Cargando sitio

Presentación: En la edición ¡200! de la Revista Aleph

Cada realización tiene una historia, la real, la por contar y la que se cuenta, como también la que no se cuenta. Las aproximaciones a esa historia suelen dejar vacíos en la memoria y en los acontecimientos. ¿Cómo y cuándo comenzó todo?

Los orígenes de la Revista están circunscritos a un momento de la vida institucional en la Universidad Nacional de Colombia (UN). En 1964 los estudiantes de la Escuela de Ingeniería hicimos una huelga, para conseguir el cambio de un decano, quien actuaba a las 5 de la tarde, y consagrar la continuidad de la existencia de este capítulo universitario en la ciudad, puesto que se pretendía su cierre y trasladar a los estudiantes a Bogotá y Medellín para que termináramos la carrera.  Era un solo programa curricular, ingeniería civil, con no más de 180 alumnos. Seccional, como se llamó, fundada en 1948 en el rectorado magnífico de Gerardo Molina, en un agite regional por tener programas de universidad, con el antecedente de la “Universidad Popular”, proyecto aglutinador de la educación media pública, formulada por Acuerdo de la Asamblea Departamental de Caldas en 1943. Pero que no logra ofrecer programas universitarios. La inquietud seguía palpitando hasta que la dirigencia más motivada de Manizales consigue crear una sede regional de la mano de la histórica UN, como primera institución universitaria en el centro-occidente del país.

Aquella huelga tuvo resultados benéficos. Corrían los meses de mayo y junio de aquel año. La Nacional en Bogotá tenía una honda crisis que llevó al presidente de la República de aquel entonces, Guillermo-León Valencia, a nombrar de Rector a José-Félix Patiño, quien fungía de Ministro de Salud. Asume el cargo en junio del 64. Los insurrectos de Manizales interponemos ante él el recurso de ser atendidos, y en no más de un mes de sus desempeños el asunto se resuelve: el capítulo UN en Manizales se sostiene y se nombra en el Decanato al Ingeniero (de la Escuela de Minas) y Arquitecto de París, Alfonso Carvajal-Escobar, profesional competente con liderazgo cívico. De esta manera se procedió a especie de refundación de la sede UN-Manizales. Y se abrió un nuevo capítulo en la atmósfera institucional, gracias también a que el Rector Patiño nombró a la joven intelectual, escritora, crítica de arte, Marta Traba, para dirigir la Extensión Cultural. De ese modo se crea una atmósfera cultural en la vida universitaria que da espacio para el surgimiento de grupos de teatro, agrupaciones musicales, conferencias, debates, exposiciones de artes. Clima que nos toca en Manizales a quienes teníamos un cierto agite para consolidar ideas y proyectos, con asidero en la Cultura.

Carvajal-Escobar presta atención a las necesidades regionales y crea nuevos programas académicos: Administración de Empresas (diurna y nocturna), Topografía y Agrimensura (carrera intermedia que solo produjo dos promociones), Arquitectura, Ingenierías Química, Eléctrica e Industrial. Se ocupó de recuperar los espacios físicos y de crear nuevas edificaciones, con atención especial por la biblioteca. Tuvo durante ocho años dedicación plena a la Universidad, atento a todos los detalles, con especial acogida y apoyo por las directivas nacionales.

Con el Maestro Carvajal-Escobar los estudiantes activistas tuvimos apoyo para congregar iniciativas y enriquecer la vida universitaria y de ciudad. Creamos el grupo de teatro, con la dirección de uno de nosotros, Henry Cardona; la coral universitaria, con otro estudiante-músico de director, Bernardo Sánchez; el cine-club; periódicos incipientes y rudimentarios en la presentación, escritos directamente en esténciles de sedilla e impresos en rudimentario mimeógrafo. También se cumplieron conferencias con invitados especiales, como aquella un tanto alucinante dictada por el físico alemán Juan Herkrath, por entonces decano de la facultad de Ciencias en Bogotá y una de las manos derechas de Patiño en la reforma. En su intervención se ocupó de mostrar cómo podría abrirse un canal interoceánico, conectando los ríos Atrato y San Juan, aprovechando la energía nuclear.

Creamos con el ambicioso nombre “Departamento de Extensión Cultural”, especie de espacio nominal e institucional para congregar las actividades nacientes, a mi cargo, sin ninguna otra retribución que la satisfacción por las actividades motivadoras y promocionales. Algunos profesores fueron nuestros aliados, de recordar: Jorge Ramírez-Giraldo (IC, charlas sobre fotografía y de música clásica que alternábamos), Rodrigo Arango-Soto (IC, en el cine-club), Alfredo Robledo-Isaza (IC, caminante de los nevados, con charlas y películas de sus andanzas), Armando Chaves-Agudelo (IC, charlas sobre historia de la Matemática y de sus singulares demostraciones geométricas), Bernardo Trejos-Arcila (humanista, catedrático), Jaime Berrío (Licenciado, con asignaturas incipientes en humanidades).

Entre los estudiantes cabe recordar a compañeros en esas lides, además de los nombrados: Hugo Marulanda-López, mi entrañable colega de todo el bachillerato y de toda la universidad, lector y de fácil escritura, con representación estudiantil; Antonio Gallego-Uribe, con intereses en la literatura, en la política y en la fotografía; José Ante, motivado por la música selecta; Hernando Valdés, actor; Ofelia Tafur y María-Emilia Salgado, actrices.

¿Cómo nació, entonces, la Revista Aleph?  Le propuse a Carvajal-Escobar que hiciéramos una revista, con su apoyo comencé a delinear ideas que nos llevaran a consolidar la iniciativa. El Consejo de Facultad integró un equipo conformado por CER, director; Bernardo Trejos y Hugo Marulanda, en la redacción. A su vez, se designó un “comité consultivo y asesor” en Extensión Cultural, integrado por: Alfonso Carvajal-Escobar, Bernardo Trejos-Arcila, Jorge Ramírez-Giraldo y Antonio Gallego-Uribe; como secretario, Carlos-Enrique Ruiz. Luego, en 1971, esta iniciativa se llevó a creación formal en el Consejo Directivo, por reiterada iniciativa de CER.

En aquel año de 1966 yo leía con fruición el libro “El retorno de los brujos”, con el subtítulo de “Una introducción al realismo fantástico”, de Louis Pauwel y Jacques Bergier, donde encontré por primera vez el cuento “El Aleph” de Jorge-Luis Borges que me atrapó. Con la iniciativa de crear la Revista me propuse asignarle el nombre de “Aleph”, la que tomó cuerpo con el apoyo de nuestro “Decano Magnífico” (ACE), quien me pidió que consiguiéramos avisos para su financiación, lo cual se hizo acudiendo a oficinas de ingenieros civiles, algunos de nuestros profesores, con registro al final de la primera edición.  

Por cuanto el cuento de Borges aludía a la teoría de los transfinitos de Georg Cantor, matemático alemán, acudí a nuestro profesor de matemáticas, Armando Chaves-Agudelo, quien escribió la presentación con el título de “Nuestro nombre”, así:

Quizá ninguna teoría haya cambiado tanto la dirección del desarrollo de la Matemática como la teoría de conjuntos de Cantor (Georg Ferdinand Ludwig Philipp Cantor: 1845-1918) y muy especialmente la teoría de los conjuntos infinitos no numerables (sus elementos no son coordinables con los naturales). Y hasta tal punto que puede asegurarse como insostenible la casi totalidad de la Matemática moderna sin la validez de la teoría cantoriana.

Si hay conjuntos infinitos no numerables, y por incapacidad del conjunto de los naturales, en cierta forma podemos pensar en números mayores que el infinito: los transfinitos cantorianos; el primero de estos lo llamó “Aleph” (primera letra del alfabeto hebreo) y hace numerable el conjunto de puntos de un segmento rectilíneo que por bella paradoja es más numeroso que el conjunto de puntos de toda una recta, o de todo un plano, o aun de todo el espacio euclídeo. (*) 

Nuestra Revista se honra con el nombre de ALEPH como homenaje a la ilustre memoria de Cantor, como símbolo de la teoría Matemática avanzada, moderna y fecunda. Al abrigo de la egregia figura de Einstein, en la portada de la primera entrega, pensamos en meta grandiosa de la paciente, antiquísima, perseverante razón humana: La Teoría Abstracta, que podrá llegar a formular, lógicamente, la Ciencia Natural.

(*)  Aclaración:  Un conjunto numerable, como el de los números naturales, tiene como cardinal Aleph cero. Los puntos de un segmento rectilíneo no son numerables y tienen un cardinal mayor denominado Aleph uno. Es posible demostrar que este mismo es el cardinal de la recta, el plano, el espacio euclídeo y el espacio de n dimensiones.  DVR

A su vez, yo escribí un “Editorial” con el título: “¿Qué es eso de… Universidad?” el que, asimismo, reproduzco a continuación:

Entrar a definir la Universidad con cuatro palabras sería una falsa pretensión. Pero sí podemos garantizar que no lo son sus actuales directivas ni tampoco los estudiantes que hoy por hoy colman las aulas de las Escuelas Superiores.

La Universidad es un concepto más general que abarca todas las épocas y todas las sociedades. Es simplemente la asociación de educadores y educandos, unidos bajo el interés común de conocer el mundo y ante todo de adquirir, a través de la Cultura, una imagen de su propia condición, de su propio valer y, lo que es más, de lo que el hombre puede representar ante la realidad que se esté viviendo. Implicados en ideas comunes, el joven entusiasta y el profesor que investiga y profundiza, se lanzan a la conquista del hombre mismo, a salvarlo de los enervamientos crónicos que un inadecuado concepto del tiempo trae consigo. Parangonando este tipo de enseñanza con la utilidad que debe prestar a todos los asociados, podemos decir que la Universidad hasta ahora ha sido el reflejo del medio en el cual actúa.

La historia nos ha dicho que si la sociedad está en crisis, la Universidad también lo estará; si una sociedad evoluciona con altibajos, la Universidad manifestará un estado permanente de inseguridad. Y, además, cuando los dirigentes de la comunidad se dan perfecta cuenta del problema que la Universidad les pone a sus propios intereses, entonces ya entran a jugar papel importante en el desarrollo de la Universidad factores ajenos a los derroteros de la misma institución y en consecuencia los intereses personales hacen de la Universidad un títere del momento político. De aquí se colige la imperiosa necesidad de ver desvinculada la enseñanza superior de todos los factores transitorios y foráneos que mengüen los propios intereses universalistas de la organización docente y discente. Si en determinada época se obtiene desvincularla de esa orientación parcializada que la rebaja de su finalidad suprema, se podrá pedir no que supere a la época, sino que influya directamente sobre ella.

Planteado en esta forma el conflicto Universidad-Tiempo, nos podemos preguntar: ¿y cómo es posible que siendo la Universidad una radiografía del medio y un retrato de las condiciones económicas y políticas en determinado período histórico, vaya a suceder a la inversa, es decir, que la misma Universidad sea la que transforme a la sociedad y le imponga notorias reformas al mismo país, si es que vamos a delimitar ya la Universidad?

La respuesta a este interrogante no es, por lo demás, compleja. Implica a toda costa un cambio de concepto, el caduco de la vieja escuela “doctoral”, por el nuevo que comprende a una organización educativa donde todos los que la integran tienen derecho a intervenir en su realización. Si antes la educación era el síntoma de las circunstancias en que se encontraba la sociedad, hoy la tendencia ha de ser la Universidad como fuente inagotable de transformación.

No se ha de dotar de cánones transitorios sino de preceptos universales que, sinembargo, tengan la elasticidad de los diferentes tiempos en que le va a tocar intervenir. Porque debe entenderse la Universidad como un centro de avances científicos y de perfeccionamientos humanísticos; de ahí que no conociendo nosotros una verdad que podamos proclamar como absoluta y tal vez estándole ella vedada al hombre, su evolución le impondrá cambios para acomodarse él mismo a los nuevos conceptos emanados de una meditación racional que en todos los tiempos se produce, aun con resultados antagónicos a los obtenidos algunas décadas antes.

Con la preocupación por el sentido y vigencia de la idea de Universidad, se reprodujo un fragmento de ensayo del filósofo italiano-argentino, Rodolfo Mondolfo (1877-1976), con el título “La libertad académica y la universidad pública” (1961), en el cual invoca la necesidad de fomentar y preservar la libertad académica, como “libertad de pensamiento y de crítica, de opinión y de expresión para maestros y para discípulos, [con] exclusión de toda filosofía oficial, de todo dogma o credo obligatorio, antes bien, al contrario, exigencia de la libertad del diálogo, de la controversia, del choque de opiniones, de la crítica y de la discusión entre las orientaciones diferentes.”  Concepción que antepone para la formación, en la sociedad democrática, de ciudadanos independientes y responsables, preocupados por el bien social y por el progreso cultural.

En la misma edición se incluyó un artículo de Hugo Marulanda-López sobre “La Universidad Nacional de Manizales. Síntomas de un cambio”, en el cual alude a ese ambiente de apertura creado con la llegada del Dr. Alfonso Carvajal-Escobar al Decanato, a la vez que se ocupa del movimiento estudiantil a nivel nacional, con la regencia de la antes “Federación Universitaria Nacional, FUN”. Da una mirada a las carencias de la que llamábamos nuestra “Escuela”, con el llamado a la planificación de su desarrollo integral en dotaciones físicas de espacios, laboratorios y en servicios de residencias y restaurante para los estudiantes. Señala lo importante que fue el rescate en programaciones de la “semana universitaria”, con liderazgo de los estudiantes, al involucrar actividades culturales y comunales.

En este sentido reseñé, con breve artículo final, la semana cultural cumplida del 23 de septiembre al 2 de octubre de 1966, con el registro de conciertos de la “Coral Mixta Universitaria” (Est. Bernardo Sanchez, director), con la participación de la por entonces “Universidad Católica Femenina”, las conferencias de Alfredo Robledo-Isaza (“Posibilidades turísticas del nevado del Ruiz”), Alberto Londoño-Álvarez (“Las familias instrumentales”), Bernardo Trejos-Arcila (“Raíces biológicas y existenciales de la Cultura”), Carlos A. Valencia O. (charla  ilustrada sobre el Jazz), Germán Rubiano (“Apuntes sobre el arte colombiano contemporáneo”), Juan Herkrath (“La energía atómica y su aplicación en la apertura del canal del Atrato”) y tres conferencias de Hernando Salcedo-Silva sobre la “Apreciación del cine”, ilustradas con tres películas: “La noche” de Antonioni, “Soberbia” de Orson Wells y “Juventud, divino tesoro” de Bergman. Nuestro grupo de teatro (Est. Henry Cardona, director) representó “Las preciosas ridículas” de Molière y la obra moderna “El Escorial” de Michel de Ghelderode. Además tuvimos la visita del grupo de teatro de la UN-Bogotá, dirigido por Carlos Duplat, con la obra  “El basurero” del mismo director. En complemento se tuvo un recital provocador de la poeta Beatriz Zuluaga.

Pero el acontecimiento más intrépido de esa semana universitaria fue la traída y presentaciones de la Orquesta Sinfónica de Colombia, con la dirección del maestro Roberto Mantilla, con financiación aportada por la Federación Nacional de Cafeteros, el Banco de la República y algunas empresas locales. Hubo dos conciertos, el uno en el recién inaugurado “Teatro Los Fundadores”, con las siguientes obras: Sinfonía No. 1 de Beethoven, las “Variaciones sobre temas colombianos” de Pedro Morales-Pino y el Concierto No. 2, para piano y orquesta, de Rachmaninoff. El segundo concierto se cumplió en el inapropiado “Coliseo Cubierto”, de la peor acústica, pero con el deseo de atraer obreros de las empresas financiadoras y público en general. En esta ocasión se interpretaron, de manera didáctica, fragmentos de conocidas obras de la música clásica.

De recordar y destacar el desempeño en la coordinación general del grupo de trabajo (integrado por estudiantes) que cumplió el Prof. Ing. Jorge Ramírez-Giraldo, personalidad sobria y reflexiva, formada en nuestra Escuela de Ingeniería Civil (el discípulo más destacado y predilecto del Prof. Armando Chaves, galardonado como el mejor graduado con beca en el exterior), con postgrado en Alemania, aplicado a la Matemática y a ciencias aplicadas como la Hidráulica.

Ese primer número de la Revista tuvo en carátula una magnífica fotografía de Albert Einstein. Y la intención de esa publicación era la de congregar temas de ciencia, tecnología, pensamiento, literatura. Su contenido comprendió, además de los artículos señalados antes, los siguientes: “Sistema de adjudicación de contratos para obras de ingeniería”, por Rodrigo Arango-Soto; “Código del Ingeniero” (fragmentos); “La cultura, ingrediente de la vida”, por Bernardo Trejos-Arcila; “Última década del arte colombiano”, por Marta Traba; “La música como concepto filosófico”, por Alberto Londoño-Álvarez; “¿Está la música colombiana condenada a desaparecer?, por Samuel-Darío Prieto R.; “El mundo ideal”, por Beatriz Naranjo O.; “Viaje a la ilusión”, por Gustavo Duque F.; “Camilo José Cela”, por Jaime Berrío T.; “El hombre y las cosas en La Vorágine”, por José Chalarca; “Entrevista con el Dr. Juan Herkrath”, por Alfredo Robledo-Isaza y Carlos-Enrique Ruiz (como G. Samsa).

Esa primera edición fue levantada y armada en la Editorial Renacimiento, un apéndice de servicios externos que tuvo el diario “La Patria”, por Pepita Parra, linotipista hija de veterano en ese oficio en el mismo periódico. Los anunciantes que financiaron en gran parte esa entrega fueron ingenieros contratistas: Olaf Gómez-Villegas, Diprocal Ingeniería Ltda., Mejía y Arango Ltda., Estructuras Modernas Ltda., Posada y Londoño Ltda., Uribe y Uribe Ltda. Jaramillo y Mejía-Valenzuela  Ltda., Vélez y Villegas Ltda., Eléctricas Ltda. En complemento: Café Sello Rojo y la ferretería Eduardo Gómez-Arrubla & Cia. Ltda.  En complemento se incorporó en los mismos espacios una publicidad del programas de radio que hice cada semana, durante tres años: “Por los caminos de la música y la cultura”. Programa dominical universitario, producido por el Departamento de Extensión Cultural de la U. Nacional, Manizales, de 11 am a 12 m. Emisora Mariana – HJZF, 1540 Kilociclos”.

La Revista se reanuda con el No. 2, en septiembre de 1971, por paréntesis que tuve en desempeños profesionales y en estudios de postgrado. Nuestro “Decano Magnífico” gestiona ante el Fondo Nacional de Caminos Vecinales la cesión de mi contrato a la UN, donde me incorporo en enero de 1971 a labores docentes y complementarias, en dedicación exclusiva. Una de las tareas que asumí fue reanudar la Revista que sigue en pie, con mi dirección, en estos ya 56 años. En esa reanudación, la Revista estuvo como órgano oficial de la UN-Manizales, hasta el No. 5 (inclusive), producida en junio de 1973. Pero fue censurada por la administración, con el argumento oral de no responder en sus enfoques a la “conveniencia” institucional, en tiempos de un rectorado de ingrata recordación.

La No. 4 la dedicamos a la memoria del Maestro Alfonso Carvajal-Escobar, nuestro “Decano Magnífico”, quien murió en pleno ejercicio de su cargo. Al final de las páginas introductorias, escribí: “En momentos en que se daba cierre a la presente edición de la Revista Aleph No. 4 (junio 20, 1972), muere nuestro Decano, el Maestro Alfonso Carvajal-Escobar, profesional que sirvió infatigablemente a los intereses universitarios por espacio de ocho años consecutivos, como dirigente máximo de esta Sede de la Universidad Nacional de Colombia. Resulta apenas de justicia dedicar a su ilustre memoria la presente edición de la Revista, órgano divulgativo que él contribuyó a crear y que estimuló con su crítica oportuna. Sus disciplinas humanísticas y su fervor por la diversificación de la educación pública superior, quedan como alicientes en las generaciones universitarias que formó bajo su reciedumbre.”

Censurada la Revista, llegué a un acuerdo de poder continuar produciéndola en forma independiente, sin involucrar para nada a la Universidad. De esa manera sale la No. 6 (enero/abril, 1974), con un logo en carátula que representa una actitud contestataria, de rebeldía, y que conseguimos financiar con anuncios publicados en las páginas finales: Egarco, Apronal, Inpes, Fondo Ganadero de Caldas, Prefabricados Rocacero Ltda., Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU), Cámara de Comercio de Manizales, Eduardo Londoño-Jaramillo, CHEC, Diprocal Ingeniería Ltda., Hadder Ceballos J. Néstor Tabares-Cardona, Hugo Marulanda-López, Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Corporación Financiera de Caldas, Fondo Nacional de Caminos Vecinales, Orlando Tamayo B., Colombit. Es así como se da importante apoyo externo a la publicación que sigue su camino de manera sostenida hasta estos tiempos que corren, con las oscilaciones propias, pero con infaltable periodicidad trimestral. La nómina de articulistas y colaboradores es muy amplia, la cual puede apreciarse en el índice actualizado que se encuentra en nuestra Web, con relaciones de ediciones, autores, carátulas, partituras, ediciones monográficas, manuscritos autógrafos.

[La Revista tuvo amparo en la cesión de derechos plenos, de la Universidad Nacional de Colombia a Carlos-Enrique Ruiz, mediante escritura pública No. 1.252 del 10 de julio 1975, de la Notaría Cuarta, del Círculo de Manizales.]

El símbolo de la carátula en Aleph No. 6 se convirtió en el logo que acompañó la Revista hasta la edición No. 78 (inclusive). Luego cambia el diseño general orientado por algunos postulantes a grado en la UN-Bogotá (Luz-Marina Camacho, Lisbet Riveros, María del Rosario Ortiz, Mauricio Castro, Daniel Fajardo y Rubén-Darío Rojas), quienes crearon el nuevo logo que sigue en vigencia y diseñaron la totalidad de la revista, con detalles, gracias a las gestiones de nuestro colega, el profesor Arq. Santiago Moreno-González. Pero en Manizales no pudimos contar con los apoyos técnicos par acoger el nuevo diseño en su conjunto.

Ese logo que irrumpe en la número 6 se desarrolla en las siguientes entregas, con cambio de colores y reducción en tamaño para conservarse ubicado en lugar apropiado hasta la número 78. Luego, de la 79 en adelante, el nuevo logo, una representación histórica de la letra “Aleph”, la primera del alfabeto hebreo, rige en las ediciones hasta ahora. Sinembargo, disponemos de opiniones en reclamo de retornar a aquel símbolo de rebeldía, que podremos compaginar con la concepción de Albert Camus al identificar al rebelde en la capacidad de decir NO. No a la sumisión incondicional; no a las tiranías de cualquier orden; no al eufemismo que distrae la claridad en las posiciones de racionalidad y compromiso por la inteligencia, la educación, la ciencia, el arte,… el humanismo. Sí a la creatividad, a la lectura apasionada, a la escritura en libertad, a la voz pública sin ofensas ni beligerancias, sujetos al libre examen y a la creación insustituible.

En 1986 se crea la “Fundación Aleph”, con liderazgo de la profesora Adela Londoño-Carvajal y aglutina un grupo de profesores de la UN-Manizales con el propósito de contribuir en la financiación y edición de la Revista. Ese auspicio comienza con la No. 60 (1987) y se conserva hasta la No. 126/27 (2003), cuando la Fundación entra en crisis financiera y cierra labores. Tuvieron algunos apoyos de avisos, entre ellos de la Fundación Mazda; este se conservó en virtud del apoyo generoso de su presidente, José-Fernando Isaza, gracias al cual la Revista pudo seguir saliendo con la regularidad trimestral. Al retiro del Dr. Isaza de la presidencia de la empresa Mazda, ese apoyo se suspende, con el último registro en la No. 144 (2008). De ahí en adelante se sortean sus costos con significativos pellizcos a las pensiones de docentes de las cabezas de la familia Ruiz-González. El tiraje impreso se reduce, pero se consigue mayor difusión en la página web que dispusimos: www.revistaaleph.com.co  Cuando se cumplieron los 50 años de la Revista (2016) se publicó un grueso e importante volumen: “Ciencia y Humanismo”, financiado en alianza de la Universidad de Caldas y la Universidad Autónoma de Manizales; asimismo la primera de ellas publicó el volumen 2 de los “Reportajes de Aleph”. Ahora, esta edición 200 y un volumen conexo se financian con aportes de personas, cuya relación de agradecimiento se da en lugar especial.

Muchas historias por recordar, en estos primeros 55 años de vida fértil en Aleph. Otros escritos han recogido algunos aspectos, y faltará quien se le mida a escudriñar los archivos y armar la historia con sus detalles, y los relatos de los protagonistas. El tiempo ha pasado, con estas huellas en páginas de la Revista, en la confianza que otro tramo podremos recorrer convocando y aunando en sus páginas personalidades de la ciencia, la filosofía, la literatura, el arte, en general el humanismo y la poesía. Está la satisfacción de las sostenidas relaciones académicas y culturales, y el trabajo continuo de lectura, escritura y comunicaciones que animan la vida y fomentan el espíritu de creatividad, indagación y esperanza.

La Revista Aleph conserva ese talante, en el ideal de la naturaleza universitaria, académica. Abierta a la libre expresión, sin propiciar en sus páginas los enfrentamientos inútiles ni la polaridad estéril. Por aquí han pasado escritores, pensadores y artistas de diversas partes del mundo, con ensayos, artículos, poemas e ilustraciones, todo ello de calidad. Incluso ha habido en sus páginas alumbramiento de nuevos escritores.

En esta edición se congregan algunas voces significativas, de la academia y de la vida intelectual, con rescate de varias anteriores. Asimismo, se publica un volumen conexo que por la ocasión expande las afinidades y el sentido de arribar a la No. 200, con una trayectoria impensable.

Nuestro agradecimiento por la vida, por las personas que desde la intimidad nos han acompañado, con infaltables y solidarias amistades de diversos lugares. ¡Gracias!, una palabra insustituible y contundente. En especial a Livia, madre de nuestros tres hijos y abuela de nuestros cinco nietos, con quien llevo 58 años de trajinar por los caminos de variopinta condición.

Los dioses del Olimpo y del Crepúsculo nos seguirán acompañando.

 
Linotipo de «La Patria» y Carátula Revista Aleph No. 1 (1966)

 

Compartir:
 
Edición No. 200