaña de Suescún está en que esta crónica de absurdos y miserias tenga un acento leve y risueño. Es un lugar común anotar que la descripción del mal, del escándalo y de la pena constituye por sí sola una superación, ya que no una refutación, de esas aflicciones, insuperables quizás. Pero Suescún habla de estos horrores con suma claridad, y con una sonrisa que quizás sea la de la misma claridad. Unas líneas suyas expresan mejor lo que estoy tratando de decir: “N se ha puesto al margen de la sociedad. Ha querido ser más de lo que puede ser un hombre, y ha sido menos. No ha sufrido hambre, pero se ha desvelado. Ha sentido fríos desconcertantes. Ha sufrido como nadie. Pero todos los días se levanta y empieza a remover cosas. Parte de su trabajo, que según él algo tiene que ver con la esperanza”.

[Lecturas Dominicales de El Tiempo, 18 de diciembre de 1994.]

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Edición No. 136