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Entre Latino y América: las literaturas «latina/os» y las reformulaciones de las disciplinas académicas

En diciembre de 2002, el periódico estadounidense The New York Times publicó un estudio lingüístico que compara el uso de los pronombres de las comunidades puertorriqueñas, dominicanas, cubanas, y mexicanas en la ciudad de Nueva York.

Este estudio versa sobre las consecuencias del choque de los dialectos del español en Nueva York fue dirigido por un interés fundamental en «la evolución de una identidad Latino en la ciudad y más allá.» Si los lingüistas encuentran que los dialectos estaban convergiendo, se dice que esto indica una emergencia de un español «nuyorqueño» y quizás significa una convergencia de las identidades. El profesor Richard Otheguy explica, «se puede sugerir que los Latinos en Nueva York están pensando en sí mismos menos como miembros de grupos nacionales que lo fueron en el pasado y más como miembros de una comunidad más amplia.»[[Todas las traducciones al español son del autor del ensayo.]] Sinembargo, Otheguy también dice que «la posibilidad existe que al contacto con los otros hispánicos no genera un sentido de fraternidad hispánica sino el opuesto. Crea un sentido de no querer ser confundido con los mexicanos o los cubanos. ‘Yo soy ecuatoriano'» (Scott, B1).

Entre otras cosas, este estudio y su razonamiento sugiere un cambio en cómo la nación está configurada en las conversaciones actuales sobre la identidad en los Estados Unidos. Juntos, estos inmigrantes de todas las Américas (Puerto Rico, República Dominicana, Centroamérica, México, etc.) y los lingüistas que analizan sus dialectos demuestran la persistencia de la identificación nacional en las comunidades «Latinas» en los Estados Unidos. Pero el estudio lingüístico y sus preguntas principales también sugieren una convergencia percibida en estos grupos para formar una nueva identidad «Latino» y una comunidad en los Estados Unidos. En seguimiento al origen lingüístico de una latinidad estadounidense, estos escolares participan en una industria creciente que se encuentra en la intersección de los procesos de la migración diaspórica y las dinámicas de la formación de comunidades étnicas en los Estados Unidos. Estas empresas intelectuales florecen en parte a causa del crecimiento de interés de los medios publicitarios en el dicho «la explosión de la populación hispánica.» Pero yo señalo que también se observan a los Latinos tan fijamente porque el ejemplo es que los Latinos en los Estados Unidos indican unos cambios grandes en los paradigmas establecidos de la comunidad, la nación, y la etnicidad en los dos los Estados Unidos y las Américas en general[[Los críticos David Román y Alberto Sandoval contestan que «Latinidad emerge como un término que trata a disputar la concepción imperialista de una cultura hispánica» (588), pero también se puede referirse a «los grupos de imágenes y atributos que se sobreponen sobre los sujetos latinoamericanos y latinos estadouense» (Aparicio y Chávez-Silverman 15). El término entonces indica los dos, las prácticas anticoloniales en la cultura y la política y también las imágenes dominantes de una herencia colonial; este ensayo se enfoca más sobre el primer uso, lo más oposicional, del término.]]

Román de la Campa sugiere el modelo del «estado partido» («split state») como manera de conceptualizar estas comunidades latinas en los Estados Unidos quienes mantienen sus vínculos económicos, familiares, y culturales a las varias naciones de origen en América Latina y el Caribe de las que (y hasta las que) migran.[[El concepto del «estado partido» [split state] combina una cuenta de las comunidades transnacionales que está específicamente bajo la nación con una estructura amplia que indica cómo los latinos muestran «la pluralidad ontológica que viene de derivar de una identidad de más que un imaginario americano» (de la Campa 377). ]] Numerosos investigadores trabajan en las disciplinas de los estudios étnicos estadounidenses y también se interesan en las historias transnacionales y las relaciones que definan las condiciones actuales de las comunidades de las minorías étnicas en los Estados Unidos y en otras partes.[[Por ejemplo, Mazumdar dice que «Lo que se necesita es definir un paradigma que contextualizar la historia de los Americanos-Asiáticos dentro de la historia global del siglo veinte del imperialismo, del colonialismo, y del capitalismo. Aislar la historia de los Americanos-Asiáticos de su base internacional, extraerse del contexto global del capital y las migraciones de los obreros, es alterar esta historia» (41)]] Estos proyectos enfatizan los imaginarios nacionales múltiples (y la política del estado y económica) que constituyen las realidades culturales y demográficas en una «Américas» transnacional dominada por una Estados Unidos «multicultural» en este época de la globalización. Interesantemente, como está indicado por este tópico especial de la revista Aleph, la literatura «Latina/o» significa también una disciplina académica emergente en los dos, los Estados Unidos y América Latina. En realidad, es posible actualmente decir que se interesan en los contactos transnacionales y diásporicos tanto en los países de origen de una variedad de Latinos estadounidenses que en los Estados Unidos: están ligados, están reformando el entendimiento de los procesos y los hechos de la migración, la diáspora, y la identidad nacional a través de las Américas.

En el contexto de la literatura étnica de los Estados Unidos, las literaturas latinos y latinas han ocupado un sitio controversial. Josepeh Skerret, el editor long-time de una de las revistas más establecidas del estudio de la literatura étnica, MELUS: Multi-Ethnic Literature of the United States, se preocupó que la edición especial sobre «La literatura Latino» no podría actuar en conformidad con su idea anticuada del estudio de la literatura étnica, que enfatiza la necesidad de reflejar «la extensión y la profundidad» de la producción literaria de específicas comunidades étnicas de los Estados Unidos, cuando se han definido por los orígenes de la nación. Pues, Skerrett lamenta de la escasez del trabajo académico que incluso ha limitado a MELUS de hacer «una edición entera sobre la literatura Puertorriqueña-Americana or Cubana-Americana, o sea Brasileña-Americana» y en vez de estas ideas monográficas, se ha optado por la edición «Latino/a» en 1998 (1). El paradigma de la identidad étnica en los Estados Unidos planteado por Skerrett va a contracorriente de la mayoría de las discusiones de latinidad, y también el diseño implícito de los estudios lingüísticos que anticipan la emergencia, por ejemplo, de una identidad latina de Nueva York que refleja nuevas formaciones y metas políticas en vez de antiguos orígenes e historias de la nación-estado. Estas esperanzas señala mucha de las teorías sobre preguntas culturales y políticas de las identidades étnicas en los Estados Unidos, en las cuales surge una «política cultural» de las poblaciones diaspóricas y «pos-nacionales» que accede a las identidades fundadas en orígenes nacionales y territoriales, es decir, la política «oppositional» del paradigma de la inmigración, o sea el paradigma del exilio que define estos escritores como «Mexicano» o «Cubana,» por ejemplo.

Sinembargo, la «construcción anticuada de la disciplina» de las literaturas étnicas de los Estados Unidos reconstituye las identidades nacionales de la madre patria como la tierra fundamental de todas literaturas étnicas, ignorando como menos riguroso o «profundo» la emergencia de un conocimiento transnacional de la etnicidad, como lo que se ha ejemplificado por latinidad. Es interesante que estas dos corrientes en el estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos corresponda a una análoga divergencia sobre las preguntas de las relaciones entre la política y la estética. Es decir, durante el enfoque que Skerret presenta sobre «la extensión y la profundidad» de las literaturas, las proponentes de la latinidad enfatizan el impacto político y cultural de las formaciones nuevas de las comunidades transnacionales en los Estados Unidos. En los Estados Unidos, los términos como «transnacional» y «globalización» reflejan una preocupación con las preguntas de la política internacional, la economía multinacional, y las historias mundiales. Y adentro de la disciplina de los estudios norteamericanos «American Studies», el «transnacionalismo» en sí mismo señala una ruptura que crece entre una perspectiva comparativa, normalmente transnacional, y el conocimiento más tradicional de los estudios estadounidenses. En varias revistas de la literatura y de los estudios culturales se caracterizan las perspectivas transnacionales como lo más comprometido políticamente y las perspectivas más tradicional y nacionalista como lo conservador, aún regresivo.

Un ensayo de John Carlos Rowe en la revista PMLA sobre «América: La idea. La literatura» (Enero 2003), por ejemplo, explora el transnacionalismo de la literatura del siglo XIX como manera de analizar el papel fundamental de «una herencia negativa de ejercicios coloniales o nacionales,» especialmente en el conocimiento implantado en el excepcionalismo norteamericano (79). Contra el énfasis sobre la profundidad específica de literaturas étnicas, el proyecto de Rowe es abiertamente político en sus metas. Sus descripciones de las intersecciones entre los estudios norteamericanos, el discurso minoritario, y la política anti-imperialista compartieron lo que se llama una perspectiva «poscolonial o postnacional» en que los dos presumen que «los estudios críticos sobre el colonialismo y el nacionalismo tienen como meta una transformación política y también una transformación intelectual de un sistema inherentemente exclusivo y represivo» (2003, 79). Entonces, Rowe aboga por un conocimiento transnacional de la literatura norteamericana como manera de mantener una función deconstructiva de la producción cultural y su crítica-una función que se hace principalmente fundamental dirigiendo la escritura poscolonial y su crítica, a la vez que otras formas del discurso minoritario, como la escritura étnica de los Estados Unidos.[[El libro de Doris Sommer, Proceed with Caution [Procede con precaución] es una revisión excelente de los usos de la escritura minoritaria en un contexto inter-americano. Sommer subraya, la manera en que se falla en muchas de estas discusiones, las intersecciones de los significados que se agregan al término «minoritario» y a los resultados narrativos, éticos, y políticos.]]

Aquí, la importancia de los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo en las literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos participan en un fenómeno global ligado con el discurso minoritario y los procesos de la descolonización. Un ensayo de John Muthyala, «Reworlding América: La globalización de los estudios norteamericanos,» muestra esta confluencia con una perspicacia impresionante: sobre todo enfatiza los enredos de los estudios norteamericanos con una concepción europeizante de la historia de «América» como los Estados Unidos. Muthyala explica por qué la manera en que los Estados Unidos se define coincide con «la misma idea de una historia literaria norteamericana,» el cambio a un concepto plural y transnacional de «las literaturas de las Américas» rompe con las mitologías nacionales de las genealogías nacionales de los dos, los estudios norteamericanos y la literatura norteamericana. Y hasta las «literaturas multi-étnicas de los Estados Unidos» es una categoría también implicada en una historia eurocéntrica y la contención nacional y territorial de «América» (como primeramente los Estados Unidos), su participación en el «reworlding» de América a través de una revisión de las fronteras de «América» y los estudios norteamericanos parecen una buena meta que tiene sentido.[[La esperanza para esta literatura americana «pos-nacional» es que su «modo de cruzar y recruzarse las fronteras, mientras desarrollando una conciencia histórica, también requeriría redibujando las fronteras» (Muthyala 97, el énfasis en el original). Estas fronteras nuevamente inestables promueven un proceso anti-colonial contra la hegemonía del lógico del estado euro-americano.]]

Los ensayos de Muthyala y Rowe participan de una crítica creciente en cuanto a las fundaciones nacionalistas de los estudios norteamericanos y la historia disciplinaria de la literatura norteamericana, especialmente cuando estas disciplinas han sido cómplices en borrar de la memoria pública las historias imperialistas de los Estados Unidos.[[Esta crítica disciplinaria ha estado en proceso durante dos décadas, por lo menos, y es conocido de muchos documentos en la academia estadouense: el ensayo de Carolyn Porter, «What We Know that We Don’t Know» [Que sabemos que no sabemos], la crítica de Gustavo Pérez-Firmat, Amy Kaplan, y José y Ramón Saldívar, y en la edición especial de PMLA de Djelal Kadir, entre muchos otros, han contribuido a la disciplina de «los estudios inter-americanos.»]] Como otros críticos anteriores, Muthyala arguye por una «revisión de las cartografías disciplinarias de los estudios norteamericanos y una reconceptualización de la historia norteamericana de una manera que incorpore, en vez de que marginalice, las tradiciones diversas de estética y literatura que emergen en varias partes de las Américas» (99).[[El propósito de Muthyala está bajo tres genealogías de los estudios norteamericanos y transamericanos: el modelo dialéctico (José Saldívar), la revisión transamericana de la modernidad (Paul Gilroy, Edouard Glissant), y la teoría de las fronteras (Ramón Saldívar). Estos modelos cada uno lo llaman para unos cambios geoculturales en la perspectiva que revisaría y arreglaría los estudios norteamericanos en relación a nuevos centros geohistóricos, como Nueva Orleáns, La ciudad de México, la Revolución de Haití, y la Guerra contra México de 1848.]] Otras obras académicas que han mostrado este impacto incluyen el estudio de Kirsten Silva Greusz, Ambassadors of Culture: The Transamerican Origins of Latino Writing (Princeton University Press, 2002), en que sigue la producción literaria extensiva y diversa en español que florecía en los Estados Unidos durante el siglo diecinueve. Aquellas revisiones disciplinarias de «América» necesitan una atención persistente a «lo especifico» y «lo local» como forma de balance a los grands récits del modernismo europeo y sus universalismos.

Otro ejemplo llave de las controversias que rodean estos esfuerzos se puedan encontrar en el crecimiento precipitante de «la teoría de las fronteras» en los estudios literarios y culturales en los Estados Unidos, empezando con la publicación de Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987) por Gloria Anzaldúa. Esta obra cardinal de una feminista Chicana de Tejas se convirtió en un catalizador para la empresa académica «la teoría de las fronteras». Aunque, como en la obra de Anzaldúa, esta teoría de las fronteras originó en trabajo académico y escritura que enfocaba sobre la frontera de los Estados Unidos y México, y desarrollaba su extensión hasta las Américas y más allá, afectando un alcance de teorías de las identidades emergentes, las culturas mundiales actuales, el poscolonialismo, y la globalización. Como dice su corolario, las zonas en contacto, la centralidad de la teoría de las fronteras refleja una dirección general en los estudios culturales y las literaturas minoritarias en que «la frontera» se pone como una tropa importante en la comprensión amplia de la globalización en/y los Estados Unidos. Como Muthyala, la mayoría de estos abogados enfatiza un concepto deterritorializado de la frontera que admite para una variedad de «vínculos transfrontera» y sitios y circulaciones culturales (Muthyala 113).

Sinembargo, estas desterritorializaciones se han encontrado con dos fenómenos: el escepticismo y la celebración a la intersección de los estudios étnicos y poscoloniales en que los estudios de las fronteras han tenido peculiar éxito académico. En su introducción al libro, La Teoría poscolonial en los Estados Unidos (University of Mississipi Press, 2002), Amritjit Singh y Peter Schmidt notan que la frontera pone en «un paradigma cultural el estudio de la raza y la etnicidad en los estudios de los Estados Unidos que sigue siendo de amplia significación (y tan ferozmente confrontado) como la «tesis fronteriza» de Frederick Jackson Turner que proviene del siglo anterior.» (11). Al subrayar la afiliación entre «la escuela de las fronteras» de los estudios étnicos de los Estados Unidos y los estudios poscoloniales, Singh y Schmidt ofrecen un mapa para un crecimiento de comprensión de lo que está en juego en la reforma transnacional de «las literaturas étnicas de los Estados Unidos» y por supuesto las literaturas Latina/os al interior de las discusiones de «las literaturas de las Américas,» además de un estudio literario específico latinoamericano o norteamericano.

El abrazo de la latinidad y otros paradigmas transnacionales en los estudios literarios y culturales norteamericanos atestiguan el sentimiento de la urgente necesidad de dar razón al momento contemporáneo, un momento «globalizado» digamos, y también analizar su dirección política.

La popularidad de los paradigmas transnacionales como latinidad y lo fronterizo ofrece una alternativa a las identificaciones nacionalistas fundada en una interpretación nostálgica y anacrónica de la identidad cultural y las historias nacionales y también responde a las narrativas lineales de la inmigración y la asimilación que dominaban la mayoría de las discusiones del siglo veinte: la etnicidad y «American-ness» en los Estados Unidos. Sin embargo, y como Singh y Schmidt advierten, los conceptos de la diáspora y el transnacionalismo también se llevan un peligro que estas nuevamente sean comprendidas fronteras puesto que ubican «el sitio donde la etnicidad definida por la descendencia está -en las palabras de Turner-, ‘liberado y fundido’ en una hibridez nueva» (12). Pues, la esperanza que las comunidades emergiendo de múltiples y varios estados divididos (split state) e imaginarios (Puertorriqueñas, Cubanas, Dominicanas, Mexicanas, etc.) experimentarán una «convergencia» del idioma, la cultura, la identidad en los Estados Unidos empiezan a parecer sospechosas como el grand récit bien conocido de los discursos de la asimilación.

Como indiqué Muthyala, Singh, y Schmidt, con cuidado observan la posibilidad de la reificación del hibridez y nomadismo en las narrativas de la fusión cultural y asimilación y si se puede evitar se puede mantener un sentido de lo específico y lo local, hasta que «ni el término poscolonial ni las palabras diáspora, migrante, o transnacional . . . se usan de una manera tan amplia que se pierde la variedad de constituyentes y comunidades de personas verdaderas» (Singh y Schmidt 39, con las itálicas en lo original). Pero si en atención a las tradiciones literarias definidas por la nacionalidad empiezan a parecer menos anacrónicas o regresivas y más semejantes a una distinción rigorosa entre los sitios de las culturas multi-étnicas de las Américas, ¿Qué va a pasar con las identificaciones transnacionales que están emergiendo en esta época, como la de la latinidad? ¿Representan las amalgamaciones y las asimilaciones las características que aún más borran las comunidades (y los idiomas e historias)? ¿O se puede decir que el cambio transnacional ejemplificado por «las literaturas de las Américas» sigue como una opción productiva para los discursos minoritarios y la política de oposición, en los dos, los Estados Unidos y las Américas? Estas preguntas nos regresan, tal vez un poco a la difícil cuestión de la identificación nacional y el nacionalismo.

Muchas discusiones en los estudios étnicos de los Estados Unidos se han enfocado sobre las historias negativas y los efectos del nacionalismo cultural que marcó la política del siglo veinte en sus últimas décadas, que muchas veces dependían sobre una lógica de la identidad colectiva y a su vez estaban fundadas en una idea de la descendencia nacional o la autenticidad cultural. Este énfasis sobre las nuevas hibrideces, las subjetividades fronterizas, y las conciencias diaspóricas se han aprovechado como alternativa a la rigidez de los absolutismos étnicos, y especialmente las narrativas masculinas y heterosexistas de la política de la cultura y de la identidad[[Los comentarios extensivos de las Chicanas feministas sobre el movimiento Chicano, el nacionalismo cultural de los chicanos, y la figura de La Malinche es un ejemplo importante de estas exclusiones y las maneras en que la teoría de las fronteras y los estudios diaspóricos-especialmente cuando se unen a las intervenciones de la teoría «queer» y los estudios feministas-han disputado y transformado los paradigmas de la época de los Derechos Civiles y los críticos anti-coloniales de la coherencia y la autenticidad cultural.]] Estas cuestiones de la formación de la comunidad y su política muestran las raíces profundas de los nuevos paradigmas como “la teoría de las fronteras” en una genealogía de los estudios étnicos de los Estados Unidos y sus historias del activismo político y formación académica. Por ejemplo, el tropo de la frontera como el desplegado por Anzaldúa se proponía un nacionalismo cultural que seguía como la herencia principal del Movimiento Chicano de la época de los Derechos Civiles en los Estados Unidos (1968- los 1970s).

Estas genealogías demuestran también los vínculos entre las teorías de las fronteras y la Latinidad, como paradigmas recientemente reformadas, y la teoría poscolonial. Tal vez por esta razón, la imbricación de una herencia de la política de la identidad étnica, las literaturas asociadas con esta herencia, y la teoría poscolonial han sido una ocasión para la reflexión crítica. Por ejemplo, una preocupación con la “confusión” del criterio estético y político inicia las críticas del libro de Peter Hallward, Absolutely Postcolonial (2002). Se puede sumar el argumento el de Hallward con una de sus aserciones más enfrentadas, como su insistencia que “contra la tendencia predominante de los estudios culturales en general, y la crítica poscolonial en particular, necesitamos hacer y mantener una ruptura conceptual afilada entre la cultura y la política. La idea de una “política cultural” genera una desastrosa confusión en las esferas del pensamiento y la acción. (xix, el énfasis es del autor).

Hallward propone esta ruptura para formar una filosofía política de la justicia social más efectiva que no depende sobre el discurso “singular” (es decir sin relación y que promueve un tipo de universalismo) que se encuentra en la teoría poscolonial, y especialmente en las teorías derivadas de la filosofía de Gilles Delueze y los conceptos de la hibridez, el nomadismo, y la totalidad despersonalizada. Enfatizando los fracasos de la teoría poscolonial en la vida política “de la realidad,” Hallward está especialmente inexorable y propone que “debemos abandonar todos intentos a predecir, al nivel de la teoría general, una meta política para el arte y la literatura. . . es el momento a reconocer que la valoración de la literatura está esencialmente indiferente a la política como tal.” (xx). Pues, en contradicción directa a las razones de los estudios norteamericanos trasnacionales, Hallward enfrenta la ascendencia de la hibridez, los cruces de las fronteras, y la diáspora a un valor político esencialmente progresivo. Pero, como el ejemplo del mestizaje muestra ampliamente, los tropos de la mezcla racial y cultural han sido fundacionales -a usar las palabras de Doris Sommer- para los imaginarios políticos, como culturales y literarios, de las Américas. En su estudio, Mestizaje (2006), el crítico chicano Rafael Pérez-Torres explica mejor la confluencia profunda de la raza y la identidad como implante en la historia colonial de las Américas. Los conceptos importantes de la cultura “transamericana” como la hibridez (García Canclini), el mestizaje (Vasconcelos, Anzaldúa) y la transculturación (Ortiz, Pratt) son también definitivos para la identidad cultural de los latinos, pues, revelan una larga y profunda historia en la política representante de los dos espacios: los Estados Unidos y América Latina.

Del mismo modo, parece claro que la “confusión” identificada por Hallward ha sido un elemento poderoso en los estudios literarios étnicos, como lo Latino/a, y las reformas recientes de los estudios norteamericanos, además del transnacionalismo y del estudio cultural y literario. Muthyala y Rowe, por ejemplo, están de acuerdo que la mejor razón para una cuenta histórica de “las literaturas de las Américas” es su capacidad a realinearse histórica y políticamente y proponer una disciplina de historiografía literaria que sea más anti-colonial y anti-imperialista. Del mismo modo, las fundaciones políticas del estudio de la literatura étnica en los Estados Unidos y los estudios culturales han generado mucha controversia a los dos lados: muchos especialistas y activistas en los Estados Unidos siguen preocupados por la posibilidad de diluir las cuestiones específicamente étnicas al interior de un proyecto transnacional o poscolonial, y que entonces termine siendo demasiado generalizante. Este conflicto repite, y hace un tipo de palimpsesto para un debate relacionado sobre la diferencia estética de la “literatura” y la significación política, como cultural, de la “etnicidad.”

Estos asuntos ayudan a iluminar un cambio reciente y general a las cuestiones de la estética y la función de la literaria, por lo menos en la crítica norteamericana-pero también indica una frontera retirando en lo que se ha llamado, «las guerras culturales.» Es decir, los críticos como Skerret y Hallward quienes preguntan por la propia ubicación de la literatura y la política en las formaciones disciplinarias de los estudios literarios y culturales parecen querer «regresar» a un paradigma modernista de los «Nuevos Críticos», además de otras prescripciones para una comunidad elitista de los lectores-críticos quienes aplican a su misma literatura.

Tal vez ayudaría a reconocer que la disciplina entera de las literaturas étnicas de los Estados Unidos, incluyendo la literatura «latina,» emergen de un momento que abrazó y aún formuló cuales han sido las «confusiones» de la cultura y la política, especialmente como una manera a intervenir en política disciplinaria la formación del «canon» en los estudios literarios norteamericanos. Como una alternativa a la tradición «euro-centrado,» masculino, y blanco de las literaturas norteamericanas, el estudio de las literaturas étnicas se ocupan de los paradigmas de los estudios sociales y políticas de la etnicidad (especialmente sus teorías de los procesos de la formación racial y las identidades comunitarias) y al mismo tiempo se interesan en la «profundidad y la extensión de las literaturas que vienen de estas comunidades. Estos debates reflejan una paradoja en el estudio y la crítica de las literaturas minoritarias: la misma existencia de un concepto de «la literatura latina» está fundada en una meta política.[[Se puede referir a los libros de Arlene Dávila, Latinos, Inc: The Marketing and Making of People (2001) y Barrio Dreams (2004) para unos estudios sociales que consideran críticamente la «emergencia» de los Latinos como una población y una categoría en los Estados Unidos.]] Entonces, el crecimiento de la crítica literaria y cultural que participan en los dos paradigmas de los estudios étnicos y en las teorías poscoloniales de la hibridez, el mestizaje, y el transnacionalismo significa un momento particular en la reforma disciplinaria de los estudios norteamericanos (además que los estudios latinoamericanos, podemos decir) presenta una revivificación de los debates de los sitios propios de la estética y la política.

Los calificativos como «Latino» ponen de presente las literaturas «étnicas» en relación a las otras literaturas, presuntuosamente sin «etnicidad,» revelando desigualmente historias culturales y políticas raciales en los Estados Unidos. Estas historias son precisamente lo que las literaturas étnicas apuesten y aún transforman. Sinembargo, es también la verdad que el adjetivo «étnico» toma el riesgo de hacerse en un campo de la producción cultural que al que se le atribuye una significación política específica, como la de la resistencia. La oposición, la resistencia, la diferencia, y la hibridez se han hecho en las palabras claves de la etnicidad en los Estados Unidos, haciendo un paradigma extensivo y a veces inexpugnable para el contenido cultural y político de todas las literaturas auténticamente o «realmente» étnicas.

Las formas en que se utiliza el término «la literatura étnica»-incluyendo la literatura latina-invitan a una revaluación en cuanto al criterio político y social seguido del estudio literario étnico de diversas maneras que desde un principio ha indicado el crítico Hallward. Pero los filos dobles de cualquier separación rigurosa de la estética y la política están ilustrados en un ensayo de Lori Ween sobre la publicación y el comercio de las literaturas étnicas. Ween se enfoca en la expansión de los empresas definidas por identidades étnicas y por «la literatura étnica» como un ejemplo de la participación académica y el mercado en los proyectos políticos y sociales que se imponen sobre estas identidades y los esfuerzos estéticos. Los editores suponen un público de lectores que van a sentirse atraídos a la visibilidad étnica de los libros, lo cual determina «como la industria editorial percibe los deseos del mercado y las imágenes que se venden en los Estados Unidos» (Ween 91). Dando a estos «para-textos» de las literaturas étnicas de los Estados Unidos -según Ween- la posibilidad de explorar la producción y la gerencia de la «autenticidad» de ciertos grupos étnicos, como un producto cultural para el consumo general. La «política cultural» opera en esta intersección de la producción literaria y el consumo del mercado con un asunto importante: la circulación de los discursos de la etnicidad pueden últimamente reedificar los puentes quebrados que separan una «América» no política de una identidad «étnica» politizada. La premisa preventiva de Ween con el comodín de lo «étnico» también muestra como lo «real» de la política funciona dentro de varias empresas de los estudios literarios y culturales en las Américas. Cuáles funciones indican precisamente el tipo de política cultural con la que los autores y los críticos de las literaturas latinas siguen apasionadamente ocupados y con lo cual tratan de articularse.

La mayoría de las personas seriamente ocupadas con las dos preguntas de la estética y la política que la literatura latina no niegan su impacto político ni el valor de muchos de sus textos importantes (se necesita solamente considerar la importancia de la obra de Gloria Anzaldúa en los Estados Unidos y más allá). Como dice Hallward, «la meta no es reducir la peculiaridad del itinerario del cada autor sino proveer una estructura comparativa bastante rigurosa y flexible para evaluar esta peculiaridad hasta donde sea posible” (6). Esta exactitud y su implantación en una empresa comparativa sugieren las posibilidades de apertura a las literaturas étnicas estadounidenses y especialmente la disciplina de los estudios latinos como una disciplina relevante a los dos: los Estados Unidos y América Latina. Con sus raíces simultáneas en las historias y las sociedades y las condiciones económicas y culturales que fomentan estas migraciones y diásporas transnacionales, “latina/o” es un término conceptual que puede efectivamente apuntarse a los dos de las narrativas tradicionales de su autodefinición de los Estados Unidos y América Latina.

Las literaturas “multiétnicas” y las identificaciones culturales y políticas como “Latina/o” funcionan como un desafío al lógico del eurocentrismo y las historias reprimidas del imperialismo que son fundacionales en las narrativas nacionales y oficiales. Sinembargo, se dice que la latinidad amenaza hacerse en un modelo cultural de inclusión total que borra los esfuerzos políticos de las comunidades específicas que el término incluye, como los Chicanos o los Puertorriqueños. Pues la latinidad marca un momento inminente de plegarse o colapsar en el marco “Americano” estadounidense y su intento universal de asimilación. Pero unos estudiosos importantes de los estudios puertorriqueños como Juan Flores sostienen que el término “Latino,” se añade al “pan-grupo” y es “demasiado facilista y frecuentemente confuso con el discurso oficial y demográfico” de la identidad étnica y la comunidad que está impuesta desde afuera, muchas veces por el estado (Flores 188). Pues, una clave para entender y analizar éticamente estas categorías se encuentran varias “inflexiones” que emergen de las articulaciones especificas: quien los utiliza y cómo y por qué. Lo pertinente es que las literaturas multiétnicas hacen una disciplina académica que abraza los conocimientos políticos de la historia y la cultura que están frecuentemente en contacto con los movimientos políticos y sociales en que se trabaja activamente y actualmente y éstas son las que contribuyen a la transformación de los Estados Unidos.[[En Febrero de 2008, el Presidente de México Felipe Calderón se embarcó en un viaje a los Estados Unidos cuyo itinerario evitó las reuniones con el Presidente Bush u otros oficiales estadounidenses y en vez de esto, Calderón se enfocó en los grupos locales de las activistas inmigrantes mexicanos y mexicanos-americanos y los lideres de los obreros. Estas comunidades de los Mexicanos diaspóricos juegan un papel importante en la economía nacional de México y hacen una fuerza cada vez más importante en la política electoral y del gobierno de su estado. «Mexican Leader to Visit U.S., Outside the Beltway» [Los lideres mexicanos a visitar a los Estados Unidos, afuera del Washington, D.C] by James C. McKinley. The New York Times . February 9, 2008.]]

Sugiero que los vínculos y las rupturas entre los estudios chicanos/puertorriqueños, la teoría de las fronteras, los estudios latinoamericanos, y la latinidad subrayan posibilidades y problemas presentados por la crítica de los estudios literarios y culturales de las minorías. Por una parte, hay mucha confusión por las generalizaciones difundidas y seguidas de las coincidencias de la política y la cultura en los estudios poscoloniales y transnacionales. Los conceptos de los estudios étnicos “posnacional” o las literaturas multiétnicas “transnacionales” invitan a plantear cuestionamientos al impulso de asimilación que ha sido justificablemente criticado por Hallward, Singh y Schmidt, entre otros. Por otra parte, y como Flores contesta, un método derivado de los estudios culturales para estudiar la cultura, la política, la historia, y la literatura Latina es principalmente “dirigido por la experiencia viva y la memoria histórica, los factores que se pretenden relegar como inaccesibles o insignificantes por los métodos dominantes” (187). Flores subraya las maneras en que los métodos de los estudios culturales, aun con sus confusiones desastrosas, han tratado de articular e indicar unas realidades camufladas y unas experiencias suprimidas. El blanco de esta literatura étnica de la protesta es frecuentemente una de las complejidades de las narrativas ideológicas que tienen efectos concretos y materiales sobre la capacidad de unos grupos de individuos a participar en el gobierno, la economía, y los mundos sociales de los Estados Unidos.

La influencia y la ubicuidad de las escritoras latinas y chicanas se nota en los programas de los cursos de la literatura americana estadounidense, como Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Julia Álvarez, y Cristina García, ofrece un ejemplo y una advertencia. Como dice el artista de “Performance” Guillermo Gómez-Peña, los porteros de la cultura dominante de los Estados Unidos “necesitan y quieren modelos espirituales y estéticos de la cultura latina sin tener que experimentar nuestra indignación política y nuestra contradicciones culturales” (51).

Entonces, la disciplina académica de las literaturas étnicas de los Estados Unidos crece de una historia específica de las relaciones entre los paradigmas dominantes del estudio literario y la historia social, como se muestra en los departamentos de la literatura norteamericana igual como en la época de los Derechos Civiles. Un problema para esta disciplina ha sido que el paisaje político se ha transformado en estos últimos 35 años en maneras que no siempre han reflejado los nuevos paradigmas ni las realidades políticas “reales” ni la política cultural imaginada en nuestros discursos. Sinembargo, esta historia específica y las redes amplias y complejas de las relaciones que vinculan universidades a escritores, editores, comunidades étnicas, y por consiguiente a los lectores, no se pueden ignorar ni desestimar. Y las reformas de los estudios literarios, dentro y fuera de los Estados Unidos puede ofrecer mejores razonamientos a las transformaciones culturales y a las relaciones con el poder político para que en definitiva se abracen, aun cuando seamos escépticos ante la singularización de las comunidades, los textos, y las escuelas críticas.

Bibliografía citada

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Edición No. 145