«Ancha es Castilla, guía espiritual de España»: de la mano de Dios y con los ojos del Imperio
Concebido quizás como un libro de viaje, este texto carece de los fundamentos para ajustarse a esta entidad literaria. Y aunque habla del viaje, se ve perfectamente que es un viaje delineado detrás de un escritorio, o alimentado por el conocimiento, más que una experiencia de primera mano. Excesivamente descriptivo, especulativo, hiperbólico, tautológico. Algunas veces paradójico, contradictorio y simplista. Hay en este libro una proyección de un conocimiento libresco y académico de la cultura española combinado con una idea teológica de convento. Caballero, más que mostrarnos una realidad viva, lo que hace es ajustar dicha realidad a su conocimiento de los textos literarios y la teología cristiana.

Carátula de la 1a. edición, Bogotá 1950. Plumilla de E.C.C.
Será por lo mismo que nos dice al principio del texto que “…las imágenes que el hombre se forma de las cosas muchas veces no coinciden con ellas”? (15). Indudablemente que también, hay en este texto una gran capacidad descriptiva y narrativa con exaltaciones poéticas y seudo-místicas que de momento fascinan. Además, un análisis de la realidad americana partiendo del barroco y el gótico español que antecede en contenido y forma todas las ideas que posteriormente se consolidaron en torno a tendencias literarias tales como el realismo mágico, lo real maravilloso, y lo que posteriormente se llamó el nuevo barroco americano y neo-rococos. Igualmente un conocimiento de la lengua tal, que sorprende y obliga a la lectura, pero falta la mirada analítica, la distancia crítica, la premisa final. Y cuando Caballero abandona su agenda personal y quiere evaluar, argumentar, ir hasta el fondo del meollo, o se queda a medias apoyándose en sus gustos personales, o simplemente recurre a una solución simplista o reduccionista. España es para él en esencia la literatura y la cultura castellana y su catolicismo piadoso y recalcitrante. La otra España, la negada y maltratada por Franco, sólo tiene razón de ser en la medida en que se abre al “genio” de Castilla. Es extraño, pero más que extraño me parece a mí que es una omisión imperdonable, que de la España franquista no aparece en el texto una sola línea (estuvo en España del 46 al 48 por primera vez y regresó en el 53). No sé si esto es debido a cierta ceguera política, su condición de diplomático, o sencillamente a que siempre por encima de la realidad política y social para Caballero, al menos en este texto, está la realidad literaria y religiosa junto con su conocimiento de la vieja España y de sus gestas de imperio. La primera edición del libro se hizo en 1950-1 en Colombia. Se publicó en España por primera vez en 1967. En la edición de 1966 agregó dos capítulos, pero nada que pudiera aclarar este vacío a mi ver imperdonable.
Hay cierto inmovilismo en su percepción de España y su manera de entenderla y asimilarla y describirla. El autor no percibe la sociedad y su historia como una dinámica continua, con sus altibajos (adelantos y retrocesos), sino como una colección de imágenes, situaciones y visiones congeladas, que han quedado ahí, ajenas al paso del tiempo, como piezas de museo y de lo cual todavía se nutre lo más importante de la cultura. Hay un afán por demostrar que nada puede ser ni tiene sentido sin el pasado, sin la presencia de dios y ciertas referencias de tipo literario, arquitectónico, existencial. Como si lo único que el autor quisiera fuera que esa España, para él ideal, se congelara o se eternizara en el tiempo, convirtiéndose, por lo mismo, en arquetipo, en imperativo categórico, en una facultad ineludible y esencial. De ahí que a través del texto se enfatice de diferentes formas la idea de carácter, identidad nacional, sangre castellana. Una manera de ser español, que él compara con la levadura indispensable y eterna que alimenta los otros pueblos de la península y, por extensión, u obligación histórica, a América latina. Levadura que hace del español y de sus obras, una entidad diferente de cualquier otro pueblo. Y no sólo diferente sino superior, debido a su “gracia” y a esa capacidad que tienen los castellanos de ser siempre lo que quieren ser, o de afirmar lo que son como lo único indispensable, incluso si para ello tienen que recurrir a la dramatización de su propia existencia o deseo. Calderón matiza y reitera hasta la saciedad, como algo de un valor incalculable en la historia de la cultura occidental, ciertos estados de comportamiento asociados con el “espíritu” castellano: el orgullo, el heroísmo, la vanidad, la hidalguía, el honor y “esa trágica voluntad de ser cada uno según su propio sexo (144)”. “Los españoles son como quieren ser y comienzan por creer que son como parecen. Cada madrileño aspira a encarnar su propio ideal, por lo cual representa un papel no ante los demás… sino ante sí mismo…El madrileño es el único hombre que realiza el ideal de ser como quiere y tiene por lo mismo una orgullosa concepción de su importancia sexual (143). “El español no tiene tiempo ni interés de reflexionar sobre sí mismo y se solaza con su propio espectáculo” (145). Es fácil ver que este texto es paradójico y contradictorio en sí mismo, pero especialmente irracional y simplista. Entendemos que el ser es único, porque no hay nadie igual a otro, pero igualmente uno porque todos somos de la misma especie. Así que estos juicios descabellados se podrían aplicar a cualquier hombre o a cualquier pueblo. El problema está, sinembargo, en que este tipo de exaltaciones infantiles e irracionales pueden llevar a apologías de carácter nacionalista y ya todos sabemos en qué termina la exaltación del carácter, la personalidad, la raza y la sangre. Leyendo este texto, uno tampoco puede dejar de preguntarse qué pensaría Caballero de su idea de lo “español” y de España si hubiera tenido la oportunidad de ver lo que está pasando hoy en día con los problemas de las autonomías, la segregación, el nacionalismo, y las identidades en el contexto de la sociedad “española”. Además, de la violencia de género que se ha convertido, si es que no siempre ha sido así, en una plaga difícil de digerir.
La religión católica, desde su punto de vista, entonces genera y crea una visión de la arquitectura que sobrepasa cualquier idea o concepto anterior de la misma. Para Calderón hay un modelo de modelos, que es el modelo ideal, y que sincroniza a la perfección en la cultura castellana y su entelequia católica. La arquitectura, a su parecer, al servicio de la idea cristiana se encumbra a sí misma y se hace trascendente, se espiritualiza, ya que el sentimiento o espíritu cristiano la justifica o le da una verdadera razón de ser. También al arte. La arquitectura solo se cristaliza, se libera del peso de la razón y las “matemáticas” y se define, en la medida en que se convierte en el cuerpo de dios, la casa de dios. La arquitectura más que arte y una manifestación concreta del poder del hombre, y su temor a la intrascendencia, es para él, “un cuerpo palpitante y atacado de impulsos vehementes”. Y no como en los romanos, “un armazón jurídico, un curso de matemáticas (41). La arquitectura católica es arquetipo de arquetipos, la idea platónica por excelencia hecha realidad, una entelequia inspirada en-y-por-y-para dios, y fraguada a la medida del cuerpo divino. Algo muy parecido a La ciudad de Dios de San Agustín. Frente al gótico cristiano y el barroco castellano, la arquitectura romana, clásica, neoclásica, e incluso la moderna y posmoderna, como extensión de las anteriores, no son más que “primitivismo, “arcaísmo”. Primitivismo que Caballero define como la fuente de la técnica, el desarrollo de la ciencia, “la norma jurídica”. Todo carente de “espiritualidad”, aunque “inteligente”, pero por lo mismo “infantil”. Al contrario, “Las torres y las catedrales y las abadías romanas y góticas (las construcciones de los templarios, el Parral, el Alcázar) son el resultado de una fe colectiva que humanizó la piedra y ablandó sus contornos (42). Este tipo de opiniones o especulaciones más que producir cierto malestar emotivo incitan a la risa espontánea. Hay algo cómico en todo esto. Y como ya dije un reduccionismo rampante y simplista que deja sin piso a lo positivo que puedan tener algunos de sus juicios. Calderón parece desconocer que una idea, una teoría, un cuerpo de conocimientos, sólo se reafirman en sí mismos entre más los sometemos al análisis y a la negación y no a la aceptación por simple elección personal. Y es que para Calderón la fe y su espíritu católico siempre tienen la última palabra, incluso cuando se trata de cosas puntuales y tangibles.
Por otra parte, cuando aborda el tema de la mística castellana, con la que se siente sin ninguna duda identificado, y por la cual siente un profundo sentimiento de pérdida, habla de esta como una “aventura del espíritu, necesidad de escaparse de una realidad burocratizada” (67), lo cual tiene sentido. Pero este argumento, en la medida en que Caballero trata de profundizar sobre el asunto, queda atrás o se diluye dando paso al ideal católico como fundamento de la misma. Por una parte Calderón parece olvidar que los místicos reaccionaron contra el espíritu burocratizado de la iglesia y, por la otra, hace de la mística un producto opuesto a la vida, o que sólo es posible como negación de la misma. Cuando la mística es precisamente la reafirmación de la vida en lo más profundo de sus pasiones y deseos. La mística –dice- “es una sublimación del ansia de aventura, y la transcripción al universo del espíritu, de una ambición terrenal que no puede satisfacerse en este mundo (67). Al contrario, la mística es una forma espiritual que se apoya en actitudes que no son viables de categorizar, y muchas veces en el lenguaje, para satisfacer de otra forma las pasiones de este mundo. De ahí que algunos de sus estados más recurrentes sean el éxtasis, la contemplación y la conciencia del dolor y el sufrimiento. Caballero, mostrando un rotundo desconocimiento de lo que subyace en el fondo de toda mística, por ejemplo, le parece inadecuado y profano el retrato hecho por Bernini de Teresa de Ávila. Y se duele que no hubiese sido El Greco o Zurbarán los que hubiesen pintado a la santa. Bernini es para él “un artista demasiado sensual y prosaico para que pudiera interpretar el modelo que fue Teresa (66)”. Además arguye de una forma casi infantil y demasiado emotiva que Bernini, “aunque dedicado a adornar los altares de Roma, ardía en el ara de los templos paganos (66)”.
Igualmente Caballero desconoce o no quiere aceptar la deuda que la mística española tiene con la poesía mística/erótico/sensual árabe y el espíritu judío. Lo mismo que la cultura árabe en general. Cosa entendible en un hombre que todo lo ve desde la perspectiva/prisma del catolicismo, pero lo cual no justifica su desconocimiento del tema como intelectual ya que cuando él escribió este libro, a pesar de la censura franquista, ya se tenía conocimiento y se había escrito copiosamente sobre este encuentro o influencia sustancial. Cuando uno lee con detenimiento las ideas que Calderón tiene sobre el fenómeno de la mística española, se entiende inmediatamente el subtitulo de este libro: Guía espiritual de España”. La palabra espiritual no se maneja en el entramado de sus especulaciones cuasi-teológicas en su sentido amplio. Espiritual para él, es mas algo que sólo se justifica dentro de las normas o el canon de los ideales católicos. Así que la mística más que un camino de encuentro con lo más profundo del ser a través de la renuncia y la pérdida del yo, no para negarlo si no para reafirmarlo en otras formas de ser y de sentir, para Caballero no es más que parte de la Teología cristiana demarcada por la Patrística y la Escolástica, a pesar de que él mismo muestra reticencias por Santo Tomas, sus epígonos y los padres de la iglesia. El hombre en cuanto tal, no tiene ninguna posibilidad de lograr algo trascendente en la vida, sino renuncia a su condición humana. “La realidad admite grados que corresponden al desarrollo de esa intuición de la única voluntad eterna y presente que es dios (70)”. Y no solo eso, caballero personaliza sus arrebatos místicos y manifiesta que se siente vacío e insignificante por no haber tenido la oportunidad de nacer en tierras castellanas. Lo que le hubiera permitido quizás, como a Santa Teresa, ser un Santo. “Peregriné entonces por esos lugares santos, que he llegado a amar como si en ellos hubiese vivido (7!).
En este libro hay algo que igualmente me gustaría destacar. La insistencia y recurrencia de Caballero en las ideas de la Ilustración (Inglaterra/Francia) encarnadas en el buen salvaje de Locke y sobre todo de Rousseau y otros de sus contemporáneos. Nada extraño si pensamos por un momento en la novela de su autoría que lleva el mismo nombre. Apoyado en estas ideas de un ser puro, espontáneo, ideal, virtuoso, amable, ingenuo, confiado… Caballero aventura especulaciones y antítesis entre lo español y lo americano. Nos convierte a nosotros, ya que somos hijos de la tierra, en gentes buenas, “benevolentes”, “espontáneos” y “más libres”, aunque, por lo mismo, “superficiales e infantiles”. Al contrario, el español como hijo de la civilización, la ciudad, la leyenda, la historia los castillos es producto de una historia exquisita. A ellos, “los tira el pasado como un ancla y a los otros (nosotros) los empuja el porvenir como una vela” (45). Juicio de raíz equivocado pues cualquiera que haya estado en la España moderna, al menos unas horas, no puede pasar la vista por encima del ímpetu consumista de los españoles de hoy que llegaron tarde, como todos sabemos, al festín del capitalismo neoliberal. Además, el español de hoy siente cierta desidia por el pasado. Los pueblos y aldeas, castillos, iglesias y demás, fuente de la cultura española moderna, se han ido deteriorando por el olvido y el paso del tiempo. Y lo que se recupera se hace especialmente bajo el concepto de turismo. Y en cuanto a nosotros, de todos es sabido que muchas veces vivimos mas atados al pasado que al presente. De ahí, quizás, nuestra incapacidad para conformar una sociedad más dinámica y tolerante, donde haya lugar para todos sin distinciones de ningún tipo y sin rivalidades eternas.
El buen salvaje, el bárbaro, el hombre atado a la tierra es el dueño del porvenir, su hacedor. Y el civilizado, el hijo de la ciudad, el esclavo de la historia y del tiempo. Esta es la ecuación, la antítesis, la fórmula, o mejor sería decir la receta. Pero no es en el porvenir, que anuncia el campesino ideal, donde está para Caballero el verdadero futuro, sino en el pasado. Es en la vuelta a un pasado ideal, o a un prototipo de existencia, -una especie de idea fija e imperecedera desde donde todo irradia y a donde todo tiene que regresar-, donde radica la razón de la vida. Ya que el porvenir solo existe y se justifica para él como pasado. Y esa entelequia ideal, ese arquetipo inevitable, para él es Castilla y por excelencia Segovia, de la mano de Toledo y Ávila. Segovia, “que es la ciudad más humana de España y donde Castilla se hace más ancha” (45). Segovia entonces se convierte en alfa y omega, el espacio ideal, el paraíso, el comienzo, la palabra sagrada que dio origen a todo y a donde todo, por la misma razón, tiene que regresar. España no hubiera sido posible sin Segovia. España es Segovia. Segovia es el Escorial. Este Felipe segundo. Y Felipe el corazón del universo católico que es el corazón de la humanidad. Y por consiguiente como ciudad ideal todos los caminos conducen y confluyen en ella. Y nosotros los latinoamericanos, sus hijos, solo tenemos razón de ser, si a cada momento volvemos a ella; o como si siempre que partiéramos solamente quisiéramos regresar a ella. “Castilla es una levadura sin la cual puede cocerse el pan, pero en faltándole ni la masa crece ni el paladar se regusta… Si alguna promesa representamos nosotros para el mundo, es la de que algún día, en nuestra tierra, se esponje, purgada de la escoria de los siglos, la levadura de España” (14). Como pueden ver, cualquier comentario es innecesario y tautológico. Pero en este aparte podemos husmear con toda claridad la nostalgia que siempre ha tenido la burguesía colombiana, y fundamentalmente del altiplano cundi-boyacense, por esa entelequia amorfa que algunos todavía invocan como la madre patria. Nostalgia que no ha sido como todos lo sabemos una panacea para nuestro país y para nuestra literatura en general. Además calderón enfatiza e insiste en que este trasplante del ser castellano que nos liberaría a nosotros de todos nuestros males endémicos, tiene que ver especialmente con ciertos estados de comportamiento solidificados en la literatura, las gestas españolas, sus días de gloria. “La generosidad del Cid, la hidalguía de Gonzalo de Córdoba, el valor de Guzmán el Bueno, el ímpetu creador de los Reyes Católicos, la pasión…de los místicos, la justicia de los alcaldes…..la honradez de los clásicos, la fe quijotesca de los conquistadores …(14)”. ¿Se imaginan ustedes los problemas que tendría que afrontar nuestro buen salvaje, la mayoría de nuestra sociedad latinoamericana, si tuviera como compromiso tan ardua tarea? Lo primero que habría que hacer sería eliminar el analfabetismo y modificar de raíz el sistema educativo. Tengo la sospecha que Calderón cuando habla de hacer el pan diario en América latina con la misma masa y levadura que utilizan los castellanos para hacer el suyo, y así poder purificarnos y hacernos dignos de nuestras vidas, está pensando en la aristocracia colombiana –la más conservadora de América latina- y no en el individuo de la calle o en el/su salvaje ideal.
Sinembargo hay que reconocer que por encima de todos estos juicios excesivos, melodramáticos contradictorios, simplistas y seudo-poéticos, Calderón tiene una capacidad envidiable para poner juntos los pedazos que conforman el rompecabezas español. Sólo que se queda en el ejercicio de la composición por la composición misma y se ahoga, en ideas preconcebidas y desgastadas, cuando se trata de mirar esos pedazos como realidades autónomas e independientes o en ebullición. Por un lado, como ya insinué en las primeras líneas de este ensayo, pesa demasiado su acumulación hiperbólica, reiterativa y casi perfecta de elementos lingüísticos, históricos, culturales y literarios; pero por el otro, aunque en menor cuantía, se puede ver en las disquisiciones de Caballero retazos de una realidad precisa y concisa. Rica en sugerencias y matices. Intentos de mirar y aprehender esa realidad desde nuevas perspectivas. Caballero quiere atrapar, y ahí está quizás su problema, cada detalle de lo que ve, o de reiterar desde otro ángulo siempre lo mismo, como si de esta forma materializara su presencia y la eternizara. Otras veces simplemente se trata de reforzar sus largas disquisiciones y descripciones con ideas de textos leídos. Cada palabra, cada oración, cada párrafo, el texto entero son una colección de retratos donde el autor parece hacer un esfuerzo sobrehumano para no olvidar nada. Es como si Dios tuviera una cámara de alta definición en sus manos y se deleitara en fotografiar en detalle su obra. Y, sinembargo, su lectura, más que hacernos cómplices de algo indispensable y necesario nos deja un profundo vacío y un extraño prurito en la piel. Retratos, película sin principio ni fin, donde confluye, su conocimiento histórico, sus lecturas literarias y su catolicismo recalcitrante, más todo tipo de anécdotas propias y ajenas y leyendas y analogías y ecos y voces y sombras. Y de tanto en tanto, incluso, aventura una reflexión sesuda, hace del objeto/s de su descripción un objeto de conocimiento, y lo ataca desde diferentes perspectivas, sólo que de repente y sin razón alguna que lo justifique termina encajando sus variables analíticas en la entelequia católica que él ve como la síntesis perfecta de cualquier antítesis, disonancia e imperfección. Cuando no es que el análisis se le diluye en pinceladas seudo-poéticas, declamatorias o simplistas, obligadas por una necesidad individual. “Tierras mustias por el invierno, barridas por el viento de la meseta, onduladas, opacas, tristes, que de cuando en cuando mostraban a los lejos una herida… cauterizada por el sol…” (11). Me imagino que cualquier parecido con algún poeta de la generación del 98 es pura casualidad. “Las cosas se humanizan porque envejecen y adquieren entonces una categoría de entes sobrehumanos 47)”. Especula, por ejemplo. O cuando exalta al mendigo como piedra angular de la cultura castellana convirtiendo la miseria en ideal: “El ciudadano percibe la diferencia que hay entre el pordiosero por vocación, que es tan respetable, y el mendigo por necesidad, que es un pobre diablo pisoteado y ofendido por una sociedad… injusta” (31).
Su dependencia exagerada de un pasado inamovible, perfecto, eterno, le permite a Caballero reivindicar como positivo, e incluso como algo espiritual, lo que ya ha perdido vigencia o debería perderla. Esta idea recurrente e imperativa, de exaltar lo que aparentemente es símbolo de la derrota del tiempo, se extiende por las páginas de este texto. Lo cual resulta falto de lógica o de sentido común ya que, por otra parte, califica como algo negativo ciertos comportamientos humanos demasiado apegados a formas de vida ya superadas. Por ejemplo, cuando habla de los habitantes de las aldeas. “Hay pueblos en España que me pusieron en presencia de la muerte. Se corrompían en pleno campo, como viejas carroñas de burros de labor” (18). Y a pesar de sus elogios exagerados por Toledo y Segovia no logra ver, o se niega a ver la importancia de la cultura árabe y judía en la conformación de estas ciudades y su entramado cultural y artístico. Cualquier cosa de la cultura árabe, a la cual tanto le debe España, y sin la cual su literatura no sería lo mismo, o simplemente no sería, la “llama pecado original”. Repito que es contradictorio y reduccionista porque en un aparte, hablando de Toledo, reconoce la presencia de lo árabe. “Lo moro -dice- irrumpe dentro de lo cristiano a la hora menos pensada.” Y de lo judío, “Se asoma y se agazapa en la sinagoga convertida en iglesia” (50). Irrumpe, se asoma y se agazapa, pero indudablemente que no se muestra, no se reconoce como una entidad aparte, sino en relación con y para. Realidades que están ahí, pero que no están ya que la grandeza del espíritu católico las opaca y las condena al mundo de lo posible, de lo escondido, de lo accidental. De una realidad a medias: producto del azar y del capricho.
Caballero describe lo español de una manera minuciosa y casi compulsiva como si su propósito fuera evitar que algo quede fuera o suelto. Su necesidad de cohesionar y amalgamar con precisión y exactitud entidades de toda especie, en el trasfondo muestra esa necesidad personal que siente de estructurar las cosas con perfección y conocimiento para asegurarles cierta permanencia y transcendencia, tanto en/a los entramados expresivos como significativos. Pero fundamentalmente en el discurso, en el lenguaje que le permite materializar sus especulaciones y visiones. Por lo mismo busca las palabras exactas y adecuadas con cierto prurito y con el afán, quizás, de construir entidades metalingüísticas paralelas a entelequias cristianas. Es entonces la palabra por la palabra misma la que trasciende la realidad y se transforma en arquetipo, en entidad ideal. Estas construcciones ideales no tienen otro propósito que resistir los avatares del tiempo, convirtiéndose por lo mismo, en la única razón de la existencia. Caballero aplastado sin saberlo por el culto a lo ideal o que el mismo idealiza, convierte al hombre así en esclavo temporal de su obra, sin la cual su vida no tendría sentido. La obra al inmortalizarse/espiritualizarse deja sin sentido a la vida, como si esta se pudiera divorciar completamente de ella. “Los hombres solo se eternizan en lo que hacen porque lo hecho por ellos es su propio espíritu” (60). La vida de los seres humanos en realidad, -dice-, no es sino “cadáver corruptible”, que no tiene más objeto en este mundo que el servir de puente entre “el espíritu y la obra que habría de contenerlo y expresarlo” (60-9). Para Caballero el hombre no es más que un juguete en las manos de un dios o entidad caprichosa, sin la capacidad de alterar, de ninguna forma, los designios de ese dios, y cuya existencia real no tiene sentido si no es por su existencia espiritual. Nada nuevo. Es muy fácil ver aquí la sustancia del catolicismo que separa el espíritu de la carne, -lo in-mundo-, sólo para hacer de la carne una cárcel que necesita ser destruida o evacuada lo antes posible. Calderón parece haber olvidado incluso el concepto de libre albedrío, postulado fundamental de la doctrina cristiana.
Reitero para terminar y amplío a guisa de conclusión, que todo el texto Ancha es Castilla: guía espiritual de España, está compuesto de una amalgama a veces excesiva, a veces pesada y reiterativa, aunque fascinante, de elementos literarios, arquitectónicos, religiosos, pictóricos, estados de conocimiento, definiciones del carácter, actitudes, matices del talante, explosiones poéticas, retratos apasionados, citas etc. que al combinarse o apoyarse los unos en los otros, crean una especie de inercia, de idealización de la personalidad y de las obras del hombre. No hay lugar en sus descripciones abundantes y pormenorizadas para el hombre simple y objetivo que constituye el segmento más significativo de la sociedad. Es como si en lugar de describir una realidad viva que cambia y se transforma, solo fuera posible para Caballero aprehender estructuras muertas. Construcciones complejas y sofisticadas que se sobreponen al tiempo y que, aunque producto de la condición humana, son su negación o contradicción. La España espiritual de Caballero es más un organismo disecado que una cosa viva, un museo apasionado. Una España que ha perdido la pasión o el interés por la cotidianidad y la espontaneidad y para la cual es suficiente representar, sin entender que distanciarse de la representación para mantener un espíritu crítico, es un imperativo ineludible de la existencia y de la palabra. Parafraseando a Caballero mismo, pero cambiando el orden de los factores de la ecuación gramatical, digamos que la cosa no está en que, “las imágenes que el hombre se forma de las cosas muchas veces no coinciden con ellas” (15), sino que, las cosas de España que Caballero nos muestra en este texto no corresponden, por lo general, a la idea que él se hace de ellas, o a la forma como las imagina y las verbaliza, a pesar de su “necesidad casi física de concretar sus pensamientos” (15), como él mismo lo reitera.