Novela cultural y valor estético
Nadie podría imaginar que el desarrollo de la novela en la primera mitad del siglo XX, desde Proust, Joyce, Kafka y Thomas Mann hasta Malraux, Camus, Broch y Musil, pasando por Dos Passos, Virginia Woolf y Faulkner, hubiera podido llevarse a cabo en un terreno meramente “cultural” (en el sentido que este adjetivo termina por adquirir en los modernos estudios culturales), es decir, en un terreno en el que la novela no hubiera podido contar con un claro y definido estatus artístico. Si ya en el siglo XIX encontró un momento de preclaro equilibrio en una conciencia estética encarnada principalmente por Flaubert, no podía en el siglo XX salirse de un cauce predefinido que le reportó logros no inferiores a los del siglo anterior. Ni siquiera en el momento en que, tras la guerra civil española y la segunda guerra mundial, se puso de moda principalmente en Francia lo que se llamó “condición humana” (título de una novela de Malraux, pero con fuerte presencia en el ensayismo de la época, respaldado por la obra de Bernanos, Green, Camus y el propio Sartre), ni siquiera entonces la novela renunció a su seña de identidad estética. Aunque fue en ese momento cuando el propio autor de Qué es la literatura (1948) abrió en falso un debate sobre el sentido de la literatura, éste sirvió en realidad para que escritores con mayor preocupación por lo estético como Camus y Malraux confirmasen que la estética era imprescindible al lado de la ética.
Gracias a esa amplia reflexión sobre el paradigma “condición humana”, que propició la existencia de un lector plenamente incorporado a un sistema Literario en el que podía disfrutar al mismo tiempo del género novela y de una reflexión sobre el género novela (a esta se deben títulos como La literatura y el mal, de Georges Bataille, El espacio literario y El libro venidero de Maurice Blanchot, en cuya última parte el autor se pregunta «hacia dónde va la literatura», lo que ya, de algún modo, había hecho Roland Barthes en El grado cero de la escritura) finalmente encontró cobijo bajo su sombra un buen y muy variopinto puñado de autores: Malraux pero también Céline; Kafka pero también Thomas Mann; Faulkner pero también Camus; Proust pero también Musil.
Es algo muy diferente lo que pasa actualmente, cuando el barco de la novela navega veloz en la atropellada corriente de los “tiempos líquidos”, para utilizar el certero término acuñado por Zygmunt Bauman, sin que nadie quiera reflexionar sobre su rumbo, y sin que la crítica parezca apenas haberse percatado de que aquí existe algún tipo de problema. Sin duda porque ella hace parte del problema, o, mejor, porque así como lo que hoy triunfa es una imagen de novela sin mode d’emploi, que no precisa de un nivel interpretativo (¿quién podría negar que la interpretación de Kafka hacía ya parte de la novelas de Kafka?), lo que hoy se espera del crítico de novelas es cualquier cosa menos que intente redefinir su papel en un sistema que muy bien podría prescindir de él, si se pone exigente, y mucho menos que vea lo que permanece oculto para el lector, ya que los nuevos contenidos “culturales” de la novela, tan previsibles como unidimensionales, no requieren exégesis ni “lecturas”, pues están destinados a un lector ajeno al hecho de que con lo que lee pueda hacer algo más que ingurgitar o regurgitar.
Cabría, en este sentido, tomar muy en serio la afirmación del español Eduardo Mendoza: “La novela no ha muerto, sino el lector de novelas”, a la que el peruano Mario Vargas Llosa contrapuso en su momento su inquebrantable fe en la supervivencia de la novela (expresada ya en 1972 a quien esto escribe, en el Buitre y el ave Fénix, conversaciones con Mario Vargas Llosa). Supongamos, como sugiere el primero, que hay una crisis del lector, o, mejor, que ha llegado la hora del lector líquido, erigido sobre las ruinas del viejo lector “sólido”, que necesitaba sentir bajo sus pies la tierra de una “condición humana”, un lector cuya palpitación, por cierto, sentíamos hasta hace bien poco entre nosotros. Pues, desaparecida la condición humana como continente para la novela (aquel terrorismo de lo humano del que hablaba Robbe–Grillet), aún ésta supo sobrevivir con dignidad, tras la “era del recelo” (como la calificara Natalie Sarraute) del experimentalismo del nouveau roman, en la eclosión hispanoamericana que la dotó de nuevos lectores dispuestos a leer a Cortázar como antes habían leído a Kafka, o a Vargas Llosa y Onetti como antes habían leído a Faulkner, o a Felisberto Hernández como antes habían leído a Proust, mientras que hoy, para caracterizar al moderno lector de los tiempos líquidos, nos sentimos tentados a compararlo con las decimonónicas modistillas que, en el siglo XIX, leían las novelas por entregas.
Craso error: pues, mientras dichas modistillas eran lectores inocentes, que conservaban la pureza de su ignorancia, una ignorancia que las mantenía vivas en la potencialidad de la lectura, los lectores de hoy son lectores mal-educados, preparados para llegar lejos, incluso a la universidad, portadores de una sabiduría que, en el peor de los casos, podría llevarlos a leer a Kafka como a un antiguo Anne Rice, o a Stieg Larsson como a un moderno Proust. Porque, con toda seguridad, una característica de los tiempos líquidos es precisamente la de hacer del lector mal-educado un ser desprovisto de duda y de la novela escrita para él una portadora de contenidos transgénicos. Como a los malos cantantes, a los que se les ha enseñado a cantar mal a la vez que a destruir el órgano de la voz, habría que des-enseñarles, pues son lectores crecientemente transgenizados en cuyo cerebro se gesta la desaparición de una función cerebral muy importante, la de detectar valores literarios. Gracias a lectores como esos, las generaciones que nos seguirán tendrán más información en el cerebro, pero menos funciones para procesarla: y nos encontraremos con que el cerebro de un europeo del siglo XXII, pongamos por caso, será inferior al de un griego de mil años antes de Cristo. O al de ese francés de aspecto bárbaro que en el siglo XIX, el gran siglo de la novela, reflexionaba, en sus cartas, entre maldiciones y exclamaciones, sobre la Literatura, aspirando a ser, sin saberlo, director espiritual de una humanidad de lectores que avanzara espiritualmente a la manera de los lectores de Pilgrim´s Progress, de Bunyan (para decirlo con un símil caro a uno de sus discípulos: Valery Larbaud)… El público directo y dilecto de Gustave Flaubert era el de sus amigas: a una de ellas le escribió, bella e indolentemente, pensando acaso en su género favorito, la novela: “Pero no lea como leen los niños, para divertirse, ni como lo hacen los ambiciosos, para instruirse. No, lea para vivir. Bríndele a su alma una atmósfera intelectual compuesta por la emanación de todos los grandes espíritus”.