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Valentina Marulanda en la encrucijada de música y pensamiento/ Reportajes de Aleph

Venimos de pasar un año [2010] con el recuerdo bicentenario de las independencias y accedemos a otro [2011] con la trilogía literatura, música y pensamiento, en espacio de permanente construcción por la avidez de espíritus no dispuestos al conformismo ni a las limitaciones. La vida académica debe despertar la capacidad de duda, y de deslumbramiento ante las sorpresas de la Cultura, en sus múltiples formas, integrables en el anhelo por sobrevivir a la desesperanza.
Gozamos de una provincia enmarcada por montañas y transitada por nieblas, espasmos de lluvias y atardeceres multicolores, donde la elaboración de pensamiento y la armonía de composiciones, han alcanzado expresión de calidad y calidez. Y la mujer se yergue, en el mundo académico, con su notable capacidad de meditación para contribuir en la forja de espacios favorables al estudio con rigor, a la juiciosa escritura y al compartir con sentido de libre examen en la cátedra, en las revistas, en periódicos, en libros, en conferencias y en los animados diálogos con colegas y alumnos. La elaboración de pensamiento, por personas del género femenino, ha tenido entre nosotros singular validez; así lo indica la valiosa trayectoria docente y profesional de Norma Velásquez y Leonor Gallego, en terrenos arduos de la Filosofía y la Lingüística, como las mayores que iniciaron en la ciudad el fervor por lo académico en esas disciplinas, seguidas de personalidades aventajadas como Valentina Marulanda, Martha-Cecilia Betancur, Mónica Jaramillo-Mahut y Diana Hoyos. Todas ellas continuadoras en el Humanismo de, por ejemplo, una María Zambrano, la sublime autora de los «Claros del bosque».

La versión 2011 de la «Cátedra abierta Grandes Temas de Nuestro Tiempo», en la sede Manizales de la Universidad Nacional de Colombia, consagrada a examinar las interrelaciones de literatura, música y pensamiento, tuvo en la apertura [24 de febrero] la conferencia de intelectual sobresaliente en estas disciplinas, que en temprana edad aplicó al estudio del piano y la gramática musical, para luego cultivar su sensibilidad en el estudio de lenguas clásicas y modernas, la historia de la cultura, la filosofía, en la Escuela de Filosofía y Letras en Manizales, con estudios de maestría y doctorado en La Sorbona de París. Luego vinieron los desempeños en instituciones de cultura, en Colombia y Venezuela, ceñidos a esas disciplinas de la formación esencial.

Se trata de Valentina Marulanda, quien concilia interés y vocación en esas tres líneas de la convocatoria a la versión de la Cátedra. Escritora que piensa con ilustración debida a los clásicos de la filosofía y la música, con infaltables lecturas de antiguos y modernos. Personalidad expuesta al mejor momento en su tarea de intelectual, pródiga en el compartir, con textos en revistas, libros, periódicos, conferencias, trabajos de seminario, programas radiales, y en el diálogo sin falta entre contertulios de su selecto círculo multinacional. Ha cumplido valiosa y reconocida tarea cultural, en especial, en Venezuela y Colombia, con ambicioso proyecto en plena marcha de lecturas e investigaciones filosóficas, que asoman en la escritura perseverante y delicada, sin detrimento en el compromiso de la divulgación de lo que los ateneístas de comienzos del s. XX llamaron la «Alta Cultura». Ha sido programadora y promotora de música, soporte de biblioteca nacional, editora y asesora en publicaciones, incluso indagadora y cronista en vinos y en cuestiones de fina mesa, con propósitos de preguntarse por el sentido y por la sensualidad que corresponde a los merecimientos de la vida.

Cabe la pregunta que se hace el pensador español Eugenio Trías: «¿Cómo ilumina la música los lados sombríos y negativos de la existencia: el mal, el horror, lo siniestro…?»

-¿Podrías comentarnos un poco sobre tu origen familiar, ambientes en la niñez y juventud que te permitieron elegir rumbo en tu formación?

Fui permanentemente incitada hacia la lectura en mi ambiente familiar. Tanto mi padre como mi madre eran buenos lectores y mi padre muy aficionado a la buena música, por la cual me sentí poderosamente atraída desde muy temprana edad, cuatro o cinco años. Mi mamá, estricta como era, una de las cosas que no permitía, como si hubiera leído «Sobre la brevedad de la vida» de Séneca, era que «perdiéramos el tiempo». Si nos veía sentados, con las manos cruzadas, sin hacer nada nos decía: ¿»No hay por ahí, un buen libro que leer…?». Eso, desde luego, siempre y cuando ya hubiéramos cumplido con los deberes del colegio y los de la casa, que no eran pocos. Siendo adolescente recuerdo haber leído, por ejemplo, todas las tragedias y comedias de Shakespeare que se hallaban en la pequeña biblioteca doméstica. Luego, a la hora de decidir el rumbo profesional, no dudé en elegir el camino de las humanidades. Mi padre, durante su paso por la rectoría de la Universidad de Caldas, había fundado la Facultad de Filosofía y Letras, unos estudios que él valoraba sobremanera y, por lo tanto, me impulsó a que me inscribiera en esa facultad.

-¿Cómo fueron esos estudios tuyos de piano y qué alcance y consecuencias, tuvieron en ti?

Como me gustaba tanto la música, tal vez desde la adolescencia, ingresé al Conservatorio. Allí cursé estudios básicos de teoría, solfeo, piano. También tuve práctica coral. Era tal mi fervor que llegué a pensar en hacerme instrumentista y anhelaba la posibilidad de hacer música de cámara, que me apasionaba, más que la carrera de solista. Esto me llevó a incursionar muy brevemente en el violoncello, un instrumento que siempre he adorado, pero endemoniadamente difícil. La carrera musical exige dedicación de tiempo completo, y ya cuando me hallaba en Filosofía y Letras, vi que era difícil compaginar las dos. Tomé un día la decisión de cerrar el piano y nunca más lo abrí, a tal punto que no podría tocar una escala. No obstante, el entusiasmo por la música ha seguido intacto o in crescendo, pero enfocado de otra manera. Soy melómana, escucho música, soy asidua de conciertos y me he dedicado con sumo interés en los últimos años a estudiar y escribir sobre la Estética de la Música. También he venido realizando desde hace varios años, a través de la Emisora Cultural de Caracas, un programa comentado de música académica y uno de los trabajos que ejercí en Colombia, en la Biblioteca Luis Angel Arango y en la Sala de Música de Banco de la República, en Manizales, tuvo que ver con la difusión musical.

-En los años en que estudias Filosofía en la Universidad de Caldas, ¿qué tal era el ambiente cultural, y de qué manera percibiste el impacto del Mayo francés del 68 en estos medios de país, ciudad y universidad?

El ambiente cultural en la Universidad y en Manizales de esos tiempos, anteriores a la revolución comunicacional, era bastante limitado, si lo vemos a la luz de hoy. Pero nosotros, los estudiantes de la facultad éramos como unas esponjas, ávidos de conocimiento y de información, dispuestos a absorber y a aprovechar lo que teníamos a nuestro alcance. Apenas estaba ingresando a la carrera cuando ocurre el movimiento de Mayo del 68 y creo que, más que en su alcance político (yo era aún muy joven para calibrarlo) lo percibimos a través de los ecos del pensamiento liberador de los años anteriores que inspiraron la revuelta y que nos fueron llegando a cuentagotas. Ya en los años finales de la carrera leímos y estudiamos a Marcuse, a Erich Fromm, así como también a Sartre y la Beauvoir, a Camus, pensadores que me incitaron mucho más en su momento que los filósofos de la tradición metafísica. Siempre vi en el Existencialismo la más terrenal y humana de las posturas filosóficas, por ser un pensamiento que se ocupaba de lo concreto, de la situación real de los hombres en el mundo.

Recuerdo haber leído toda la obra de Camus, para algún trabajo académico, pero más allá de eso me apasioné tanto con su escritura apasionada, sus ideas y su mundo que recorrí no sólo sus ensayos sino sus obras de dramaturgia y de narrativa. Una pieza como El Malentendido me tocó en mis fibras más internas.

-¿Qué profesores recuerdas de esa etapa en el pregrado, por influencias que recibiste de ellos en tu vocación personal, intelectual?

Tengo recuerdos muy vívidos de Bernardo Trejos-Arcila, quien, en primer semestre nos dio, en Historia de la Filosofía, la etapa presocrática. Él le ponía mucho entusiasmo a su relato sobre Tales de Mileto, Anaxógoras, Anaximandro, que para uno en ese momento, parecía un relato mítico. Y sin duda, lo era, en la medida en que la filosofía apenas se configuraba como disciplina distinta del mito. Hoy en día me siguen interesando mucho, e incluso más que los presocráticos, todo ese puñado de pensadores de la filosofía pagana, hasta la era helenística, que son figuras, sin duda consideradas menores. Me refiero a los Estoicos, los Epicureístas, los Cínicos, los Cirenaicos. Creo que si algún día hubiese desarrollado de manera formal una carrera académica es muy probable que hubiera puesto el énfasis en ese período de la Filosofía.

No puedo dejar de mencionar al padre Raúl Aristizábal, profesor de Filosofía medieval, teñida de pensamiento cristiano, que él dominaba. Al menos así lo veo en retrospectiva. Sus clases eran amenas, hablaba muy lentamente, lo que nos permitía casi que transcribir en un cuaderno, que aún conservo, todas sus clases. Hernando Hincapié fue nuestro profesor de latín, excelente y muy exigente profesor, aunque desafortunadamente por muy poco tiempo. Es una de las carencias, entre muchas, que lamento: no haber adquirido el manejo, a nivel de lectura de textos, de esta lengua y del griego. Recuerdo el primer examen escrito que nos hizo: nos pidió que tradujéramos una frase del latín, cuya última palabra era «formicarum» (es decir, hormigas). La frase debía traducirse como «Admirable es la diligencia de las hormigas». Sinembargo, no pocos, sino todos, en la clase optamos por escribir, con toda la inocencia y el candor de los 17 años: «Admirable es la diligencia de los que fornican», que dio pie para toda clase de chistes, entre los estudiantes mayores que nosotros de otras facultades. Leonor Gallego era otra profesora muy rigurosa y bien formada, a quien tuve por poco tiempo como docente.

Ya en la etapa final de la carrera, vino de Bogotá Guillermo Mina, recién egresado y muy bien formado, de la Universidad Nacional de Colombia, que fue para mí, y creo que para todo nuestro grupo, uno de esos maestros que abre horizontes. También un interlocutor con el que compartíamos lecturas y el gusto por las artes visuales y la música. De la mano de Mina supe con certeza que si algún día adelantaba estudios de posgrado sería en el terreno de la Estética. Con él me inicié en la lectura de Thomas Mann, que llegó a apasionarme, entre las que recuerdo. Y como materias académicas, asistí con él mismo a seminarios sobre Psicoanálisis y Marxismo que creo que, por primera vez, llegaban a las aulas de nuestra universidad. Leímos y trabajamos no sólo algunos textos de juventud de Marx y una buena parte de la obra de Freud, sino que también nos acercamos, de la mano de Mina, a autores como Althusser, Laplanche, Pontalis. Estos eran nombres que despuntaban apenas en Francia y con los que él ya estaba en contacto.

Seguramente debió ser Mina también quien nos contagió el fervor por Sartre. Leímos, más que todo, La Náusea y las obras de teatro. Y aquí abro un paréntesis para recordar algo que en retrospectiva me parece muy divertido. Con una querida amiga y compañera de clases, Silvia Ochoa, intentamos leer El Ser y la Nada y para ello elegimos, al mismo tiempo como acto simbólico, de transgresión y como una manera de ir contra lo establecido, irnos en la noche a alguno de los cafés del centro de Manizales, «La Cigarra», si mal no recuerdo, a los que estaba vedada la entrada de señoritas decentes, como nosotras. En general eran lugares de encuentro de hombres. Pues bien, para entrarle a este mamotreto tan difícil y poder dominar el sueño, nos sentábamos allí en una mesa, nos tomábamos varios tintos, y dele, a tratar de descifrar algo hasta que el sueño nos rendía. Por supuesto, morimos en el intento… porque nunca logramos pasar de las primeras páginas.

Estas enumeraciones de profesores siempre son chocantes porque termina uno omitiendo nombres importantes. Por ejemplo, no puedo dejar de mencionar lo mucho que debo a Alberto Londoño-Alvarez, quien tenía a su cargo una materia electiva de Historia y Apreciación de la Música, que yo cursé. Hombre muy culto y sensible tenía el don para compartir la pasión por la música. Seguramente se me escapan otros nombres.

-Cuando llegas a París asumes estudios de postgrado en Estética, con posterior aplicación a la Filosofía del Arte y la Cultura. Relata, por favor, esa experiencia, quizá primero el choque con otra cultura y luego con la observación del medio universitario y, en general, cultural. Pasados los años, ¿de qué manera valoras ese período en tu vida?

Llego la primera vez a Francia en 1973, gracias a una beca que obtuve en un concurso que abrieron en la Alianza Colombo-francesa de Bogotá, en donde cursaba estudios de lengua. Esta beca me obligaba a hacer algo en esa misma dirección del aprendizaje lingüístico. Para ello me enviaron a una pequeña ciudad de Provincia, Besançon, en donde permanecí un año académico. Al concluir éste, y por ende la beca, me sentí muy frustrada de no poder aprovechar esta oportunidad para hacer algo en lo que más deseaba: la Filosofía del Arte, y en Paris. La verdad es que salir por primera vez del país y desembarcar en un poblado perdido, cerca de Suiza, en donde no había casi nada de lo que uno había imaginado que eran Francia y Europa, resultaba un poco frustrante. Digo esto en el sentido de que se trataba de una ciudad puramente universitaria con pocos atractivos adicionales y a comienzo de los años setenta, no había allí muchas posibilidades de vida cultural. Además, vivía en una residencia universitaria alejada del centro, en donde el servicio de autobuses era solamente diurno… así que ni la posibilidad de ir a un cine. Te puedes imaginar… Entonces, con una amiga de Bogotá, que compartía igual destino que yo, y que había conseguido prolongar su estadía gracias a un trabajo en Paris, nos fuimos para la capital y allí, entre algo que me enviaba mi padre y el cuidado esporádico de niños, me las arreglé, viviendo en condiciones de gran austeridad, para inscribirme en La Sorbona, en la maestría de Estética, que logré llevar a cabo. Paris sí era, entonces como ahora, el centro de Europa en materia de conciertos, de ópera, de grandes exposiciones, de museos, librerías, en fin… que aproveché hasta donde los recursos me lo permitían y recurriendo siempre a lo más económico, como por ejemplo, un puesto para la ópera, sin visibilidad o sin asiento, es decir, que debía uno permanecer de pie las tres o cuatro horas que duraba el espectáculo. Algo absurdo que hoy no haría por ningún motivo. Pero eso es la juventud: podía más el deseo que la incomodidad.

Luego, en los años ochenta regresé a Paris para continuar el posgrado, en la misma dirección que, allí en Sorbonne nombraban indistintamente Estética o Filosofía del Arte. Concluí lo que llamaban en ese entones el DEA, es decir, la primera etapa del doctorado pero me quedó pendiente la tesis cuando tuve que regresar, porque se me terminó el financiamiento.

-¿Recuerdas tus primeros escritos?

Es curioso, pero las primeras páginas que escribí y osé publicar, abordaban ya de manera balbuciente y como puede hacerlo uno a los 18 años, asuntos de Estética y concretamente de Estética de la música. La primera nota, publicada en «La Patria», se refería al papel emancipador de la música en Beethoven, y en ella reflexionaba a propósito de alguna afirmación hecha por Enrique Buenaventura durante el Festival de Teatro. Después, en la primera «Gaceta» de Colcultura, cuando la dirigía Juan Gustavo-Cobo, publiqué algo sobre Psicoanálisis y Literatura que fue el tema de mi tesis de maestría. Sobre esto mismo escribí algo para un semanario cultural de «El País» de Cali. Luego, desde el año 76 y todavía en Colombia, empecé a enviar colaboraciones para el «Papel Literario» de «El Nacional» de Caracas, una relación que he mantenido hasta hoy… Luego vendrían otros medios…

-¿Cuándo y bajo qué circunstancias asumes tu condición de escritora?

Llegué a la escritura por la vía del periodismo, con cuyo ejercicio me he ganado en más de una oportunidad la vida, primero en Manizales, en «La Patria» y luego en Venezuela, en donde estuve vinculada a un grupo editorial por varios años, la revista «Exceso», fundada y dirigida por Ben Amí Fihman, que después se diversificó en otros proyectos. También estuve vinculada a una editorial alternativa, entre amigos y sin ánimo de lucro, «Angria», en la que publicábamos libros de poesía y ensayo y una revista sobre libros. En Colombia también participé de empeños editoriales en revistas como «Fabularia», que dirigía Octavio Arbeláez, en Manizales, y en Bogotá una revista que hacíamos con Jaime Echeverri, Rosita Jaramillo, Juan Manuel Roca y otra gente. He escrito, pues, de manera relativamente asidua en revistas y periódicos como «Aleph», la revista de la Universidad de Antioquia, «Gaceta» de Colcultura, «La Patria», «Papel Salmón» y muchas otras. El periodismo es, sin la menor duda, la mejor forma de soltar la pluma y superar el miedo de la página en blanco, en la medida en que no hay alternativa y uno tiene que escribir y entregar con unos plazos perentorios. Sinembargo, no me siento reportera, aunque es un oficio que respeto mucho, y en realidad lo que menos me gusta es el periodismo de calle. No corre por mis venas esa pasión por la búsqueda de la información de actualidad, por el acontecer en pleno desarrollo. Prefiero una escritura más reposada, desde los libros, las vivencias, desde una biblioteca. Una suerte de periodismo de escritorio, que, por lo tanto, creo, no es en sentido estricto periodismo. Y por eso me siento más a gusto en el artículo, el ensayo o la crónica que en el reportaje y la entrevista.

-En tus escritos los temas esenciales han sido justo el Arte, en especial la Música, la Filosofía y la Literatura, no como creadora de cuento, novela o poesía (aunque nunca se sabe), sino como analista, crítica, promotora o divulgadora. Pero se descubren escritos tuyos relacionados con el Psicoanálisis y llegaste a advertir que el mundo sigue siendo freudiano, a pesar del fracaso de las ideologías y de la crisis de la llamada «civilización» (en tus palabras: «el desmoronamiento de una civilización»). ¿Cómo ocurrió esa aproximación tuya a Freud y sus teorías, en especial con atisbos hacia la Estética? Al estudiar estos temas, tú acudiste a una estremecedora cita de Rilke: «Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar.»

Si, en efecto, no tengo ningún don para la narrativa y creo que tampoco para la poesía. Algunos poemas en los que incurrí en la juventud los rompí porque me parecieron muy mediocres. Una vez que me retiré de los compromisos de trabajo diario, me he podido dedicar a trabajar en mis cosas, en función de un proyecto personal, siempre dentro del ensayo que creo que es lo más cercano a mí, y con la filosofía y en particular la estética como una de líneas de reflexión e investigación.

Creo que ya te respondí, en parte, de dónde vino mi interés por Freud y su teoría de la cultura para la cual, hallé luego, al llegar a la Universidad de París un ambiente fértil. Por eso decidí trabajar en esa dirección. Había un cierto boom del pensamiento psicoanalítico, no sólo en torno a Freud, sino también en todos sus desarrollos, derivaciones y corrientes a través de sus alumnos, fundadores de nuevas escuelas, entre los que se contó Lacan. Creo que esto en tanto que el «boom» pasó, pero no se puede negar que el Psicoanálisis está y estará incorporado definitivamente a la visión del hombre y de la cultura. Como decía el mismo Freud marcó un giro copernicano en el pensamiento y la investigación. Personalmente, a la hora de seguir investigando quise explorar otros rumbos, como la «Teoría Crítica», y muy especialmente el pensamiento de Teodoro Adorno, cuya «Estética Negativa» fue tema de la monografía para la aprobación del DEA.

No sé si Rilke llegó a conocer el estudio sobre «Lo siniestro» de Freud, pero lo cierto es que hay una gran sintonía entre la afirmación del poeta a que aludes y dicho ensayo. En «Lo Siniestro», de 1919, se sitúa Freud en relación con la Estética hedonista que se ocupa de lo bello y lo agradable. Y lo hace a partir del concepto de lo Siniestro, emparentado con lo extraño, lo lúgubre, lo que genera angustia, etc. Freud no rechaza los sentimientos positivos en el goce estético, pero considera que son inseparables de los negativos, ligados al regreso de lo reprimido. En efecto, estaba echando las bases para una Estética negativa que llevará hasta sus últimas consecuencias el ya citado Adorno.

-En música has sido apasionada de la más selecta, la obra de los grandes compositores universales, pero sin desconocer expresiones incluso del folclor, o de algunas voces populares. Compártenos, por favor, un poco de ese conjunto de tus aficiones…

Echo mano del lugar común para decir que la música se divide entre la que nos gusta y la que no nos gusta. Pero más allá de eso sí creo que hay música que es arte y otra que es ruido y mercancía. Considero que hay música de alto valor estético no sólo en la llamada música académica sino también en expresiones de la música tradicional. Pensemos, por ejemplo, en las expresiones de Colombia y Venezuela, por decir algo, pero también en el cante jondo, en cierto tipo de canción popular de autor; en Agustín Lara. El mundo de la música tradicional es vasto y dentro de él hay elevados valores estéticos. En el marco de la llamada música popular y tradicional una de las expresiones que más me gusta es el «Son» cubano, anterior a la revolución. Para mí una de las más altas expresiones. Ya a otro nivel, pero también en Cuba, me conmuevo con Ernesto Lecuona e Ignacio Cervantes. Me gustan mucho ciertos vallenatos, los clásicos, y la música de los llanos colombo venezolanos.

-Como es natural en tu vocación, la Filosofía ocupa centro, con escarceos en otras líneas, pero sin dejar de lado la capacidad reflexiva, y noto que ahora te dedicas más a ella; lo cual puede apreciarse en ensayo reciente tuyo, intitulado «De filosofía y fábula» (Rev. Universidad de Antioquia, No.301, 2010); ¿en qué dirección vas?, ¿qué pensadores te acompañan?, ¿qué trabajos te has propuesto adelantar, o continuar?

Terminé recientemente un libro de ensayos de Estética de la música, titulado «La razón melódica» que está en manos de un editor y en el cual se ve reflejado el trabajo de varios años. El ensayo al cual aludes forma parte de otra línea reflexiva: la filosofía y la literatura que también me gustaría seguir desarrollando. Ahora bien: por primera vez, desde hace poco tiempo, estoy traicionando la Estética e incursionando en la Ética que me interesa mucho y que si te pones a ver no están muy lejos una de otra, si pensamos que la Ética estudia entre otras cosas el buen vivir, el vivir feliz, la felicidad, el placer, el goce. Ahora estoy sumergida en Aristóteles, en Séneca, en Platón, en Epicuro…. Es lo que te puedo decir por el momento…

-Cuando te instalas a vivir y laborar en Caracas se inicia etapa más fructífera en tu vida, por tus aplicaciones intelectuales, por tus vínculos de trabajo, con apertura en la publicación de escritos tuyos, y por la tarea editorial que cumples, como en el caso de «Angria», o en el Consejo Nacional de la Cultura, y de otros medios. ¿Puedes, por favor, rememorar un poco ese período, todavía en buena marcha?

Sí, fueron experiencias fructíferas, muy especialmente la de trabajar en la Biblioteca Nacional, al lado de una mujer como Virginia Betancurt, la hija de Rómulo Betancurt. Visionaria e incansable, fue pionera desde los años setenta del desarrollo de un sistema bibliotecario moderno para Venezuela. Con ella aprendí mucho. Después estuve en el Consejo Nacional de la Cultura y en el Centro Nacional del libro. En este momento me encuentro en feliz retiro del trabajo remunerado con mucho más tiempo libre para leer y escribir sobre lo que me interesa y me asedia.

-¿Cómo aprecias el presente y el futuro del libro tradicional frente al libro virtual y a los avances notables de los lectores digitales («e-readers»)? De igual modo, ¿cuál podrá ser el futuro esperable en las tradicionales bibliotecas?

Te respondo empezando por el final de tu pregunta. Desde que la gente tiene el computador en su casa o en el ciber-café el papel de la biblioteca pública como medio de consulta e información se está tornando obsoleto. No es raro ver sus salas vacías. Sinembargo, estoy persuadida de que las bibliotecas patrimoniales que atesoran y conservan la memoria documental de los países y los pueblos siempre tendrán que existir. Son ellas la herramienta primaria para los investigadores.

Una gran paradoja es el hecho de que el papel, el buen papel, libre de ácido, e incluso su antecesor el papiro, han resultado más eficientes para desafiar el paso del tiempo que los medios digitales, extremadamente perecederos, al menos hasta ahora. Por eso, y además porque adoro el libro en papel y no soy capaz de leer más de dos páginas en una pantalla, sigo apostando al libro cosido y pegado y le auguro larga vida. Que lo diga, si no, la industria editorial, cada día más próspera, con Francia a la cabeza en el mundo.

Como puede apreciarse, Valentina Marulanda es intelectual de tiempo completo, con orígenes y gusto por la formación clásica, y el cultivo cuidadoso de la escritura. Carismática en los ambientes donde ha vivido y actuado, y enriquecedora en las relaciones interpersonales, con la singular actitud de no ser persona favorable a la crítica despiadada, en tertulias y diálogos. Cuida mucho la manera de considerar el trabajo o las actitudes de los demás. De ahí su admirable talante para las reseñas de escritos de sus contemporáneos, en las cuales destaca lo apreciable, dejando de lado aspectos secundarios, casi siempre de no tomar en cuenta. Pasa en la actualidad por singular momento de estudio y escritura, con acercamiento cada vez mayor a la Filosofía, y seducción por abordar en proximidad temas de la Ética, con cimientos en su alta formación en la filosofía del arte.

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Edición No. 157