Tipacoque existe
Y el nombre espeso, lento y extraño de Tipacoque…donde los hombres son buenos, transparentes y silenciosos como el agua… seres de carne y hueso que han matado y se han dejado matar por mis abuelos, y harían otro tanto por mí, no porque yo se lo mande, sino porque me quieren…
[De Tipacoque, estampas de provincia]

E.C.C. y su hija Beatriz Caballero (En Tipacoque, 1990)
Los tipacoques tienen nombre propio: Siervo Joya, la comadre
Santos, don Bauta, Angelito Duarte, Resuro Pimiento, Pedro
Roa, Soledad, la Redulja, Chepito, Saúl, Simiritana… De
manera que Tipacoque no es una invención de Caballero Calderón, como la Mancha de Cervantes, o el pueblo de nombre impronunciable de Faulkner, Comala de Rulfo o Macondo de García Márquez. Todos éstos pueden estar inspirados en lugares y seres reales, pero Tipacoque es el único que aparece en el mapa. Es el último pueblo del norte de Boyacá que linda con Capitanejo, en Santander, en el cañón del río Chicamocha.
Un poco de historia
A mí como a todos los que lo han oído mentar, también me
ha intrigado de dónde sale Tipacoque, fuera del vínculo familiar. En este caso, como en cualquier familia que siga su rastro de padre a hijo, de hijo a abuelo, se cuenta la evolución del país, y esto es lo interesante de esta historia.
Tipacoque es la deformación de la palabra Zipacoque, la cual
quiere decir en lengua muisca dependencia del Zipa. Reinaba
allí una cacica, cuyo principado cobijaba toda la antigua hacienda con sus aledaños, desde el Chicamocha hasta las montañas de Sátiva Norte y La Vega al camino de Onzaga. Cuando vino la Conquista, una partida de frailes dominicos la despojaron de su propiedad y edificaron un convento.
De los frailes pasó la propiedad en 1580, a manos de la familia.
Fue desde entonces la casa de los Tejadas. Allí nacieron y
murieron en un lapso de cuatro siglos, hasta mi abuela; y aun
cuando a comienzos de la Independencia muchos de ellos se establecieron en Bogotá, la hacienda siguió en sus manos, hasta la muerte de mi abuela, hasta mí, pese a que en mala hora la tierra se ha ido parcelando y vendiendo. Del inmenso fundo apenas queda la casa con unos cuantos tablones de caña y las lomas bravas y estériles, sembradas de cactus y de recuerdos.
[De Tipacoque, estampas de provincia]

E. Caballero-Calderón por Fernando Botero
Voy a agregar un poco de historia patria que he ido desentrañando a fuerza de leer y releer los libros de papá y Soatá del canónigo Cayo Leonidas Peñuela —quien a su vez recurre a historiadores anteriores y reconocidos como don Lucas Fernández de Piedrahíta. El libro está subrayado por papá cada vez que se menciona a algún Calderón.
Tipacoque era territorio chibcha poblado por unos indios
mezcla de laches y muiscas con algo de raza caribe. Dependía
del gran jefe Tundama que regía desde Tunja. El cacique
o señor de Soatá ejercía dominio sobre las regiones de Chicamocha (hoy Capitanejo) y Boavita, al otro lado del cañón del río. Hay veredas de Tipacoque que conservan sus nombres
chibchas: Ovachía, Babatá y Yutua (hoy Bavatá y Jutua).
En la época de la Conquista llegó a esta región un hermano
de don Gonzalo Jiménez de Quesada, atraído por un
santuario religioso que tenían los soatenses al lado de la salina
de Chita y llamaban la Casa del Sol. El nombre provenía del
gran disco de oro que en lo más alto del adoratorio en dirección a Oriente, al amanecer, se veía reverberar al sol desde lejos. Pero los españoles no encontraron nada. Ya se había regado la noticia de la quema del templo de Sogamoso y los indios se escondieron. Después tuvieron tres enfrentamientos. Sólo en el tercero vencieron los indios, en 1541, cuando Hernán Pérez de Quesada abandonó su puesto por irse a los llanos orientales en busca de Eldorado que tanto quería encontrar don Gonzalo, y dejó su gente bajo el mando de Gonzalo Suárez Rendón. En el segundo de estos enfrentamientos «…estaban a pique de ser muertos, cuando en su ayuda se arrojaron otros soldados no menos valientes, como fueron Paredes y Calderón».
Después de muchas luchas por esa región que va desde
Tunja y Duitama hasta Onzaga, Soatá y Sátiva Norte, luchas en
las que entró a participar personalmente el propio cacique
Tundama, hicieron un pacto. Los indios terminaron por ofrecer
obediencia y vasallaje al rey de España. Se les pidió que
aceptaran «de buena voluntad» a los misioneros y la doctrina
cristiana, si les parecía buena, y dejarse bautizar. En 1547
fue fundada la parroquia por Juan Rodrigo por orden del conquistador Hernán Pérez de Quesada. En 1572 Felipe II le
concedió a la orden de Santo Domingo, como premio por sus
«labores evangélicas en el valle de Soatá el dicho pueblo de
Soatá, con los dos de Boavita y Chicamocha». De manera que
el convento de Tipacoque se debió construir en ese tiempo, es decir, la casa con la capilla que ahí están.
En la casa hay un montón de escrituras guardadas en un
antiguo sagrario. Se diría que las primeras están en árabe, dirigidas a sus majestades de España: son unos papeles de pergamino grueso y otros más finos, a punto de desleírse, escritos en tinta negra o carmelita con plumilla. Y, tal como papá lo cuenta, por ellas desfila la historia patria. Hay otras más recientes, de 1890, con letra Palmer, frentes y perfiles.
Hay en esas escrituras rúbricas y sellos de todas las épocas, testamentos de cuatro siglos, firmas de Tejadas autenticadas por funcionarios de Su Majestad Carlos V, o del sombrío Felipe II, o del liberal Carlos III; por notarios de la Corona, del virreinato, de la Patria Boba, del Estado Soberano de Boyacá, de la Nueva Granada, de la república de Colombia. Es una montaña de papel sellado, que mis abuelos debieron hojear golosamente muchas veces a la luz de una palmatoria, cuando la tempestad bramaba del lado del páramo y la procesión de los dominicos iba por el altozano, camino del Trapiche Viejo […]
Dice el canónigo Peñuela: «En el curso del año (1860)
menudeaban las guerrillas de uno y otro bando, procurando
ofenderse cuanto podían. La de liberales de Soatá, encabezada
por don Aristides Calderón y los dos Tejadas, Clodomiro
y Temístocles y otros…».
Al nombramiento de don Aristides en el gobierno de Núñez
se quedan en Tipacoque sus hijos José Miguel y Antonio
María, hermanos de la señora María del Carmen, mamá de papá.
Antonio María es el que queda en la memoria de los tipacoques. Salía a la montaña y duraba por allá arriba más de quince días, con la comadre Santos a la pata del estribo con un
canasto lleno de huevos para hacer pericos en cuanto rancho
posaran. Tuvo un montón de hijos naturales, mientras su mujer se levantaba a las cuatro de la mañana a barrer los corredores de la casa. Cuando volvía, entraba hasta el cuarto montado en su mula, la única que lo aguantaba de lo gordo que era, hasta el día en que con ella se fue por un barranco.
La hacienda de Tipacoque pasó de los tíos Calderones
y Tejadas a una sociedad de familia que terminó manejando
don Lucas Caballero, en cuanto yerno de misiá Ana Rosa Tejada, en los años treinta: así llega el apellido Caballero a Tipacoque. Él fue el primero en parcelar las tierras. Venía de
gerenciar el Banco Ganadero, antecesor de la Caja Agraria.
Fundó un colegio agrícola, que al revivirlo por ahí en los
ochentas, lo rebautizaron Colegio Lucas Caballero Calderón,
ganándose los méritos Klim, quien poco fue a Tipacoque. Sólo
una vez de castigo y otra de viejo; se la pasaba encerrado en
su cuarto con la luz eléctrica prendida; salía por las tardes
conmigo a pasear por el Camino Viejo. La sociedad de familia
se disolvió hasta quedar únicamente en manos de los Caballero
Calderón y del señor Efraín Sandoval, a quien don Lucas
encargó de la administración de la hacienda, dada la
incompetencia para ello de los jóvenes Caballeros, y quien
adquirió la mitad de ella por unas escrituras de confianza.
Tipacoque, pues, queda en el norte de Boyacá, en la provincia
de García Rovira. Las provincias fueron una división
geográfica del país en el siglo XIX que hoy en día ya no existe
pero los de esa región seguimos llamándonos y considerándonos provincia, además, abandonada por el Estado.
Tipacoque queda muy lejos. Ya no es el mes de viaje que
tomaba llegar en tiempos de la abuela, pasando por Santa Rosa
de Viterbo, de noche por el páramo de Guantiva, yerto, a oscuras sin un alma ni un rancho, y que se quedaban a dormir
en Soatá. Al otro día les sacaban caballos para seguir a Tipacoque ¿Por qué «hacieron» a Tipacoque tan lejos? —preguntaba mi hermana María del Carmen cuando la llevaron chiquitica durante catorce horas. Papá, no sé bien cuándo fue
por primera vez. Pedrito Roa, que todavía tiene un trapiche
con bueyes, en las noches de molienda, con un solo bombillito
de veinte bujías, me cuenta sus andanzas con el tío Lucas
volantón cuando lo mandaron allá de castigo a ver si se ajuiciaba. Papá, de unos diecisiete años, fue allá donde se rompió la pierna, pero como dije al principio, no sé mucho de su adolescencia.
Tipacoque, el único pueblo liberal del norte de Boyacá, era un corregimiento que dependía administrativamente de Soatá, que era godo. ¡Ay de que se viera una camisa azul!, la
única era la de mamá. Todas eran rojas o amarillas.
En torno a la casa, sobre el Camino Viejo y al borde de
la carretera, que fue otro logro de don Lucas, fueron surgiendo casas y tiendas. No había luz eléctrica. Por el teléfono de manivela, de pueblo en pueblo y a gritos, las telefonistas se iban pasando la voz, hasta que al cabo de muchos ruegos se lograba la comunicación con Bogotá.
—¿Soatá? Soatá, Soatacita. ¿Sumercé no puede hacerme
el bien de pasarme a Duitama? … ¿Aló? … Duitamita, sumercé,
es que el doctor está afanado… ¿Que ensaye por Bucaramanga…?
La casa fue refugio de los liberales desterrados de Capitanejo.
Desde el corredor de la casa en las montañas del frente
se ve la vereda de los chulavitas. Durante los años cuarenta
y cincuenta fue el reinado de don Efras, el administrador.
Él sí era todo un gamonal. Don Lucas estaba muy viejo para
ir, papá viajaba por Latinoamérica y el tío Lucas nunca iba.
En los cincuentas, cuando papá buscó allá refugio económico
y espiritual con el estímulo de mamá, vivimos como dos años.
Y escribió un segundo libro sobre Tipacoque: Diario de Tipacoque. «Cada vez que publica un libro, Eduardo le saca un corte a Tipacoque», decía el tío Lucas. Puede que sí. Lo que no fue capaz de sacarle a la tierra lo escribió, y pudo hacerlo porque conoció a los tipacoques lo suficiente como para entender sus problemas, sus necesidades, sus pasiones y mitificarlos. Lucas no. Papá heredó esa autoridad natural que ejercían sus tíos y sus abuelos. La comadre Santos, madrina de Antonio, mi hermano, pero sobre todo de todos los tipacoques —tenía más de cien ahijados—, se acurrucaba al lado de la hamaca de papá a contarle sus cuentos. Dejaba encerrado en el rancho con candado a Resuro, su marido, para irse a la pata del tío Antonio María, colgada de la cola de una mula, de la mula que se resbaló en la quebrada y el viejo se mató, me cuenta Chepito, que no sólo es ahijado suyo sino que allá arriba en la montaña fue criado por la comadre.
Yo creo que Santos ha existido siempre. Sería imposible determinar su edad, que ella misma, como el Padre Eterno, no sabe cuándo comienza. El pellejo de su rostro está literalmente surcado de arruguitas, y es un cuero seco, amarillo, que parece amasado con tierra del lugar: en las que se modelan también los chorotes, las ollas de natá y las cazuelas para la mazamorra. Los ojos, de una negrura extraordinaria, brillan gozosamente entre su nido de arrugas. Su nariz es tan simple como el mango de una cuchara de palo o el asa de una olleta. La boca, sin dientes, sabe sin embargo masticar tan bien como el hocico de una cabra. Es una rendija en la mitad del rostro, una arruga muy larga que tiene dos curvas maliciosas en las comisuras; y cuando se abre muestra alegremente las encías de achiote. Santos tiene el pelo negro, peinado en una pequeña trenza dura como un alambre, que le cae por la nuca. Finalmente, nadie podría determinar si Santos es flaca o gorda, porque su cuerpo está embutido en ocho pares de enaguas, y en el bolsillo del seno ella guarda una inverosímil cantidad de objetos que le deforman el busto: carretas de hilo, dedales de cobre, cucharas de palo, registros de santos, cuadros enteros —con su vidrio y su marco de latón— de la Virgen de Chiquinquirá, atados de «chicotes», un frasco de linaza, un almanaque, una bolsita de lana con un puñado de níqueles, una botella de guarapo, un rosario de gruesas pepas de cerezo y una
docena de huevos. Con su jipa redondo en la cabeza, su collar
de mararayes, sus zarcillos de corales falsos y sus anillos de latón en los dedos, Santos parece acabada de hacer en una alfarería de Ráquira.
[De Tipacoque, estampas de provincia, «Mi comadre Santos»]
No quiero ni pensar cómo sería la bajada en guando de
don Antonio María, con esos «repechitos» tan empinados que
hasta los caballos lo piensan dos veces antes de trepar monte
arriba, con los que papá sufrió tanto una vez que los tipacoques lo subieron a la montaña a cogote en una silla, porque él no pudo volver a montar a caballo, por su pata coja. A la bajada, decía, todo el peso recaía sobre el dedo gordo de Juan de la Cruz, que iba adelante… A mí una vez se me encalambraron las corvas y Chepito tuvo que ir a conseguir una bestia. Volvió al cabo de dos horas, porque en la montaña no hay casi «vivientes».
—¿De qué viven?
—De tumbar palos. Los palos son robles de más de cien
años, y mangles, amarillos, cedro rojo, cedro negro, limón, nogal, zapatón, encenillo…
—El bosque se llenó de colonos. No volvieron a pagar
arriendo, talaron y se pusieron a sembrar. Pero esas tierras les
dan una, dos cosechas, no da más, y entonces se siguen avanzando.
Y lo están acabando.
Diario de Tipacoque
El campo me enseña el valor de la paciencia y el precio de la lentitud… ¿Para qué afanarse si nada llega antes de tiempo y todo acaba por llegar? No por mucho trabajar ha de amanecer más temprano, dicen los campesinos viejos; ni por trabajar más de la cuenta se logra que los almácigos de tabaco se desarrollen más aprisa… la fruta caiga cuando aún hay flores en el árbol y las cabras y las vejas conciban sin estar en celo […]
El campo me enseña también el recóndito ritmo de la vida,
la oculta palpitación de la naturaleza, el pausado vaivén de la noche y el día, las menguantes y las crecientes, los veranos y los inviernos, los años buenos y los años malos, porque la tierra también trabaja y descansa alternativamente. A ese ritmo pausado y circular de la tierra se acomodan mi espíritu y mi corazón, quiero decir, mis pensamientos y el correr de la sangre en mis arterias…
[De Diario de Tipacoque, «Los ritmos naturales»]
Sobre este aparte del Diario de Tipacoque, don Luis de Zulueta, intelectual español que se estableció en Colombia, escribió en su columna en El Tiempo: «Es un libro singular que
encanta como un poema, interesa como una confesión y apasiona como una novela».
Lo de ECC con Tipacoque es de sangre: le viene desde
sus abuelos que, como dice el canónigo Peñuela, engrosaron
con sus siervos las guerrillas liberales de la región, tenían cepo
y ejercieron el derecho de pernada, pero también eran autoridad moral, la cual heredó papá como lo más natural no tanto para él como para ellos, que se lo siguieron exigiendo. Y liberal como era, y paternalista, parceló y cedió todas sus tierras, convirtió el feudo en municipio y desde su puesto de alcalde le dio el primer impulso democrático. Yo me atrevo
a pensar que en ese amor inmenso e indiscutible de papá por
Tipacoque y por esos campesinos que le abrieron su corazón
y le revelaron su mundo había una sombra de culpa. Heredada.
Pero también, un amor por la sencillez de los pobres, que
conoció desde la casa de su abuela con mamá Toya, que era de Tipacoque, y en el cuarto de la ropa blanca le contaba sus
cuentos.
Tipacoque en su tema
Después de Tipacoque, estampas de provincia y del Diario de Tipacoque, vendrán Yo, el alcalde: soñar un pueblo para después gobernarlo y Tipacoque de ayer a hoy. En Siervo sin tierra narra los avatares de un campesino por conseguir un pedazo de tierra, inspirado en Siervo Joya. Localiza en un pueblo que diríase Soatá El Cristo de espaldas y se vale de una intriga policíaca para contar la lucha entre liberales y conservadores y el horror de la violencia en esa región. Caín sucede en los corredores, la pesebrera y los patios de la casa. De Tipacoque sale la infinidad de artículos que escribió sobre los campesinos, el campo, el agua, los bosques, Boyacá, la carretera central del norte.
En Tipacoque debió de tener todo el tiempo para reflexionar
sobre la política, los gobernantes, la guerra, la barbarie,
el honor, el bien y el mal cosechados en sus años de trajinar
como periodista y como hombre público; los cuales
convirtió en El nuevo príncipe, El breviario del Quijote, Cartas
colombianas. Porque esto siempre lo aclaraba él: escribía sus
libros lejos del sitio que se los inspiraba. Los Tipacoques los
escribió el uno en Lima y el otro en Madrid; Siervo sin tierra,
en España; El Cristo de espaldas, en la sabana de Bogotá;
Memorias infantiles, en París.
En saliendo de Tipacoque me siento vacío, como una iguana
que cuelgan de la cola y según decía Marcos Lizarazo (que lo
había presenciado alguna vez) no amanece entre el cuerpo porpapa que se escapa por las fauces […] Digo, pues, que en saliendo de Tipacoque me sucede lo que al gigante Anteo, a quien se le marchitaban las fuerzas cuando alguien lo levantaba en vilo y le hacía perder contacto con la tierra, que era su madre, porque yo no aspiro más que a vivir y morir en la mía. Fuera de ella me siento angustiado, inquieto, triste, sin alientos, vacío…
[De Diario de Tipacoque, «Vivir quiero conmigo»]

Javier Arango-Ferrer por Eduardo Caballero-Calderón («Swann»)
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Ref.: Beatriz Caballero. Papá y yo – Eduardo Caballero Calderón. Ed. Taurus, Bogotá 2004; pp. 77-91. Se reproduce con la autorización de la autora.