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El ‘Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona’ y los fines del arte arquitectónico

En la edición 169 de la Revista Aleph (2014) cuando también me referí al Centro Cultural Salmona, que hoy se construye en los predios de la Universidad de Caldas (Manizales), recordaba que el hombre es un aventurero a quien le gusta tender puentes entre su estancia en la tierra y los mundos que piensa e imagina. Pero ahora hay que precisar, no sólo goza tendiendo puentes, pensando e imaginando, sino que todo ello lo hace como una necesidad surgida de su condición mortal, porque el ser humano está sometido a la necesidad de las leyes naturales y a un sentimiento de desamparo ante la magnitud de los hechos que lo rodean: su condición perecedera, el firmamento pleno de estrellas, las fuerzas naturales indomables, la necedad e incomprensión de los demás, y las de uno con ellos; su fragilidad ante el paso implacable del tiempo y la historia. Siendo así necesita crear refugios donde pueda estar como humano que es, y por ello se habla de construir puentes para pasar a aquellos ámbitos, salidos de su pensamiento e imaginación, que ha ido construyendo como morada humana. En ese reino encuentra sus creencias, sueños, anhelos, aspiraciones racionales y, en general, un mundo simbólico en virtud del cual las cosas y las acciones adquieren valor y sentido para él; sin la esperanza de alcanzar una vida mejor, los hombres no laboraríamos y no estudiaríamos. Sin tener la aspiración a una vida grata, duradera, libre y cómoda, no tendríamos religión, arte, filosofía, ciencia y técnica; si no mantuviésemos el ideal de vivir pacíficamente con los demás, en mutua cooperación, de manera solidaria, respetuosa y digna, no estaríamos esforzándonos sin descanso por contar con estados democráticos y organizados para favorecer la vida en comunidad.

Boceto del Centro Cultural Universitario, por su diseñador, maestro Rogelio Salmona

Tal es el mundo de la cultura mediante el cual el hombre construye su humanidad. Nadie nace humano de una vez, sino que la humanidad tiene que cultivarse, por lo que el hombre jamás termina de ser un artesano de la vida. Y no se puede quedar solo con sus anhelos, creencias, ideas, fantasías, con seres imaginados o pensados; está bien que en conjunto funcionen como morada espiritual, como espacio de libertad, pero todo ello tiene que poder ser compartido y llevado a una obra palpable y terrena. Con ese fin justamente las sociedades fundan instituciones, como espacios para salvaguardar sus creaciones espirituales y culturales; para asegurarse de que sigan rigiendo la vida de los individuos y comunidades humanas en su existencia cotidiana, pero también la vida, la memoria y la historia de los pueblos. En semejante empresa de consolidación de la cultura desde los primeros tiempos siempre ha estado presente el arte de la arquitectura, cuyo rasgo propio “es, a su vez, construir un refugio que ponga la vida humana al abrigo de la intemperie, tanto en relación con la naturaleza, como con la sociedad…; un refugio para la vida y la libertad, y un lugar de resistencia frente a la hostilidad del mundo” (Subirats, E. La flor y el cristal, Anthropos, 1986, p. 275

El Centro Cultural Rogelio Salmona es uno de esos refugios en construcción y no una edificación cuyo valor se encuentre solamente en la funcionalidad de sus espacios, ni mucho menos se trata de una edificación similar a las que todos los días se levantan diseñadas con los mínimos requeridos, no tanto para albergar una vida familiar digna, sino en beneficio económico. Nuestra ciudad, como todas las ciudades abandonadas a los intereses mercantiles, viene sufriendo una implacable degradación estética y humana que a diario vemos en las heridas que se abren en nuestras colinas circundantes, en los barrios y en el centro, para ser reemplazadas por una arquitectura confiada solamente a la racionalización técnica y al lucro mercantil, en detrimento de su valor patrimonial, su configuración artística, su rostro afable y su historia.

Es una tendencia que ha cubierto las ciudades desde el siglo XIX, primero de Norteamérica, y en tiempos más recientes de países industrializados del Asia y Oriente, cuya onda viene llegando hasta nosotros, aunque por ahora en menor escala, desde mediados del siglo XX y aceleradamente a comienzos de este siglo XXI. Mientras las volátiles torres de la catedral gótica encarnaban la aspiración que tuvo una época de elevarse hacia el cielo para participar del poder divino, el rascacielos, que es su versión secular e industrial, representa la capacidad de elevación en poder económico por encima de otros pueblos. Hoy incluso, bajo el imperio de la función y la producción, hasta la voluntad de estilo ha ido desapareciendo, la que se percibía en los rascacielos de comienzos del siglo XX y que fue el sello sobresaliente del arte hasta las vanguardias de esos comienzos. Porque el diseño técnico, uniforme y común, para ser aplicado en las construcciones en serie, resulta más económico, pero ya no puede mostrar un punto de vista, una visión del mundo, un sello personal como una forma de ser y otra manera de sentir la vida que sus creadores transmitían en sus obras y con las cuales enriquecían nuestra propia visión del mundo y guiaban el paso de la existencia en las ciudades.   

A Rogelio Salmona le interesó, contra esa tendencia, y la de acentuar la funcionalidad frente a la estética, recuperar el sentido de arte del quehacer arquitectónico porque le preocupó ante todo una arquitectura pensada para el hombre, como ser de la tierra, y luchar por un orden urbano que dignifique la vida ciudadana, de suerte que sus obras armonicen con el contexto natural y la tradición de las ciudades. 

No es un nostálgico regreso al pasado sino la preservación de la memoria para mantener viva la tarea educativa y cultural de la Universidad, su estrecho vínculo con el conocimiento, el humanismo y las artes. Tan viva como para esperar que la vitalidad conquistada en el presente logre trascender los afanes pragmáticos de la época y, con el mismo o con mayor impulso, pueda llegar a las generaciones futuras de ciudadanos y universitarios de la región. La arquitectura asume así un importante papel crítico y adquiere sentido como forma simbólica y participación reflexiva en la transformación de la vida y la cultura ciudadanas. El Centro Cultural Salmona fue concebido por su autor bajo un supuesto que siempre lo acompañó, que “la arquitectura no puede abandonar su condición de mediadora entre la tecnología y el arte, entre la utopía y el poder, entre el conocimiento y la poesía” (Subirats, p. 271). Por eso, con Salmona la arquitectura, lejos de ser una mera labor ingenieril de ensamble técnico, se convierte en la manera de dar forma a la funcionalidad del edificio como biblioteca, conservatorio de música, teatro, café, punto de encuentro, lugar para el aprendizaje, el saber y el uso de herramientas tecnológicas, pero todo ello atado a lo que en verdad le da sentido a una obra de tal envergadura, al propósito de ser otro espacio público de la ciudad para que sus habitantes puedan gozar la experiencia de estar vivos con los demás, compartiendo logros de la cultura, la educación y el conocimiento.

Con la implantación del edificio en el sitio donde se está construyendo, buscó poner todo lo anterior en armonía con su disposición constructiva protectora de lo humano, incorporado al paisaje, con espacios amplios y enormes ventanales dispuestos a permitir que los elementos naturales también encuentren en él un espacio de libre juego con las formas de la piedra, con las paredes diseñadas y con los visitantes que acudan al lugar. Para Salmona “los elementos del paisaje, como una silueta, una colina, una roca, un viejo muro, una enredadera, un árbol, son elementos de la composición arquitectónica y deben tenerse en cuenta desde los primeros trazos” (Aristizábal, N. Rogelio Salmona, maestro de arquitectura, Bogotá, Panamericana, 2006, p. 90) y fue eso lo que hizo, porque el centro cultural quedó empotrado en una ladera que mira hacia las montañas del oriente, hacia el Morro Sancancio cubierto por un frondoso bosque nativo y a una bella región cuyas heridas terrenas son cubiertas por las aglomeraciones urbanas que la van penetrando.

La originalidad, decía Gaudí, es ir al origen de las cosas, a su raíz, lo que quería decir retornar a “la existencia humana, considerada bajo su más diversos puntos de vista, ya sean científicos, ya sean poéticos” (Subirats, 280). Y justo en ese regreso consiste la originalidad y creatividad de Salmona, el que caracteriza en general sus obras, y de manera particular el Centro Cultural , un nuevo espacio público de calidad para los habitantes de la ciudad y la región, con el que la ciudad de Manizales puede reavivar su alma tan empobrecida, tan debilitada con los conglomerados constructivos de los últimos años, que no ofrecen acogida al ciudadano y más bien le dan la espalda al entorno y van arrasando sin consideración el paisaje natural.

Salmona siempre intentó entregarnos de nuevo con cada una de sus obras, en pequeña escala, la ciudad amable que conoció de niño y el barrio como una noción del abrazo cariñoso y cotidiano con el que ella abriga a quien con los suyos la habita. Decía él que “los mayores logros que ha tenido el hombre son la creación de la ciudad y el idioma. La ciudad es el lugar por excelencia de la civilización, es la obra de arte que hacemos entre todos y para todos, y su esencia es el espacio público” (Salmona, 2006, p. 67). La ciudad representa el triunfo del hombre sobre la naturaleza, el sometimiento de los instintos naturales y bárbaros a los propósitos civilizatorios, orientados a la convivencia ciudadana con los demás y al cultivo de la humanidad. Pero los valores cívicos reclaman, cuando se diseñan o se transforman las ciudades, no romper el vínculo armonioso con la naturaleza y con el buen vivir de las gentes que han de habitarlas. De ahí que el sueño irrenunciable de Salmona fue la construcción de espacios para el hombre como individuo y como miembro de una comunidad, lo cual significaba ordenarlos con vistas a la habitabilidad humana. En realidad la arquitectura era para él una forma poética de transformar el medio, lo que es evidente en el proyecto del Centro Cultural donde recrea una fuerte relación con el paisaje, del que incorpora, como constitutivos de la propia obra, los elementos naturales presentes siempre en sus proyectos: la piedra, el agua, el viento, la luz, la franquía de los espacios abiertos; la disposición para la libre movilidad y el encuentro grato. Los patios centrales, circundados por rampas amplias y abiertas, dispuestos para que cualquiera de sus visitantes se tope con alguien más al salir de alguno de sus recintos interiores, muy distinto a las viviendas de hoy, en las que muy eventualmente se encuentra uno con el vecino del lado.

Ahora resuenan, otra vez, las palabras del poeta en su “Canto a Manizales” porque “vuelve a surgir del pecho de la tierra/el rostro puro, ¡la Ciudad amada!/¡Piedra sobre la piedra,/…músculo vivo/sobre la poderosa montaña atormentada!/¡Vida que viene de la muerte!/Espiga de la piedra que dilata/la ciudad hasta el cielo” (Fernando Arbeláez. La estación del olvido). Y es que el Centro Cultural Salmona, por todo lo que significa, no es solo un espacio para la educación y el conocimiento, sino también un camino cuyo trazado en construcción conduce a la cultura como el espacio propicio para que la dignidad humana sea reconocida, estimulada y protegida de la violencia y la agresividad de quienes no tienen el privilegio de descubrir refugios como éste. Es “la piedra que dilata” los estrechos círculos de lo cotidiano y el cerrado espacio de los exigentes quehaceres y deberes de la vida práctica, para dar vuelo a la imaginación, ensanchar la experiencia y estimular la vida a que nos aliente a no dejar de bregar por ser lo que queremos ser.          

Un año antes de morir, Rogelio Salmona afirmó que “la obra que no he hecho, la que estoy por hacer, es la que más me gusta”, por ello si pensamos por un momento en esas palabras y en que pareciera ser que se sentía más cómodo en su papel de soñador, podemos asegurar desde ahora que su mejor obra es el ‘Centro Cultural Salmona’ de Manizales, la última que diseñó y de la cual nos quedó la responsabilidad de convertirla en una realidad física y habitable, donde se exprese y a la vez se enriquezca nuestra realidad educativa, cultural y cívica como pedía. 


Axonometría del ‘Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona’ (Universidad de Caldas, Manizales)


28 de abril de 2014

 
El Prof. Dr. Carlos-Alberto Ospina H., Rector (e.), el día de apertura de obras (28.IV.2014)


27 de mayo de 2014

Contexto urbano y avance de la obra


12 de agosto de 2014

 
19 de agosto de 2015

NOTA: Las cinco fotografías anteriores del «Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona» fueron tomadas por Guillermo Sarmiento, fotógrafo de la Universidad de Caldas

 

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Edición No. 174