Orlando Mejía-Rivera, la pasión por el ensayo
Desde sus primeros libros Antropología de la muerte (1987) y Humanismo y antihumanismo (1990) hasta El extraño universo de León de Greiff (2015) y numerosos escritos aparecidos hasta hoy, el ensayo tiene una dedicación central en la obra de Orlando Mejía-Rivera; su obra premiada en numerosas ocasiones recorre casi todos los géneros literarios: el ensayo, la novela, el cuento y la crónica. En el presente escrito me voy a referir específicamente a dos de ellas: una, Poesía y conocimiento, en la que comenzó a ocuparse de dos temas que desde entonces han sido de permanente interés en su ya muy variada y extensa obra ensayística: la poesía y el conocimiento científico. La otra, De clones, ciborgs y sirenas, como se titula el texto merecedor del primer premio del concurso nacional de Ensayo Literario, convocado por la Alcaldía Mayor de Bogotá, publicado en 1999, precisamente en el mismo año en que apareció otro libro suyo Pensamientos de guerra, primer puesto en el concurso nacional de novela, convocado por el Ministerio nacional de Cultura (1998).
Poesía y conocimiento
En el año de 1997 Orlando Mejía-Rivera publicó Poesía y Conocimiento, (N° 2. Serie editorial Cuadernos Filosófico Literarios del Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas). En esa pequeña obra, uno de sus primeros ensayos, discute la relación entre poesía y ciencia en una época como la nuestra, que le otorga tanto valor al conocimiento útil, productivo y “verdadero”, mientras que la poesía es vista solo como un oficio encantador, sí, pero que en nada se relaciona con la verdad de las cosas y cuya utilidad, si acaso la tiene, es dispensar placer y servir de adorno y consuelo en la vida.
En la introducción se nos recuerda que Platón expulsó a los poetas de la República por ser simples imitadores de las apariencias, por crear gracias a un poder irracional que los pone fuera de sí para promover entre los hombres ilusiones y delirios por medio de sus palabras, llenas de prodigioso encantamiento. El lenguaje poético, entonces, nada tiene que ver con el lenguaje propio de la filosofía, que es racional y lógico, y el adecuado para dirigir la República ideal de Platón a la que sueña gobernada por el rey filósofo.
Desde entonces, la separación entre el lenguaje poético y el filosófico acompaña la cultura de Occidente hasta nuestros días y este es uno de los motivos centrales de la reflexión de Orlando Mejía R. en su trabajo. Desde la época moderna y sobre todo desde la ilustración, el mismo lenguaje filosófico fue desplazado por el de la ciencia, como si éste fuese el único apropiado para expresar la verdad del mundo, en tanto que el lenguaje literario y poético es tomado a menudo como «un asunto de divertimiento, de ingenio juguetón y de vacía palabrería» (p.3), mientras que la propia filosofía clásica es llamada a jugar el papel de sierva de la ciencia. De suerte que la hoy «llamada crisis de la modernidad ha sido precisamente la crisis de la ideología hegemónica de la verdad científica»(p. 4), frente a la cual poetas como Hölderlin y Georg Trakl muestran que el lenguaje poético «también es un lenguaje donde se encuentra verdad y que por encima de los lenguajes de la ciencia y de la filosofía, es en el lenguaje de la poesía donde se expresa el ser» (p.4). Este es tema de atención de numerosos filósofos contemporáneos como Heidegger, Gadamer, Vattimo, Derridá, Pareyson, etc.
Sinembargo, es preciso dejar claro que la verdad de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento en general es muy diferente de la verdad de la poesía, la cual acontece como develación de lo no visible y de lo oculto, pues las cosas no se reducen a ser meros entes disponibles y a la mano para uso diario o para el saber científico, sino que ellas ocultan múltiples sentidos para la existencia del hombre que sólo el lenguaje poético es capaz de revelar, sin ninguna pretensión explicativa.
Frente a los tradicionales procedimientos metodológicos de la ciencia, la inducción y la deducción, Orlando Mejía R. propone otro procedimiento que complementa a los anteriores y que Peirce denomina de abducción; es el que acompaña al pensamiento correlativo y analógico, no sometido a la lógica causal, sino a la sincronicidad de la que habla C. Gustav Jung como la coincidencia espacio temporal de todos los hechos; procedimiento que, en opinión del autor de Poesía y conocimiento, es el propio del lenguaje poético. En relación con lo que afirma Orlando Mejía R. se debe precisar que si bien la analogía y la metáfora no son recursos puramente circunstanciales del lenguaje poético, su fuerza y vitalidad no se encuentran solo en “comparar” imágenes, cosas, fenómenos o procesos conocidos con la oculta realidad que lucha por salir a la luz con el poema. La palabra poética, estrictamente hablando, no tiene ningún «contenido», pues ella más que describir, busca «mostrar» y «dar» el ser de las cosas; aquello que estando frente al hombre, él no ve; no ve lo que las cosas son y significan para el existir humano y es, en este sentido preciso, como hay que tomar la afirmación de que con la poesía «se crea algo nuevo, algo que nace, la poesía crea nuevos mundos, hace nacer nuevos mundos, ‘funda mundos´ como dice Heidegger» (p.6), mundos tan absolutamente nuevos que la analogía y la metáfora apenas logran expresar, sobre todo porque son incomparables con lo conocido y lo sabido por todos.
En el capítulo 1, Orfeo en tiempos de la máquina, se busca desentrañar el sentido de la poesía en nuestra época de la técnica, dado que con la avasalladora presencia de ésta, la poesía parece haber perdido terreno frente a lo útil y al modelo de las máquinas. Tal búsqueda se orienta por el recuerdo de que «desde Hölderlin los poetas de Occidente vienen preguntándose por el sentido de su vocación en un mundo que parece vivir sin necesidad de poetas ni de poesía» (p. 9), palabras que nos recuerdan a Heidegger y a Hans-Georg Gadamer
En este ensayo -dice su autor- se le quiere dar a la tecnocracia el significado de «el dominio de una ideología que se fundamenta en el modelo de la máquina como un nuevo arquetipo existencial que sustituye a lo humano» (p. 10). Para evitar que ello suceda contamos con la poesía, pues ella -expresado en términos de Walter Benjamin- todavía no ha perdido su «aura» de arte auténtico; ella pertenece a la dimensión del ocio y de lo inútil (p. 10) y «nuestros poetas todavía son la expresión del alma colectiva» (p. 10). Esta última afirmación nos deja la impresión de remitirnos de nuevo a la visión romántica y subjetivista de la poesía como mera expresión de la vida interior del hombre, de sus emociones y de sus vivencias, pero la poesía es mucho más que eso. Ella dice y señala lo que las cosas son; el decir poético trae a la palabra apropiada la diferencia entre las cosas como entes disponibles y las cosas como lo que ellas verdaderamente son, iluminando y ocultando a la vez un mundo: el mundo humano que permanentemente corre el riesgo de hundirse en medio del mundo de las máquinas, de los útiles y de objetos de conocimiento o de aparatos técnicos.
La poesía, entonces, no es como usualmente se cree, el producto de la imaginación caprichosa de un sujeto, ni “la expresión del alma emocional” de un pueblo o de un individuo; ni siquiera es la particular expresión lingüística del poeta, sino el habla esencial de las cosas a las que el poeta les otorga la palabra; no es él como sujeto quien le “impone” la palabra a las cosas, sino quien las hace sonar con su canto.
Orlando Mejía R. está más próximo al espíritu de la poesía cuando la vincula con tres sentidos esenciales de la palabra mito. El mito es la primera palabra, la primera palabra que por boca de los poetas pronuncian las cosas del mundo, por lo que «toda poesía verdadera nos vuelve al origen de las palabras» (p.14) que la segunda palabra, el logos racional, ha pretendido lanzar al olvido. Y para que el recuerdo del origen no nos abandone ante sus embates, es decir, para no perder del todo la memoria, contamos con la poesía y los poetas.
El segundo sentido de la palabra mito como murmullo y mutismo «revela otra condición esencial de la poesía y, en especial, de los poetas de la modernidad» (p.14). El silencio, es cierto, constituye condición esencial de la poesía, pero no es claro porque el autor de este ensayo se lo atribuye especialmente a los poetas modernos, sabiendo que el mutismo es lo propio de todo decir auténticamente poético en cualquier época. El poeta necesita del silencio para darle la palabra a las cosas, tanto del de ellas mismas porque ellas hablan en silencio, como del silencio de su mero hablar enunciativo, para darle la palabra al decir poético, vale decir, «la palabra poética viene del silencio y debe volver al silencio» (p.15). A diferencia del discurso político, económico o social o del ensordecedor bullicio del parloteo ordinario y cotidiano, el lenguaje poético no produce escándalo; él es, más bien, un acontecimiento extra-ordinario porque sólo él permite el son del silencio, cuando con su decir y hablar auténticos, saca rítmicamente a la luz lo que permanece oculto e invisible para el lenguaje usual y el especializado.
«La tercera acepción de mito es la de misterio» (p.16), rasgo que también es propio de la poesía cuando muestra ese sentido de las cosas escondido para la mirada técnica, y lo muestra de tal manera que no le interesa explicarlo ni aprovecharlo, sino que lo mantiene como lo que es sagrado y como lo que es necesario conservar y respetar para que sea posible el existir humano. Así -dice Danilo Cruz Vélez, en El misterio del lenguaje– tanto la poesía como su lenguaje intenso se sustraen a ser apresados en conceptos, sobre todo porque la experiencia poética surge cual abrazo misterioso de sentido y sonido.
Culmina esta primer capítulo de «Poesía y conocimiento» con un recreación del destino corrido por Fausto y por Orfeo. Fausto, vencido por Aristófanes, se derrumba en la tecnocracia donde lo real termina sometido a modelos hiperreales, mientras que la poesía no sólo no abandona lo real sino que lo conduce a sus orígenes, convirtiendo el mundo en pura poesía. El gran poeta músico Orfeo fue destrozado por las mujeres de Tracia, acontecimiento que, en la reflexión de Orlando Mejía, representa la enemistad de nuestra época tecnocrática con la poesía a la que considera peligrosa y dañina para el reino de lo racional, del dominio y del dinero que, cuando más, le pide a la poesía cantarle a la muerte en lugar de a la vida, mientras que Orfeo, con su cuerpo destrozado, porfía en poetizar el mundo armónico y vital, pues lo acompaña la esperanza de ver su cuerpo de nuevo unido.
Retomando la anterior reflexión en el capítulo 2 de su ensayo, La intuiciones poéticas de la física cuántica contemporánea, Orlando Mejía R. concluye que el mundo físico ha perdido su encanto y su unidad, como resultado de varios acontecimientos históricos que parten de la secularización del pensamiento y de la sociedad modernos, de la mecanización de la física clásica y del dualismo cartesiano, todo lo cual se sintetiza en lo que Max Weber llama el «desencantamiento del mundo», fenómeno que sólo permite la expresión lógico-racional del mundo físico. Pero los poetas como creadores que son, crean unidad a partir de la nada, es decir, crean de nada que se llame cosa de uso ordinario, de nada que sea objeto de conocimiento o de nada que solo admita un uso técnico, o sea, de nada útil, de nada fragmentado y disecado. Los poetas crean la palabra apropiada que da noticia de la iluminación del mundo oculto por el universo de cosas dispersas en que se ha convertido la existencia humana.
Así las cosas, el lenguaje de la ciencia y el de la poesía se muestran irreconciliables, tal como lo expresan Octavio Paz y Gastón Bachelard a quienes cita Orlando Mejía R. Sinembargo, opina que la física cuántica muestra la posibilidad de anular esa distancia y para demostrarlo habla de la relatividad de Einstein que supera la visión del espacio y el tiempo absolutos de Newton y la separación entre energía y materia; del principio de incertidumbre de Heisenberg que cuestiona la dualidad sujeto-objeto, interior-exterior, etc.; del principio de complementariedad de Niels Bohr que abre la posibilidad de la coexistencia válida de teorías contrarias y la existencia simultánea de múltiples realidades; de la función de onda de Schrödinger y De Broglie con la cual se cuestiona el principio de contradicción y hace posible la existencia de «mundos paralelos» o de «muchos otros mundos», hasta concluir en una presentación, igualmente sucinta, de la teoría de los Quarks como una nueva visión acerca de la composición de la materia, distinta de la física clásica mecanicista. Un recuento de las teorías físicas contemporáneas que, en mi opinión, es excesiva y además interfiere en el tono y en el ritmo del ensayo.
Es cierto que para hablar de la nueva realidad descubierta por la física cuántica, una realidad no visible, ni explicable con los modelos y los procedimientos tradicionales es necesario recurrir a nuevos lenguajes y a una nueva mirada, a «intuiciones poéticas» incluso, pero no por ello la física se convierte en poesía, ni la poesía en física. El autor no lo afirma, es cierto, pero tampoco establece en su ensayo la clara diferencia entre física y poesía y, por el contrario, intenta convencernos de que en su versión cuántica, la física contemporánea se aproxima al reino de la poesía y de que en ocasiones la poesía parece convertirse en la anticipación o en el eco colorido de esa física, cuando ilustra sus hallazgos con poemas de grandes poetas.
Recordemos, por ejemplo, que mientras la poesía es libre porque su mundo es un mundo olvidado de palabras que buscan sacar a luz y revelar lo oculto; la ciencia, incluso la de la física cuántica, está atada a procedimientos rigurosos porque busca “explicar” el mundo de las cosas visibles, puede que recurriendo a una lógica divergente, a entidades incomprensibles, a una nueva concepción de la materia y la energía, etc., pero esto no hace de ella poesía.
El ensayo Poesía y conocimiento debe tomarse, más bien, como el intento de establecer un diálogo entre el reino de la poesía y el de la ciencia, en lugar de asumirlo con el optimismo de su autor quien quiere convencernos de que la física se está convirtiendo en poesía y de que la poesía contiene mucho de ciencia. La física (la ciencia en general) y la poesía son ámbitos que, de acuerdo con Octavio Paz y Bachelard entre muchos otros, deben seguir siendo irreconciliables para que cada uno sea lo que es, pero no para que continúen enemistados. El peligro verdadero, creo yo, es que el hombre olvide habitar poéticamente la tierra cuando insiste en verla sólo a través de la exclusiva mirada de la ciencia y en negar la posibilidad de restaurar un diálogo fructífero entre poesía y ciencia. Los invito, por lo tanto, a leer este, uno de los primeros ensayos donde la pasión que siente Orlando Mejía R. por todas las manifestaciones del espíritu ya había comenzado a ser desbordada
De clones, ciborgs y sirenas
Tuvimos la ocasión de conocer una primera versión del texto cuando Orlando Mejía R. lo presentó en la conferencia de apertura de estudios del primer período académico de 1999 del programa de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas, dado que por entonces era docente adscrito al departamento de Filosofía. En mi opinión es uno de sus mejores ensayos, sobre todo porque en él consigue el equilibrio entre la creación y la reflexión que fácilmente se quiebra con la filosofía o el saber especializados, cuando su lenguaje cae en la jerga incomprensible de quien se pretende sabio. Equilibrio que, en el otro extremo, también rompen quienes se atreven a opinar sin fundamento y sin un trabajo disciplinado y racional previo. Alcanzar tal equilibrio era de esperar en una persona que, como Orlando Mejía R., ostenta además de una reconocida vocación literaria, la doble formación en medicina y en literatura y filosofía, manifiesta incluso en sus dos premiadas novelas La casa rosada (1997) y Pensamientos de guerra (1998). De clones, ciborgs y sirenas sostiene un ritmo oscilante entre las imágenes literarias y la información científica que invita al lector a pensar en los límites abismales a donde la tecnociencia ha llevado al hombre contemporáneo.
El libro (2da edición, Universidad de Caldas, 2001) está dividido en cuatro partes: El silencio de las sirenas, Las palabras de los filósofos, La expulsión de los cuerpos y Los lenguajes del cuerpo, cuya unidad singular también ofrece posibilidad de una lectura independiente.
El canto de las sirenas representan fuerzas irracionales, cuyo hechizo irresistible destruye a los hombres, y que Ulises en la Odisea creyó haber tenido el privilegio de escuchar, revela además, según Orlando Mejía R., la parte de la dimensión humana que ha sido encubierta por las imposiciones de la tecnociencia contemporánea. Las sirenas, siguiendo una sugerencia de Kafka, en realidad no cantaron, simularon hacerlo ante Ulises y así, en silencio, penetraron la naturaleza, sabedoras de que al hombre se le vence más fácil en silencio que con las palabras. Es por esto que pese al desbordado optimismo de la racionalidad científico-técnica, ella siempre enfrenta límites, más allá de los cuales se siente impotente para desentrañar el misterio de lo humano, un más allá donde reina el canto silencioso de las sirenas que nos recuerdan que “en el fondo de lo humano habita lo no humano” (p.28)
Quizás por ello el camino que escogió la tecnociencia moderna fue no seguir preguntando más por la naturaleza humana, satisfecha con la respuesta de que el hombre es un sujeto consciente y racional, y se dedicó a lo que mejor puede hacer: a modificar controladamente a los individuos para superar su condición humana. Desaparecida la necesidad de preguntar se dedicó a responder, de suerte que el pensamiento meditativo fue pronto reemplazado por el pensamiento calculador; un pensamiento que solo puede abordar lo humano a través de los cuerpos en lo que ellos tienen de res extensa, de máquinas neutras y moldeables y no en lo que ellos son como fuente de placer y de presencia viviente de lo humano en el mundo.
Una anécdota es paradigmática de lo que acontece cuando el cuerpo enfrenta a la filosofía: ésta responde frente al cuerpo humano con “el silencio, el estupor y la huida” (p.44). La anécdota, entre otras que evoca Orlando Mejía R. en su ensayo y que menciona Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica, del anciano filósofo Theodor Adorno, quien abandonó la vida pública y académica después de que, en una de sus conferencias, cinco adolescentes desnudaron sus senos ante él.
La respuesta, entonces, al cuerpo como res extensa y no como cuerpo “humano”, vale decir, al cuerpo como máquina la están dando las tecnologías de punta con la revolución genética, la revolución cibernética y la revolución informática. Tres revoluciones que ya no ven en el cuerpo la mejor posibilidad del habitar humano en el mundo, sino que ven en él un objeto de rediseño tecnológico del cual se valen para exhibir seguras el ilimitado alcance del pensamiento calculador, en vista de la impotencia en que éste pensamiento caería con la meditación reflexiva.
El impulso a superar lo humano, la reproductibilidad técnica que bien describió Walter Benjamin a propósito del arte, y la obsesión por alcanzar la inmortalidad, son rasgos característicos del espíritu de nuestra época y parecen encontrar plena realización con la realidad virtual y la inteligencia artificial; con los ciborgs, clones y androides y demás seres que hoy pueblan la tierra. Pero las sirenas aún perturban este triunfante espíritu tecnológico y siguen ahí, en el fondo del hombre, para recordarnos la necesidad de escuchar su canto silencioso en procura de conservar el rostro de lo humano que arriesga perderse bajo las configuraciones tecno-científicas de hoy.
No obstante los señalados riesgos de las actuales revoluciones tecnológicas , De clones, ciborgs y sirenas, de Orlando Mejía-Rivera, no defiende la nostálgica postura romántica de quienes buscan la restauración del hombre sin contar con los indiscutibles logros de la ciencia y la tecnología y más bien es una invitación a aprovecharlas pero sin permitirles que devasten nuestra condición humana. Que no interpretemos el canto de las sirenas solo por lo que tiene de sonoro, porque, como bien anunció Homero, condenan al hombre a terminar en la “playa llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada”, como acaban quienes son acríticamente seducidos por las publicitadas respuestas seguras y por el lenguaje y las producciones tecnocientíficas. Atendamos también a su canto silencioso, el que salvó a Ulises, para comprender lo que dice el autor del ensayo que aquí comentamos, que “la única manera de enfrentar el silencio de las sirenas es haciéndolo pasar a través del lenguaje de nuestros cuerpos y del lenguaje de la meditación reflexiva que nunca dejará de hacerse preguntas” y solo así “los espejos de la vida futura continuarán reflejando ‘algo’ del rostro humano” (p. 65).