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El Quijote, Sancho y el realismo socialista

Recuerdo al gran poeta Blas de Otero en las animadas tertulias que en alguna tasca de las Siete calles bilbaína, año de 1963 – 64 –Antonio Jiménez Pericás, Vidal de Nicolás, Sabina de la Cruz, Mary Dapena, Agustín Ibarrola, etc. –celebraba este grupo de amigos. Otero, serio, grave solía entonar un poema a Sancho: “pero tú Sancho pueblo pronuncias anchas sílabas / memorables palabras que no borra el viento”.
Lo importante, era mencionar la palabra pueblo, buscar el pueblo en aquellas tabernas, en los bares marineros de Portugalete y Bermeo, en los bares proletarios de Baracaldo y Sestao. Manos gruesas, callosas, un idealizado personaje –ese pueblo –para esgrimir así a través de éste; un argumento histórico. De Sancho y su barriga, su rústica apariencia, se desprendía entonces la estética de un realismo “impregnado del pueblo”. Pueblo eran los vigorosos chicarrones de los murales de Arteta, no los líricos marineros de Etxchebarría aun cuando en ambos lo que se ponía de presente era la presencia de una raza capaz de ponerse de frente a cualquier tarea histórica. La delgada y metafísica figura de Don Quijote constituía, por supuesto en medio de estos desafíos gastronómicos, un símbolo de la decadencia, de la “subjetividad” individualista, de un idealismo que podía ser peligroso en la tarea de recuperar mediante las torpezas de Sancho, el espacio político para una nueva España.
Una España genuina que desde los campesinos borrachos de Velásquez, desde las visiones del pueblo agredido de Goya debía volver al presente con su agrio tufo a ajo, a sobaco, a ventosidad. De hecho la pintura de José Ortega partía de esas premisas donde los rasgos, eructos, pedos, de jornaleros, de segadores recuperaba el rostro, los rostros que Velásquez les había dado. Ortega descubría en las estrías de los cardos castellanos estos rostros que la canícula quemaba.
La izquierda se llenó de ánimo sanchesco para adentrarse en esos yermos campos ya descritos en sus andares por Dn Miguel de Unamuno, por la prosa diáfana de Azorín, por la aguda mirada de Dn Antonio Machado. Pueblo oscuro, desafiante, miserable en los arrabales madrileños de Don Pío Baroja, en la dura mirada de las pinturas y la prosa de Gutiérrez Solana. A veces mientras el lento tren cruzaba la desolada meseta castellana, miraba yo las peladas montañas de caliza en la lejanía pálida, esperando la milagrosa aparición de la encina solitaria sobre la cual volaba un enjambre de tordos. Inevitablemente al descubrir la figura de un mulero en esos largos caminos veía un cuadro de Pepe Ortega y me sentía inundado de aquella estética donde teníamos que escuchar a este pueblo para entender que ya la historia había comenzado a cambiar, porque de ese largo silencio del paisaje polvoriento, de enigmática mudez de estos rostros, iba a brotar la nueva palabra, las nuevas consignas.
¿Qué les había hecho falta a los campesinos de Nicanor Zabaleta, a los campos de Benjamín Palencia, de Redondela? La mirada política propia de este Sancho en el cual a la milenaria sabiduría popular se había agregado la fuerza inatajable de la utopía política, un Sancho que había dejado de ser un personajillo simpático para convertirse en un portavoz político. En una película de Juan Antonio Bardem sobre los segadores de Castilla estaba ya presente la beligerancia de esta estética política. En los ojos de Raf Vallone brillaba el fulgor invencible de quien ha escapado del magma de la resignación ante las ofensas del poder y se apresta a reivindicar sus derechos. Un tractor para cada explotado. Era el júbilo ante la forma y la textura de un botijo, de un porrón, de una sandalia “hecha por el pueblo”.
Antonio Ferrés, Armando López Salinas, Jesús Pacheco irrumpieron decididamente en el panorama literario español con una narrativa donde el pueblo era la voz recuperada: Miguel Hernández pero al cual se agregaba las recetas del realismo socialista del autor de “Cemento”: la fábrica, la construcción, la obreríada. La literatura de la berza llegaron a llamarla en alusión a la modesta procedencia social de aquellos escritores comprometidos con su causa política. Naturalmente era la estética del Partido Comunista por la línea más dura del Comité Central y que después de cierto auge entraría rápidamente en crisis a raíz de un artículo de Fernando Claudín donde descalificaba a la mediocridad que se había camuflado en este realismo y que pensaba que con la simple militancia y el “fervor revolucionario” ya habían de hecho pasado a la Historia del arte, a la historia de la literatura.
En aquella España la postguerra marcaba la geografía con su miseria. Delibes había publicado la espeluznante novela “Las ratas”; retrato amargo del campesino castellano viviendo en sus repetidas hambrunas. Juan Goytisolo abandonaba sus novelitas burguesas de juventud y describía magistralmente la miseria de las regiones de Almería, Ferres y Salinas hicieron un viaje para comprobar que las Hurdes continuaban viviendo en medio de aquella inclemente miseria descrita por Buñuel. Recuerdo a Antonio Jiménez Pericás amarrándose los zapatos con una cuerda para que no se abrieran las suelas con la lluvia. Las fotografías de Carlos Saura sobre Cuenca eran dolorosas, aquel niño deforme metido en una jaula de madera. Y los pobres que Berlanga describía llenos de ternura y humor, los pobres de Marco Ferreri buscando sobrevivir en aquella España amarga. En “Cándido” el film de Berlanga una de las burguesas que va a tener un pobre a su mesa, aclara con desparpajo: “Traedme un pobre a casa pero eso sí, exijo que sea limpio”.
Aquellas casas cavadas bajo la tierra para guardar en verano y en invierno “la temperatura ambiente” en la Mancha, el árido y estéril paisaje sin un árbol, los desolados molinos, la vetustas posadas que unos despistados cervantinos recorrían ceremoniosamente enfundados en sus capas castellanas y en su castiza dicción echaban mano de su imaginación para tratar de descubrir en aquellos terrones las rutas precisas de el Quijote y Sancho, las bastas mesas donde Sancho había bendecido los parcos yantares mientras de frente a los pálido fuegos de la tarde Dn Quijote daba pié a la imaginación para conversar un rato con su amada y lejana Dulcinea. Con el gaznate seco o tiritando de frío, uno comprendía allí, el alcance y función de la ficción para llenar aquella desolada realidad del aura de la leyenda e ir más allá de lo obvio, de lo inmediato.
“Olmos, encinas, olivos, ¡entrad en libertad!” proclamaba un inmenso y bello dibujo de Pepe Ortega traído clandestinamente de París, entregado a Jiménez Pericás y que colgamos en una pared de su piso en el barrio de la Concepción, lugar de encuentro de los hermanos Jabaloyes, de Antonio Sánchez Gijón, García Blanco, Pepe Marfil y el desaforado de Manolo Calvo. Vino, lecturas en voz alta, aturdida bohemia de pobres que olían ya que, algo en el aire de las calles estaba cambiando.
Los dibujos y grabados de Ortega, los grabados del grupo “Estampa popular” y el grupo “Sevilla” se escondían debajo de los catres donde dormíamos en un pequeño piso del barrio de La Concepción.. Era un baño diario de pueblo el que buscábamos recorriendo los barrios populares, Cuatro Caminos, Legazpi, Vallecas, la puerta de Toledo para sentir de cerca el humano olor de los obreros, estar próximos de la risa plena de estos recónditos asalariados, de los miserables del Pozo del Tío Raimundo donde los curas “progres”, los burgueses “progres” olvidaban su mala conciencia pegando ladrillos, compartiendo la sopa con estos desterrados. La misma mañana en que sucedió el accidente me llegó la noticia: Luis Martín Santos se había estrellado en su coche cuando regresaba de Madrid a San Sebastián.
“Tiempo de silencio” era esa miseria pero descubierto con nuevas palabras, lejos de los refritos barojianos de Paco Umbral, lejos de la conmiseración de un realismo socialista incapaz de dar autonomía a estos personajes. Lo extraño, me decía un amigo, es que hay en estos extramuros una insospechada belleza, barrancos grises, un cielo violáceo, una ligera capa de neblina a ras de suelo. Parajes donde la miseria conducía a un extraño estado de ánimo que no era la melancolía ni tampoco el spleen sino algo más agudo porque en esos rostros el odio suponía el escape de la resignación o más claramente del cumplimiento de una “misión histórica” tal como se asignaba a los pobres en esa narrativa de la berza. Y porque esos miserables tenían sentimientos que, para ese realismo, era imposible aceptar cuando de salida se llega a la supuesta definición de que “todo lo que haga Sancho es bueno”.
Martín Santos logró captar este estado de ánimo del paisaje urbano, logró cruzar el umbral de unas vidas falsificadas por la sociología o el paternalismo de la poesía militante políticamente. Y esto hizo posible la reflexión necesaria sobre un tipo de literatura donde los Sanchos cotidianos, los uncidos a la rueda del molino, a la usina fabril, a la siniestra miseria, carecían no solo de los sueños que propician la forja de ideales, los mecanismos de la sublimación sino de un rostro y de una palabra diferenciada, no la palabra de la consigna sino la palabra de la conjetura, del miedo o del amor.
Sobra decir, repito, que la miseria de los campesinos de la Mancha era igual, una miseria triste, paciente, empolvada pero sin reclamo y si recuerdo algo con la memoria de la piel veo esa España donde el Madrid de mi adolescencia estaba rodeado de esta especie de resignación propia de los perdedores de la guerra, propia de quienes debían aceptar el hambre, los sabañones, la tuberculosis como una condición dictada por el Derecho Natural, todos eran pobres y tristes en medio de la parafernalia oficial que llamaba al orden y a los buenos modales. Aún funcionaba la barojiana “Bombilla” en cercanías del Manzanares, el baile popular de las chachas los jueves y fines de semanas, olor a provincias, a guisos caseros, dientes cariados de aquellas muchachas, de aquellos soldaditos, de aquellos flacos chulos. Un Madrid gris, emparamado donde las familias dignas de la clase media alquilaban cuartos para encuentros amorosos furtivos y en donde en los amaneceres se veía desfilar, como un alucinante desfile de fantasmas, los ropavejeros, los gitanos saltimbanquis, los pordioseros. ¿Dónde estaban allí Don Quijote y Sancho? Aquel restaurante de “Cuatro Caminos” donde la carta del menú estaba torpemente escrita a lápiz y los viejos y viejas recogían las migas del pan para llevarlas a sus pisos congelados.
Ortiz Alfau me mostró en Bilbao una colección de testimonios sobre El Quijote escrito en pequeñas cartulinas por importantes escritores mundiales. Recuerdo la observación que hacía Luis Araquistain, antiguo ministro de la República cuando señalaba el hecho de que a los largo del relato y en un país católico Don Quijote ni Sancho nunca van a misa. Y recuerdo la contundente respuesta de Robbe Grillet: “Desde luego que he leído El Quijote, pero, ha leído usted “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Jorge Luis Borges?” Solamente Luis de Pablo el gran músico conocía la obra de Borges y se escribía con él.
¿Más hermenéuticas? Lo que me cercaba literariamente en medio de mi ardiente adolescencia era el lastre de este maniqueísmo donde ponerse de lado de Don Quijote era algo así como un crimen político pues había que estar de parte de aquel Sancho –pueblo y de sus memorables palabras que no borra el viento, única hermenéutica permitida como prolegómeno a lo que tendría que ser una España recuperada por el socialismo. Juan García Hortelano había ganado el premio Formentor y verlo llegar de una deslumbrante trinchera a la tertulia de el Pelayo, escucharlo pedir una cubata entre un auditorio que apenas podía pegar un vino, fue el indicio de que algo estaba pasando. Los pintores informalistas de “El Paso” encabezados por la inteligencia de Antonio Saura estaban triunfando en las mejores galerías de Nueva York, de Londres y París y llenándose de dinero. Otros temas, otros ambientes más sofisticados llegaban a la novela y el cine para señalar la presencia de una modernidad largamente esperada. El pobre comenzaba a ser el motivo principal de una estética –amasijo de Marx, Machado y San Luckács –que de pronto dio licencia a la imaginación creadora invitándola a volar más allá de esos cardos, de esos barrancos grises, de esas tascas primitivas.
Solamente Juan Eduardo Zúñiga ha sido capaz de retratar estos ambientes descubriendo en sus atmósferas de hambre y necesidades el peso de la guerra, los nuevos olvidos porque los novelistas que hoy se dedican a hurgar en ese pasado lo hacen con la falsa objetividad de una novela de Le Carré, sin estos fríos, sin estas escaleras leprosas, sin el miedo de levantarse y no tener nada. El regreso de Dolores Ibarruri, de Santiago Carrillo, de Marcos Ana, de Rafael Alberti, la salida al ruedo de grandes personajes que habían estado camuflados al servicio del Partido Comunista, la prosa del estalinismo, a la muerte de Franco supusieron un cambio radical de enfoques y de reglas de juego, purgas, exclusiones, juicios y el arribismo social donde colocarse en la rueda de la historia consistió en adaptarse a los nuevos bares, a los nuevos términos de la movida, conocido el puritano enfoque de su militancia.
Había llegado lo previsto por los ministros de economía de Franco, la prosperidad, el despelote y desde luego el consumismo. Ni Sancho ni mucho menos Don Quijote podían ya contar como modelos o paradigmas en estas circunstancias. La Mancha es irreconocible con su manto de verde hierba, de sembrados, con los molinos convertidos en lugares de juerga de los nuevos ricos y el decorado neoyorquino de las nuevas tascas, de los nuevos mesones.
En 1963 Antonio Jiménez Pericás, Agustín Ibarrola, Vidal de Nicolás, fueron condenados a ocho años de prisión en la cárcel de Burgos a causa de la primera huelga obrera contra el régimen de Franco. Hoy defienden la democracia contra la barbarie del nacionalismo vasco, contra ETA.

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Edición No. 129/130