Cargando sitio

El Fernando Charry-Lara que conocí

Conocí personalmente al poeta Fernando Charry Lara mucho después de conocer su poesía. Mi primer contacto con ella fue hace varias décadas, pero la primera vez que la traduje al griego fue cuando incluimos, con el poeta Pedro Lastra, uno de sus poemas en nuestra antología de “Los 100 mejores poemas de amor de la lengua castellana”. Eso fue hace unos diez años. Después traduje otros poemas suyos para una antología general de la poesía hispanoamericana moderna. Y, finalmente, fue su poesía la que nos llevó a conocernos personalmente, y así compartir su amable personalidad y establecer con él contacto y desarrollar nuestra amistad.

Estábamos para publicar otro libro en el Instituto Caro y Cuervo con Pedro Lastra, cuando apareció Fernando como un amable y desinteresado mediador. Y aunque el libro no se llegó a publicar allí, él nos ayudó en cada detalle. He dicho desinteresado porque sus poemas no estaban en ese libro, una antología que tenía como tema la presencia de Grecia en la poesía hispanoamericana. Fue entonces que me trasladé de Nueva York, en donde habitaba desde hacía años, a Washington, donde está casada y vive permanentemente la hija de Fernando Charry Lara, Luz-Elena. Ahí nos conocimos durante una de sus visitas, y nos seguimos viendo cada vez que él volvía para pasar largos ratos con Luz-Elena y su familia.

Fernando tenía un vasto conocimiento de la literatura hispanoamericana, hecho que no ostentaba nunca, sino que compartía con amabilidad con su interlocutor, matizado a veces con un innato sentido del humor. Así era y así se refleja también en su poesía.

Durante los meses de mayo y junio de 2004, mientras yo me encontraba en Grecia, Fernando viajó a los Estados Unidos. Yo regresaría apenas cuatro días antes de su partida a Colombia, y quedamos -por teléfono, porque lo llamaba de vez en cuando a su casa en Bogotá para conversar- en vernos en ese plazo limitado antes de que él volviera a Colombia.

Es así como Fernando, Luz-Elena, mi esposa Gloria y yo pasamos varias horas juntos. Fernando habló con mucho entusiasmo de su reciente viaje a España, en donde lo habían hospedado en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid. Hablamos de poesía, de política, de cosas cotidianas y también del futuro. Aunque él hablaba con la misma lucidez de siempre, se veía muy cansado. Le pregunté sobre su salud y me dijo que sí, que tenía problemas de circulación, pero sin darles mucha importancia. Aunque le gustaba tomar, ese día, era un día lunes, no tomó nada. Me dijo que tenía que regresar lo más pronto posible a Bogotá para preparar las clases que daba en el Instituto. Cuando nos despedimos, le dije, como siempre, que pronto lo llamaría a Bogotá para saludarlo y hablar sobre poesía y poetas.

El miércoles, dos días después, muy temprano, mientras se preparaba para ir al aeropuerto sufrió el ataque cardíaco fatal y Luz-Helena me llamó para decirme que lo habían llevado al hospital. Murió sin recuperar el conocimiento.

Unos días después, Luz-Elena nos llamó para acompañarla, Gloria y yo, a la casa funeraria para el “reconocimiento del difunto”, un requisito legal antes de repatriar al cadáver. Me detuve largo rato mirándolo. En su cajón de muerto, Fernando Charry Lara se veía descansado. En su cara prevalecía una serenidad lejana pero total. No había ni un trazo del cansancio que había notado sólo unos días antes. Me impresionó tanto esa serenidad, que antes de alejarme pensé, muy triste frente al irrevocable viaje sin retorno de mi amigo, que por lo menos le había servido en algo la muerte al poeta colombiano Fernando Charry Lara: quitarle el cansancio que sentía y así cruzar valeroso el Aqueronte.

Bethesda, MD, USA, 4.IX.2004

Compartir:
 
Edición No. 131