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Relatos

Alfonso Carvajal

1. La marcha de Napoleón

Era un joven Napoleón. Su único contacto con el exterior, resplandor eximio, era una marcha solemne que practicaba con regularidad en un andén populoso de la avenida Chile. Una espada de madera terciaba el cinto y la mano derecha apretaba con dureza su solitario corazón. Su barba tenía el color del ébano revuelto.

Detrás de un rostro curtido por el sol se percibían hondos rasgos de una belleza de lujo. El viento corría su melena negra sobre sus hombros de príncipe descompuesto y miraba las nubes como lejanas amigas aferradas peligrosamente del cielo.

Valery dice que el verso es una danza y la prosa una marcha, que “la forma más alta de la prosa es el discurso”; la expresión más augusta de Napoleón era la marcha. Su sencillo, público ritual, no abarcaba los diez metros. Sus pasos iban del punto A al Z, del principio al fin y viceversa. Nunca supe si realizaba un calentamiento, o la caminata dudosa de la eternidad. Su alter espectáculo duraba alrededor de una hora, mientras la gente se arremolinaba curiosa, sorprendida, esperando un inusitado desenlace.

Su mirada impasible se refugiaba en el infinito, donde posaba vehemente sus grandes y hermosos ojos negros. Nunca dijo nada, sólo marchaba. Al principio lo hacía lentamente como el nacimiento de la mañana; con el transcurrir de los minutos aceleraba el paso y sus pies chocaban contra el suelo arrancando chispas.

El final de la faena era espeluznante. Napoleón marchaba desaforado, estruendoso, como si en su interior librara una terrible y definitiva batalla. De repente, se detenía y caminaba tranquilo a cualquier lado. No era la felicidad, sino un vacío total el que parecía embargarlo, desocuparlo.

Napoleón poseía la figura, apariencia de un prosista, de un marchista consumado, pero lo movían las fuerzas ocultas de la poesía: la fragmentación, la irracionalidad de la imagen, los certeros golpes y formas de un círculo. En el fondo tenía el ritmo de un poema, cerrado en sí mismo.

Cuando volvía sudoroso sobre sus pasos, éstos eran seducidos por los movimientos anárquicos de la danza, del poema. Movimientos que lo sumergían en un fluir infinito de imágenes y en el silencio que nunca profanó.

Muy cerca de allí. Vi uno de los innumerables jardines sin flores de la ciudad; largos eucaliptus y un rosal agreste adornaban ese bosque oculto, hasta ahora inadvertido. Una noche, Napoleón salió de su refugio. No tenía prisa, los ojos rojos de búho fugaz y caminante iluminaron como luciérnagas la avenida. Sus manos llevaban una horqueta que sostenía el puro de marihuana más grande que yo haya conocido.

2. El bosque de Caperucita

De las calles subían columnas de niebla develando los nacientes tejados rojos de las casas. Los edificios emergían como gigantes de concreto inmóviles, blancos y grises.

La luz del sol comenzaba a pintar la ciudad con fragmentados brochazos. Aquí una fachada, un parque. Allá una calle, un zaguán anónimo. En el oriente las faldas verdes y bostezadoras de las montañas.

En la carrera Séptima con la calle sesenta y seis, existió -ahora es un gigante esqueleto de cemento-, uno de los jardines sin flores más inquietantes de Bogotá. Era una manzana completa. Sorprendía el verde intenso de sus pastales, de sus numerosos pinos enormes cuyas ramas tupidas y alargadas daban el aspecto de un auténtico bosque misterioso, donde caminan siempre los personajes mágicos de los cuentos de la infancia.

El lugar estaba cercado por una muralla de ladrillo, que desmoronaban el tiempo y el abandono. Afuera me detuve muchas veces a mirar el encanto de su paisaje; a evocar y recrear el encuentro del lobo y Caperucita Roja, en esos follajes repentinos que forman la memoria de la niñez. Por conservar intacta esa nostalgia primera, no me había atrevido a cruzar el umbral: una verja de color negro, que esa mañana chirrió como el saludo oxidado de los tiempos remotos.

Cada paso me pareció una profanación. También el ingreso al territorio vedado de los deseos realizados. En la antigüedad las iniciaciones o ritos tenían como escenario bosques densos, fabulosos en misterios, que servían de puentes al más allá. La entrada al Hades se hallaba precedida por árboles espesos, confusos, enmarañados.

Caminé hasta la boca del lobo, del bosque. Por entre la cima de los árboles bajó un chorro de luz dibujando un círculo perfecto de claridad. Pensé en Caperucita Roja. Esas tres páginas de Perrault me han intrigado toda la vida. El temblor del erotismo y la imagen de una violación carnal ambientan los fondos psicológicos del drama. Ese inolvidable saludo del lobo astuto, marrullero, actor de primera línea; y la niña ingenua, apabullada, amateur en las lides de la vida -que Doré dibuja sensual e inocente-, me atraen con avidez. Despiertan en mí sentimientos eróticos más que de compasión y ternura.

Imagen y palabra, desatan dudas sobre el hecho fantástico en sí. La niña con la canasta llena de cereales, panes y frutas; y el lobo vestido la piel de dandy con sus protuberantes colmillos blancos semejan un sátiro, no un criminal. ¿Por qué no la devora en medio del bosque? Se dirá que es una fábula, no un relato pasional. Los autores de estos cuentos mágicos, juntan animales y seres humanos en sus historias que pueden simbolizar secretamente las bajas pasiones de los hombres; que en el siglo XVII estaban más veladas y refundidas en el inconsciente social.

A lo mejor Perrault quiso escribir un cuento erótico, donde el deseo feroz del lobo seduce a la belleza y a la inocencia. De ese enmascaramiento, de ese juego literario y metafórico, sobrevive uno de los más excitantes relatos infantiles.

Volvamos al bosque. ¿Por qué dejar a Caperucita de postre, y no como manjar principal? Sus carnes rosadas, tiernas, jugosas a la mirada del lobo, merecían ser un bocado de reyes. Estos interrogantes, desvaríos del presente, todavía no hallan respuestas que me satisfagan a plenitud. Allí, la grandeza literaria, y los numerosos caminos que abre para la eternidad.

Existe una decisión más humana en el lobo, que prefiere consumar sus deseos en la cama de la abuela que en la maleza: su hábitat natural. Esta perversión se aleja de la oportunidad de la sorpresa que caracteriza a los seres salvajes del bosque. Lo aproximan al espíritu calculador y frío de un seductor.

El final es enigmático. Multiplica posibilidades a la sana especulación. El lobo aguarda a la niña en el lecho de la abuela. En el texto original leemos: “Caperucita Roja se desnudó y fue a meterse en la cama”. Esa desnudez innecesaria, precipitada en la lógica del relato, es más la voluntad del pecado que la inocencia de un desliz casual. La niña deja el pudor de sus ropas en el suelo, atraída por las deformidades de la presunta viejecita, que no son más que los miembros y órganos ampliados del deseo y mete su cuerpo virgen en el bosque del lobo. El lobo no obliga a la niña, la seduce, la tienta con el timbre poderoso de sus palabras y su fenomenal figura. Caperucita Roja no es ciega ni sorda; juiciosa camina a una terrible curiosidad, al deseo disfrazado de lobo.

Hasta aquí el ámbito erótico del cuento. Luego vendrá el final real, la fábula moral. Lo que nos contaron de niños: “El malvado lobo se arrojó sobre Caperucita Roja y se la comió…”

El helaje de la duda me sacó de la ensoñación. El aire tenía un silencio sospechoso. Vi los pinos gruesos subir verdes hasta el cielo azul y redondo, vi las nubes pegadas en el cielo como manchas de un óleo fresco. Vi el maravilloso bosque incógnito en la ciudad. Un ánimo inefable cayó sobre mí unos instantes; después sentí el vacío efímero de la felicidad, de un secreto casi resuelto. Salí al umbral. Miré atrás al bosque como el fondo de mis sueños, y cerré la verja de color negro apagando la mañana.

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Edición No. 135