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Experiencia y revelación de un poeta visionario


1. La física oculta del poeta Leopoldo Castilla

Cuando hablamos de Orfeo, dueño del canto y de la música, descendiendo al país de los muertos, muchos pensarán que caemos en una idealización, y en cierto modo es así, pues el mito cristaliza las conductas en un nivel arquetípico. Pero cuando un poeta que nos es próximo, repite la hazaña, con iguales o análogos atributos, sólo cabe aceptar la verdad y vitalidad del mito.

En el año 2008 la Universidad de Carabobo (Valencia, Venezuela) publicó Teorema Natural en su colección de poesía. Su autor, el salteño Leopoldo Castilla, invitado al Encuentro Internacional de Poesía de ese año, les entregó este libro singular que, según propia confesión, pertenece a su producción de los años setenta y reúne junto con el texto que da título al volumen, poemas de Versión de la muerte y Campo de prueba. La relación de esos poemas con toda la obra del poeta, y la valoración que se desprende del hecho de haberlos publicado, es lo que me permite aventurar los ejes permanentes de una poética a la que podría llamarse surrealista, pero también metafísica y religiosa, dando a esta expresión el amplio sentido de relación con lo sagrado, y no de adscripción a una religión determinada.

Este libro me confirma en certezas ya expuestas sobre la poesía de Teuco Castilla, cuya singularidad me convocó, a partir de su libro Nunca, sobre el cual escribí1, a conocer obras anteriores. No intentaré por ahora leerlo a la luz de los presocráticos, a los cuales remite, ni tampoco de Plotino, Heidegger, Meister Eckhart o André Breton. Para no hablar del Tao, ni de la nueva física o del pensamiento complejo que de ella emana. El árbol del conocimiento y la cultura es muy vasto, y es posible encuentros sorprendentes, pero no lo será menos nuestro recorrido de esta obra, ciñéndonos a la palabra y sus resonancias. Con sólo abrir el libro, que no presenta advertencia o prólogo alguno, nos sale al encuentro un tratado de sabiduría cósmica, expuesto en frases apodícticas y terminantes: Uno y el mismo es el cuerpo del árbol y de la luna / violentamente separados por la cultura / que no admite/ el ojo en la órbita de la luna / la luna en el ciclo del fruto / el fruto en la órbita del ojo.

Esta expresión doctrinal encierra abiertamente una crítica a la cultura, que al no ser adjetivada se trata de la propia, la cultura occidental (no en todos sus aspectos, obviamente), esa cultura intelectual y media que ha dividido el conocimiento “objetivo” con relación al sujeto que da cuenta de las cosas, renunciando a aceptar las relaciones que mantienen entre sí. Es evidente que en el poeta treintañero se perfilaba ya una toma de partido que le permitió, a lo largo de la vida, su permanente retorno a la cultura popular, a la tradición de su provincia, sin dogmatismos ni formas congeladas. En lo sustancial, opta por una defensa del vínculo – la religación – entre el sujeto, el cosmos y el principio nombrado como Dios o los dioses (Teuco, en sus conversaciones, toma distancia de todo teísmo, pero a mi entender, hablar de los dioses es desplazar al hombre como productor del sentido y alejarse de la Modernidad). Se pronuncia por la pertenencia al Todo, las mancias, la poesía, en contra de una civilización que ha inventado las divisiones, las distancias.

La mirada del Teuco es la mirada metafísica; afirma que se trata del “lado oculto de la física”, y de eso precisamente se trata, sin ostentación ni referencia a otros discursos. Desde la experiencia poética alcanza la intuición primordial de la unidad del Todo, que funda la analogía, y percibe nítidamente la dimensión de la eternidad contrapuesta al tiempo. Dicho así podría parecer una repetición de lo ya dicho en largos siglos, pero es precisamente lo contrario de toda reiteración. La visión, el oído, la intuición despierta, la memoria afectiva y finalmente la reflexión, han encauzado el impulso gnoseológico del poeta, que expone con certidumbre y precisión casi científica sus propios hallazgos.

A quienes venimos siguiendo la progresión filosófico-poética de Teuco Castilla desde hace algunos años no puede extrañarnos encontrar que la muerte es el foco central de su pensamiento. No el morir, que podríamos hallar tratado desde distintos ángulos en su libro Nunca (aunque también allí asoma la dimensión metafísica) con su arrastre elegíaco y afectivo, sino la Muerte, erigida aquí como un territorio reconocible, una zona que estamos inexorablemente destinados a transitar y que de hecho explora el poeta, en actitud temeraria, órfica, revelatoria. Esta zona que subyace al libro en su conjunto, se despliega particularmente en su poema “Descripción de la Muerte”. La imaginación creadora deja de ser un devaneo gratuito y se convierte, como decía Charles Baudelaire, en la más científica de las facultades. La muerte es presencial y activa en muchas otras páginas, por ejemplo el poema “Cementerio”, donde se lee: el futuro del muerto / que es el nombre del muerto… Hablar de futuridad para el que ha muerto, es confrontar con el pensamiento cotidianamente asumido, en la cultura ilustrada y media, acerca del muerto como ceniza y término.

En distintos momentos reflexiona nuestro poeta sobre la unidad de la fisis, el equilibrio o desequilibrio de sus partes, la correspondencia secreta de lo visible y lo invisible Las páginas se colman de afirmaciones insólitas, coherentes entre sí dentro de una visión mágica del mundo. Toma de la ciencia su claridad conceptual, y hasta su léxico propio (teorema, círculo, triángulo, punto, línea, simetrías, campos de fuerza, perspectiva, superficies, planos, etc.) para afirmar una visión originaria que restituye sus fueros a un pensamiento de opuestos, reñido con la lógica aristotélica pero no con la física de avanzada, ni con la fenomenología.

El análisis pormenorizado de Teorema natural nos llevaría a censar figuras–símbolos que se repiten emblemáticamente como agua, luna, ojo, árbol, pájaro, pero también expresiones conceptuales como mundo, Dios, unidad, materia, etc. En la visión de Teuco, ejemplo de una Razón Poética tal como la define María Zambrano, desaparecen el adentro y el afuera, las netas fronteras que atribuyen realidad sólo a lo visible y palpable. Esta poesía sale al cruce de tales limitaciones diciendo: el uno existe pero nadie lo cree, el cuerpo es siempre otro lugar, la fuerza de gravedad no existe. Vemos también en esta poesía que reúne la física y la metafísica, la idea de la materia como tensión de fuerzas, los objetos como suceder en el tiempo, roídos por la entropía, y el impulso evolutivo que dispone continuas mutaciones en un universo fluyente: de escama a pluma a piel…

Me ha parecido muy importante, ligada a los temas de la unidad y la eternidad, la antropología (por decirlo de algún modo) que se desprende del pensamiento de Teuco Castilla. Yo diría que el hombre se inserta en el cosmos, pero no pasivamente sino con un movimiento de danza. Se halla destinado a participar de un gran juego en el que se define su eternidad. Todo viene hacia él en la misma medida en que él va hacia el todo. No sabe si su ojo está adentro o afuera.

Parece asentarse esta visión en una imborrable experiencia infantil que resume de modo magistral: El niño se apareció a sí mismo… Me parece indudable que Teuco se refiere a un temprano desdoblamiento espiritual, experiencia que, en determinadas circunstancias, constituye al doble interno, al que podremos llamar, apelando a distintos códigos, “sujeto trascendental”, “sí mismo” o “estado axial de la conciencia”. (Teresa de Ávila hablaba del Rey en la morada central del castillo). Llámese como se prefiera, a partir de diversas tradiciones o saberes, me parece innegable, que el sujeto de las genuinas experiencias poéticas es capaz de redescubrir y conformar este polo sustancial. Para que no nos equivoquemos agrega el poeta el que aparece no se junta más.

La constitución de este núcleo de la persona, al cual la filosofía tradicional acaso denominaría alma, pone en cuestión la unidad alma-cuerpo y el ulterior destino personal del muerto. El poeta nos dice hay alguien en los huesos, pero también piensa que el morir, al disolver los goznes de lo visible y lo invisible, prepara la desintegración de las moléculas, abandonadas de esa tutela consciente y amatoria de su “habitante”. Se abre para éste el rumbo de una etapa nueva y desconocida., propia del que ha abandonado el cuerpo, el hábitat: no eres / habitas / sistemas abandonados; …una de las dos mitades es ficticia, la sutura / es la glándula de la muerte; desde ese resplandor/ un día / miraremos.

Esa dimensión oculta es referida como abismo, precipicio, lado de la sombra, infinitud. (No podemos dejar de recordar a Eckhart). El sueño, como no podría ser de otro modo, se presenta ligado a ese nivel de realidad humana, tan real como el lado de la luz y la corporalidad. …Es el sueño el que permite la ubicuidad del alma: ahora mismo caminas / en el sueño de alguien… eres como una sombra andando / debajo del animal… los planos que nos cubren…

A partir de esta poesía advertimos que el hombre no es sino que está, su vivir es un estar siendo, como diría Heidegger. No debe extrañarnos que Teuco mencione al África, o a la cultura popular salteña. Esa mujer que, en uno de sus poemas, asiste a misa, ha sido movilizada hacia el pensamiento mágico por el culto a la Pachamama, que la hace quemar, el 1º de agosto, algunas pertenencias. Pregunta en los últimos poemas de qué materia no estamos hechos y también En busca de su alguien / va lo frágil / ¿será así la materia de Dios? y dice también Dios es sólo una medida de tiempo. [El muerto] ya ha visto a Dios / a oscuras / ahora / la pregunta es su casa.

Finalmente, quiero apuntar cierto ritmo de espera que se manifiesta en forma expresa, como cuando dice: “La Creación no ha comenzado todavía”. Situado en una solitaria intemperie, Teuco se instala en una poesía que es a la vez existencial y esencial, abierta a la filosofía, la ciencia, el sentimiento numinoso, y la configuración de un humanismo nuevo. Es posible, hermenéuticamente, como ya anticipé, hallar para su poesía múltiples entronques tanto orientales como occidentales; pero su valor de novedad proviene del descubrimiento personal, de la irrepetible experiencia creadora, acceso a lo originario y fundante. Es lo que hace de la poesía genuina una revelación o alétheia.

2. Teuco Castilla, el poeta visionario

Conocí la poesía de Leopoldo (Teuco) Castilla a partir de su libro Nunca, (Último Reino, 2001) que le ha ganado un merecidísimo Premio Municipal, al que siguieron Libro de Egipto, Línea de Fuga, Bambú y El amanecido. Espero conocer en algún momento la totalidad de su labor para consagrarle la atención que merece. Estas líneas, dedicadas a su último libro El amanecido (Ed. El mono armado, Buenos Aires 2005) sólo en parte salvarán esa deuda contraída conmigo misma al descubrir, hace pocos años, a tan singular como valioso poeta.

Pienso que Teuco Castilla, a quien su padre dio este apodo indígena con que le nombran sus amigos, es como Monsieur Jourdain, que hablaba en prosa sin saberlo. Lo reconozco como un metafísico que se declara ateo y agnóstico, y acaso ignora la estética metafísica de Platón, o las elucubraciones de Heidegger sobre el poeta como pastor del Ser. De todos modos su poesía, que dista de ser ingenua, es una equilibrada combinatoria de tradición y modernidad, es decir de visión religiosa y espíritu crítico.

Toda su poesía se halla abierta a la disolución de las fronteras que separan la vida sensible del sueño y las realidades ultraterrenas. Al instalarse en ese territorio indiviso que Eduardo Azcuy denomina continuum metafísico, Teuco mantiene una permanente familiaridad con la muerte, mira desde la visión suprarreal – que no llamo surrealista por mantener su figura al margen de toda capilla literaria – y se muestra más próximo de la cultura popular que de las estéticas modernas.

Con inocultable arraigo en su provincia, Salta, donde se formó junto a su padre, el gran poeta Manuel Castilla –omnipresente en sus libros– su madre y sus hermanos, en la proximidad de personajes ligados a la tierra, la copla, las devociones y el vino; formado asimismo en una cultura intelectual, cimentada en vastas lecturas, viajes y confrontación de ideas, Teuco se ubica en una encrucijada cultural que la decadencia de la vida moderna parece haber agudizado. Apuesto, por mi parte, a que su cuota de pensamiento crítico no ha logrado abolir las fuertes vivencias de su infancia ni su contigüidad con mitos y devociones propias de su región natal. Por el contrario, es esa lucidez adquirida con el tiempo la que le ha permitido valorizar esa herencia, dinamizada por su disposición poética y visionaria.

Sólo así se explica este bello libro – ¿y qué cosa es la belleza sino el estremecimiento que produce el esplendor de lo sagrado? – donde un hablante que no se oculta en modo alguno pero tampoco se muestra ostensiblemente, oye las voces del silencio, percibe y comunica el misterio real, dialoga familiarmente con sus muertos, prevé y convive con su propia muerte. Teuco Castilla, como ya he dicho, toma la suficiente distancia como para visualizar su propio estar, su situación existencial en el tiempo y en el mundo, las características de su actitud personal, declarada en el poema que inicia el libro, dedicado a Pedro González:

Bebo con mis dioses/ con Xangó, dios del trueno/ protector del ebrio y el amante/ (…) Bebo con Vishnú, a quien no pude despertar de su lento absoluto… Bebo con la Pachamama, porque le pertenezco…. y con el Señor del Milagro, que brillaba como un fruto / en el terror / en el luto/ y el espejismo del alma de mis abuelos (…) Y estoy yo, ateo, sin iglesias/ milagroso/ y en otro rincón7 también yo con siete años/ mirándome mirar/ los sentires de mi madre7 y a mi padre ardiendo7 maravillado7 herido 7 entre cantores difuntos (…)

El sentido de la “irrealidad” que se superpone a su visión cotidiana lo acerca, tanto a un cuadro de Magritte como a las ancestrales tradiciones del Norte Argentino, que se abren a la América Latina. El surrealismo, por imperfecto que haya sido, fue como dice Pierre Mabille un donner à voir, una apertura hacia otras órbitas culturales que pocos de sus actores europeos se atrevieron a trasnsitar. Lo evoco naturalmente cuando leo en el texto de Leopoldo Castilla De esas dos mitades sólo una es real. /Hechizada por su aparición,/ y antes que la luz la disuelva / engendró la otra para verse. o bien esta otra declaración, que surge de un grupo familiar que mira cómo el muerto se va de la fotografía: El hombre (…)nada, sonámbulo, en el cardumen de los antepasados/ y va tenue de pensamiento/ a ese otro pensamiento/ que es la muerte.

Si me permito atribuir al poeta una actitud implícitamente religiosa lo hago en base a su relación con lo tremendo y fascinante que los antropólogos han definido como zona sagrada, y no por un concepto de Dios, o una teología dogmática. Hablar del hueco de dios es percibir de alguna manera el polo oculto de la realidad, la otra cara de lo visible. Desde esa percepción ampliada se visualiza toda realidad natural como espectral, fugitiva, tendida a su propia consumación ineludible. Frecuenta Teuco la proximidad de un saber que es del hombre supersticioso, con quien en cierto modo se identifica porque él también vuela insurrecto por su cristalería del campesino, que el primero de agosto, en Salta, sahuma su casa y ofrenda a la Pachamama. Dicen los campesinos que el primero de agosto las piedras paren… Desfilan por las páginas de Teuco otros personajes, de su patria y de otras patrias, una griega nonagenaria a punto de desnacerse vuelve a ser la niña Kiriaki Silves, naciendo donde nada se ha salvado. Otro, ya desapareciendo del cuadro, necesita cada vez más mundo para aparecer.

Vemos paisajes de trasmundo, tardes cotidianas atravesadas por un aire de muerte, hombres que van hacia dios y otros que se despeñan hacia sí mismos. Y los amigos Francisco Madariaga, Joaquín Giannuzzi, que han transpuesto el límite de lo diurno, evocados en poemas antológicos.

Finalmente, los padres vuelven a tener su lugar en la poesía de Leopoldo Castilla, una poesía no elegíaca sino trágica, pero casi despojada de dramatismo: poesía donde la tragicidad del vivir y el morir es aceptada como esencia de la condición humana, es su prodigio inagotable, su paulatina revelación.

1 Graciela Maturo: “La elegía poética como ejercicio espiritual.” Comentario al libro Nunca de Leopoldo Castilla. En Boletín de la Academia Argentina de Letras, tomo LXXL, 2006; pp 729-743
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Edición No. 149