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Encuentro con Álvaro Rodríguez-Torres

Álvaro Castillo-Granada

ETodos los días, temprano, cuando el sol está aclarando lo que rodea los caminos, y tarde, cuando el sol oculta lo que nos espera mientras llegamos a nuestro destino, este hombre observa, desde la ventanilla de un autobús, el caminar del tiempo. Ve transcurrir el paisaje: la luz que va dibujando el mundo, haciéndolo siempre distinto; pasar las personas: el estudiante, el obrero, el empleado, la mujer que oculta detrás de una sonrisa y unas manos que flotan o acarician un libro la promesa de lo que, por lo menos para nosotros, no vendrá. A veces posa la mirada en un libro que va abriendo puertas, ventanas a otras posibilidades: se detiene en una palabra, una frase, una idea. Levanta la mirada nuevamente al paisaje, a lo que está ahí y a veces no vemos, y en su recuerdo se agita una imagen, una frase: un verso. Otras, ve una película en el cine, muy cerca de la pantalla, como hacemos los miopes, y deja que su tiempo se funda con lo que está viendo: las imágenes “esculpidas en el tiempo”, como decía Andrei Tarkovski, conversan con las que lo habitan: “la imagen no es este o aquel sentido expresado por ahí por el director, sino todo un mundo que se refleja en una gota de agua” porque “no pretende despertar asociaciones, son tan sólo recuerdos de la verdad”. También puede estar observando lo que sucede en las calles por las que siempre camina, calles que lo reconocen y recuerdan, amorosamente recorridas como una caricia lejana y constante, y deja que su ojo se pose sobre el “momento del instante decisivo” que esperaba siempre su amado Henri Cartier-Bresson. De ahí, de ese momento espléndido, privilegiado, nace la poesía de Álvaro Rodríguez Torres: a través del recuerdo la mirada atrapa el tiempo.

Álvaro nació en Zipaquirá en 1948. Desde entonces su vida ha sido un ir y venir entre esta ciudad y Bogotá. Aprendió desde muy joven, gracias a una tenaz disciplina y una particular obsesión, a leer en otros idiomas: inglés, francés, portugués, italiano y alemán. Esto le ha permitido hacer magníficas traducciones: Charles Baudelaire, Derek Walcott (a quien tuvo el placer de entrevistar en Barranquilla), Vinicius de Moraes, Rubem Fonseca, son algunos de los autores que nos ha acercado. Ha publicado, también, a lo largo de 31 años seis libros de poesía: Recordándole a Carroll (1981), El viento en el puente (1990), En alabanza del tiempo (1993), Para otras voces (1999), la antología El presente recordado (2005) y el que ahora los reúne (más el inédito El color de lo blanco) a todos: Seis libros y uno menos (2005). Debe ser muy extraño para un autor (sobre todo para alguien como éste, que pasa por el mundo deslizándose como una sombra imposible de atrapar y ubicar) encontrarse con aquellos libros flacos, solitarios, formando ahora un libro grueso, compacto, que muestra un recorrido y una dirección.

Lo conocí, telefónicamente, gracias a Camilo Delgado, una tarde de 1992, antes de partir a mi primer gran viaje a Chile. Desde entonces hemos ido caminando una amistad gracias a complicidades: el cine, la lectura, la fotografía, la memoria, el recuerdo. Su Recordándole a Carroll inauguró Ediciones San Librario, esa aventura de publicar libros porque queremos y necesitamos hacerlo. Hemos compartido la alegría y el dolor, la maravilla de los encuentros y la amargura de las separaciones. Con él “los días pasaron rápido/sólo como el tiempo sabe hacerlo y no espera/y hoy algunas de nuestras mejores esperanzas/no son más que ramas muertas/que el viento o la indiferencia han desprendido/y la humedad pudre silenciosamente por el suelo”. Su amistad es uno de esos dones que nos da la vida: ella es el tesoro.

Lo que sigue es apenas el reflejo de lo que conversamos todos los días.

Hoy pregunto algunas cosas para explicarme otras porque, después de todo, “la poesía es un modo de ver el mundo, una forma especial de relación con la realidad”.

“En el bachillerato empecé a escribir, más o menos, hacia 1966. Usaba unos cuadernos rayados Cardenal de 80 hojas donde intenté fallidamente, como debe ser, escribir un diario literario. Era el diario de un diletante de dieciocho años. Lo quemé a finales de los setentas, en el solar de mi casa, debajo del ciruelo injerto que florecía cada noviembre; por intolerable, por falso. Ahí escribía poemas pero era absolutamente consciente que no tenían ningún valor. Escribía para acostumbrar la mano. Una disciplina, si, pero también una manera de esperar y escribir los borradores de los supuestos libros que más tarde nunca llegué a escribir. Por ese tiempo empecé también a dibujar. De hecho, diariamente escribía unos poemas automáticos, digamos, por darles una filiación. Cinco poemas en una sentada (después me enteré que Charles Bukowski escribía entre diez y quince de una sentada. Me ganó). Hacía bosquejos de dibujos que era mi intención convertirlos en cuadros. Los dibujos no pasaron de ser bosquejos que nunca utilicé para nada. Este año lo recuerdo con mucha nostalgia y alegría (lo que no era tan alegre era que estaba repitiendo el curso). Fui un repetidor profesional de años. No estudiaba, me gustaba leer y estar por ahí. Repetí tres. Siempre he creído que el hecho de que Gabriel García Márquez hubiera estudiado en el mismo colegio donde yo estudié me invitó por lo menos a conocer su camino. Cien años de soledad lo leí cuando salió. Hasta ese momento conocía alguno que otro cuento de Los funerales de la mama grande. Era como un reto asombroso e intolerable. Lo sentía como algo comprometedor. Con semejante antecedente era mejor no chapucear si uno quería escribir. Me sentaba diariamente, me sustraía a los hechos, al radio, al cine… Olvidé eso como por cinco años. Leía ensayo, novela. Poesía menos. Durante ese tiempo dibujé, con un grupo de amigos en Zipaquirá: José Manuel Rodríguez, José Luis Rojas, Ponto Moreno y Jorge Bustamante, entre otros. De hecho, hicimos una exposición en la Galería Mitú, que manejaba Gonzalo Arango, en la sede de Icolda, Seguros Tequendama, Piso 29, en Bogotá. Aún lo recuerdo. Un día descubrí por la televisión que Gonzalo Arango, a quien yo admiraba por La página de Aliosha que escribía para Cromos, manejaba esa galería. Busqué hablar con él para ver si nos permitía exponer nuestro trabajo allí. Se portó muy bien. Era un hombre muy espiritual. Los costos nunca logramos recuperarlos. De todas maneras, a pesar de gustarme muchísimo, sentía que dibujar no era lo más mío, por lo menos en ese momento. Aunque terminé haciendo una serie de rostros de mujeres, como quince, que desafortunadamente perdí. En la Biblioteca Central de la Universidad Nacional, acabada de inaugurar con libros comprados en la Buchholz, encontré la poesía de Octavio Paz, me enamoré de Ladera Este, aún puedo acordarme de cada poema, aunque mi entrada a la India estuvo precedida por el Sitar de George Harrison; la poesía surrealista de André Breton y la poesía y ensayos de Luis Cardoza y Aragón. Fue la gravitación alrededor de la pintura lo que me llevó a la poesía. De esa época también data mi afición por el cine y mi gusto por la música. Descubrir que el cine tenía una mirada como la de Bergman y Antonioni fue algo asombroso. La interioridad. Fue tan asombroso, igualmente, descubrir una sala como el Coliseo por su comodidad y la calidad de las películas que pasaban, generalmente europeas. Me paseaba por todos los almacenes de Discos Bambuco para escuchar en las cabinas lo que me interesaba. De vez en cuando compraba algo. Me gustaba el rock de ese momento: Led Zeppelin, The Cream, los Rolling Stones, los Beatles y dos de mis amores, Judy Collins y Joni Mitchel (que todavía siguen siéndolo, a pesar de que casi nadie ya se acuerda de ellas). Judy Collins era una cantante que le gustaba mucho a Jean Paul Sartre. La conocí gracias a la HJCK. En uno de los tantos Bambuco que visitaba, cerca de la plaza de Bolívar, me encontré con el único álbum que pude encontrar de ella prensado en Colombia: ¿Who knows where the time goes? La preocupación estética y moral por la condición del tiempo entre los hombres que impregna mi poesía viene de allí. Compré cinco o seis ejemplares de ese disco y los regalé. Mi amigo Jorge Bustamante cuando se fue por primera vez a Moscú a estudiar geología, en agosto del 71, se lo llevó. Después se lo robaron allá. Había presentado examen en la Facultad de Filosofía de la Nacional pero nunca entré (aunque guardé el cupo dos semestres consecutivos). Lo único que hice fue obedecer al sentimiento que había en el aire, por lo menos entre mis amigos: optar por un desarraigo, por un exilio profesional. Jorge se fue a Moscú. Ponto Moreno a París. Rafael Rodríguez a Buenos Aires. Yo me quedé para siempre rezagado en ese sentido, aunque en 1973 apliqué para una beca en la Universidad 17 de Noviembre, de Praga, para estudiar cine. No la gané. Me rechazaron cortésmente en inglés. De pronto si hubiera vivido en Praga cinco o seis años no habría, tal vez, escrito poesía. Praga sigue siendo una de mis ciudades míticas, el imán adonde se van mis pensamientos de hierro. La ciudad de Kafka, la ciudad del señor Corneja, que es lo que significa Kafka en checo. Era un lector ad honorem, sin empleo y sin un peso, que debía empezar a trabajar para ganarse la vida. Pensé estudiar idiomas para enseñarlos. Estudié francés en la Alianza e inglés en el Colombo. Obviamente, siguiendo la pauta de lo que siempre he hecho en mi vida, no me gradué (en sus bibliotecas disfruté a Marianne Moore, Emily Dickinson, Robert Lowell, Marcel Proust y en su cine vi gran parte de La nueva ola). Desde entonces no he dejado de estudiar un solo día, no solamente el francés y el inglés sino los que vinieron a agregarse después, como el italiano, el portugués y el alemán. Aunque no haya dado una sola clase como era mi intención. Realmente no paga. No solamente quería dar clases, por supuesto, sino quería leer las literaturas escritas en esos idiomas. Viendo, por ejemplo, la biblioteca de Nicolás Suescún entendí que sí quería que me prestara libros tenía que aprender otros idiomas. Nicolás hablaba en francés, inglés o alemán, con algunos antiguos clientes, o con extranjeros que frecuentaban, la mítica Buchholz de la Jiménez con Octava, que él mismo había manejado antes de irse becado a Paris y luego a Berlín. Había leído alguno que otro cuento suyo publicado en los diarios sobre esta Bogotá que tanto hemos querido. No recuerdo cómo lo conocí. Tuvo que haber sido por la época en que fundó, con Camilo Delgado, la Librería Extemporánea. No recuerdo tampoco quién me los presentó. Dejemos este punto a un tercero. Me arraigué gracias a ellos, crecí gracias a su generosa e inconcebible amistad que aun me honra, Nicolás y Camilo siguen siendo dos de mis mejores amigos. Para no hablar de lo que he aprendido con ellos como lectores, cinéfilos y melómanos… Uno puede, por supuesto, leer más rápido un idioma si lo habla. Conmigo ha sucedido que, como no tengo la oportunidad de practicar los que conozco, se me ha olvidado hablarlos. Me he quedado en el nivel de lectura, que realmente es el que, a la larga, me importa. Aunque Derek Walcott en Barranquilla no podía salir del asombro de encontrarse con su traductor al español en Colombia y no poder conversar con él. Un día de noviembre de 1973, entré a la librería El Lago, que era uno de mis sitios preferidos en ese momento en Bogotá, y donde logré comprar Fantasmas de lo nuevo, de Ray Bradbury, que me marcó mucho. Me estuve toda la tarde. Al salir me encontré en un quiosco de periódicos, debió ser en El Vespertino, con la noticia de que había muerto en Venecia Ezra Pound, de quien conocía poemas en antologías y a quien admiraba mucho. No sé qué sucedió pero me dije: “Yo también puedo hacerlo” (no morir, por supuesto, sino intentar escribir. Aunque morir y ser enterrado en Venecia es toda una incitación…). Volví a escribir, no de una manera automática, obedeciendo no ya a la dictadura del proletariado, sino, de algún modo en el recuerdo, a la dictadura de las chaquetas de terciopelo de André Breton, que es un escritor que me sigue gustando muchísimo. Precisamente con la traducción de un poema suyo gané un Premio de traducción de poesía francesa hace dos años. Tenía en esa época mucha fuerza la poesía conversacional, los poemas largos de Ernesto Cardenal, que de alguna manera y por descuido estuvieron entre mis preferidos en ese momento. Pero más lo estuvo José Lezama Lima. Leí su poesía hermética durante años, un volumen cubano que recogía todos sus libros publicados hasta ese momento, que Jorge Bustamante trajo de Moscú en febrero de 1974, cuando vino a visitar a Olga, su novia, y que me dejó cuando volvió a Rusia en octubre de ese año. Leyéndolo todo se me volvió un Enemigo rumor, una Rapsodia para el mulo. Averigüé el teléfono de Juan Gustavo Cobo Borda para mostrarle unos poemas ya que me gustaban algunos de los suyos. Hable con él, me dijo que le dejara los poemas en la librería (la Buchholz claro está, la de la Jiménez) pues él pasaba los jueves a recoger correspondencia y que lo llamara en veinte días. Con mucha expectativa lo llamé. Me dijo que le gustaron mucho y que iba a sacar algunos. La primera vez que publiqué fue en la legendaria revista Eco, todo un honor (ojo, no vaya a ser que al levantar los textos pongan horror). Y ahora permítaseme hacer una confesión: me eduqué en Eco por cinco pesos mensuales. No fui el único. Era fascinante. Todavía recuerdo con devoción el número dedicado a Hölderlin. Su desaparición a mediados de los ochentas es algo que todavía encuentro inverosímil por intolerable. La tengo casi completa. Siempre vuelvo a ella: ayuda mucho la selección y el índice que hice de esta revista y que Colcultura publicó en 1975 dentro de su serie “Las Revistas”. En 1978 entro a Colcultura como Corrector de Pruebas de la División de Publicaciones. Me encontré con los autores y los libros que estaban publicándose en ese momento: la Biblioteca Básica, la Colección de Autores Nacionales…. Fue una gran oportunidad para conocer a muchos de sus protagonistas. Ernesto Volkening, por ejemplo. Ahí me publican, en 1981, mi primer libro, Recordándole a Carroll, que venía escribiendo desde 1974. Cuando lo vi lo primero que sentí fue incredulidad. Pensé que eso le pasaba sólo a los escritores consagrados. Yo me sentía un amateur, y todavía me siento muy cómodo en esa categoría que equivale al peso gallo en el boxeo, para usar un símil ocioso y poco imaginativo. La primera persona, que yo recuerde, que escribió algo sobre mi poesía fue, José Luis Díaz-Granados en las Lecturas Dominicales de El Tiempo. Escribió una nota desmesurada. En 1987 entro a trabajar a la Biblioteca Nacional como investigador al cerrarse la oficina de publicaciones de Colcultura, de la que fui su último director. Se dio la oportunidad de trabajar en el sitio donde yo había querido trabajar siempre porque era estar con libros pero no tener que hacerlos. La Biblioteca Nacional me permitió conocer una Colombia desconocida para mí en ese momento. Al ser una biblioteca patrimonial que se alimenta del depósito legal, pude acceder a, lo que llamo “la gesta cultural colombiana”: libros, revistas, periódicos. Y apreciar y valorar esta tradición: he aprendido a querer este país desde allí. Al año siguiente mando El viento en el puente al Concurso Iberoamericano de Poesía Octavio Paz, convocado por Proartes de Cali. Me lo gané. El premio, fuera de la plata (que me la dieron en dólares) fue para mí poder aterrizar en Cali una tarde y recibir esa brisa cálida en la cara. Fue lo más lindo. Y poder conocer a José Emilio Pacheco, a quien ya había tenido la oportunidad de escuchar en Bogotá, y a quién consideré y considero todavía por ser el hombre más tímido del mundo, y eso ya es mucho decir… El premio también contemplaba la publicación del libro. Nunca se hizo allá y vino a publicarse en la Universidad Nacional, dos años después gracias a Santiago Mutis. En 1993 sale En alabanza del tiempo, que es el más corto de mis libros sin duda alguna. Algunos de los poemas que hay ahí son de los que más me gustan. En varios de los poemas sobre el lenguaje, el tiempo y la imagen (son mis recurrencias en casi todo lo que escribo, claro que hay otras pero yo soy muy terco) logré ahí una concisión, imágenes para hablar de la imagen. Por otro lado, es el libro con más erratas que me han publicado. Los noventa son la década en que me dedico a traducir, debido a la posibilidad que había en ese momento en algunas editoriales colombianas, como El Ancora y Norma. Traduzco a Ziraldo Alves Pinto, Rubem Fonseca, Maria Isaura Pereira de Queiroz y Vinicius de Moraes, del portugués. A Derek Walcott, del inglés y Charles Baudelaire, del francés. La experiencia fue un enriquecimiento del limitado español que manejaba hasta ese momento y de los idiomas respectivos. En la medida en que tienes que buscar sinónimos, equivalencias, modos, manejos, vas encontrando que enriqueces el vocabulario tanto del idioma del que traduces como al que traduces. La traducción es una experiencia mística también. Tiene que ver con la trasmigración de las almas. Dado que de alguna manera cedes tu voz para que hable el otro. Es una buena manera de trabajar. No es una cuestión puramente intelectual sino emocional. Si el alma se encuentra en alguna parte es en la voz, y no en el corazón, que según John Tavener debe ser sólo el asiento de la oración secreta que sólo la Divinidad conoce. En 1999 aparece, publicado por Claudia Cadena, Para otras voces. Este es un libro más interior donde la pauta es la economía y la abstracción de los temas recurrentes. Lo que al principio fue un modelo, la poesía conversacional, después me aburrió profundamente.

Extrañaba las imágenes y las metáforas, nada menos. El paisaje sabanero es el telón de fondo de mi imaginación y de la imaginación de mis versos. Y es el motivo, a la larga, de casi todos mis poemas, aunque a simple vista muchas veces no se vea. Yo me considero en verdad, así como hay pintores de pájaros, un poeta de la naturaleza. Desde los pintores de la sabana, como Roberto Páramo, José María Zamora, Fidolo González Camargo, Ricardo Borrero, Eugenio Peña (abuelo de Nicolás Suescún), para terminar con María Cristina Cortés, he aprendido a reverenciar este paisaje, que desaparece lentamente… En casi todos mis libros publicados hay un poema sobre mi padre, quien fue el que, indirectamente, gracias a la pequeña biblioteca de autores románticos que poseía, me invitó a la lectura y, posteriormente, a la escritura. Victor Hugo, De Vigny, Bernanos me impresionaron profundamente. Como lo harían más tarde Los hermanos Karamazov de Dostoievski. Lo que buscaba en ese entonces en la literatura era intensidad. Ahora busco, tal vez, la mesura. He agudizado las herramientas al servicio de lo que veo (debo aclarar que estoy muy miope). Los temas se repiten casi a propósito en mis poemas. Es como elaborar un poliedro para hablar siempre de lo mismo, logrando, al mismo tiempo, acceder a eso mismo con nuevos poemas. Guardando las proporciones, en términos cinematográficos es como el plano fijo de ocho horas del Empire State que filmó Andy Warhol. No tengo la capacidad de buscar temas, porque no encuentro que la diversidad sea una profundidad en sí misma. Siempre escribo el mismo poema. Ahora acaban de ser recopilados todos mis libros, mas el inédito El color de lo blanco, en la Universidad Nacional, bajo el título Seis libros y uno menos. Cualquier obra reunida podría llamarse “Panorama desde el puente”, ya que debe permitir observar esa acumulación contrapuntística a la que, al fin y al cabo, de manera consciente o no, se reduce toda obra. Tal vez sea una visión muy orgánica del asunto. Pero en términos sentimentales, y parodiando a Glenn Gould, el libro terminaría aceptando la naturaleza melancólica de mi propio don, si es que podemos llamarlo así. Creo que seguiré escribiendo mientras me divierta con lo que hago, y debo aclarar que me divierto mucho y melancólicamente…”.

Esto fue lo que conversamos toda una mañana del mes de junio (2005) con Álvaro Rodríguez-Torres, frente a una ventana de la Biblioteca Nacional que da al Parque de la Independencia, donde los árboles, mojados por el aguacero, los paseantes que se resguardan bajo sus paraguas de colores, las parejas que de cuando en cuando se detienen para mirarse a los ojos, decirse lo mucho que se quieren y darse un beso, no siempre son los mismos.

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Edición No. 135