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Poeta Matilde Espinosa

Intervención en homenaje realizado en la “Casa Silva de Poesía”, Bogotá, 15 de junio de 2006.

A partir de su primer libro “Los ríos han crecido”, publicado por la Editorial Antares en 1955, Matilde Espinosa se separa del lenguaje lírico y meramente confesional en que se expresaban en aquel momento las mujeres poetas de Colombia, para comenzar a construir su poesía, ya como un acto creador estético y lleno de fuerza trascendente.

Con osadía y originalidad, insumisa a cánones y a género, Matilde Espinosa rompe los hierros de la jaula femenina, y se orienta con toda naturalidad hacia otros polos de mayor aliento, de mayor importancia intrínseca. Accede incluso, ya de sus inicios, a esa otra arquitectura musical del verso, desde su propia ley rítmica moderna, comportando así, estilísticamente, valores y aprendizajes más altos y de mayor universalidad.

Como figura estelar de la poesía colombiana, Espinosa se abre a la cultura del mundo, sin jactancia, pero sin complejos. Capaz de construir un razonamiento filosófico y, a la vez, de entregarse a esta gran pasión de su vida, a la que le rendiría todo: el absorto idioma de la poesía; pero asumida como acto de reflexión, como forma sensible del pensamiento, no como el ornato o distracción, que azulaba por entonces los oscuros contornos del gueto femenino. Desde el horizonte colectivo de aquel su primer libro, de frente al duro espejo de la realidad que nos aqueja, con la pena de la primera violencia colombiana al fondo, su palabra, solitaria, se alza como la forma más acabada y limpia de protesta. Y no de un modo programático, sino desde la emotividad más profunda. Convocando las imágenes con sabor a sangre, de aquellos perdidos caseríos cuando los ríos de la patria acrecían su caudal por las masacres, y el aullido de la tragedia era una tensa sirena que alertaba el aguijón de las venganzas.

Ciertamente hoy podría decirse que nada de lo humano le es poéticamente ajeno a esta palabra que no se ha debilitado en su ejercicio de más de 50 años. Que, incluso, se ha redimensionado de una manera que parecería abolir el tiempo. Hay un pulso de vida casi milagroso en la lozanía magnífica del talento y del oficio, en esta mentalidad siempre joven, a pesar de su complejidad, y en esta visión estética amplia, abierta, capaz de mirar siempre hacia delante.

Catorce libros de poesía publicados han dado su justo lugar a Matilde Espinosa dentro de las letras colombianas. Más allá de los comunes comportamientos femeninos nacionales, propone a nuestra poesía femenina una visión más honda y reflexiva, un cambio de actitud de la mujer poeta, ante la poesía (desde aquella fecha de 1955 mencionada), y ya en una plena anulación de la posible diferencia, dando a su poesía el sentido de la gravedad de la palabra.

Obra, vida, lección, son los méritos que hoy quieren exaltar y honrar el “Festival nacional de poesía”, la “Revista ULRICA” y la “Casa de poesía Silva”. Estos méritos, estéticamente perceptibles, detectables, desde nuestro presente, serían motivo de una antología particular. Pero no intento ahora ninguna exégesis de su obra poética. Solo situarla en su coyuntura, en su circunstancia, y sumarme conmovido al homenaje a esta importante poeta, a quien he tenido la suerte de tratar de cerca desde mis años juveniles, y a quien me une un verdadero vínculo, en lo personal y en lo literario, al haber ella leído y alentado mis primeros poemas, en aquel filo agudo de los veintitantos años, cuando empieza uno, con furioso deseo, a buscarse a sí mismo como destino.

Poemas[[<*>Lectura en homenaje: “Casa Silva de Poesía”, Bogotá, 15 de junio 2006.]]

Matilde Espinosa

Recién venidos

Las palabras se escapan

pero el alma es tan cierta

como la gota de agua

que me sigue mirando.

El habla nos traspasa

y la imagen trasciende

a lo desconocido.

Las paredes del mundo

son muros de piedra que duelen.

Nos conturban los soles violentos;

el asombro, el milagro,

el murmullo, frontera

que orienta los pasos

a la estancia de algún

paraíso perdido.

Somos los recién venidos

pulsando el recuerdo

en la hora implacable

que se vuelve de espuma;

en el aire y en el pecho

toma forma de largo camino.

Somos los recién venidos

cultivando los sueños

viendo correr el torrente de lluvias

que maltrata las rosas

desde la luz hasta el primer sollozo.

Llueve

En esta embarcación

sin madrugada

llueven las sombras.

Se derrumban

los reinos del amor

y vuelan las mariposas blancas

como flores silvestres.

Tras la nube más negra

se concentran los vientos

noticiosos, sedientos, llueve.

Desfilan los recuerdos;

historias de pasión con incendios,

temblores o viva muerte.

Mágicas visiones en el aire

ruedan a la tiniebla, llueve.

En esta embarcación sin madrugada

no hay recobro posible;

cerrado el horizonte, llueve.

(31 de agosto de 2005)

Uno de tantos días

Me sumerjo

en las claridades nocturnas

para entender mejor el medio día.

Umbrosa recojo las pavesas

de quienes fluye el asombro

debajo de las frondas crepusculares.

Alas angélicas o simplemente desvaríos

de una infancia que empezó con el tiempo.

Distraída busco la esperanza

sobre los pliegues del día lento

como el vuelo del pájaro que pasa.

Los árboles se agitan

y sorprende el mensaje tímido y sudoroso

del instante.

Por la insistencia de saber

que los días se van

con sus oros deshechos y sus danzas festivas

donde mueren las rosas.

Todo magnificando la soledad

floración de congojas altiva incertidumbre

de tener otra vez esas gotas

de sol entre las manos.

(10 de agosto de 2003)

Ciudad blanca

En Popayán de piedra pensativa

Eduardo Carranza

I

Cómo acercarme a ti si nada traigo

Solamente mi voz y el corazón del hijo

que sigue ardiendo.

Nombres, fechas, gotas de eternidad

crecidas en la hierba.

II

Ni la furia del trueno

ni la hora de la tempestad

hieren más alto que mi pena.

No es solazarse en la amargura

recorrer silenciosa piedra y muro

ni batir con el viento las ventanas,

ni espiar por cual rincón del cielo

nos revisa las cuentas el lucero.

III

Es toda la inocencia del paisaje

con las colinas verdes, dulces

como niñeras descalzas sacudiendo

el boscaje que reparte la brisa

-la única y feliz- cuando le besa

el rostro a la ciudad más blanca.

No es la historia, ni el bronce

ni la solemnidad de los espejos.

Es más hondo tu vuelo: son tus pasos

sonoros armados en el tambor del tiempo

Si te nombro, zozobra mi alma, esa alma

que a veces se hace flor, llanto o ceniza

desde el sigilo al sueño!

(Inédito)

En las más altas noches

De arenas movedizas

y recia mansedumbre

la mujer es presencia

en todas las edades.

La nublan los ocasos

y los amaneceres tristes

con la dulce tristeza de los niños

que atrapan la mariposa

y la ven escaparse de sus manos.

En su angustia

los ahogados las buscan

desesperadamente y ellas

maternales o amantes

les confortan los pasos

y borran la tiniebla

que les cubre los ojos.

Son las mismas

que espantan oleajes

y ven perderse en la bruma

los seres y las cosas

más amadas y deseadas.

Son las mismas

que en las más altas noches

dialogan con los astros

y sienten el estupor

de los “ayes” cautivos

y el obstinado vuelo

que rescata los sueños

sin el límite oscuro

de las paredes blancas.

(1 de julio de 2005)

Los hijos del delirio

Olvidaron sus nombres.

Sus rostros padecen un aire

que a todos los envuelve

y los distrae en un compás

en donde nadie escucha.

Las palabras caen al vacío

o se rompen en un cristal sin fondo.

Todo es confusión como en la fiesta olímpica.

¿Quién hablará de orígenes?

El viento, las raíces, los recuerdos,

las preguntas. Los fantasmas huyen.

Las ventanas sin alas como ojos inmensos

atalayan rumores que se alejan cantando.

Los hijos del delirio reconocen

“sus ires y venires” en sueños

y en las calles que cruzan ardorosas

como ellos.

En su delirio inventan escalas,

llamas que tocan dimensiones

como ángeles de fuego y columnas sonoras

donde amanece un dios despavorido

que los sigue buscando.

(22 de mayo de 2006)

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Edición No. 138