N O T A S – Perspectiva feminista; Homenaje a Leonor Gallego; Las luchas de las mujeres
La perspectiva feminista de la filosofía (por: Victoria Camps). La filosofía no tiene género. Con esta afirmación lapidaria sólo pretendo decir que me parece equivocado creer que podemos deslindar una manera de hacer filosofía masculina de otra femenina. Lo que sí existe, en cambio, es una filosofía feminista realizada en casi su totalidad por mujeres. Y se observa también una característica destacable: la cada vez mayor presencia de mujeres en los estudios de filosofía ha propiciado una deriva de la filosofía general hacia posiciones que de un modo u otro tienen que ver con las reivindicaciones feministas.
Un ejemplo de lo que digo es la llamada “ética del cuidado”. Surge de la crítica de la psicóloga Carol Gilligan a su maestro Kohlberg a propósito de la interpretación que éste daba al trabajo empírico sobre la evolución de la conciencia moral en la infancia. A partir de la publicación del libro de Gilligan, In a Different Voice, y tras una primera etapa de debate y malentendidos en el interior del feminismo, el cuidado ha pasado a ser una categoría aceptada y tan necesaria que ha dado lugar a la creación de una teoría ética específica, la ética del cuidado. ¿Se le habría ocurrido a un hombre destacar el valor del cuidado y la necesidad de cuidados en nuestro mundo? Seguro que no. Sólo a partir de las vivencias de una mujer se podía caer en la cuenta no sólo de que cuidar es una obligación moral, sino que, por el hecho de serlo, es un deber universalizable. Una constatación que subvierte una vez más las dominaciones intrínsecas al patriarcado y nos obliga a repensar el principio de igualdad.
Aunque la filosofía feminista sea un reducto aún demasiado femenino, lo que se ha hecho en ese terreno trasciende las diferencias impuestas por el género. Las mujeres filósofas ya no pueden sustraerse al peso y la densidad del pensamiento feminista. Para ellas, hacer filosofía hoy es combatir la perspectiva androcéntrica. Falta que el giro feminista sea asumido por la filosofía en general.
A nuestra maestra, Leito (por: Marta Cecilia Betancur G.; 5 de marzo de 2020). Hace 8 días falleció nuestra querida maestra Leonor gallego, Leito, como cariñosamente le decíamos. Representó para nosotras un símbolo de la capacidad de la mujer para lidiar con eficiencia las complejidades de un mundo académico y laboral de altas exigencias y de espíritu competitivo, en una época en que pocas mujeres tenían acceso a la docencia universitaria y, menos aún, en el campo de la filosofía. Ella abrió un camino, mediante el ejercicio filosófico constante, riguroso y disciplinado, a la vez, que, con su ejemplo y compañía, trazó una ruta de trabajo a las posteriores generaciones de mujeres.
Desde muy joven seguí de cerca su periplo, la adopté como tutora y me dispuse a aprender de ella; me invitó a estudiar a Platón, me sedujo con la antropología filosófica y la filosofía del lenguaje, campos del saber que dejaron una semilla que aún sigo cosechando. Después, las afinidades compartidas me invitaron a conservar su compañía, pues compartíamos dos vocaciones: el gusto por los estudios filosóficos y el amor por la educación. Con ella cultivé el cariño y el respeto por los estudiantes, la persistencia incansable en el estudio y la investigación, y hasta una disciplina un poco rígida.
Por siempre fue generosa con su sabiduría. Hasta hace muy poco nos impresionaba con su curiosidad por el saber y la goma por los adelantos de la tecnología; tenía acceso al último modelo del computador, el celular y el libro electrónico; a comienzos de los 90, era la primera en llegar a la clase sobre el manejo de Windows; estaba al día en los avances de la ciencia y de la tecnología sobre inteligencia artificial, a la que miraba con respeto, pero con los reparos propios del humanista que concibe la necesidad de límites éticos y antropológicos al desarrollo sin control de la ambición y la soberbia omnisapientes.
Siendo una persona mayor me acompañaba a los seminarios y al semillero de investigación, donde impactaba a los jóvenes con sus reflexiones críticas y sus preguntas inquisitivas. Los chicos se seguían sintiendo a gusto con ella, porque les hacía preguntas que aparentaban ignorancia para provocar la búsqueda de respuestas. Nos conducía en un estilo de debate, que, sin pretensiones, emulaba al Sócrates de sus amores juveniles. Lamentablemente, se negó a escribir para nosotros y para el público académico los resultados de sus estudios y reflexiones. Al final de su trabajo, insistió en hacer las exposiciones orales. Importantes manuscritos pudieron quedar reposando en su oficina de estudio: el resultado de muchos años de lecturas, investigación y preparación de seminarios y conferencias, en una época en que el trabajo del docente no era necesariamente de escritura.
Se mantenía tan actualizada en los asuntos teóricos de su interés como en los problemas sociales y políticos del país y del mundo. La cafetería del 2º piso del edificio Palogrande era el centro de discusión, a la hora del café, donde debatíamos los acontecimientos que embargaban al país y que nos mantenían siempre bajo una espada de Damocles: por allí pasaron el genocidio contra la Unión patriótica, la guerra del y contra el narcotráfico, los alcances del entonces joven gobernador de Antioquia y sus posteriores pretensiones populistas y derechistas, la esperanza en la constitución del 91, el proceso 8000, como también, el incremento y el desgarramiento de la violencia en Colombia. Alcanzamos a sufrir en carne propia los ímpetus del paramilitarismo. Todo esto se constituyó en foco de nuestro dolor y nuestra reflexión. Y Leito siempre estaba al tanto, con una posición asumida, que ponía al frente con vehemencia, pero con argumentos.
Sin embargo, no todo es color de rosa. Leito era muy sería, tal vez demasiado; pero así la queremos. Como mujer exigida por las circunstancias de una época – las décadas de 1970 1980 y 1990 – cuando se requería fuerza para abrir nuevos caminos, tenía gestos de rebeldía y desobediencia ante las imposiciones de la sociedad y del mundo laboral; era crítica con las costumbres y las prácticas de dominación y discriminación de la mujer, nos dio ejemplo de combate académico y social y no sólo nos enseñó a valorar y a hacer respetar nuestro trabajo, sino que nos acompañó en esas luchas.
Por todas estas experiencias transitadas no nos queda más que dar las gracias por el gusto de las enseñanzas aprendidas y del cariño compartido.
Una reflexión en torno a las reacciones contra las luchas de las mujeres (por: Ana de Miguel Álvarez – Universidad Rey Juan Carlos Madrid). Reflexiones en torno al libro de Bravo Villasante. La máquina reaccionaria. La lucha declarada a los feminismos. Valencia: Tirant Humanidades, 2019.
Suele decirse que la filosofía lo mueve todo, pero, a decir verdad, desde los tiempos del querido Parménides la filosofía ha utilizado todas sus armas conceptuales, que no son pocas, para tratar de legitimar el no movimiento de las mujeres fuera del área que le asignaron los padres fundadores: el espacio de lo privado. Privadas de medios materiales y simbólicos para sobrevivir sin el tutelaje de los hombres las mujeres hemos tardado miles de años en llegar a formar parte de la autoconciencia de la humanidad.
En la actualidad, la filosofía feminista, la perspectiva feminista no es una más entre otras, es una perspectiva ineludible si la filosofía aspira a comprender e interpretar el momento actual, una encrucijada de caminos para la humanidad. Celia Amorós ha distinguido entre tareas deconstructivas y reconstructivas de la filosofía para señalar que las primeras son aún hoy día las prioritarias. Las tareas deconstructivas han tendido a investigar los sesgos androcéntricos de los discursos del pasado, con toda lógica y necesidad, pero hace ya algunos años que las filósofas se han fijado en nuestro presente para identificar una nueva reacción patriarcal frente a los avances planetarios del pensamiento y la acción feministas. En este contexto queremos comentar algunos de las aportaciones de una obra reciente de la joven filósofa María Ávila Bravo-Villasante.
Decía Virginia Woolf que estudiar la historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres podía ser aún más interesante que la propia historia de las luchas feministas. Tal vez exageraba un poco pero como siempre nos llama la atención sobre algo de lo que está siendo testigo: la oposición reiterada de los hombres –que sólo hombres había en el parlamento, el gobierno y la judicatura en su tiempo- al derecho al voto y a los derechos civiles y políticos de las mujeres.
Pongámonos en su lugar: en aquellos tiempos la reacción se podía ver de manera cristalina. Las mujeres forcejeando cuerpo a cuerpo con la policía, las mujeres en las cárceles. Sólo por solicitar el sufragio. Y, sin embargo, qué poco ha querido la filosofía pensar los motivos y raíces profundos de esta oposición. Poco eco ha encontrado en los filósofos el interrogante lanzado por Olympe de Gouges, “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta; por lo menos no le privarás ese derecho. Dime, ¿qué te da imperio soberano para oprimir a mi sexo?, ¿Tu fuerza? ¿Tus talentos?”
La máquina reaccionaria da un sólido paso para paliar esta laguna. En su libro la autora sobrevuela las diferentes y variadas oposiciones históricas a las reivindicaciones de las mujeres para centrarse en la contemporánea. Pero es su conocimiento del pasado, de los argumentos y estrategias que se utilizaron en otras ocasiones para frenar las demandas de las mujeres, la faculta especialmente para analizar el presente. Una Reacción con mayúsculas. Más densa y pegajosa que la que analizara Susan Faludi en la década de los ochenta.
Reaccionar es, sobre todo, tomar nota, darse cuenta de algo. En este caso reaccionar es darse cuenta de que las mujeres, como sujeto político, tienen planes. Y no precisamente sobre la decoración del salón, Tienen planes para este mundo, planes para cambiar el rumbo de este mundo nuestro. Y, es importante señalarlo, las mujeres tenemos planes en un momento histórico en que se nos quiere hacer creer que no hay alternativas. Que no hay alternativas a la sociedad globalizada neoliberal y patriarcal. A un futuro transhumanista marcado por crecientes desigualdades.
La reacción se presenta con dos caras muy distintas. Una es la posición conservadora, una vieja conocida que sostiene que todo cambio es peligroso y la duración de las instituciones patriarcales un valor en sí misma. La otra reacción, que Amelia Valcárcel ha visualizado como un conjunto de Caballos de Troya depositados en la cosmópolis feminista, es más difícil de identificar. Es una reacción que se presenta con ropajes transgresores, pero que tal vez no va mucho más allá de una transgresión de corte individualista y estetizante. Un discurso cuya ontología ética y política reivindica el fluido, la flexibilidad, la fragmentación, la parodia. El neoliberalismo lo ha captado al instante: que fluyan los salarios, los empleos y los viejos derechos. Bravo-Villasante reivindica el pensamiento crítico y la hermenéutica de la sospecha: ¿cómo es posible combatir un sistema de dominación ancestral desde la fragmentación? Todo lo que las mujeres han logrado conquistar lo han hecho desde valores sólidos, a través de relaciones humanas y organizativas fuertes. Hace ya mucho tiempo que las mujeres hemos declarado nuestra voluntad de emprender un proceso constituyente y firmar un nuevo Contrato Social. Pero, tal y como analiza en su brillante ensayo la autora, la respuesta reactiva no está siendo frontal. No se critica el feminismo, al contrario, se acogen sus demandas, pero se vacían de contenido. Asistimos con perplejidad a la banalización del feminismo como mercancía de moda y de consumo. A la relativización de un sólido discurso emancipatorio, al “hay tantos feminismos como mujeres”. El feminismo como un saco sin fondo que se adapta a todas los momentos, gustos y tallas. El feminismo a medida. ¿A medida de quiénes?