Enhebrando huellas
Demasiado temprano para su brillante producción, le ha llegado a mi adorable amiga Valentina la seriedad mas suprema, la máxima expresión de soledad e intimidad, ese trance en el que la actitud del pensar y el sentir, adquieren el rigor de lo absoluto, porque no otra cosa es la muerte.
Con este repertorio de recuerdos que se han instalado de nuevo en mi mente y mi corazón, luego de despertar a la nada de mi amiga del alma, he vuelto a apaciguar mi mirada atrás, en una temporalidad que nos acarició a las dos desde las aulas colegiales, y también de paso por los corredores académicos de nuestra filosofía, y de a dos en dos, vivimos el ideal de los anhelos juveniles; juntas saboreamos las páginas de Spinoza y de Descartes, deletreamos los diálogos de Platón y desde el mito de la caverna contemplamos los fragmentos de los clásicos griegos, con la avidez y la seriedad que nos imponíamos en la profundidad de nuestros encuentros intelectuales; allí estuvimos embelesadas con el sicoanálisis, Marx y Engels, Kierkegaard y Nietzsche, Kant, su amigo Shakespeare y mi preferencial Kafka y muchos más, siguiendo las tertulias elaboradas con la maestría de nuestra ilustrísima Norma Velásquez, de Rubén Sierra-Mejía y muchos otros, y en medio de todo esto, nuestra amistad, planes y planes para un después, que con el paso de los años y talvez muy pronto, nos separaron geográficamente.

Valentina Marulanda (1949-2012). Fotografía de Susana Soto-Garrido (Caracas, 2010)
Nuestros espíritus separados por el espacio del silencio material y circunstancial, en el que cada una iba escribiendo su propia biografía, continuaban jalonados por la esencia del amor, de la admiración y de los encuentros repetidos, cada vez que la temporalidad en que cada uno se movía, hacía guiños en nuestros intereses para estar juntas; hoy, estos espacios no están, o mejor no son, su existencia con la de Valentina han adquirido un nuevo modo de ser, ya que la muerte es uno de esos tantos modos de ser, y como tal, uno de los atributos de la vida, puesto que no hay vida sin muerte, y puesto que omitirla, sería tanto como negar la totalización de la existencia, y sería hacer de ésta, un reduccionismo.
Valentina no se negó a esta realidad; su formación filosófica desde el Estoicismo clásico, pasando por Heidegger y todo el existencialismo, la pusieron siempre cara a este límite de la existencia que en su momento, ella supo enfrentar, y con su peculiar y bellísimo sí a la vida, con su lenguaje coloquial que siempre mantenía, conservó esta realidad consigo misma, pues sabedora de que ya había llegado el momento de su particular auto-indagación acerca de lo sido y lo existido, este declinable anuncio de su doliente realidad que se aproximaba con pasos agigantados, solo fue cuita para el corazón de su esposo, de sus hermanos y su padre, quienes la acompañaron en el silencio doloroso de los minutos que se eclipsaban para el solaz espíritu de su alma dadora de vida, prudencial y afecta a los hombres y a su mundo cultural.
Según Vicente Arregui, la muerte no la podemos mirar solo como una destrucción biológica, en ella participan lo biográfico, lo personal, cuando muere una persona, muere su singularidad, pero en el caso de Valentina, representante de la música y la cultura, su biografía queda plena, como un legado transmitido en sus libros, el primero de los cuales me llegó desde su tierra, y coloquialmente pudimos comentarlo; allí reposa la efigie de sus conocimientos, y la inteligencia de su pensar creador.
La muerte como posibilidad de la existencia humana, arranca de las demás posibilidades que ya se han agotado, bien o mal, de acuerdo con el uso que se haya hecho de la libertad, y Valentina, lo recuerdo con gran lucidez, siempre eligió lo profundo, lo reflexivo, lo exigente, pudo haberse quedado en la banalidad y en los acoses del mundo exterior que por aquella época coqueteaban su belleza femenina a todas luces, pero ella, prefirió estar a la sombra, y buscar la luz de sus potencias espirituales, de sus talentos para la estética y el pensamiento que hoy dan gloria a una de sus más brillantes figuras.
Valentina cumplió, es cierto, pero le faltó tiempo para cumplir más, estaba en el cenit, pero qué bueno haber llegado un poco más, ya que sus archivos estaban llenos de un legado, que queda para transcribirlo a un mundo que incansablemente seguirá tras de sus huellas.
Valen, la amiga afín a mis intereses, con quien luché desesperadamente porque nuestra facultad, sobreviviera a la crisis de los años setenta; qué dolor del alma verte partir para siempre; la aflicción de mi intimidad cobra las alturas del encuentro supremo, cuando estoy segura que ha salido a tu encuentro Dios, franqueando el muro que separa este tiempo de la Eternidad.
Gracias por la finura de tu carácter, por la serenidad de tu trato en una escucha sin barreras, por la sabiduría de tu talento que tanto te costaba demostrar, pero que finalmente llegó a la gloria de lo que podías llegar a ser; gracias por los recodos de tus timideces que a mi me anunciaban tu grandeza, pero que a la vez me frenaban en mi delirio de avanzar, cuando a veces debía detenerme un poco; siempre supiste conjugar pensamiento y corazón y encajando mente y emoción, supiste ser hija, hermana, madre esposa y amiga; sin iguales gracias por tus cuitas, y por todo aquello que nos unía con las entretelas afectivas de la más entrañable de las amistades.
A papito, así llamaba a su padre, el doctor Rafael Marulanda-Villegas, a Alfredo su esposo, a Manuela su hija y a sus hermanos Tulio, Felipe, Federico, Natalia, la satisfacción de haber aportado millares de milésimas a la vida de Valentina, ya que la vida es una relación permanente, y en cada trozo de la existencia se agolpan las influencias familiares para llegar a ser lo que podemos llegar a ser, y en su caso, Valentina ha reflejado el fruto de su unidad e intimidad familiar.
Y para mi, retomar la conciencia de que la muerte viene a ser el verdadero comienzo del encuentro conmigo misma, el episodio más entrañable del sosiego, donde se descubre la verdadera identidad de lo que somos, por aquello mismo que hemos sido; dándose en este momento crucial de la existencia una travesía veraz, compuesta de haceres biográficos que ya no se pueden recuperar; entonces hoy mi emocionalidad y reflexión se han movilizado, al tomar un contacto tan cercano con la proximidad de mi final, talvez muy pronto no lo sé, pero de lo que sí estoy segura, es de que no tengo que esperar a que llegue el salto a la verdad de lo que fui, y a que todo sea irrecuperable; no queda sino proponerse y ganarle diariamente al balance final de la existencia.
Valentina: tu sabiduría con aplicatura a lo propio, entendió la sorpresiva fugacidad de la vida, al enfrentar el dolor como una nueva tarea hacia el final; ojalá, los que quedamos, supiéramos enhebrar de una en una las huellas de tu sapiencia espiritual.