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Rubén Sierra y la responsabilidad social del escritor

En el año de 1975 se realizó el primer foro Nacional de Filosofía en Pasto, al que asistimos muchos de quienes durante aquel año iniciamos nuestros estudios de filosofía, en las pocas universidades de Colombia que por entonces ofrecían tal disciplina en su oferta académica. Por muchos años, los foros nacionales fueron la actividad académica más importante que se hacía en el país, cuyos protagonistas y expositores eran los más reconocidos profesores universitarios de la disciplina. Sus intervenciones y discusiones animaban las reuniones y contagiaban a los jóvenes asistentes de la pasión por las ideas y los debates. Rubén Sierra Mejía fue uno de esos animadores, presente en casi todos los foros realizados desde entonces, en distintas universidades, hasta años recientes. Sobresalía por su figura patriarcal y un hablar pausado, su cuidada argumentación y la claridad en la comunicación de sus planteamientos. Era gran conversador, y las tertulias con él transcurrían entre el apunte severo sobre alguna lectura, un problema político coyuntural del país, un asunto cultural o alguno de sus múltiples proyectos, y la nota jocosa e irónica que siempre iba consigo.

Algunos recuerdos

Durante su vida académica Rubén Sierra mostró una especial consideración por la provincia caldense, que también fue la suya, y sentimos, desde la Universidad de Caldas, un apoyo e impulso constante, gracias a los cuales debemos gran parte de nuestro desarrollo institucional y académico. Cuando regresó de sus estudios de posgrado en filosofía en Alemania, hacia 1966-67, se vinculó como decano y profesor de la facultad de filosofía y letras donde cumplió un vital papel innovador de la filosofía en Caldas, sobre todo porque comenzó a crear el ambiente para superar el estudio puramente escolástico y doctrinario del pensamiento filosófico y en lugar de manuales, impulsó el examen de las fuentes directas de ese pensamiento, al menos de las asequibles en español. Además, trajo profesores de Bogotá, entre ellos Guillermo Mina, fallecido también en el año 2020, y Javier Vélez Acosta.  Por sugerencia de éste último se incorporó el estudio regular de cursos de literatura en el pénsum, para que su dedicación no fuera solamente eventual.

De los cursos orientados en su ejercicio docente en la Universidad de Caldas el tema que lo sedujo fue el de la antropología filosófica, al que también después dedicó cursos en la Universidad Nacional. De ellos surgieron, según él mismo afirmó, algunos artículos incluidos en su primer libro Ensayos Filosóficos (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1978). Tanto por el tema, como por los autores trabajados se supone, de manera fundada, que recibió el influjo directo de su maestro y amigo Danilo Cruz-Vélez. Hablar de antropología filosófica en aquella época era estudiar a uno de sus pioneros, Max Scheler, como también a algunos ensayistas latinoamericanos como Francisco Romero y José Eusebio Caro. A ellos les dedicó sendos escritos, advirtiendo que el de Max Scheler fue como un despedida del tema entre sus intereses académicos y los dos últimos como la muestra del interés por los temas latinoamericanos, que nunca abandonó (Entrevista, 2010, p. 200). En particular el ensayo La idea del hombre de José Eusebio Caro, inicialmente había aparecido en 1968 en la Revista Siglo 20 de Manizales, una influyente publicación universitaria liderada por estudiantes y profesores de Derecho y Filosofía (entre 1963-1969), y en la que Rubén Sierra también publicó la traducción de un artículo sobre el Tractatus de Wittgenstein, autor que apenas se estaría conociendo en Colombia.

Se sabe que él es considerado uno de los introductores del estudio de la filosofía analítica en Colombia, pero no porque se hubiese adscrito a ella, sino por hacerle justicia a una valiosa corriente de pensamiento dedicada al estudio del lenguaje común e importante herramienta para la precisión conceptual. Un primer artículo publicado en la Revista ECO, en 1977, y sus escritos sobre Russell, Popper y lógica filosófica son apenas los rastros de su legado más importante, haber logrado introducir el estudio de la filosofía analítica en las más importantes universidades de Colombia, cuyos programas de filosofía se mostraban renuentes a incorporarla en los planes de estudio, sobre todo porque era fuertemente asociada con el positivismo más radical. Otro de los grandes impulsores de la filosofía analítica fue Adolfo-León Gómez, de Manizales, quien ejerció la docencia casi toda su vida en la Universidad del Valle. 

Afirmar que Rubén Sierra no era de los filósofos que les gustara convertirse en el seguidor de un pensador o afiliarse a una corriente de pensamiento, es reconocer un importante rasgo de su personalidad como escritor libre, que no tenía ninguna dificultad o lastre dogmático que le impidiera hablar de autores en razón del valor de los problemas que plantean y recursos metodológicos que utilizan; igual el rico vínculo que siempre estableció con la literatura, con la poesía, con el arte en general. Por lo anterior gozó con seriedad, rigor y mucha pasión su oficio de intelectual, abierto a la visión de las cosas que un pensador o un literato nos presentara para ayudar a comprender de manera cada vez más profunda lo que somos y lo que es nuestro tiempo. Incluso, hasta por el mero placer de leer, como afirma en uno de sus ensayos “El placer de la lectura ociosa”, como otra grata manera de acercarnos a los mundos fantásticos donde mejor se tensa y experimenta la convivencia con otros seres.  

Decía que: “Desde que comencé mi carrera académica he estado atento, como pocos, al desarrollo institucional de la filosofía en Colombia y a la producción filosófica en el país” (2003, p. 62). Y entre sus contemporáneos fue, en realidad, el más constante y comprometido con ambas tareas. Rubén Sierra en verdad perteneció a una segunda generación de profesores y filósofos que continuó con la labor iniciada por el primer grupo de los 40 (R. Carrillo, D.C. Vélez, L.E. Nieto-Arteta y C. Betancur) en el proceso de normalización y secularización de la filosofía en Colombia. A parte de esta generación está dedicada la importante compilación de su obra “La filosofía en Colombia. Siglo XX” (Procultura, 1985).

Siempre atento a mostrar maneras de dar sentido al trabajo filosófico entre nosotros, insistió en que si no contamos con una tradición propia está bien echar mano de la que tenemos. Además incorporó el trabajo filosófico en Colombia al estudio de los problemas nacionales y, sin abandonar los problemas disciplinares, irradió tal trabajo al conjunto de la cultura.  

Su labor como editor, director de revistas, traductor, compilador, ensayista, director de la Biblioteca Nacional de Colombia, director fundador de la Sociedad Colombiana de Filosofía (1978), iniciador de los estudios de posgrado en Filosofía de la Universidad Nacional (1978), coordinador del seminario de estudios colombianos, etc., muestran que se trataba de una persona entregada con humildad e incesable dedicación a la más efectiva promoción institucional de la filosofía y a la producción filosófica de sus maestros, colegas y nuevas figuras.

Jugó un papel muy activo para que la Universidad Nacional de Colombia por única vez en su historia, ofreciera su programa de Maestría en Filosofía en la Universidad de Caldas entre el segundo período de 1983 y el primero de 1985. Tuvimos la fortuna de contar en aquella única promoción con los profesores Rubén Jaramillo-Vélez (Teoría crítica), Rubén Sierra-Mejía (Empirismo y racionalismo, empirismo contemporáneo), Guillermo Hoyos-Vásquez (Kant y fenomenología), Gonzalo Hernández de Alba (ilustración francesa) y Ramón Pérez-Mantilla (Hegel).

El ensayista y escritor

Tan rica vida dedicada a la academia y a la cultura estuvo enmarcada por una imagen que desde joven Rubén Sierra prefería cultivar, la de intelectual o escritor libre. Decía, “a mí me gusta más hablar como intelectual que como filósofo y sentirme muy cerca al escritor, al poeta, al científico”. Y ese modo de ser se correspondió de manera armónica con un estilo personal muy propio de manejo elegante, claro y amable del lenguaje para expresar sus ideas, para dar a conocer argumentos o para seducir al lector hacia la preferencia por una opinión. Tuvo claro que si bien no poseemos una tradición filosófica tan sólida como la europea, y que apenas venimos consolidando, con buenos pasos, el desarrollo institucional, en América Latina ha habido otra manera muy propia de pensar los problemas, distinta a lo sistemático, y es el ensayo. Se cree que éste es fácil, pero no, afirmaba Rubén Sierra (2010, p. 218) que “su mismo carácter mestizo, como lo llama Adorno, pone problemas a quien pretenda expresar el pensamiento mediante formas literarias y no sometiéndose a la lógica discusiva. Le crea problemas también al lector que en ciertos temas busca ‘la certeza libre de dudas’ y se encuentra con el escepticismo o lo meramente insinuado, tentativo, aproximativo” (2010, p. 198). La pasión por el ensayo responde al gusto por un tipo de escritura sincera y libre de ataduras lógicas, “no para ganar méritos ante el mundo académico”, ni para demostrar nada, sino por constituir “experiencias de lectura”, de lecturas que lo impresionaron, cuya comunicación terminaba reunida en un libro de ensayos. Sin dejar de mencionar, por supuesto, el reconocimiento que le otorgó al ensayo como la forma más aclimatada en América Latina para la expresión de nuestra realidad en las opiniones e ideas de nuestros hombres de letras. El relato, el diálogo, la expresión poética y el ensayo son los caminos mediante los cuales esos hombres de letras que pensaron lo que somos, se movieron más libremente que lo sistemático y discursivo.

A inicios del año de 1986, la existente imprenta Departamental de Caldas presentó su libro La Responsabilidad Social del Escritor.  En él presentó, con una calidad estilística escasa entre los profesionales de la filosofía, una serie de reflexiones “críticas de la vida cultural” que se centraron fundamentalmente en las actitudes éticas de nuestros intelectuales y escritores.  “La Responsabilidad Social del Escritor” es la recopilación de 11 ensayos aparecidos en las principales revistas culturales y periódicos del País: La responsabilidad social del escritor; Obstáculos a la investigación filosófica en Colombia; Defensa del lenguaje común; Sobre el arte de citar; Simulación y cultura; Industria editorial y cultural en Colombia; Jean Paul Sartre (1905 – 1980); Evocación de Don Miguel de Unamuno; Una nota personal sobre Bertrand Russell; Cayetano Betancur y elogio de la lectura ociosa, este último un corto y hermoso ensayo donde se defiende la lectura por el mero placer que genera y no por su utilidad productiva. Los cuatro primeros mencionados fueron reeditados en Ensayos impopulares, un libro publicado por la Universidad de Caldas en 2002, en el marco del acto de otorgamiento del doctorado honoris causa, por parte de esta institución. En este libro también aparecen tres ensayos inicialmente publicados en la Revista Aleph: ¿Por qué aún las humanidades?, ¿Para quién una revista de cultura?, y El reverso de la luz, además Consideraciones impopulares sobre la cultura, una intervención suya en Cali en el X Festival Internacional de Arte y, finalmente, uno tomado de su libro Apreciación de la filosofía analítica. (Universidad Nacional, 1987) y titulado Lo propio y lo extraño .

La responsabilidad del escritor y Ensayos impopulares constituyen, junto con su primer libro Ensayos filosóficos(Instituto Colombiano de cultura, 1978), y Apreciación de la filosofía analítica (1987), una serie de obras que permiten apreciar muy bien la vocación más perdurable de Rubén Sierra, la de escritor y, en particular, de ensayista apasionado. Además admirado profesor universitario de filosofía, de reconocida honestidad intelectual, riguroso y exigente, pero cálido maestro.   

Entre los ensayos que reprodujo después de más de quince años de aparecido fue Obstáculos a la investigación filosófica en Colombia, y lo hacía justamente para establecer el contraste entre dos épocas, y mostrar que para la década del 2000 habían desaparecido casi todos los obstáculos que se analizaron en la primera ocasión, sobre todo los provenientes de las instituciones del Estado. Éste ya no se mostraba reticente para invertir dinero en programas investigativos; hay más producción filosófica y los profesionales de la filosofía tienen más participación en eventos de impacto nacional e internacional.  Sinembargo, perdura el silencio frente a la obra de los colegas, la falta de crítica sincera y penetrante que ha impedido que entre nosotros se cree un verdadero ambiente público y que la disciplina se incorpore con derecho propio a la vida cultural del país. (2003, p. 64)

“Por su misma naturaleza, todos estos ensayos son de una vigencia muy efímera, pues los problemas a que se refieren son eminentemente circunstanciales” afirmaba su autor en el prólogo de su edición de 1986; sinembargo, aún perduran problemas que afectan profundamente el trabajo de los intelectuales y profesionales de la filosofía, como el que se acaba de señalar, respecto de la falta de crítica y de lectura considerada y atenta de la obra de otros colegas e investigadores de nuestras áreas.

“Si la libertad significa algo, es el derecho a decir a la gente lo que no le gusta” (G. Orwell) es uno de los epígrafes que enmarca parte de sus ensayos e ilustra muy bien el espíritu que los identifica. Las ideas se mueven libremente y, diferente a como aparecen en un escrito especializado, fluyen inspiradas por las convicciones personales del autor con auténtico sentido crítico, el mismo que insistente pedía Rubén Sierra como orientación del trabajo de nuestros intelectuales para superar muchos de los problemas planteados frente a la cultura.

Y hay que mencionar de pasada algunas de sus consideraciones sobre prácticas y hábitos que, sin ser nuevos, aún perviven entre nosotros. La simulación parece constituir uno de los grandes males de nuestros académicos, escritores  e intelectuales; cualquier escrito superficial, síntesis repetitiva de teorías o pensamientos no asimilados convenientemente, con notorios descuidos en el estilo, es publicado o divulgado irresponsablemente en procura de prestigio para su autor, el cual se asimila a mayor cantidad de artículos o libros publicados sin importar la calidad y la honestidad intelectual puesta en su elaboración; actitud acorde con nuestra época donde –como en tiempos de Midas- todo ha de convertirse en moneda de oro. La pose de intelectual, y esto va también para el universitario, parece exigir la ampliación de la irresponsabilidad hasta las actividades cotidianas, personales y laborales. “Quizás este en la base de esa tendencia a la simulación que se observa en la actividad cultural colombiana, el hecho de que nuestro escritor, y en general nuestro intelectual, no se considera a sí mismo un trabajador. Y al querer evadir las obligaciones que se impone el estatus social de trabajador, pretende ser poseedor de unos privilegios que le permiten tomar esa actitud, tan corriente entre nosotros, de ver en su posición de intelectual una forma de comportamiento que no está sometida a ninguna ética sino es la del éxito, así para lograr ésta tenga que recurrir a los más impúdicos y obsequiosos procedimientos”, dice Rubén Sierrra.

Otra actitud, no menos frecuente que la anterior, es el aislamiento del escritor respecto a temas de interés público que lo lleva a encerrarse en su especialidad y a negarse a intervenir en los problemas y productos de su época. Lo que más se espera, precisamente, del intelectual es su participación como orientador de la cultura y su presencia como figura influyente en la sociedad, pero esta conducta importante de responsabilidad social se considera secundaria y de poco beneficio para el reconocimiento que se busca de parte de los especialistas. En lugar de “llegar a la plaza pública”, prefiere seguir produciendo trabajos especializados, en un lenguaje solo para entendidos que “entre más obstáculos ofrezca para su lectura” causa mayor impresión de una profundidad que ni se posee, ni se maneja; tanto se exagera en esta actitud que hasta en la comunicación cotidiana con los profanos, amigos y familiares, el lenguaje común y corriente parece moneda gastada.

Y nada tan efectivo como el silencio público para justificar las murmuraciones privadas con las que se ataca la obra de un colega o de quien sí se atrevió a plantear públicamente sus puntos de vista; atendiendo, por supuesto, criterios de disciplina, rigor y responsabilidad intelectual “… la producción filosófica colombiana queda sin una crítica nacional que mantenga activa la controversia y cree una competencia productiva entre los filósofos; y sin un ambiente crítico y solidario, resulta casi imposible lograr procesos significativos en la calidad de nuestra producción cultural. En realidad el silencio extremo y el encierro autoimpuesto parecen derivar del temor a la equivocación, el extremo opuesto de quienes sin mayores escrúpulos quieren figurar a toda costa. “El escritor tiene derecho a errar en sus apreciaciones, a que su pensamiento sea rebasado por los acontecimientos o por la historia, tiene derecho a que sus escritos sean provisionales, tanteos que sólo buscan abrir camino. Pero no tiene derecho al silencio por miedo a equivocarse pues nunca se está seguro de atinar” y esto quiere decir, qué no importa fracasar si el trabajo intelectual está orientado por la sinceridad y el compromiso con uno mismo. 

Con la muerte de Rubén Sierra desaparece, quizás, el mayor impulsor de la filosofía en Colombia en los últimos 50 años y uno de los más influyentes animadores que crearon un ambiente propicio como nadie, para el estudio de nuestros problemas y desarrollo cultural. Nunca dejó de invitar a ejercer la filosofía con más sentido crítico que académico, convencido de que sería la mejor manera de pensar productiva y comprensivamente nuestra realidad. No creía en el papel consolador de la filosofía, “ni le veía ninguna utilidad para la esperanza”, afirmaba en 1981 (2016, p. 230); paradójicamente lo decía quien hasta los últimos días de su vida trabajó por una visión de la filosofía y la práctica filosófica como conjunto de pensamientos claros que resultan decisivos a la hora de darle claridad al mundo que nos sostiene y de pensar los problemas comunes y públicos.

Referencias

Cruz-Vélez, Danilo y otros. Ciencia, filosofía y poesía. Lecciones en los doctorados honoris-causa 2001-2003. Manizales, Universidad de Caldas, 2003.

Nuestros filósofos no son nuestros genios: insolencias de un disidente. Entrevista de Jhon A. Isaza y Nicolás Duque a Rubén Sierra-Mejía. Praxis Filosófica, Nueva serie, N° 31. Cali, julio/diciembre, 2010;  pp. 187-212

Rubén Sierra-Mejía y el pensamiento colombiano. Entrevista del 29 de marzo del 2020. https://www.youtube.com/watch?v=uc4Ekafh-yg

Reportajes de Aleph, Vol. II. Manizales, Universidad de Caldas, 2016.

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Edición No. 197