Relectura testimonial de María
Trabajo leído en el Simposio Internacional organizado por Darío Henao en la Universidad del Valle: «Jorge Isaacs. El creador en todas sus facetas»,celebrado en Cali desde el 31 de octubre al 4 de noviembre de 2005.
Relectura testimonial…¿Qué significa esto? En última instancia, toda relectura lo es: el lector o relector que deja un registro de sus impresiones, de las experiencias vividas en ese proceso de encuentro y crecimiento de la familiaridad con un libro, lo testimonia en diversos sentidos.
Y ya que para mí el trato con la novela de Jorge Isaacs ha sido una fuente constante de admirativo interés, como se advertirá en seguida, me pareció que el título de estas páginas debía ser éste; y aún más, porque en un cruce de lecturas que insensiblemente se fueron deslizando hacia el pasado, fundé también mi testimonio en el de escritores que constituyen una especie de constelación de admiraciones para muchos de nosotros: Pablo Neruda, José Martí, y dos hombres sabios del siglo XIX chileno: José Toribio Medina y Valentín Letelier.
Apelo a esos testimonios porque pienso que deben ser considerados con alguna atención a la hora de revisar nuestras propias valoraciones de una obra fundacional; también porque son poco o nada conocidos, y yo creo que de su conocimiento pueden derivarse algunas lecciones, no críticas ni eruditas o ideológicamente animadas, sino válidas en aquella dimensión que todo escritor anhela alcanzar: la de su presencia cordial y enriquecedora en el mundo emocional o intelectual de su lector.
Mis notas, pues, quieren responder con brevedad a estas sencillas preguntas:¿Cómo vieron la novela de Isaacs esos escritores que he mencionado?¿Qué vivencias o reflexiones suscitó en ellos?
Neruda y María
Al referirme al aprecio de Neruda por la novela de Isaacs empezaré resumiendo un testimonio que fue revelación y sorpresa para quienes tuvimos una conversación con él en un encuentro -fue el último- ocurrido en abril de 1972. Neruda estaba en NuevaYork como invitado del Pen Club para dar una conferencia sobre Walt Whitman y, después de ese acto, asistir a un homenaje de escritores y amigos en una recepción organizada por el Embajador de Chile ante las Naciones Unidas, su viejo compañero, elpoeta Humberto Díaz Casanueva.
Recibí una invitación del poeta Díaz Casanueva y fui a ese homenaje(a la conferencia no pudimos entrar) con dos colegas del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Nueva York en Stony Brook. Uno de ellos era el hispanoamericanista estadounidense Ivan Schulman, reconocido estudioso de la obra de José Martí.
Neruda y Matilde llegaron guiados por Fernando Alegría, quien poco después se acercó a decirme que el asediado poeta y su esposa nos invitaban a visitarlo esa noche en el Hotel Algonquin, donde se hospedaban. Allá fuimos, a la hora indicada. Mis colegas iban a conocer finalmente al poeta que leían y estudiaban desde hacía mucho tiempo. Los entusiasmaba estacircunstancia, y sobre todo porque les había adelantado que las conversaciones con Neruda podían ser muy animadas y sorprendentes, y no sólo cuando se tratabade temas poéticos:les había contado, por ejemplo, un diálogo con Alejo Carpentier y con él en su casa de Santiago, en enero de 1962, en el cual me asombró su conocimiento de los escritores del siglo XIX. Sabía que yo estaba interesado en el cuento hispanoamericano de aquel siglo, y como un rasgo de su carácter era la atención que le suscitaba el quehacer de los escritores más jóvenes, él y Carpentier me hablaron y me ilustraron en aquella oportunidad, para mí memorable, sobre libros y autores de esa época.Diez años después Neruda no había olvidado nuestro diálogo y en algún momento me preguntó si seguían preocupándome las viejas lecturas. Le dije que esa era, ahora mismo, la materia de uno de mis cursos en Stony Brook y quiso saber si estaba María en mi programa, porque le parecía que los jóvenes de este tiempo, naturalmente más sensibles a la recepción de obras de actualidad, no estimaban mucho esa novela, por lo mismo que no la frecuentaban o porque la desconocían del todo. Nosotros teníamos, sinembargo, una impresión más positiva, y creo que fue a esa altura de la conversación que recordamos el interés de José Martí por Isaacs: Neruda celebró que anduviéramos en tan buena compañía.
Al regresar a Stony Brook comentamos el encuentro con un Neruda ya agobiado por la enfermedad, pero siempre comunicativo, y nos dimos cuenta de que la mayor parte del tiempo habíamos hablado de María. Estuvimos de acuerdo en que para el poeta del amor que nunca dejó de ser Neruda, la novela de Isaacs significaba algo más que una vivencia de lectura: la entendía como una experiencia de vida. La habría leído, sin duda, muchas veces, porque en aquella ocasión se refirió a ediciones y a prólogos que juzgaba valiosos, como el de Enrique Anderson Imbert a la edición del Fondo de Cultura Económica.
Años más tarde, al evocar aquel encuentro recordé otras pruebas de su sostenido y constante fervor por María. Por ejemplo, el poema «Los libros», que aparece en una de sus obras queridas pues se trata, como dice el colofón, de «veinte poemas inéditos y autobiográficos», escritos hacia 1962 y editados de manera especial (para bibliófilos) en Alpignano, Italia, en la Imprenta de Alberto Tallone, 1963, con el título de Sumario. Libro donde nace la lluvia. Al año siguiente ese mismo libro inicia, como se sabe -y ahora sólo
con el título Donde nace la lluvia– la serie de cinco volúmenes de su Memorial de Isla Negra, verdadero despliegue poético de su historia personal y política.
En el poema «Los libros» culmina la manifestación apreciativa por la novela de Isaacs; pero antes de llegar a ese poema hubo también un fugaz antecedente en el artículo-discurso «A Eduardo Carranza», datado el 1 de junio de 1946 y leído en el homenaje de un grupo de escritores chilenos al poeta colombiano que desempeñaba en Santiago tareas diplomáticas, como Jorge Isaacs en el siglo anterior. Empieza así:’
Cuando por muchos años y por muchas regiones mi pensamiento se detenía en Colombia, se me aparecía tu vasta tierra verde y forestal, el río Cauca hinchado por las lágrimas de María y planeando sobre todas las tierras y los ríos, como pañuelos de terciopelo celestial, las extraordinarias mariposas amazónicas….
El poema de Sumario, oDonde nace la lluvia tiene, por cierto, un significado mayor que el de ese fragmento: es una expresión reveladora de aquellas experiencias de germinación poética que el propio Neruda declaró en su Discurso de incorporación a la facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, el 30 de marzo de l962:
… es por orgullo y no por modestia que proclamo a todos los poetas mis maestros, pues,¿qué sería de mí sin mis largas lecturas de cuánto se escribió en mi patria y en todos los universos de la poesía?
He aquí el poema:
Los libros
Libros sagrados y sobados, libros
devorados, devoradores,
secretos,
en las faltriqueras:
Nietzsche, con olor a membrillos,
y subrepticio y subterráneo
Gorki caminaba conmigo.
Oh aquel momento mortal
en las rocas de Víctor Hugo
cuando el pastor casa a su novia
después de derrotar al pulpo,
y el Jorobado de París
sobre circulando en las venas
de la gótica anatomía.
Oh María de Jorge Isaacs,
beso blanco en el día rojo
de las haciendas celestes
que allí se inmovilizaron
con el azúcar mentiroso
que nos hizo llorar de puros.
Los libros tejieron, cavaron,
deslizaron su serpentina
y poco a poco, detrás
de las cosas, de los trabajos,
surgió como un olor amargo
con la claridad de la sal
el árbol del conocimiento.
El poema se desarrolla como proceso de búsqueda del»árbol del conocimiento» y su lección remite -como las otras diecinueve piezas del volumen- a momentos formativos esenciales: aquí, fundamentalmente a la adolescencia: obsérvese la continuidad y la intención de las menciones: un libro de Nietzsche oculto en el bolsillo, junto a la aromática fruta invernal que impregna las páginas con su olor; el amargo mundo de Gorki, que debe haber sido lectura aún más sospechosa y culpable, si cabe, para los mayores que rodeaban al adolescente; la fascinación de las narraciones de Víctor Hugo -no aún su poesía que lo conquistará después- y, finalmente, la ya ensoñada y dolorosa vivencia de lo sentimental en el ámbito de la novela de Isaacs, tensada entre los motivos de amor, naturaleza y muerte. Se trata en este contexto de una significativay meditada selección de indicios en la cual la figura emblemática de María adquiere singular relevancia al estar situada al término de la enumeración:he aquí una historia, dice el hablante, «que nos hizo llorar de puros». Y unose siente inclinado a decir algo más: que acaso contribuyó a cristalizar en él esa condición que Amado Alonso reconoció más tarde en su poesía: «romántica por la exacerbación del sentimiento».
Por eso pienso que la «Vindicación de la María…» escrita en 1937 por Borges se puede acercar en más de un sentido a las apreciaciones de Neruda que he señalado: tal vez él hubiera suscrito el juicio de Borges, para quien Isaacs «no era más romántico que nosotros» y estimar también como un mérito literario su capacidad «de deplorar que el amor de dos bellas personas quedara insatisfecho». Ya sabemos que el ensayo de Borges intenta demostrar esas aserciones y no serán escasos los lectores que compartan su lectura. Desde luego, yo me declaro uno de ellos.
Por otra parte, es oportuno recordar que Neruda había reivindicado polémicamente esa constante romántica en su artículo «Sobre una poesía sin pureza», prólogo o declaración de principios con que presentó en octubre de 1935 su revista Caballo Verde para la Poesía:
Y no olvidemos nunca la
melancolía, el gastado
sentimentalismo, perfectos frutos
impuros de maravillosa calidad
olvidada, dejados atrás por el
frenético libresco: la luz de la luna,
el cisne en el anochecer, corazón
mío son sin duda lo poético
elemental e imprescindible. Quien
huye del mal gusto cae en el hielo.
La conversación de 1972 sobre María que he resumido en las páginas anteriores me ha llevado como de la mano a ese párrafo de 1935.
Martí y María
Señalé ya el interés de Martí por la obra de Isaacs, mencionado al pasar en el encuentro con Pablo Neruda, algo que no he visto registrado en los estudios martianos que me ha sido posible consultar. Creo, pues, que esta es una buena ocasión para comentar la singularidad de esa cercanía.
Es cierto: las referencias de Martí a Isaacs son pocas (en el índice analítico de susObras completas sólo hay tres), pero pienso que por lo menos dos de ellas merecen alguna atención. Por las circunstancias en que aparecen, proyectan una admirativa impresión sobre el autor y su obra, como en este inicio de una crónica enviada aLa Nación de Buenos Aires y publicada allí el 9 de mayo de 1890: la crónicamartiana informa sobre la presencia de la América Latina en «Laconferencia de Washington», que tuvo lugar en marzo de ese año: un acontecimiento que se estimaría sin duda importante desde el punto de vista político, pero cuya entrada noticiosa Martí abre con estas palabras:
Sr. Director de La Nación:
Boston lee mucho en español y aplaude en la versión inglesa a la María, deIsaacs y la Maximina, autobiográfica como la María, del español Palacio Valdés […].
Es evidente que esa información inicial, desvinculada del contexto de su artículo, quiere celebrar y llamar la atención acerca de valores hispánicos que empiezan a ser reconocidos en un medio que Martí ha sentido a menudocomo hostil.
Con todo, importa mucho más destacar otro acercamiento de Martí a la novela de Isaacs: considero que fue central en su trabajo como narrador, porque ocurre en su propia novela de la década del 80, la única que escribió y que conocemos con los títulos de Amistad funesta o Lucía Jerez.
Los estudiosos martianos, talvez distraídos por la nada complaciente autocrítica del autor, que nos ha llegado por una nota de su discípulo Gonzalo de Quezada y Aróstegui, se han despreocupado de Amistad funesta, aunque con excepciones tan distinguidas como Enrique Anderson Imbert e Ivan Schulman, quienes tampoco ponen de relieve las señales y guiños que el novelista Martí hace al novelista Jorge Isaacs. Uno de ellos es obvio: los protagonistas de su trágica historia, propuesta casi como un estudio de la destructora pasión de los celos, son también primos, como Efraín y María; pero el papel de María no es el de Lucía Jerez, sino el que mima, de un modo no demasiado notorio, la hermosa e inocente antagonista Sol del Valle.
También discurren por estas páginas una enferma incurable, llamada Ana, y un amigo querido de Juan Jerez, llamado Pedro, personaje que se aproxima igualmente a Carlos, el amigo de Efraín. Hacia el final de la novela Pedro es, como se dice allí, «puesto por Sol […] a que le leyese la Amalia de Mármol o la María de Jorge Isaacs, que de la ciudad les habían enviado… «. Imposible no relacionar tal escena con la emocionada lectura de Atala, de Chateaubriand, que Efraín rememora en el capítulo XIII de María, la que -como lo ha advertido Donald McGrady- también implica de paso la presencia de Bernardin de
Saint-Pierre, quien en su prefacio de Pablo y Virginia había escrito su propósito de «hacer llorar al mundo».
Se trata de una señal, pero fuertemente diferenciada por oposición, porque el episodio narrado por Martí no atrae modelos europeos sino que enfatiza lo americano, sentido como rescatable y hasta ejemplar. Y he aquí cómo ese pasaje de su única novela corrobora una vez más la preocupación y el fervor centrales por lo nuestro que comprometió su vida entera. En este aspecto, y también por la felicidad expresiva que se ha celebrado en ella, Amistad funesta debe ser estimada entre las narraciones importantes del siglo XIX.
María en Chile
Este último apartado de mi presentación es más informativo que testimonial, en referencia a un viaje hacia el pasado al que me llevaron mi interés por María y la benevolente invitación de la Universidad del Valle: lo propongo como un breve registro de lo que fue la permanencia de Jorge Isaacs en Santiago entre 1871 y 1872, como cónsul de Colombia.
«Jorge Isaacs en Chile» es el título de un artículo del historiador Guillermo Feliú Cruz, aparecido en la revista Arte y Cultura, de Viña del Mar, en enero de 1947.
Feliú Cruz hace un cuidadoso recuento de las relaciones literarias y amistosas que el novelista tuvo con las principales personalidades chilenas de ese tiempo, como el historiador y político Benjamín Vicuña Mackenna y el escritor Augusto Orrego Luco, quien lo trató muy de cerca y escribió una animada semblanza suya, que talvez valdría la pena rescatar.
Lo más llamativo para mí fue encontrar en ese artículo la referencia a los primeros comentarios de la novela, publicados en Santiago en 1873 por dos jóvenes escritores que «debían ocupar un sitio brillante en la historiografía y en la sociología chilenas»: José Toribio Medina y Valentín Letelier. Me sorprendió ese hallazgo por varias razones; pero, sobre todo, porque estos jóvenes de veintiún años, que llegarían a ser tan influyentes en la cultura chilena del siglo XIX y cuyo influjo no ha desaparecido del todo, por fortuna, entre nosotros, no volvieron a hacer crítica literaria de esa naturaleza: quedan, pues, esas páginas suyas como el testimonio fervoroso de un acercamiento a la ficción y a la poesía, ya que sus preocupaciones futuras fueron muy distintas: Valentín Letelier, pensador y educador riguroso, desempeñó por varios años la rectoría de la Universidad de Chile; José Toribio Medina, historiador y polígrafo eminente, dejó uno de los más impresionantes legados con que cuenta la bibliografía hispanoamericana. Como una sutil anticipación de lo que serían sus tareas de muchos años, ambos comentarios de María aparecieron en la misma revista, llamada Sud América (el de Letelier en junio y el de Medina en agosto de 1873). José Toribio Medina, que entró en la historia de nuestra cultura
leyendo a un escritor colombiano, dedicaría después a este país varios de sus ilustrados y exhaustivos trabajos bibliográficos e históricos: en 1899, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Cartagena de las Indias, y en 1904, La imprenta en Bogotá (1739-1821); La imprenta en Cartagena de las Indias (1809-1820), y Notas bibliográficas referentes a las primeras producciones de la imprenta en algunas ciudades de la América española… 1754-1823): las ciudades colombianas consideradas son Popayán, Santa Marta y Tunja. Los cuatro libros fueron publicados en su famosa imprenta Elzeviriana, de Santiago de Chile.
Espero, alguna vez, volver sobre estos temas.