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«El corazón de las tinieblas», de Joseph Conrad

Contrario a la mayoría de lectores de El corazón de las tinieblas, mi primer contacto con el imaginario que representa esta obra fundamental del novelista polaco Joseph Conrad no fue a través de las adaptaciones televisivas o la afamada Apocalypse Now, con que Ford Coppola lo homenajeó. Mucho menos a través del libro.
Ahora, absorbido ante el amable diseño de esta edición de Alianza Editorial adquirida en la siempre amable “Libélula libros”, recuerdo que cuando apenas disfrutaba de mi primer computador de mesa, por allá en el año 2001, capturó mi atención un inquietante juego para PC en el que el protagonista debía superar manglares oscuros con ramas animadas como subsuelo, enigmáticos lagos, riachuelos bruscos y vericuetos conducentes a la más empedernida oscuridad, de donde emergían “temibles y terroríficas” criaturas. Se llamaba asimismo, el jueguito: Heart of darkness. Nunca superé el primer nivel, pero cerrar la última página de la novela, por fin, puede tomarse como un desquite.

Para comenzar con justicia, conviene sacar del juego al escritor, poeta, profesor y crítico nigeriano Chinua Achebe y sus válidas críticas sobre la tendencia discriminatoria de la prosa de Conrad a los seres humanos diversos, diferentes a él: los nativos con que se encontró en El Congo, en la expedición en que se basa la novela, obligada orden de Leopoldo II, el rey del Congo al que se atribuyen de dos y quince millones de muertos de ese país.

Juzgar a un escritor por haber mantenido distancia con su materia de escritura – en un texto, además, de comienzos del siglo XX-, sería exigirle atributos periodísticos a alguien que como Conrad, aclaró que su relato bebía más de las aguas de la ficción que de un acercamiento de primera mano con las lobregueces africanas y sus protagonistas. Vamos, no es el arrojado reportero Jack London el que nos habla, sino el contenido Joseph Conrad:

El Corazón de las tinieblas es experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales, con el propósito, perfectamente legítimo, creo yo, de traerla a las mentes y el corazón de los lectores. Había que dar a ese tema sombrío una siniestra resonancia, una tonalidad propia, una continua vibración que quedara –eso esperaba- suspendida en el aire y permaneciera grabada en el oído después de que hubiera sonado la última nota. (Joseph Conrad citado por Aracely García-Ríos. “El Corazón de las tinieblas”. Prólogo. Alianza Editorial; p. 12)

Dejando, pues, la ¿incapacidad? de Conrad de encontrar el trasnfondo que une a todo humano, esto es, su tendencia a encontrar el modo de demonizar a los enrarecidos personajes de la enrarecida atmósfera en que se desarrolla el relato, pasemos al modo en que esta prosa seduce, una seducción desconcertante. Aunque una cosa es decirlo y otra estar atravesando el continente negro, el crítico literario Camilo Jiménez se acerca harto a lo que representa la experiencia de leer a Conrad: “[su prosa] agarra fuerte, pero también patea en las canillas. A veces como que intenta expulsar al lector con un empujón contundente, pero cuando está a punto de caer lo coge por la pretina del pantalón y lo deja pegado a la página otro buen rato, seducido”.

Hecho esto, nos es posible enfocarnos en la peculiar estética con que el escritor polaco perfila a los personajes y los pone de cabeza en los escenarios africanos donde éstos se desenvuelven, de tal modo que logra producir el goce literario.

Y sí que se quedan grabadas las letras del polaco y su famosa aventura en los meandros de las aguas congoleñas, como cuando nos sorprendemos tarareando esa canción escuchada en la esquina. Del mismo modo se adhiere esta prosa enigmática al gusto del lector. El avanzar del libro no viene empujado por la intención de descubrir tramas, de saber si Marlow logrará finalmente remontar el río Congo en busca de Kurtz -el encargado de la explotación de marfil en lo profundo de la selva y quien parece haberse erigido en una suerte de semidiós-, sino por la contemplación, la intimidación, el goce de saberse en lo espeso de los escenarios y la maraña mental de los personajes de la novela. 

Mario Vargas-Llosa en su artículo “Las raíces de lo humano”, publicado en la revista mexicana “Letras libres”, nos avisa que la prosa de Conrad va a proveernos el conocimiento de “aquella propensión recóndita a la ‘caída’, a la corrupción moral del espíritu humano, eso que la religión cristiana denomina el pecado original y el psicoanálisis el instinto de muerte”.  Las mismas palabras de Marlow van a coincidir con el análisis de Vargas: “Y esto ejerce una fascinación que actúa sobre él: la fascinación de la abominación; ya sabéis, imaginaos el creciente arrepentimiento, el ansia de escapar, la impotente repugnancia, la renuncia, el odio”, escupe el narrador en uno de los pasajes sobre el hastío que brota de saberse en la espesura del continente negro.   

Una voz enigmática

Y termino de nuevo con Jiménez, en la que considero la máxima elevación estética de que es capaz Conrad: detenerse “los párrafos que él quiera para describir o comentar la manera en que un personaje fuma, la decoración de una oficina o una conversación que no parece tener mucha trascendencia en la historia”, apunta en su blog “El ojo en la paja”. 

En este pasaje, la imaginación va a llenarse de esa bruma que acecha en altamar en los tantos desplazamientos del vapor que capitanea Marlow:

 O pensad en un joven y honrado ciudadano vistiendo una toga (a quien quizá le guste el juego demasiado, ya sabéis) y que llega aquí en la comitiva de algún prefecto o recaudador de impuestos, o de algún comerciante incluso, para rehacer su fortuna. Desembarca en una zona pantanosa, atraviesa bosques, y en algún enclave tierra adentro siente que la barbarie le va rodeando toda esa misteriosa vida de la selva que se agita en los bosques, en las junglas, en los corazones salvajes. No hay posible iniciación en semejantes misterios; tiene que vivir en medio de lo incomprensible, que es también detestable  (“El Corazón de las tinieblas”, Alianza Editorial; p. 31)

Y llega a estremecerse el lector al pensar, mientras en la alta noche paramos la lectura y encendemos la bombilla para ir al lavamanos, qué estará sucediendo en este instante en lo más hondo de la enmarañada espesura africana. Qué cambios se operarán en las aguas más recónditas, en las ramas arbóreas más inaccesibles. Y ahí, a esos terrenos llega, los que son “…tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña oscura de oscuro pedernal…”, al decir de Barba Jacob,

Si el misterio acomete en el cuento «La tercera orilla del río» de Joao Guimaraes Rosa, en el que un padre de familia abandona su familia y a sí mismo a la eterna navegación de las aguas amazónicas,  el pasmoso transcurrir del vapor en “El Corazón de las tinieblas” en que se desarrolla buena parte de la historia, nos estremecerá de un modo similar, con el añadido que proporciona la visión pesimista, oscura, el hondo enigma que rezuma la prosa conradiana.

Y no solo son los personajes los que profieren un contorno lóbrego a cada párrafo de este relato. Hay cuadros desoladores en los que simplemente se describe, como una fotografía de aquellas de revelar en cuarto oscuro, esas que encierran una claroscuro infernal. Veamos algunas presentaciones espaciales y descriptivas que nos ofrece nuestro escritor:

Una calle estrecha y desierta, en profunda oscuridad, casas altas, innumerables ventanas con persianas, un silencio sepulcral, hierba despuntando entre las piedras, imponentes arcos a derecha e izquierda, grandes y pesadas puertas de doble hoja entreabiertas (…) Su vestido era tan liso como la funda de un paraguas.  Allí está ante ti, sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar susurrando: ‘Ven y descúbreme’.   Y el río estaba allí, fascinante,  mortífero  como una serpiente. Observaba la costa. Observar una costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma. (p. 53)

Lo sombrío en Conrad

Si en su ensayo sobre Germán Espinosa (La figura del diablo como motivo recurrente en dos novelas de Germán Espinosa: “Los cortejos del diablo” y “Aitana”. Revista Universidad de Antioquia), el profesor Marco-Antonio Fonseca cita a la crítica Luz-Mery Giraldo para definir la naturaleza de la lucha contra las presencias malignas, uno podría sacar a bailar la misma pieza de la profesora Giraldo, añadiéndole aún más carga siniestra a la conciencia temerosa de la existencia de cosmos alternativos: “el mal, lo diabólico, se impone, paralelo a una espiritualidad receptiva que presiente y vive sus efectos con estupor. Se revela así una doble existencia: la que convoca fuerzas oscuras y la de un universo en que la hondura espiritual converge para presentir el misterio y lo desconocido estableciendo la presencia o existencia de mundos paralelos”.

Pero no solo en la oscuridad propiamente dicha o, digamos, la fotografía de la novela, se descubre el talante estremecedor de Conrad. En este aparte, por ejemplo, la luz perezosa nos remite de nuevo a las más tenebrosas sensaciones:

Cuando salió el sol había una niebla blanca, muy cálida y pegajosa ,y más cegadora que la noche. No se movía ni avanzaba, simplemente estaba allí, rodeándole como algo sólido. A las ocho, las nueve tal vez, se levantó como se levanta una persiana. Pudimos echar una ojeada a la multitud de altísimos árboles, a la inmensa y enmarañada selva sobre la que estaba suspendida la resplandeciente bola de sol, todo en perfecta quietud; y entonces la blanca persiana cayó de nuevo, suavemente, como escurriéndose por rieles engrasados. (p. 59)

Mención aparte y con aplauso de pie merecen los perfiles que logra Conrad. Son de una precisión y una exactitud terroríficas.  Retratos puros de rostros huesudos, apariciones repentinas o ininteligibles seres que a cada página profieren una sensación lectora de ultratumba:

Cerca del mismo árbol había otros dos manojos de ángulos agudos sentados con las piernas encogidas.  Uno , con la barbilla apoyada en las rodillas., tenía la mirada perdida de una forma intolerable y espantosa; su fantasma hermano apoyaba la frente, como vencido por una gran fatiga, y a su alrededor había potros desparramados en todas las posiciones imaginables de postración contorsionada, como en un cuadro de una matanza o de una epidemia.  Mientras yo permanecía de pie, paralizado por el horror, una de esas criaturas se incorporó sobre sus manos y rodillas y se fue a gatas hacia el río a beber. Bebió de su mano a lametadas, después se sentó al sol, cruzando la parte inferior de sus piernas, y al cabo de un rato dejó caer su lanosa cabeza sobre su esternón. (p. 53)

El modo de perfilar de Conrad, con base en el contexto, asombra. Por ejemplo, así se ve un hombre perezoso a través de su pluma: “Yo tenía también un compañero blanco, no era mal chico pero era demasiado grueso y con el exasperante hábito de desmayarse en las calurosas pendientes, a millas de distancia del menor indicio de sombra y agua. Os aseguro que resulta enojoso sostener la propia  chaqueta como parasol sobre la cabeza de un hombre que está volviendo en sí”. La narración, en apartes como este, es la que, repitamos lo que decía Jiménez, “nos coge por la pretina del pantalón y nos deja pegados a la página otro buen rato”. ¡De qué modo Conrad lo hace ver fácil!

El hecho de que no sea un texto periodístico, que tantos reseñistas despechados hubieran querido en aras de un retrato más fiel a la realidad de los nativos, resulta más favorable en tanto que nos enfrentamos a un retrato del miedo, del miedo del narrador, de Conrad, hacia las figuras belicosas que se esconden tras las ramas. Miedo que también sienten, aún más, de las figuras al ver a esos europeos surcando sus territorios impunemente. Acá vemos ese logro grandioso de Joseph Conrad: 

Me tuve que asomar hacia afuera para engoznar el postigo, y vi un rostro entre las hojas a mi misma altura que me miraba feroz y fijamente; de repente, como si me hubieran retirado un velo de los ojos, descubrí, en lo profundo de la enmarañada tenebrosidad, pechos desnudos, brazos, piernas, ojos brillantes: la maleza bullía de miembros humanos en movimiento, resplandecientes, del color del bronce. Las pequeñas ramas se agitaban, se mecían, crujían, las flechas salían volando de entre ellas y entonces conseguí cerrar el postigo. (p. 113)

Abramos de nuevo comillas, qué más hacer, es Conrad, para apreciar cómo logra pintar el cuadro desolador del saldo de un fuego cruzado entre la tripulación del barco y  los vigilantes nativos que atacan escondidos tras la manigua. Y que sea él quien termine, para que queden, lectores, antojados de leer o releer:

El tenue humo se había disipado, habíamos sorteado el  tronco y mirando al frente yo veía que cien yardas más adelante podía alejar el barco de la orilla, pero sentía mis pies tan calientes y mojados que tuve que mirar hacia abajo.  El hombre había rodado sobre su espalda y me miraba fijamente; apretaba el palo con las dos manos.  Era el mango de una lanza que, arrojada o empujada a través de la abertura, le había alcanzado en un costado,  justo debajo de las costillas; la hoja  se había hundido completamente, después de causar una terrible hendidura; mis zapatos estaban empapados, había un manso charco de sangre, de un rojo brillante, debajo del timón. Sus ojos tenían un resplandor extraño. Estalló de nuevo el tiroteo. Me miró angustiosamente, asiendo la lanza como algo precioso, con aire de temer que yo intentara arrebatársela.  Tuve que hacer un esfuerzo para apartar mis ojos de su mirada y atender el timón. (p. 113)

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Edición No. 181