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«El Aleph» de Jorge-Luis Borges

En la tradición religiosa judía ha existido siempre una importante discusión sobre el origen de los diez mandamientos, de las tablas de la ley, que Dios le dio a Moisés para que se las comunicara a todo el pueblo que lo seguía rumbo a la tierra prometida. Algunos cabalistas, entre ellos Maimónides, sostuvieron que esas leyes no fueron realmente transmitidas por Dios, y que lo único que en verdad los judíos escucharon fue el Aleph con el que el texto hebreo de la Biblia empieza el primer mandamiento. En esta vieja lengua sagrada el Aleph no es más que el arranque laringal de la voz que antecede a una vocal al principio de una palabra; es el elemento sonoro del que proviene toda voz articulada, toda palabra inteligiblemente pronunciada pero que no es, sinembargo, portadora de ningún sentido específico. Al formular esta interpretación, la cabalística judía redujo la revelación divina a una experiencia puramente mística desbordante y llena de sentido pero carente, al mismo tiempo, de todo significado determinado y concreto que brota sólo del uso del lenguaje. Dios sólo se revela a los hombres con un murmullo pre-lingüístico para evitar que su existencia anunciada resulte plenamente inteligible a su entendimiento.

“El Aleph” de Borges cumple una función similar a la interpretada y transmitida por la mística judía. A través de él se revela una verdad desbordante y absoluta que, sinembargo, no deja al mismo tiempo de ocultarse para provocar la renovación constante del esfuerzo humano por acercarse a su presencia. Pero a diferencia de este antecedente religioso-cultural que le sirve de base, el sentido de lo absoluto no se anuncia en una letra apenas articulable, sino en una pequeña esfera tornasolada en la que se reflejan simultáneamente en una sola imagen todos los elementos existentes en el espacio. Escuchar el Aleph era oír la voz que aludía a Dios; ver, en cambio, la esfera que lo representa es colocarse en el centro de un lugar que contiene todos los puntos del mundo. Con este cambio de dimensión Borges transforma el sentido de lo absoluto: ya no es el sonido de una letra el que abre el acceso a su presencia sino la visión de un espacio puntual en donde coexisten al mismo tiempo todas las cosas de la realidad.

Esta versión transformada de “El Aleph” nos abre el sentido de un aspecto esencial que conforma el horizonte de la cultura moderna. Se trata del papel cognoscitivo central que adquirió la vista en Occidente a partir del Renacimiento. El acto religioso tradicional de oír o poder oír la palabra de Dios, era, y es por supuesto, el modo privilegiado como los hombres aprehenden su significado y se cercioran de su existencia trascendente. A través de ella Dios se manifestó originalmente a los hombres para que pudieran reconocerlo sin dudas ni incertidumbres. Él es ante todo el ser suprasensible que habla con los sonidos sensibles de la voz a los hombres para que aprendan el camino de la vida recta que es el camino de la salvación eterna. La ruptura crítica Ilustrada con las formas religiosas judeo-cristianas comenzó precisamente cuando los hombres dejaron de confiar en el contenido de la palabra divina transcrita que leen o que oyen repetir a otros, cuando el acto cultural de escuchar perdió la condición de ser el medio fundamental de adquirir el saber sobre el mundo real.

Pero en Occidente esta desvalorización de la función cognoscitiva del lenguaje hablado o escrito por Dios condujo en, un primer momento histórico, a la desvalorización del propio lenguaje natural que se usa para la comunicación diaria o para la transmisión de la tradición cultural. Lo que dicen habitualmente las palabras ya no corresponde a las cualidades y formas de los objetos de la naturaleza porque las percepciones ofrecidas por el órgano de la vista así lo muestran. Son percepciones que dejan sin piso la pretensión de verdad de ese lenguaje sedimentado. Por eso la primera tarea que el poder cognoscitivo de la mirada le impone al sujeto es liberarse de esas palabras que la impiden o la deforman. Francis Bacon en las postrimerías del Renacimiento personificó esta necesidad con la denuncia que hizo de los ídolos de la caverna, el teatro, la tribu y el foro que se oponen al conocimiento empírico de la naturaleza. Estos ídolos no son más que las diversas formas de un lenguaje que sirve para transmitir viejas nociones intelectuales incapaces de dar cuenta de los fenómenos reales que la observación establece o que los hombres usan cotidianamente para nombrar de modo impreciso y confuso las cosas. Pues si los hombres quieren construir un verdadero saber sobre la naturaleza tienen que fundarlo ante todo en el empleo de los medios naturales de que disponen; tienen que hacerlo brotar de la acción de los órganos que la naturaleza les dio. Y el de la vista es el más importante de todos al ofrecer la imagen sensible de un objeto presente. Romper, entonces, la atadura que liga la mente a los signos recibidos casi naturalmente, socavar la confianza ciega en lo que dicen, es la condición que le permite a la mirada instaurar su dominio sobre el saber. Desde este momento crítico comenzará a existir en el horizonte de la cultura occidental la problemática diferencia, a la que vivimos profundamente atados, entre lo que se dice y escucha y lo que se ve sobre el mundo natural y humano.

Para que la vista pueda cumplir cabalmente esta función que naturalmente tiene necesita de una segunda condición: la de ser capaz de eliminar los obstáculos que inherentemente la acompañan; o mejor, la de suprimir las limitaciones que la voluntad de saber que domina a los hombres revela o coloca en su naturaleza. La principal de ellas es la relativa al lugar donde se disponen los objetos que se pretenden ver. Pues efectivamente entre la vista y el espacio se establece una relación doble y contradictoria. Por una parte, a través de su acción todos los objetos de un espacio determinado se tornan simultáneamente perceptibles; puestos en un topos delimitado los objetos reales se muestran en sus formas externas a la mirada que se coloca frente a ellos. Pero por otra parte, más allá del campo de esa vista natural subsisten otros múltiples lugares, unos presentes y otros ausentes en el instante en que se ejerce, llenos de seres y elementos que se escapan a su acción. La distancia espacial que separa el observador de los objetos es la causa que impide el cumplimiento real de pretensión original de la mirada de abarcarlo todo en un sólo y mismo instante. Como se sabe, este límite natural de la vista ha sido en gran parte superado en la modernidad con el invento de instrumentos ópticos como el microscopio y telescopio. Gracias a ellos los objetos infinitamente pequeños o extremadamente lejanos –nociones de relación que en el fondo son afines o equivalentes– pierden esa posición física-natural que guardan con respecto al observador. El anularse o reducirse significativamente la distancia que separa el objeto del sujeto, el campo efectivo de la mirada se amplía infinitamente.

Ahora bien, si admitimos que este proceso de ampliación técnica de la vista puede continuarse y aumentarse sin interrupción, como la técnica lo promete, es posible pensar en que en algún instante del tiempo futuro se podría construir un aparato tal que permitiera reducir a 0 todas las distancias que separan la mirada del hombre del mundo físico exterior. Llegado ese momento, que es en realidad puramente hipotético o imaginario, la infinita totalidad de los objetos que lo componen se harían plenamente visibles; ninguno de ellos quedaría por fuera de la acción de ese dispositivo. La visión humana se convertiría así en la definitiva portadora de lo Absoluto.

Esta posibilidad, además de suponer la idea contrafáctica y no demostrada de un universo natural finito, encierra dos dificultades adicionales. La primera se desprende del hecho de que cualquier objeto, por más simple que sea, posee múltiples partes internas y externas. Lo que determina que sea físicamente imposible para una persona ver al mismo tiempo todos sus lados constitutivos por más que la distancia que existe en principio entre los dos se anule en virtud de la intervención de los instrumentos tecnológicos. La mirada por sí sola no logra cumplir este fin que la voluntad de saber le inscribe en su seno. Se necesita que el hombre altere la fisonomía natural del objeto para conseguir realizar esa posibilidad. Pues a pesar de su extraordinaria capacidad de penetración la mirada no tiene el poder material, que es propio de la acción, de modificar las formas físicas de los objetos, es decir, de alterar la posición que ocupan naturalmente en el espacio. El arte cubista moderno es el mayor ejemplo simbólico de esta condición de la mirada. El artista para hacer visible en su integridad un objeto u sujeto lo descompone analítica y racionalmente en todas sus partes que se montan y ordenan en el nuevo espacio del lienzo. De tal manera que todos los lados que se ocultan a la visión natural de los hombres aparecen simultáneamente en ese lugar imaginario.

Pero esta idea de construir un espacio no natural en donde sea posible la extensión plena de la mirada se plasmó originalmente en una esfera completamente diferente, en el panóptico carcelario diseñado por Benthman a comienzos del siglo pasado. Allí se trató, como lo mostró Foucault, de que los presos pudieran ser vistos permanentemente por los vigilantes sin que éstos a su turno fueran observados por aquéllos. Dispuestos en un orden espacial especial los individuos se tornan físicamente transparentes para la mirada de los portadores del poder; cada uno de sus actos es objeto del saber que esa mirada fabrica y hace posible. Por eso, a diferencia del lienzo cubista la disposición panóptica del espacio no divide el objeto -que en este caso es un individuo objetivado por la acción material del poder que lo encierra y lo observa- en sus elementos integrantes para ordenarlos nuevamente en un sitio diferente, el libremente creado por la imaginación, sino que permite que se sitúen tal como “naturalmente” son de tal manera que puedan ser vistos en su totalidad. Pero más allá de esta diferencia fundamental, que es la diferencia que separa la creación de la sujeción, el cubismo y el panoptismo revelan la voluntad de los hombres modernos de crear un lugar donde los objetos que lo componen se den íntegramente a la mirada en el preciso momento en que esta se produce.

Existe una segunda dificultad para el cumplimiento de esta pretensión relacionada con la circunstancia de que los objetos, y en especial los seres humanos, no existen simultáneamente en el mismo instante o lapso de tiempo. Cada uno de ellos existe en un intervalo temporal diferente, en un orden de sucesión histórica desigual. De tal manera que cuando alguien quiere observarlos a la vez en el presente se tropieza con el hecho de que una infinidad incalculable de ellos han dejado de existir en el pasado haciendo imposible la propia observación. Pero al igual que el caso anterior, es posible pensar un doble movimiento que permita abolir la distancia que separa al observador del sujeto u objeto desaparecido. El primero consiste en que el observador se desplaza hacía atrás en el tiempo para encontrarlos a todos ellos en el momento preciso en que fueron reales. Es el sueño moderno del observador perfecto. La historia completa de la humanidad podría verse gracias a este movimiento que la recorre hasta sus orígenes más remotos. El segundo, que es el contrario, radica en que los hombres y cosas desaparecidos volvieran a ser reales en el tiempo en que el observador existe, es decir, se tornaran físicamente contemporáneos de quien pretende mirarlos. Pero el problema está en que tanto el uno como el otro son posibilidades físicamente descartables porque eliminan la presencia misma del tiempo en aras del espacio en donde las cosas naturalmente se agrupan de modo simultáneo. Y en caso de que estos movimientos se pudieran efectuar en realidad, es decir, en caso de que el orden del espacio se impusiera definitivamente sobre el del tiempo, el sujeto suprimiría de hecho una de las condiciones que permiten que esos seres que quiere observar sean reales. Es por eso que la única observación de estas características que se puede efectivamente realizar es, como ocurre en la actualidad, una observación imaginaria que la literatura no cese de retener y ampliar o la que se dirige a las múltiples imágenes que el lenguaje evoca y re-presenta de esos seres y cosas desaparecidas. Sólo mirando las imágenes que los signos guardan de los seres destruidos por el tiempo la mirada que aspira a recubrirlo todo se torna posible.

El cuento de Borges se sitúa en esta dimensión imaginaria del poder de la mirada humana. La pequeña esfera tornasolada –“El Aleph”- en donde se pueden ver al mismo tiempo y de un sólo golpe todas las cosas del mundo es el medio irreal que salva los obstáculos físicos insalvables que se presentan a la observación. Sólo gracias a él que anuncia, como el murmullo pre-lingüístico de la vieja tradición cabalística judía, la presencia absoluta de Dios, los hombres pueden acceder a ver la totalidad del mundo real. Pero una vez alcanzada así esa posibilidad, los seres y cosas que el hombre observa ya no serán reales; serán sólo las imágenes de seres y cosas inexistentes o de otras imágenes que, al formar la sustancia de la extensa cadena cultural de la historia, aluden sin cesar a su presencia desaparecida.

Pero también este cuento de Borges nos revela algo más, a saber, que los hombres modernos a pesar de ser conscientes de estos límites del poder de su mirada se han propuesto superarlos y vencerlos repitiendo sin cesar sus actos de mirar y observar el mundo natural e histórico, y organizándolos de manera sistemática en las ciencias. A través del acto de repetir al infinito estos actos de observar científicamente el mundo los hombres modernos han tratado de rebasar este límite que la naturaleza le impone a su capacidad o poder de observación; y así parecerse a este Dios todopoderoso que los antiguos judíos crearon y que puede ver en un solo instante la totalidad del mundo. Pero a pesar de este extraordinario esfuerzo, los hombres modernos no han logrado ni lograrán conseguir nunca cumplir este propósito que les ha surgido a partir del sentido de esta imagen de Dios que ha dominado sus mentes debido, por una parte, a que sus existencias reales son finitas y limitadas, y por otra, a que el mundo que observan es infinito e ilimitado en extensión y profundidad. De tal manera que al no poder cumplir con este propósito que se han dado, los hombres modernos paradójicamente se han descubierto y comprendido como lo que realmente son, como seres radicalmente finitos y limitados incapaces de ser o llegar a ser como Dios, incapaces de trascender su propia existencia fáctica. Y al comprender esta incapacidad que los atraviesa de principio a fin, la imagen de este Dios se les aleja, se les torna distante y casi extraña, por la radical diferencia que los separa y que ya no pueden de ninguna manera suprimir.

 

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Edición No. 181