Pensando en otras maneras de la paz
Una extraña sensación abriga nuestro deseo de pensar. La sensación de estar aconteciendo en el preámbulo de una nueva época convoca nuestras miradas y desata nuestras palabras. Hace algún tiempo venimos conversando en torno a la construcción de la Paz en Colombia, y después de sesenta años destinados a imaginar la vida en medio de la guerra, el rostro del presente parece cambiar de expresión. Ya no somos tan sólo el eco solitario de la denuncia, ni el susurro temeroso de la disidencia, ya no comparecemos ante lo cotidiano bajo el peso del conflicto armado, ya no exigimos una solución política, ahora la estamos viviendo.
Las negociaciones volvieron a nuestra historia, y las memorias de lo sucedido en anteriores procesos de paz debe permitirnos reconocer la complejidad de lo que hoy esperamos de la Habana, y debe permitirnos exigir garantías de no repetición. Nos deberíamos obligar a decir que no soportamos otro fracaso más, ni un extermino más como el que tuvo lugar después de los acuerdos de La Uribe Meta, que los esfuerzos de la Insurgencia y el Estado deben conducir a otra comprensión de la política en Colombia, al margen de la Doctrina de la Seguridad Nacional, por fuera de la tesis del Enemigo Interno y sin más criminalizaciones de la lucha social, que hagan posible vivir el conflicto, inherente a toda sociedad, en clave del agonismo y no del antagonismo.
Porque no basta con exigirle a la insurgencia que abandone la lucha armada, si al mismo tiempo no le exigimos al Estado que abandone todas las formas de Terrorismo que ha puesto en práctica desde el siglo pasado para asegurar el despojo de tierras, el poder del Capital y el estatus quo de la clase dominante.
Desafortunadamente las señales siguen siendo contrarias a nuestros anhelos, y por eso la sensación que abriga nuestro deseo de pensar, se torna tan extraña. Las conversaciones en la Habana parecen avanzar, y los desafíos jurídicos parecen resolverse poco a poco, sentimos que estamos cerca del desarme de miles de combatientes, que ya no estamos condenados a una pacificación del territorio (barbarie paramilitar) sino a una territorialización de la paz (concentración insurgente); pero al mismo tiempo la represión y la estigmatización de los campesinos e indígenas de las Mingas que hoy exigen en las calles lo que se les ha negado en las mesas del Ministerio, dejan un aterrador saldo de 3 manifestantes muertos, 178 detenidos y 200 heridos… Como si se tratara de un teatro de operaciones o de un campo de batalla…
En la Habana se discute el final del conflicto armado, mientras en el Cauca y el Catatumbo se agudiza el Conflicto Social… Lo paradójico es que seguimos hablando de Paz sin vivir una sola transformación estructural que ponga fin a las causas que generaron los alzamientos armados en las décadas del cincuenta y el sesenta. Lo paradójico es que seguimos hablando de Paz sin asistir a una sola transformación cultural que interrumpa la estigmatización de quienes luchan sin armas por ese espacio de dignidad que nadie está dispuesto a entregar tan fácilmente.
Será una Paz extraña la que respaldaremos con un Plebiscito, una Paz que saca de la contienda una facción de las fuerzas beligerantes pero que no desarma la mentalidad esculpida por décadas de confrontación.
Un antiguo jefe Paramilitar insistía en la tesis de los dos fusiles en Colombia: De un lado el fusil físico, ese que entregaron más de 30.000 combatientes de las Autodefensas en el marco de Justicia y Paz, y que de seguro entregarán otros miles de combatientes de la Insurgencia en el marco de la Justicia Transicional; pero de otro lado está el fusil mental, ese que parece no entregarse en ningún acuerdo, en ninguna negociación, en ninguna desmovilización. El fusil mental camina por las calles de las grandes ciudades, habla airadamente desde el Capitolio, es la justificación de toda limpieza social y por desgracia, será la legitimación de un nuevo exterminio político…
El fusil mental también mata, es el que portan las Transnacionales mineras que lentamente se apoderan de las tierras de los campesinos e indígenas para convertir el país en una mina a cielo abierto; es el que portan los aparatos de seguridad del Estado que aún declaran enemigo al líder sindical, al dirigente estudiantil y al activista de Derechos Humanos…
El fusil mental es el que alimenta la cultura de la ilegalidad, la normalización de la muerte, el hábito de matar por ajuste de cuentas… El fusil mental estructura toda una gramática de la guerra que nos enseñó a decir que si lo mataron fue por algo, que declara enemigos al por mayor, que llena la página de Sucesos de la Patria y reproduce el ciclo de las violencias cotidianas. El fusil mental no se está negociando.
Quizá por ello debemos ocuparnos de las guerras que quedan después de la Habana, con la mirada puesta sobre las otras paces que estamos obligados a construir. Tal vez las palabras de un filósofo y pedagogo colombiano nos permitan imaginar este desafío: “Un pueblo maduro para el conflicto es un pueblo maduro para la paz”…
Y en el intervalo que estas palabras producen en nosotros y nos dan que pensar, nos preguntamos, ¿somos un pueblo maduro para el conflicto? ¿Estamos cambiando nuestra mentalidad guerrera y nuestra tradición violenta para encarar de otra manera los conflictos que atraviesan este presente?
No todo en Colombia se puede leer bajo el espectro del Conflicto Armado, existen mínimo tres modos de comprender la Violencia y por ende, tres modos de comprender la Paz: La Paz Negativa, que es ausencia de guerra; la Paz Estructural, que es ausencia de desigualdad social y la Paz Cultural que es ausencia de fusil mental.
Como los negociadores plenipotenciarios del Gobierno han aclarado hasta el cansancio que en la Habana no se está negociando el Modelo Económico que en Colombia genera la desigualdad Social, la Paz Estructural no la podemos esperar con el Post-Acuerdo, habrá que conquistarla desde abajo, en una negociación postergada entre los Movimientos Sociales, los Gobiernos de turno y los dueños de los medios de Producción.
La Paz Cultural por el contrario será una conquista de la Escuela, una gesta del Maestro en el aula, un triunfo de la pedagogía, una deconstrucción de imaginarios, un reencantamiento de Paideia…
Y es esta hermosa palabra la que nos hace comunes, la que nos entreteje y nos devuelve un horizonte común; nosotros que no somos combatientes sino Maestros, que no somos represores sino profesores. En nosotros recae la responsabilidad de desarmar a la sociedad, extirpar el fusil mental, abrazar de nuevo la palabra… No olvidemos que la guerra comienza allí donde la palabra se torna imposible.
La Escuela es el lugar donde sólo la palabra tiene sentido. En la Escuela acontece aquello que el poeta Roberto Juarroz declaraba:
“Detener la palabra un segundo antes del labio, un segundo antes de la voracidad compartida, un segundo antes del corazón del otro, para que haya por lo menos un pájaro que puede prescindir de todo nido. El destino es de aire. Las brújulas señalan uno solo de sus hilos, pero la ausencia necesita otros para que las cosas sean su destino de aire. La palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia”.
En la Escuela hay que detener la palabra Paz un segundo antes del labio, un segundo antes de la voracidad compartida. Detenerla para donarla de sentido, densidad y mayor profundidad que lo que logra el Estado o el Mercado. En la Escuela es preciso detener la palabra para saborearla, profesarla, amarla, y una vez pronunciada, esa palabra será sentida, habitada, amada. Sólo en la Escuela la palabra Paz cobra vida, porque en la Habana es un cálculo de la correlación de fuerzas, en el Congreso es un botín electoral, en las Cortes es un desafío jurídico. ¿Dónde es la Paz una palabra que abriga y orienta la vida? Como muchas de las palabras que soportan nuestra existencia, es el aula el vientre que las ha dado a luz. Por fuera del aula son sólo consignas, nunca llegarán a ser ideas.
Es por ello que a diferencia de lo que pensaba la poetisa Alejandra Pizarnik, cuando afirmaba que las palabras no hacen el amor porque hacen la ausencia, la palabra Paz hace su presencia, marca su existencia. Su realidad depende de nuestra profesión, porque somos nosotros los que profesamos, es ese el fondo de ser profesor. Somos los que por una filiación misteriosa con el saber, estamos obligados a enunciar lo que sabemos y a escuchar lo que otros saben. El profesor es aquel que asegura la supervivencia de una Cultura.
La Escuela es el territorio en el que se construye la Paz Cultural, allí nacen no sólo las emancipaciones del presente, sino también las imaginaciones del futuro. Para nosotros la Paz es una palabra cercana a la utopía, y va más allá de la Habana. Una utopía no es lo irrealizable, es lo que se convierte en horizonte y nos ayuda a caminar, nos devuelve la esperanza. Para construir la Paz Cultural desde la escuela, es preciso un reencantamiento de Paideia.
Paideia es una hermosa palabra que se nos manifiesta cuando meditamos en torno a la educación y acontecemos en medio de la Escuela. Aunque leve y muy tenue, esta palabra resuena en el sentir de la época.
Se preguntarán para qué hablar de la Paideia, de su esplendor y decadencia, de sus límites y sus fisuras; se preguntarán para qué evocar la Paideia en la construcción de la Paz; se preguntarán para qué anunciar una palabra desplazada ya por el dominio instrumental de la pedagogía, por el dispositivo axiológico de la escuela y por la impronta economicista del sistema educativo…
Se preguntarán para qué movilizar el pensamiento hacia estas márgenes donde yacen antiguas y venerables palabras; más aún, se preguntarán por qué en clave de un re-encantamiento, y al mismo tiempo se preguntarán, ¿será acaso que se ha consumado el desencantamiento de Paideia como correlato del desencantamiento del mundo que adviene con la guerra?
La fecundidad de una respuesta depende de esta condición: Aceptar que toda inquietud educativa implica, en su espesor filosófico, pensar la Paideia de la época que somos. La historia de nuestra civilización occidental es evidencia de lo que aquí decimos. Cada momento histórico inscribe un tipo de humanidad en un orden de saber, en tensión y permanente conflicto. ¿Qué tipo de humanidad somos? ¿Qué tipo de humanidad dejamos de ser?
Werner Jaeger, quien gozó de la serenidad para mostrarnos las profundidades de la Paideia, comprendió que el tipo de humanidad sobre el cual se edifica esta civilización se aloja en los ideales de la cultura griega. Desde Homero hasta Demóstenes, Werner Jaeger acudió a la Paideia como una trama esencial de los saberes, los hábitos, las acciones, los principios de una época, aquello que nos confiere humanidad…
Allí donde Jaeger encontró los cimientos de nuestras maneras de ser en el mundo, también halló esperanzas en medio de la tempestad de la segunda guerra mundial. Sus palabras son el mejor motivo para anunciar lo que nos proponemos en este pequeño exergo:
“Todo pueblo que alcanza un cierto grado de desarrollo se halla naturalmente inclinado a practicar la educación… la educación es el principio mediante el cual la comunidad humana conserva y trasmite su peculiaridad física y espiritual… el hombre sólo puede propagar y conservar su forma de existencia social y espiritual mediante las fuerzas por las cuales la ha creado, es decir, mediante la voluntad consciente y la razón (…) En la educación, tal como la practica el hombre, actúa la misma fuerza vital, creadora y plástica, que impulsa espontáneamente a toda especie viva al mantenimiento y propagación de su tipo… Pero adquiere en ella el más alto grado de su intensidad, mediante el esfuerzo consciente del conocimiento y de la voluntad dirigida a la consecución de un fin (…) Este libro se escribió durante el periodo de paz que siguió a la primera guerra mundial… Ya no existe el mundo que pretendía ayudar a reconstruir… Pero la Acrópolis del espíritu griego se alza como un símbolo de fe sobre el valle de muerte y destrucción, que por segunda vez en la misma generación atraviesa la humanidad doliente… en este libro esa fe de un humanista se ha convertido en contemplación histórica…”
Educar es un acontecimiento colectivo, una huella de la cultura, rasgo ejemplar de una Comunidad de ideales. ¿Para qué educar? Para conservarse y preservarse como comunidad; para instaurar un eidos, un telos; para fundar algo que permanezca…
Si esperamos que la Paz perdure, debemos inscribirla como un rasgo peculiar de nuestra cultura, imaginarla como un signo que guía nuestro destino histórico, encararla como un símbolo que se alza sobre el valle de muerte y destrucción que nos ha asolado durante tanto tiempo.
El pedagogo contempla la esperanza en la Paideia y en su espíritu se refleja la necesidad de re-encantar el mundo. En el aula tiene lugar el lamento pero también el consuelo de todos los humanismos… La Paz es un asunto de humanidad, prepararnos para la Paz implica saber que esa palabra no está por fuera de nosotros, que no viaja en la maleta de los negociadores, que no está en el fallo de la Corte. Prepararnos para la Paz implica reconocer que tenemos que disponernos para pronunciarla, para enseñarla, para inscribirla en el alma de esta época, sin más epopeyas ni cantos épicos, sin himnos de guerra, sin fusiles mentales. La Paz Cultural reclama otra pedagogía que no se agota en una cátedra ni en una exigencia ministerial. Su instrumentalización es su pérdida, el camino allanado hacia otro fracaso más… Y eso es precisamente lo que no nos permitiremos.