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El Aleph de Nicollages

 En: “Cronopios”, 4.IV.06

La Revista Aleph de Manizales cumple 40 años de presencia notoria en el ámbito literario colombiano, persistencia y ejemplo excepcionales en un medio cultural donde una de las misiones casi imposible es mantener vigente una publicación con periodicidad y calidad constantes, ganando por derecho propio un lugar destacado en la memoria intelectual de un país tan indiferente como amnésico.

El número conmemorativo (136) acaba de entrar en circulación y está en buena parte dedicado al narrador, poeta, ensayista, dibujante y pintor Nicolás Suescún, quien resulta representativo del pensamiento y la obra en marcha de los autores colombianos a quienes correspondió protagonizar la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI.

Aleph nació en 1966 y desde su primera edición ha sido espejo para reflejar la identidad nacional patente en sus escritores y artistas, lo mismo que para conocer y reconocer de qué manera se crea o se recrea o se interpreta el mundo, que en estos vertiginosos tiempos de avance de la ciencia y la tecnología, ocupa espacios que arrinconan el espíritu humano en las paredes del vacío y la perplejidad y que solo se oxigenan y sobreviven gracias a que frente a semejante prisa hay quienes perseveran en abstraerse en espacios creativos, que son los únicos que le permiten fundar y perdurar, por encima de los inventos y los descubrimientos, siempre deslumbrantes pero siempre pasajeros.

No sabemos si Carlos-Enrique Ruiz, padre de Aleph, pensó o coincidió en estas cavilaciones cuando escogió a Nicolás Suescún para esta edición recordatoria, pero de todas maneras acertó, por muchas razones: “…es un hombre al cual es muy fácil querer…” afirma Álvaro Castillo-Granada; “…un hombre de inquietudes variadas casi hasta el infinito: un modelo no de intelectuales sino para los intelectuales: no lo que es en la vida un intelectual sino lo que debería ser…”, según Hernando Valencia-Goelkel; “…es uno de los hombres con mejor cultura literaria en Colombia, si no el mejor”… nos recuerda Ricardo Cano-Gaviria; Luisa Fernanda Espina confiesa que los cuadernos de N (uno de los libros de Suescún) “…estuvo durante varios años permanentemente en mi mochila…” Quien ve por estos días a Nicolás, lo encuentra activo, pleno, como siempre. Eso, en un oficio solitario e ingrato muchas veces, como suele ser el de escribir, transmite vitalidad y admiración e infunde ganas para continuar, seguir en la fiesta.

Aleph, por su parte, es la casa de todos. Sería muy difícil encontrar un nombre de alguno de nuestros escritores, poetas y ensayistas notables de todos los tiempos, que no haya colaborado o sido mencionado en sus páginas en estas cuatro décadas. Con Carlos-Enrique a la cabeza, Luciano Mora-Osejo, Heriberto Santacruz-Ibarra y Jorge-Eduardo Hurtado, integran un pequeño gran equipo de gente atenta al registro permanente de las palabras y los hechos que van dotando de memoria a nuestro pueblo. Si no hacen alharaca ni utilizan las páginas de Aleph para el despliegue vanidoso de sus nombres, es precisamente porque han sido consecuentes con el destino inexorable de una revista cultural: llenar un vacío, fundar un pueblo de papel para poblarlo de palabras, no de plumas de pavo real.

Estas ediciones de los 40 años, lo mismo que las 135 anteriores y que las 135 próximas (al menos) son ejemplares para coleccionar: actualidad primero y luego documentos para la investigación y para el reencuentro con la historia de este país que escribe y que gracias a ello aún tiene derecho a la esperanza.

Ilustrada también desde la portada por el Nicollagista Nicolás (como lo bautizó Luisa Fernanda Espina), trae además de los ensayos de Cano-Gaviria, Castillo-Granada y Valencia Goelkel, cuentos y poemas del homenajeado, poemas de Geoffrey Hill, un ensayo de Antanas Mockus sobre Escuela y Sociedad, otro sobre el Exilio, de Ricardo Cano-Gaviria y El extraño animal de los gitanos, de Orlando Mejía-Rivera, notas y reseñas y en general ese hálito singular de tener Aleph entre las manos como cuando se abraza a un amigo cuarentón y la alegría de escucharlo como a un viejo sabio y buen conversador.

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Edición No. 137