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Armando Romero: el artista como crítico

Dedicando la mayor parte de su vida -como escritor- a la poesía y a la narrativa, Armando Romero ha publicado paralelamente tres libros de aproximación crítica: Las palabras están en situación (1985); El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida (1988) y Gente de pluma (1989); además de un sinnúmero de reseñas y artículos en calificadas publicaciones periódicas a los dos lados del Atlántico. En este último corpus caben destacarse los dos números especiales que coordinó como editor en la prestigiosa Revista Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh: el primero, sobre literatura colombiana (1984) y el segundo, sobre literatura venezolana (1994), lo cual le ha proporcionado a Romero una investidura de embajador ad honorem de las letras grancolombianas en los Estados Unidos. Además de esto, Romero ha publicado recientemente en España dos antologías de poesía: Una Gravedad alegre -Antología de poesía Latinoamérica al siglo XXI (2007) y Antología del Nadaísmo (2009)
A manera de introito centraremos mayormente nuestra atención en Gente de pluma (Madrid, Editorial Orígenes, 1989), libro compuesto de catorce textos y, dedicado a la lectura de autores que van desde José Asunción Silva hasta Gabriel García Márquez pasando por Jorge Luis Borges, Lezama Lima, Severo Sarduy, Álvaro Mutis, entre otros. Afortunados asistimos a encuentros de la «experiencia leída» -para decirlo con palabras de R.H. Moreno-Durán- en los que Romero sin distanciarse de su tono poético o ficcional, pero eludiendo divagaciones egoístas o especulaciones académicas, transita por caminos creativos paralelos con un estilo reposado y objetivo. Tal ejercicio es posible realizarse mediante el concurso ecuánime de un escritor -como Romero- que se sumerge en primer lugar como lector/observador, y en segundo como creador dependiente del primero. Obra artística y crítica se ubican en ámbitos análogos, y la calidad de cada una va determinando el grado de circunstancialidad o pertinencia en su encuentro.

Pudiéramos considerar, en este sentido, que todo poeta está naturalmente doblado de un crítico: pero un crítico doblado de poeta sería, sencillamente, una monstruosidad —según decía Baudelaire. La poesía moderna, como afirmaba Rubén Darío —heredero del poeta francés en muchos aspectos— es quizás la que más lejos ha llevado esta doble práctica del poeta: la creación y la crítica. El fino poeta Ramón López Velarde afirmó en una de sus prosas que la poesía era un sistema crítico. Poesía crítica, por un lado, y crítica de la poesía, por otro: doble postulado poético moderno. No en vano, la crítica de la poesía de Silva y Lezama Lima que Romero elabora, es la que se ocupa de los puntos pertinentes —y no la de los agrimensores o los notarios puntillosos— y esto es obra también de los grandes poetas, desde Baudelaire y Mallarmé hasta Pound, Eliot o Valéry: desde Bécquer y Darío hasta J.R. Jiménez, Cernuda, o el maestro Borges.

Visto desde esta perspectiva, en el primer texto de Gente de pluma, «La visión del doble como introducción», Romero traza su horizonte sobre la hipótesis de la dualidad para contemplar el contexto latinoamericano, y resaltar la importancia de pensar sobre los enlaces estéticos-históricos, los encuentros y desencuentros, por los que ha atravesado buena parte de la práctica de la ficción literaria latinoamericana. Con peculiar destreza, Romero establece un fructífero diálogo entre las obras leídas con las que descifra claves de perfil social o cultural, ofreciéndonos una lectura que registra un conjunto representativo de correspondencias entre el pasado y el presente, sin despojarlas de su dinamismo histórico. O como lo proponía Schlegel «que la crítica no juzgue una obra sino que la entienda en la medida que la complete y por consiguiente la desdoble» (27).

Este concepto del desdoble, o la dualidad, como lo plantea Romero es significativo para apreciar que toda verdadera narración o estrofa es doble y que su final nunca es un final, o para reconocer el tejido de confluencias y resistencias que ayuda a explicar mejor el control que debe ejercitar el habitante del borde sobre las diversas fuerzas centrífugas a las que se encuentra expuesto. En este sentido, Romero nos advierte que después de los horrendos sucesos de «el Bogotazo» en 1948, «el arte y la literatura colombiana fraguan un esfuerzo profundo por renovar y ampliar la visión del colombiano frente a su realidad. Juego de unión de los contrarios el arte se encargará de unir los polos de esta realidad e irrealidad contradictoria que había vivido el país» (Gente de pluma, 131), lo cual refleja una característica que no sólo es propia de Colombia, sino también del resto del continente latinoamericano, donde los/las artistas han observado en la misma violencia de la destrucción la energía de la reconstrucción. La experiencia fragmentada, o dual, está de este modo implícitamente (re)presentada en el espacio literario y artístico donde se multiplican los planos textuales y visuales. Esta doble naturaleza inherente a todo ser implica la integración de dos elementos: lo revelado y lo oculto; lo que «yo soy» (lo revelado), pero también lo que «yo no soy» (el otro, lo oculto). Un ejemplo concreto de tal situación se aprecia en El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson: lo que es un personaje (doctor Jekyll), no lo es el otro (mister Hyde), pero ambos son el mismo, las dos son caras distintas y opuestas de una misma moneda. Sinembargo, no han faltado algunos llamados exégetas colombianos del siglo XX que le han endilgado a Gente de pluma el rótulo de » la morada de lugares comunes», lo cual es un desafuero que raya a la perogrullada, pues basta hacer una lectura desprevenida de todo el libro o, tan sólo, releer la introducción y el segundo texto «Silva Post-Prandial y Barroco» para confirmar que el intento de Romero fue una invitación a un modelo de lectura que explorara «correspondencias», u oposiciones universales, entre los contextos socio-culturales y la expresión literaria.

Ahora para hacerle justicia a este intento de Romero, es importante reconocer que no hay arte sin conciencia de sí mismo, y la auto-conciencia y el espíritu crítico son uno mismo. Aunque esto no es igual que decir coloquialmente «dos que me parecen uno», pues, el talante de artista y crítico de Romero implican un trabajo creativo con los materiales existentes a tratar para leerlos de una manera fresca. Y Romero, indudablemente, nos pone de manifiesto en que no sólo los poetas/artistas trabajan con las palabras y las convenciones genéricas, y debemos «ser precavidos porque estamos en las tierras de las palabras, donde todo va a servirlas a ellas, corredoras de imágenes en movimiento» (Gente de Pluma, 127). Es decir que, en aquellas construcciones de palabras que leemos y releemos, las figuras de un poema, o los hechos de una narración o las imágenes de una descripción, o de una representación pictórica, no pueden ser otra cosa que lo que son. Al contemplarlas, descubriremos que su ser es en realidad un renacer constante, quizás radical, de la obra frente a sí misma donde todo pudo no haber sido, pero una vez existió, y se impone sobre el pasado y lo rescata, lo recoge y lo revive eternamente en un instante de nuestra vida como lectores. En este aspecto, interesa puntualizar que Romero desinhibido del histriónico academicismo se aleja para compartirnos su «experiencia lectora», y nos invita a que hagamos de nuestra lectura una travesía propia, una peregrinación exclusiva donde se produzcan imágenes e ideas. Y en efecto, los autores de los textos constitutivos de Gente de pluma: Silva, Huidobro, Borges, Lezama Lima, Sarduy, Fuentes, Mutis, García Márquez, Aurelio Arturo y el pintor Fernando Botero, se les explora dándoles a cada cual una mirada propia y a la vez dialogal, conjugando sus expresiones particulares con la hipertextual y, más importante, con aquella que confiesa el goce propio de los literatos por la obra revisada, aquella mirada admirada que escribe y por la que el encuentro de la crítica y el poeta revela su percepción. La crítica, en estos textos de Romero, es una actividad de diálogo con el universo evocado en la obra, una reflexión sobre el poder revelador de su lenguaje particular.

En el horizonte trazado en Gente de Pluma se observa un énfasis particular al barroco, y que ha tenido entre sus notables exponentes en el siglo XX latinoamericano a José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Severo Sarduy. A gusto, o disgusto, de los críticos colombianos que despotricaron contra Romero, no se puede desconocer que el mismo Borges en la posdata de su relato «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», ejemplifica su posible insatisfacción y, por ello, escribe un texto anexo en el que presenta clarificaciones a un futuro lector. De esta manera, Borges trabajó para «multiplicar» (y mezclar) planos, perspectivas y diversas «lecturas¨ (Gente de pluma, 39), cuyas técnicas se suelen atribuir al impulso del barroco al conectar los planos de la imagen y la experiencia real. Guilles Deleuze, por ejemplo, señala que «… el barroco diferencia los pliegues según dos direcciones, según dos infinitos, como si el infinito tuviera dos pisos: los repliegues de la materia y los pliegues en el alma» (11). Y sin ánimos de encasillar la obra de Borges, ésta es indudablemente doble ya no sólo guiándonos por títulos como «Los dos reyes y los dos laberintos» o «El jardín de los senderos que se bifurcan», sino por la ironía que él le complementa para mediar entre obras dispares en trascendencia.

El texto dedicado a Huidobro es otro ejemplo notable puesto que se nos presentan dos libros poco comentados, o leídos, del poeta chileno: Ver y palpar y El ciudadano del olvido (1941). Romero de nuevo nos señala la gran importancia de Huidobro por su singularidad poética y el tono de sus postulados. Pero igual se nos alude al texto canónico de Altazor, como punto de referencia de esa preocupación de la caracterización que hace Huidobro del ser humano dividido. Esto es un ser prisionero de todos los prejuicios religiosos, morales, artísticos y es al mismo tiempo el ser que quiere liberarse de todos los miedos, de las reglas, y entre esas dos posturas «el naufragio está en la mesa como la raíz de un árbol» (Gente de pluma, 33). De esta manera, Romero nos anima a (re)visitar la obra de Huidobro para confirmar, o no, que el naufragio o la caída, o el doblez de la caída trabajada en Altazor, es una visión de nuestra condición humana, trágica, pero también inconmensurable.

Las fuentes literarias, históricas y otro tipo de discursos en los que abreva Romero, tienen una presencia explícita en el texto dedicado a «La poesía colombiana o la búsqueda de un español otro». Romero, en un tono conversacional, nos hace un importante balance de esta actividad literaria que estuvo moldeada por la pulcritud del idioma castizo, bajo la tutela de excelsos gobernantes colombianos. Ese molde se convirtió en camisa de fuerza que impidió la germinación de una poesía menos enclaustrada o «heredera de esas formas cultas provenientes de la alta clase» (Gente de pluma, 65). Por consiguiente, todos los avances en materia cultural, y renovación poética en particular, fueron un desafío a los paradigmas impuestos por los guardianes del orden político y cultural. Y dentro de este marco Romero va complementando y matizando sus visiones sobre la trayectoria de la poesía colombiana, matrimoniada a la pureza del idioma, pero a su vez destacando las realizaciones de Silva, Barba Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff, como ruptura y avances que parecían valerse más allá de las energías que suscitaba el despegue de una actividad autoral y más osada en medio de la maraña de vínculos que envolvía los diferentes círculos de la clase dirigente.

El recorrido que nos presenta Romero en Gente de pluma, tiene un significado especial al ilustrarnos que sobre la hipótesis de la dualidad el arte latinoamericano del siglo XX, con su poesía, narrativa y plásticas, logró (re)presentar un mundo sin símbolos o el mundo invertido de los símbolos desde diferentes perspectivas. Sin amarrarse a los trillados rótulos de «ismos», o dictaduras «esquemáticas», Romero construye un modo personal de lectura y traza una relación entre la vista y la lectura, visión e interpretación –tema de lo barroco- al margen de su contenido específico; a fin de suscitar interés en el lector/observador por textos e imágenes a la espera de ser explorados. O sea que nos ofrece un abrebocas para iniciar nuestra «experiencia leída».

Vale decir que la curiosidad intelectual de Armando Romero ha privilegiado desde siempre la literatura de Colombia. El amor a su tierra, que le ha inspirado tantos bien logrados poemas, cuentos y novelas, le ha llevado asimismo a indagar en las obras de sus cofrades (los nadaístas) y en la de aquellos autores que han tratado de Colombia en algún momento de su producción literaria. Esto se constata en sus otros dos libros de aproximación crítica: El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida y Las palabras están en situación, donde campea la generosidad. Así, como el afán de dar a conocer en escenarios más amplios los rasgos estéticos de las letras colombianas en contraste con la realidad socio-histórico-cultural. El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida es un libro incunable que amerita ser reeditado, por ser punto de referencia de este movimiento que suscitó multiplicidad de comentarios encontrados: a favor y en contra. El nadaísmo, a pesar de la ambivalente recepción, se constituyó en un faro, en tribuna crítica en la Colombia de los años sesenta y en punto ineludible de los debates político-culturales. Quienes formaron parte de este movimiento: Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar, Amilkar Osorio, Jaime Jaramillo-Escobar y el mismo Armando Romero pusieron a Colombia, su cultura, su política, su historia en el foco de una mira que apuntó contra la imagen de un país de excepción, y para ello lanzaron sus críticas contra variadas facetas de la sociedad eclesiástico señorial. El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida es una clara radiografía que refleja, por un lado, el adormecimiento del escenario cultural del país y, por otro, el aguijón de las nuevas voces que pregonaban el cambio, lo cual constituye una semblanza aguda del ámbito colombiano. Uno de los hilos conductores que destaca Romero, es el clamor del grupo nadaísta por construir cierto reordenamiento en el cuadro social y estético prevalecientes del país y condenar el ostracismo de las generaciones anteriores que habían sido decisivas en la vertebración del escenario cultural.

La incógnita que suscitó el nadaísmo constituye un muestrario de los temas que han ocupado a Romero en las cuatro últimas décadas. Uno de los ejes problemáticos de la cultura que se nos expone en El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida es el que estuvo dado por el peso de la ideología conservadora sobre grupos e individualidades intelectuales. El peso de las representaciones culturales cerradas y de sus operaciones reduccionistas en la interpretación del mundo cercó la función social del artista. Además, la crisis suscitada por los bloques dominantes con «el fracaso de los partidos políticos, institucionalizó la violencia, un tipo de conducta criminal que se convertía en norma. El enemigo estaba en todas partes porque los grupos hegemónicos de poder le habían hecho creer al colombiano que el enemigo era él mismo, que debía autodestruirse para conseguir su salvación. […] Y este es el comienzo del nadaísmo, pregunta y respuesta a una sociedad amordazada» (El Nadaísmo…, 34). Ante estas circunstancias, el nadaísmo se expresó a través de nuevas propuestas culturales y estéticas, que rompieron con la homogeneidad cultural colombiana a través de la revaloración de la creación individual y de la experimentación, produciendo una nueva identidad tanto del artista como de la obra de arte. Como nos lo presenta Romero, en este significativo libro, este proceso de cambio aparece como una confirmación de la libertad del yo (pos)moderno como la primera responsabilidad del creador.

Aunque hemos intentado dar una idea cabal de la amplitud de miras de Armando Romero, quien estudia no sólo lo que es afín sino también aquello que escucha en su íntimo ser (lo otro que es también parte de uno mismo: muestra de imagen), se nos queda en el tintero Las palabras están en situación dedicado a poetas e intelectuales que estuvieron vinculados a la revista Mito en la década de 1940 y 1950. Prorrogamos el examen de este libro para una próxima y pronta ocasión y, a manera de cierre, cabe señalar a modo de indicación cuáles fueron los principales autores estudiados en Las palabras están en situación: Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Álvaro Mutis, Fernando Arbeláez, Rogelio Echevarría. Si la lectura de unos puede interesar más que la de otros, el goce de la prosa de Romero resulta en todos ellos, como dije antes, motivo suficiente para leerlos.

Obras Citadas y Consultadas

Deleuze, Gillles. El pliegue: Leibniz y el barroco, trad. José Vásquez y Umbelina
Larraceleta, Barcelona, Paidós [1988], 1989.

Romero, Armando. Gente de pluma. Madrid: Editorial Orígenes, 1989.

———————–. Las palabras están en situación, Bogotá: Procultura, 1985

———————–. El nadaísmo colombiano o la búsqueda de una vanguardia perdida. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1988.

Schlegel, Friedrich. Critical Fragments, Athenaeum Fragments, From Blütenstaub,
in Philosophical Fragments, P. Firchow (trans.), Minneapolis:University of Minnesota Press, 1991.

Stevenson, Robert Louis, Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde [1886] London: Chatto and Windus, 1911.

 

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Edición No. 160