Carlos-Alberto Ospina, maestro de la vida y la templanza
Michel de Montaigne
El signo más cierto de la sabiduría
es la serenidad constante.
Siempre he dicho a mis estudiantes que existen dos tipos de profesores, los que asumen su profesión como una actividad profesional, en la que la actividad docente termina al final de la jornada laboral, y los que ven en la docencia una forma de vida, enraizada en los devenires propios de la vida.
En los primeros bastan algunas lecturas, la revisión de algunos manuales, y un mínimo compromiso con el saber, la escuela y los alumnos. En estos el mundo intelectual no es una opción y la sabiduría no se forja por convicción.
En los segundos, la vida está conectada con la formación del intelecto y con el cultivo de la sabiduría, los libros son los compañeros de viaje y el fluir de la vida en una verdadera experiencia de formación. Para ellos la vida se torna diferente, y parodiando una frase de Gadamer, la actividad docente no es “una huida irresponsable en un mundo de sueños desvanecidos”, sino al contrario, ante ella aparece el mundo en el que el pensamiento y la reflexión son la praxis que determina la posibilidad de transformación de imaginarios y realidades.
Profesor Carlos Alberto, yo creo que usted es uno de los segundos, y así se lo reconozco hoy, en nombre de las muchas generaciones que hemos tenido el honor de ser sus alumnos y sus lectores, sus colegas y sus amigos, desde que se graduó de esta escuela como estudiante de pregrado, y de la que empezó a ser profesor el 01 de abril de 1986; Hoy ya 36 años.
Desde ahí la Universidad de Caldas ha sido parte integral de su existencia y esta escuela de filosofía su hogar. Su experiencia de vida, siempre tendiente al cultivo del saber y de la sabiduría, y a buscar en ellos lo necesario para la buena vida, fueron sus compañeros durante el largo trasegar. Con la Universidad como soporte, con su amada Nena, siempre de la mano y con amor infinito, construyó su bien más preciado, su familia: En este trasegar vio crecer a Juliana y a Juan Pablo, disfrutó de sus éxitos y sufrió ante sus angustias y tristezas. Pero, también estoy seguro de que, en los últimos años, la Universidad se ha vuelto pesada a la hora de disfrutar el hecho de ser abuelo. Aquí, también le ha tocado sufrir las pérdidas más dolorosas ante la “experiencia de la perdida” de los seres que más amamos.
Usted profesor Carlos Alberto fue decano de la entonces facultad de Filosofía y Letras, y años después, de esta, nuestra facultad de Artes y humanidades. Fue representante profesoral, jefe de departamento, director del programa de maestría en filosofía, vicerrector académico, fundador y director de la revista discusiones filosóficas; Años más adelante junto al profesor Jorge Alejandro Flórez gestor del programa de doctorado en filosofía y en el año 2014, el Consejo Superior Universitario, le reconoce, en uno de los momentos más complejos para nuestra tribulada alma mater, su sabiduría, sentido de la institucionalidad, conocimiento de la Universidad y respeto por parte de la comunidad, al nombrarlo rector.
Profesor Caos, junto a sus estudios sobre Heidegger, su amado Nietzsche, los estudios de estética que orientaron toda su vida académica, la cercanía a los griegos, a la filosofía moderna y a autores que orientan una filosofía de la vitalidad y la buena vida, estuvo siempre la idea de Universidad como una de sus pasiones, de ahí que muchos de sus escritos y de sus lecturas, fueran encaminadas a comprender mucho mejor la complejidad que desde su origen, en la edad media, tiene la institución universitaria.
La defensa de la Universidad pública ha sido una de sus banderas, pero siempre con el sentido crítico que lo ha acompañado como un hombre sensato y sabio. De ahí que haya sido una voz disonante ante quienes han querido imponer, con acciones populistas, de falsa democracia, y con peligrosos mesianismos, ideas conducentes a convertir a la Universidad en una república banana.
Su preocupación por el ejercicio del pensar, por su permanencia y su lugar, lo han llevado, a lo Montaigne, a ver el ensayo como una de las más bellas formas de expresión del saber filosófico. Eso se refleja en la innumerable cantidad de textos publicados, algunos de ellos en compilación en algunos libros y otros en revistas especializadas. Los textos publicados en la revista Aleph, son verdaderos documentos de reflexión y hacen parte del acervo de una revista que su amigo el maestro Carlos-Enrique Ruiz, ha quijoteado durante más de 50 años y de los cuales usted ha hecho parte.
Carlos, yo le conocí en febrero del año 1991, y no podré borrar la exigencia que usted imponía para quienes apenas iniciábamos. Los controles de lectura que semanalmente se hacían de Aristóteles y la dificultad propia de responder a tres parciales a la vieja usanza, con el rigor conceptual y metodológico que usted transmitía, se unían a los muros que imponía, para la época, no poder acceder a los artefactos técnicos que permitieran gestionar la información.
No obstante, en una época en la que exigir era un sinónimo de pasión y entrega, usted generó, en todos, una profunda admiración, un respeto insondable y un modelo a seguir.
Quizá tenga que ver con que para usted enseñar es mostrar cosas como el árbol frondoso que aún no existe en tanto es concepto, El tránsito que hace un sonido hasta convertirse en palabra, la trasgresión que generan las ideas, “el instante en que la lluvia es posterior a su semblanza”. En las lecturas que hacíamos descubrimos que para usted el acto de enseñar se constituía en un señalar, pero no como insatisfacción ante la ignorancia del otro, sino como la forma en que nos aproximamos a lo que se torna ausente. Enseñar se constituye en la preocupación, a veces por lo cotidiano, poniendo en riesgo lo absoluto; implica mirar aristas en una vida llena de incertidumbre; pero también es entregar, no con egoísmo, sino con humildad y compañía; “enseñar es para usted partir y no llegar a puerto”.
Mi querido amigo, usted nos mostró que hablar es conversar. Que el mundo señala travesías no develados y direcciones de pura incertidumbre. Conversar es tocar, pues para usted las palabras se aferran como garras y emprenden el vuelo. Siempre su conversar es en voz baja, pero inclemente y contundente. Para usted la conversación es una praxis que permite develar lo oculto, nombrar, como diría Hartmut Rosa, aquello que aún es, que no está disponible y nos produce resonancia. Es dar vitalidad donde todo es desierto y humedad, donde lo que hay son despedidas. Gracias profesor por conversar y por estar ahí cuando alguien se desploma y es de huída su impotencia.
Profe, su ejemplo queda en enseñarnos que educar es como dice el maestro Skliar, caminar. “encontrar el propio paso, el propio peso y la propia liviandad, la breve y fugaz medida de los átomos”. Es enfrentarse a la contingencia, a las páginas escritas o aún blancas. Nos indicó que educar es trasladarse de este mundo al lugar donde reposan los poetas, al pasado lejano, al instante en que lo frágil perdura; profesor Carlos Alberto, hoy, usted nos enseña que educar es saberse ir, aprender a regresar a ese sitio donde los que amamos merece nuestros tiempo y nuestra cura.
Escribir para usted es resistirse a morir. Pues, hay la vida florece allí donde las palabras atraviesan los sitios abandonados, los extraños lugares donde el cuerpo no puede estar, la imposibilidad de la luz en una tarde cuando apenas amanece.
Profe querido, un día, a principios de la década del 2000, le llegó la enfermedad, y allí usted fue ejemplo de fortaleza y tesón. No hay duda de que fueron su apreciación de la vida, el amor y la compañía de la familia construida, todas las razones para salir ileso.
Esa experiencia, estoy seguro transformo su vida, quizá por la conciencia de nuestra profunda fragilidad, porque, como dice Mèlich, el punto de partida es la finitud de lo humano. “Finito significa que morimos, y también, que somos contingentes”. Nos enseña que “por esta condición finita no podemos esquivar nuestra relación con el mundo”, con “la alteridad de los otros seres humanos, de las cosas y de la naturaleza”. Y por lo mismo, nos mostró que “nuestra relación con el mundo es necesariamente poco firme y poco sólida”. De hecho, “sólo protegiendo la fragilidad, tenemos cuidado de nuestra condición”.
En el año 2013, en unas palabras que escribí para despedir al entonces rector Ricardo Gómez, le dije que “podía irse tranquilo, que la Universidad quedaba, refiriéndome a usted mi querido profe y a su nombramiento como rector, en manos de uno de los mejores seres humanos que había conocido.” En la noche de ese día, mi amada esposa Paula, quien permanece “viva y palpitante” y que lo admiró y respetó como ninguna otra persona, me dijo que “esa afirmación era una de las pocas cosas en la que no me había equivocado”.
Créame y esto es lo más importante, aquí solo quedan amigos, seguramente las diferencias irreconciliables entre muchos terminan siendo selladas por algún encuentro en el que recordar sea un motivo para acercarnos. Quizá al final del camino esto último, poder tener la cabeza en alto frente a quienes más nos valoran como lo que somos, es lo más valioso.