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Óscar Jurado y su «Collage para siete marginados»

Una mirada retro a una pieza de teatro del período formativo de Óscar Jurado, escritor manizaleño que permitió delinear, en los años sesentas, estructuras de las artes escénicas de su ciudad natal.

Hace sólo medio siglo disfrutábamos – entre los quince y los diecinueve años – de una adolescencia bienaventurada quienes habíamos nacido en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial o en los años subsiguientes. Como los conflictos se convirtieron en parte de nuestra esencia nacional, como la guerra se quedó de visita para siempre, los restantes años cuarentas marcaron nuestras infancias con imágenes sensoriales profundas, los cincuentas precedieron nuestras adolescencias con abominables sucesos y, a pesar de los raciocinios juveniles, los sesentas nos apretaron las sienes y pusieron de compañía a nuestras entendederas una bien amada rebeldía que nunca pudo ser satisfecha.

Era el año de 1961, Óscar Jurado  (por ese entonces aún Castaño Jurado, el hijo menor  de Gonzalo y Gregoria) cursaba el tercero de bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas, sus compañeros no nos imaginábamos que aquel que no atendía a las clases por estar dibujando en los cuadernos a dos tintas, fuera poeta y se interesara en lecturas de revistas de todas las pelambres. Un día cualquiera nos espetó a todos en el grupo  un poema suyo donde hablaba del “Potro feroz del norte”, algunos quedamos de una pieza y convencidos se trataba de un señor bien serio a pesar de sus diecisiete años, tantos como los que contábamos, con mayor o menor dispersión,  el resto de condiscípulos. 

 

La vecindad  de barrio, de ideas, de sueños y de pupitres hizo, a más de la sociedad para las tareas, la camaradería propia de adolescentes y fue así como a más del billar terminamos frecuentando  las buenas películas, los mejores libros, las discusiones de café, las exposiciones de pintura, algunos conciertos, recitales de poetas y un poco más adelante, por invitación de Alfonso Chica, fuimos a un ensayo del Teatro Club del Centro Colombo Americano, del que hacía parte un rescoldo de antiguos alumnos del maestro Madero de los años cincuenta.

Nos llamó tanto la atención la actividad, que terminamos pasando audición  y quedándonos. Vi­nieron los ensayos, las pantomimas, «El muro», «El club de los mentirosos», «Los libertinos», «¿En qué piensas?».  Anne  Hoff  era la chica de Extensión Cultural del Colombo,  Henry Cardona  hacía de profesor visitante y Mario Escobar Ortiz fue el director que nos acercó a la literatura teatral. Quedamos atrapados. No fueron pocos los sacrificios, las riñas en casa, los cursos perdidos en el colegio, las retiradas definitivas – unas más tempranas que otras – del estudio. Óscar Jurado se vol­vió poeta de oficio y comenzó a escribir  “Alaridos desde su torre húmeda”, “Poemas a Elvia”, “A Allen Ginsberg”, entre otros.

Hizo su aparición la Fuente de Soda “Azú”, punto de encuentro a media cuadra de Bellas Artes, Óscar publicó el «Atomic pop» en compañía de Alberto Betancur, inició sus viajes a Cali, por la época del Festival de Arte, las trasnochadas en Bogotá y en Medellín,  los contactos con Gonzalo Arango, Elmo Valencia y Jota Mario Arbeláez, insignes nadaístas. Pero con el tiempo la crisis no podía faltar: el «Atomic pop» se quebró, “Azú” se quedó sin su mecenas, Guillermo Táutiva,  y providencialmente se dio inicio al Festival Nacional de Teatro Universitario.

Henry Cardona, por ese entonces director del grupo de teatro de la Universidad Nacional Sede Manizales, no tenía obras para montar. Óscar Jurado desapareció, no se supo mayor cosa de él durante dos meses. Cuando ya comenzaban a olvidarlo y a imaginarlo perdido en el monte, hizo su reaparición, estrenando sonrisa y dizque con una obra de teatro que se llamó, en principio, «Los inocentes» y más luego «Ellos tienen la culpa». Para mostrar, leer y montar luego de sobreponerse casi todo el mundo de la sorpresiva  y novedosa condición de Óscar Jurado como poeta y dramatur­go. La  obra  se estrenó en Popayán durante el Segundo Festival Nacional, se ganó una mención y una excomunión para el grupo.

La gente de teatro y el público aplaudieron, pero en los debates se pusieron en claro varias fallas de tipo estructural, de conformación del personaje principal. Nos decíamos que había trabajo para rato, en los foros decían lo mismo y, bueno, Óscar Jurado se dedicó al teatro, su alma y su vida. En el Pri­mer Festival de Arte Joven de Manizales se creció. Dirigió tres grupos: con uno ganó el primer actor, con otro se hizo al galardón de primera actriz y pri­mer premio, y al tercero se lo declararon fuera de concurso. Escogió lo mejor del festival y formó el equipo para el “Teatro Club 68”, escribió después «Shakespeare 68», «El día de la ira» y otras más. Se entregó totalmente a su labor.

Lo llamaron de la Universidad Nacional de Manizales, porque Henry Cardona se había graduado y se dio a la tarea de montar a inicios de 1969 dos obras de Jorge Díaz, el de «Topografía de un desnudo». No se pudo, no hubo con quién. Resultó la idea de «Collage para siete marginados», una obra distinta, como traída de los cabellos,  un tanto surrealista, llena de absurdida­des, no metafísicas sino vitales, la nueva magia y la piedra de escándalo. Una obra que requería un montaje ultradinámico, fogoso, con un ritmo candente, alegre,  vivaz y  fortísimo. El broche de oro de una década de creación teatral – la de los sesentas – en la que Óscar Jurado vivió los rituales de iniciación de lo que sería el resto de su vida. Al mes de trabajo las directivas de la universidad pidieron un informe de actividades del grupo con la intención de conseguir la partida presupuestal de Extensión Cultural. Leyeron el informe, el libreto y comenzó la brega.

La obra fue vetada, no hubo más honorarios para el director, los actores decidieron hacer el montaje contra viento y marea. No se participó en el Festival Nacional. Óscar Jurado ya era una de las figuras más destacadas del teatro en Manizales. De él había que esperar lo mejor. La obra se montó. No pudo ser el abre bocas del II Festival Latinoamericano de Teatro. Se pre estrenó en Chinchiná con un éxito rotundo, luego en Armenia con igual resultado.

Muchas fueron las expresiones del público en dichas ocasiones. Había polémica, pros y contras, alabanzas y denuestos: “La obra muestra al desnudo nuestra realidad», «La actuación es magnífica», «Es la muestra más hermosa de nuestras porquerías», «Es la historia de Colombia», «Allí están todos los vicios de los privilegiados», «No plantea ninguna solución al problema de los marginados», «¡Qué musicalidad la de las palabras feas!», «¿Por qué se matan todos al final?», «¿Qué significado tienen las muñecas?».

En la década de los sesentas el teatro de Jurado y todo aquello con lo que tuvo que ver, bien como escritor, o como actor, o como director,  contó con una marca distintiva que fue la del debate. No había cierre de telón sin foro. Así como desde sus comienzos fue un ferviente defensor del teatro como una actividad colectiva, concediendo a cada uno de los actores la posibilidad de participar en una construcción grupal, como en tratándose de una forma asociativa de producción  artística, o en una empresa de condición solidaria, igual creyó en el público como en el otro inmenso partícipe.

El lunes  24 de noviembre de 1969  se presentó en «Los Fundadores» el “Collage para siete marginados”. Se esperaba mayor asistencia, las luces estuvieron bien, la grabación magnetofónica un poco defectuosa, hubo fallas de actuación, no todo salió como se esperaba. Después vino el foro. Unos dijeron que el “Collage” había estado magnífico, otros que el moderador se había parcializado. Todos se acaloraron, se dijeron cosas al oído, se dieron codazos, algunos trataron de insultarse, nadie supo porqué le había gustado o no la obra, algunos fueron a verse confirmados políticamente, otros salieron maravillados, otros  con los crespos hechos, otros satisfechos. No faltó quien dijera que era una obra “reaccionaria, proburguesa y antipopular”.

Hubo quienes, presumiendo de entendidos y con la trascendentalidad debajo del brazo, se vieron impedidos para divertirse con el juego de palabras, el desplazamiento escénico, la sátira a la cotidianidad y la imaginativa irreverencia con que la increíble irrealidad real de aquel entonces fue tratada en la pieza singularmente magistral de “El collage para siete marginados”.

 

No era una obra morbosa, ni herética, ni aplaudía el desor­den moral. Era un reflejo de la vida diaria. Todo lo nuestro estaba allí re-creado. “Los siete marginados” era una mágica realización de hechos superpuestos, cohesionados por ese maravilloso pegante llamado libertad  literaria y tratados en escena con técnicas mix­tas provenientes o del “direccionismo”, o de  maestros como Artaud, Grotowsky o Brecht.

«La actuación estuvo de primera», «El grupo es magnífico», «¡Qué buenos actores!». Palabras generosas desde el foro,  que no tenían en cuenta se trataba de estudiantes aficionados al teatro, que amaban esa actividad  y que artesanalmente suplían la carencia de una escuela que llegó a ser una realidad varias décadas después. En verdad había muchos vicios de actuación, muchos tiques nerviosos, mala vocalización, ahoguíos, tiesuras, inseguridades, carencias de interpretación vocal, las posiciones plásticas o estáticas se adoptaban tras frenadas imprevistas.

La mayoría de estos actores estudiantes optaban por el teatro como si fuera una electiva, el tiempo que le dedicaban, sin embargo, era precioso y fuera de expresión corporal (de lo único que se conseguía profesor en la ciudad, gracias a Dorian Uribe González) lo demás era por intuición y solventado empíricamente por directores y maestros improvisados. Ellos no lo hacían del todo mal, pero ganaban premios. La ambientación que se lograba era buena. Los grupos de teatro de entonces no contaban con recursos económicos para realizar montajes  costosos, pero era algo de lo que adolecían todos en el teatro latinoamericano.

 

Jurado era en los sesentas un intenso creador solitario, con espíritu gregario, y de allí su gusto por las prolongadas caminatas nocturnas después de los ensayos, que discurrían entre “El lago de Aranguito” en Chipre y la planta de Coca-Cola en Milán, pletóricas de alumnos y maestros de todas las artes y oficios, que le marchaban al discurso febril y doctrinario. Óscar cerraba estos periplos por su ciudad tecleando sobre su Remington hasta bien entrada la mañana, prestando el servicio de despertador en su casa de Hoyo Frío y tejiendo a cada día un nuevo amanecer para su gente.

Óscar Jurado hizo méritos suficientes para convertirse en una autoridad desde muy joven: era honesto, trabajador, estudioso  y logró, con los chicos del Grupo de Teatro Universitario Independiente y con la pieza fundamental del “Collage para siete marginados”, cerrar con broche de oro el trabajo de esos diez años, e hilvanar algo que se le ha reconocido al teatro manizaleño: creatividad, imaginación, realismo y buena factura. Y eso – se tienen noticias – comenzó hace sólo medio siglo, en el marco abigarrado de la década de los sesentas.

 

 

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Edición No. 169