Educación en la ciudad para la Cultura
… sólo una campaña intensa por la cultura,
puede salvarnos de la apatía intelectual en
la que naufragamos.
Daniel Samper-Ortega
[En carta a Luis Eduardo Nieto-Caballero, 1933]No hay norma cultural que sea más fuerte y
al mismo tiempo genere más solidaridad
que la reciprocidad…
Antanas Mockus
[En: “El Tiempo”, Bogotá, 23.II.09; p. 1-15]
La ciudad en el mundo de las cosas
La literatura suele ser fuente de grandes verdades; muchas de ellas pasan de largo en la ciencia y la filosofía, y por supuesto con la amplia indiferencia de la vida diaria. A ella acudimos en recurso de exploración y de distraer momentos difíciles de la cotidianidad. “La montaña del alma”, de Gao Xingjian, es una de las grandes creaciones del siglo XX, y en la que saboreamos, a veces con dolor, verdades cruciales de nuestro tiempo, como cuando se refiere a la manera del hombre salvar “una especie que ha perdido su capacidad de supervivencia”, y a la vez acelerar la destrucción del entorno que le permite subsistir, sin tomar en cuenta que la naturaleza acaba por cobrar venganza. La respuesta está a la vista en el mundo que nos tocó. Y aquella sabiduría recia de Oriente, y de las comunidades ancestrales, no hizo buen lugar en la conciencia de los pobres mortales.
Por otra parte, desde el presocrático Tales de Mileto advertimos que todas las cosas están repletas de dioses, con la consecuencia de encontrarse animados los seres: han cobrado vida a su manera, interactúan hasta descubrirse algunos en la capacidad de diálogo, de controversia, aun en la capacidad de rechazo, de exclusión, con las consecuencias drásticas que advertimos en los días.
Aquellos temas están involucrados en la vida diaria de la Ciudad. Ciudad como existencia de humanos congregados en lugares de vivienda, de interrelación, calles, parques, instituciones, y hasta sitios desolados por el miedo, con historias propias, producto, casi siempre, del desenvolvimiento espontáneo, en sucesión o simultaneidad, de características agrarias y feudales, de supuesto señorío colonial, comerciales e industriales, y hasta cosmopolitas. La ciudad adquiere sentido al darse en la vida diaria formas de relaciones entre las personas, entre estas y los espacios, y también los espacios entre ellos. El urbanismo es un arte del diseño para generar esos lugares que permitan habitar a muchas personas, con satisfacción deseada. La intención que subyace es la existencia en común, con la puesta en escena de normas que puedan regularla, despertadas por las necesidades de vida diaria en la propia comunidad.
La ciudad es una conquista de civilización. En ella se consigue compartir logros y necesidades, en busca de bienestar. Tenemos más a mano los medios de transporte, las calles de caminar, las escuelas básicas, las de artes y oficios, y establecimientos de educación superior para la formación de los ciudadanos, y las edificaciones de residencia, las de gobierno, de culto, justicia, bibliotecas, museos y teatros. Los parques aparecen por ahí, en ocasiones, como resultado de planificación acertada, pero casi siempre como residuos de urbanizaciones. Intereses de diversa naturaleza compiten por los terrenos y los lugares, para alcanzar oportunidades de mejoramiento personal o colectivo. Manizales, la nuestra, no escapa al fenómeno del paso de pueblo a ciudad, con sus particularidades.
Educación para sobrevivir
Se ha olvidado que en los procesos de ciudad el elemento fundamental es la Educación, en sus diversas formas y manifestaciones, de la mano de necesidades básicas satisfechas. Educación para fortalecer cualidades que la humanidad ha esclarecido desde las culturas más antiguas, en un proceso de enriquecimiento. La educación es educación para la sobrevivencia integral en dignidad, es decir, educación para el trabajo, y en simultaneidad, educación para la coexistencia. Esas cualidades que la Cultura ha acumulado en su acervo, no son otras que: solidaridad, respeto en las diferencias, la comprensión del otro, por diverso o dispar que sea, sentido del mejoramiento continuo, voluntad de enfrentar los problemas con mentalidad dispuesta al libre examen y al trabajo en mancomún. Pero hay dos valores que son la base de todos los demás: respeto y solidaridad.
En la ciudad palpita la idea de progreso, como una flecha que iría a un blanco, cada vez más lejano, inalcanzable. En aquella expectativa, de apuntar y no llegar, se encuentra la utopía. Al pasar del calendario, otros asuntos ocurren en multitud y en atropello. El ser que se hace al pensamiento y a la conciencia, fluye, transita por bosques y luego por praderas, y un poco más tarde por desiertos con uno que otro oasis, y después, nada de eso, tan solo… desolación. Y al final, todo parece comenzar de nuevo.
La ciudad continúa siendo una utopía, una realidad deseada que se presume no puede alcanzarse. Utopía en tanto inquietud por lo desconocido, o por lo que no puede aprehenderse en su conjunto. Lo será una intuición, o los pasos de más adelante, todavía sin darse. O los sueños, por torpes y sencillos que se quedan inmóviles ante los ojos al despertar. Tomás Moro estableció en su Utopía que los trabajadores son hombres libres, y la sociedad debe organizarse de acuerdo con los intereses de esos hombres libres, bajo un pensar político de una realidad imaginaria. Se trataría de sostener ambiciones concebidas como realizables, para acercarse progresivamente a ellas, e irlas redefiniendo, con graduales resultados.
Educar es más difícil que despoblar la naturaleza de árboles, y de todo tipo de otros seres, con los semejantes como objetivo del rechazo que ha hecho hábito. Pero lo increíble radica en que educar es la utopía en la vida diaria de las sociedades. Todavía no confiamos en el proceso pedagógico, permanente y generalizado. Fácil es eliminar al contradictor; lo difícil y de reto ha de ser convencerlo, o dejarnos convencer, por la persuasión, la vía de la razón dialogada, el discernimiento, con preparación conjunta de argumentos y de espacio a compartir, sin soluciones únicas; con asuntos de llevar en común y otros de abandonar, pero los que se asuman como problemáticos será para conducirlos en el proceso de la elaboración mutua, con desarrollos y soluciones, sin eludir las responsabilidades y las mutaciones individuales, mucho menos las consecuencias de nuestros propios actos.
El desarrollo se ha marcado siempre desigual, e injusto, con sobrevivencia, o mejor: sub-vivencia, en estado permanente de crisis, de múltiples ramificaciones. Suficiente resulta al pensar en lo ocurrido con los judíos del Holocausto, con los palestinos de Gaza, los Tutsis en el África, los musulmanes en Sarajevo y Chechenia, los kosovo-albaneses, los de Timor Oriental,…. los indígenas guahibos, embera-catíos, awás… de nosotros,… en fin, con las minorías étnicas, religiosas, o con los disidentes de cualquier lugar. Y con tantos núcleos de población en esta Colombia fantasiosa y talismánica, ruidosa e insaciable en la desmesura.
Una política sensata, urgente, de Estado, asumiría la Educación como eje del desarrollo, sin perderle fascinación a la utopía, con elaboración continua de experiencias universales y de las ancestrales y locales, pero ocupándose de la formación seria y continua de maestros, con mejoramiento de su estatus de vida y del merecido reconocimiento social. Y al ser la ciudad logro significativo de civilización, será en ella donde deberá ponderarse la Educación, sin detrimento, por supuesto, de la educación en el campo. Aquella educación para el trabajo y la sobrevivencia en dignidad, que digo, no estará solo orientada a los procedimientos pragmáticos, también lo estará, y deseable en mayor grado, a fortalecer la capacidad de pensamiento, de análisis, de establecer nexos entre conocimientos y en la dinámica para aprender por sí mismo, en relación con lo otro y los otros; pero también fortalecer la capacidad estética, la aptitud para disfrutar el arte, a palpitar con un deslumbrante ocaso, o con el cernido de luz en el rocío de un pétalo.
Ciudadanía en naturaleza
En la base de los diferentes niveles de la educación, estará palpitante la idea de construir ciudadanía, formar ciudadanos con capacidad de interactuar, con solidaridad y respeto, en acatamiento a normas, debidamente asimiladas. Esa base, a la vez centro, es la cultura ciudadana. Se llega a ser ciudadano no por mandato de una credencial que en una cierta edad nos otorga institución del Estado. Se es ciudadano cuando adquirimos, interiorizados, esos dos valores esenciales: el respeto y la solidaridad, con acatamiento a las pautas de vida en común. Es la educación, por consiguiente, la responsable de construir ciudadanía, como responsabilidad de política de Estado. Pero resulta que en nuestras formalidades escolares el tema suele ser ajeno.
El caso más sobresaliente en Colombia, con eco en otros países, es el de Antanas Mockus, quien se la ha jugado toda para articular educación con cultura de ciudad, con resultados altamente encomiables, pero limitados porque no se han vuelto política de Estado. El Estado, en la forma explícita de gobierno, se preocupa más por los conflictos del día a día, sin atender anomalías crónicas como la corrupción, expresión de ambiciones personales de codicia.
Tan impactante es la experiencia de Antanas, teórica y práctica, que cuando los derrumbes en túneles de Chingaza (1997) movilizó a toda la población capitalina para emprender ahorro voluntario de agua, sin mediar decretos ni acciones impositivas, con intensa campaña educadora, pedagógica: sin represión alguna consiguió bajar el consumo doméstico de agua de 27 a 16 metros cúbicos por familia mes, lo que representa cifras descomunales en volúmenes de agua y en dinero. Y cuando el atentado terrorista a válvula de la misma represa (2002), lanzó la campaña de resistencia civil (la “no violencia” de Gandhi) con las consignas: “Contra la destrucción, construcción” y “Por Bogotá, construcción”. Casos únicos en el mundo que han sido más valorados en otros países que en el nuestro, donde olvidamos lo bueno con morbosa complacencia. En especial aquel primer resultado muestra el singular alcance de la tarea educativa, cuando se tiene claridad en la estrategia de dirección y capacidad de convencimiento por la bondad esperable en los resultados. ¿Por qué razón ejemplo de esa magnitud no ha tenido consecuencias para acudir a la educación como medio de transformaciones radicales? La ceguera mental, y los intereses personales y de grupos de poder, no han permitido socialmente asumir una experiencia de trascendencia tal.
Por lo pronto nos queda el recurso de la cultura y el arte, como viene aconteciendo en Manizales, ciudad intermedia que acentúa su carácter primero en la vocación por la música, y en conexión, por las demás expresiones del arte, como el teatro, la plástica,… la narrativa, la poesía… En nuestra ciudad, hay que aceptarlo a tiempo, las fortalezas comparativas están en las ofertas de educación, con la preocupación por la calidad creciente, comenzando por los modelos de escuela nueva y escuela activa urbana, con puntos altos de referencia en programas universitarios, en una matriz envolvente de las expresiones del Arte, pero, también hay que decirlo, con inmenso déficit en “cultura ciudadana”, con carencias sustantivas en la interacción de las personas en los lugares públicos: no hemos aprendido a respetar, por ejemplo, los pasos peatonales, ni los paraderos obligantes para taxis, busetas y buses, ni hemos aprendido a no arrojar basuras donde no es debido, ni a cederle el puesto a la mujer, al anciano, al desvalido… Y la inseguridad estremece por las calles y los barrios.
Nonálogo” para la existencia en común
El contenido de lo expresado lo congrego en el siguiente “nonálogo” que articula educación, cultura y ciudad, con premisa:
A la idea y ejercicio de ciudad, con el principio inalienable de ser sagrada la vida, le debe ser consustancial, inmanente, la educación para todos, en la forma de médula, de motor, de dinamo, de razón de ser en su desenvolvimiento,
para:
– Respetarnos en la diversidad y en las diferencias;
– Acatar la Ley y en general las normas, e intervenir en mecanismos conducentes a su transformación, con argumentos;
– Rescatar los deberes, en el sentido de las responsabilidades;
– Desarrollar y fortalecer la racionalidad pública y la individual, al igual que la capacidad de construir acuerdos y de acatarlos;
– Adoptar la cultura de la participación, con el propósito de lograr convivencia en creatividad y laboriosidad, y no tolerar alianzas con malandrines, delincuentes, capos y mafias;
– Conocer a nuestros vecinos de cuadra y barrio, con posibilidades de colaboración mutua;
– Reconocer con sus nombres y proteger microcuencas y quebradas, las especies arbóreas, la plantas de jardines, la avifauna de la ciudad, y las obras del arte público;
– Participar de la recuperación medio-ambiental, en mayor grado con el establecimiento en la ciudad/región de un “Centro de investigación de excelencia sobre el cambio climático” [idea/propuesta de Diego Ramírez-Lema], y
– Alcanzar un buen gobierno.
La consecuencia global sería la existencia, como estado de normalidad, de conductas éticas y morales universalmente aceptables, con predominio del bienestar, como objetivo de búsqueda continua.
Lo inquietante en lo poético
El Premio Nóbel José Saramago, a propósito del drama del genocidio, se hizo en público, en 1999, una serie de preguntas de las cuales destaco: “… ¿Se levantará el mundo cuando ya esté a punto de perderse el mundo?… ¿Cuándo terminará la hipocresía de quienes mandan?… ¿Cuándo dejaremos de llorar sobre nosotros mismos? ¿Cuándo dejaremos de decir que no tenemos culpa?”. Interrogantes que también nos deben llevar a la meditación en común, para apuntalar procedimientos que permitan abrir el anhelado gran camino hacia una sociedad incluyente, con predominio del respeto y la solidaridad, con la Educación como instrumento del gran salto, para alcanzar pronta satisfacción de las necesidades básicas, en el campo y la ciudad.
Nuestro tiempo está signado por el acontecer de la ciudad, y de ella dependerá en gran medida el futuro de las gentes, y del planeta. ¿Continuaremos siendo indiferentes? ¿Se aceptará la urgencia de un cambio radical en el modelo de desarrollo?
¿Por qué no acatar, también pregunto, la reciente sugerencia de Bután, un diminuto reino al sur del Himalaya, de no seguir midiendo el avance de los pueblos por la variación del producto interno bruto (PIB), sino adoptar como medida del desarrollo el producto nacional de felicidad (PIF ó PNF), o a través de lo que algunos economistas de avanzada, innovadores y pertinentes, llaman el índice global de felicidad (Happy Planet Index) o el índice de pobreza subjetiva (IPS)?
Concluyo con esta visión interior de mi ciudad:
Siempre vestida de impalpable atardecer
como la lejanía
Fernando Charry-Lara
M a n i z a l e s
En tu conformación de vértigo
se acunaron la niebla y los atardeceres de fuego.
Figuras fantasmales vestidas de luz
cubiertas con el color cenizo de la tierra
trashumantes ellas
siempre ávidas de infinito
recorren las calles
vigilando tu ambición de montaña
y tu descenso a la noche/
[de los sueños].