Un nuevo Baldomero Sanín-Cano
La Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, dueña de un fondo editorial de notable extensión, más conocida por la sigla unaula, acaba de publicar un sugestivo volumen de título intimidante tomado de la elocuencia bélica: Baldomero Sanín Cano, guerrero letrado de América. Contiene trabajos de diversa índole y de difícil clasificación. Entrevistas con Sanín, ensayos de Sanín, cartas de Sanín y estudios sobre Sanín, todo ello compilado por los profesores R. Rubiano Muñoz, J. F. Saldarriaga y V. I. Nieves González. El profesor Rubiano Muñoz es uno de los analistas del país que más ha contribuido en los últimos años a difundir la obra de Sanín.

I.
El solo estudio preliminar de los compiladores se lleva por delante ochenta y tres páginas, cerca de la quinta parte del volumen. Su extensión roza las vecindades de la monografía. En él se presenta la obra de Sanín en una perspectiva biográfica algo descosida e impulsiva por el ánimo polémico que la nutre. Su objetivo es presentarle a los lectores un nuevo Sanín, un Sanín “izquierdista” derivado de sus posturas anticolonialistas, de sus reiteradas críticas al imperialismo norteamericano y de sus continuas denuncias de los regímenes belicistas, tiránicos y despóticos. A juicio de los autores, esto lo llevó a ser “un pensador comprometido a carta cabal con las ideas socialistas”[1]. Esto es algo forzado. Rodó y Martí fueron antiimperialistas, pero no socialistas y menos aún “izquierdistas”, una caracterización del siglo xx heredada de la Revolución Francesa, aupada por los grupos socialistas para caracterizar a los partidos de oposición afincados en la clase obrera y en los pobres del campo. Sanín fue un liberal con sensibilidad social, como lo fueron en su tiempo Uribe Uribe y el ingeniero civil Alejandro López. Junto a ellos dejó atrás el liberalismo individualista del siglo xix, que partía del principio de que todos los hombres eran iguales ante la ley, liberalismo que negaba la intervención del Estado en la economía y en las políticas sociales dirigidas a proteger a los sectores populares. El liberalismo de Sanín fue, por el contrario, un liberalismo con sensibilidad social, de asistencia y cuidado de los desvalidos; de igualdad de la mujer y defensa del Estado de derecho, el precepto que alude a que las normas jurídicas obligan tanto a los gobernados como a los gobernantes para evitar desmanes contra las libertades.
Para reforzar su enfoque, en la contraportada del libro los compiladores se empeñan en testificar que Sanín fue “un intelectual de izquierda militante”. Sorprendente invocación además de novedosa. Siempre se tuvo a Sanín como “militante” activo y manifiesto del partido liberal colombiano y, como tal, ocupó un puesto en la Asamblea Nacional convocada por el presidente Reyes para reformar la Constitución de 1886, una curul en la Cámara de Representantes en 1933 y un puesto de embajador en la Argentina en los días de Enrique Olaya Herrera. Nada se sabía que alguna vez hubiera buscado asilo en los grupos socialistas o anarquistas de Europa o América, sus lugares de residencia.
De allí que el título del libro –Guerrero letrado de América– sea al final, además de inelegante, forzado y brusco, marcadamente inapropiado para compilar los trabajos de un escritor tan sosegado como Sanín.
Al poner en circulación estos énfasis, los compiladores no muestran mayor interés por examinar la actitud de Sanín ante la Unión Soviética, sus posibles afinidades con los partidos socialistas europeos o sus potenciales acercamientos al marxismo como tradición intelectual –el materialismo histórico y el materialismo dialéctico– o como filosofía de la praxis dirigida a transformar la sociedad. Mientras se aclaran estos enigmas, deberíamos seguir creyendo en sus palabras: “[por ahora] estimo que no se ha encontrado todavía ningún sistema que reemplace la voluntad de las mayorías para determinar la forma de gobierno según las normas representativas. Por eso soy liberal”[2].
II.
En el estudio introductorio los compiladores siguen a Sanín a pie juntillas. Lo rondan dócilmente, “como la cenefa al muro” (Juan de Dios Uribe). Jamás se alejan de sus postulados; son eco y mera resonancia de sus palabras. Lo veneran y exaltan hasta convertirlo en “insigne pensador”. Se acercan a sus textos con la reverencia del creyente. Por fortuna en el libro rescatan la conferencia de 1985 del profesor Luis Antonio Restrepo, el recordado “Toño” Restrepo que, sin ahorrarse elogios, no se guardó críticas al hijo de Rionegro cuando halló limitaciones y estrecheces analíticas en sus enfoques y en su tratamiento de la cultura. Toño sabía que esta era la mejor forma de exaltar los logros de un pensador nacional.
Inmersos en rendida admiración, los compiladores no perciben otras caras de su héroe, del Sanín tradicional que quizá lo acercaba a posiciones conservadoras. Cuando en una de las entrevistas publicadas en B. Sanín Cano, guerrero letrado de América lo interrogan de si era verdad que su amigo el poeta José Asunción Silva tenía “enredos” con mujeres de la alta sociedad, Sanín ostentó moralina y franca conducta mojigata: no, respondió apurado, “él no tenía tiempo para una cosa tan indecorosa”. Y cuando Jaime Posada le preguntó por quién iba a votar en las elecciones de 1945 –¿por Turbay, por Gaitán?– contestó: “Personalmente no tengo candidato presidencial alguno. Pero creo que si el partido [liberal] aspira a continuar en el poder debe respetar las orientaciones de los jefes legítimos y los mandatos de sus cuerpos directivos. Crear la indisciplina, fomentar el desconocimiento de las jerarquías, auspiciar el desorden, la anarquía, es una táctica suicida de irreparables perjuicios”. En síntesis, votaría por Gabriel Turbay, el candidato “de los jefes legítimos”, y no por el aspirante más afín a la izquierda y de mayor arraigo popular, Jorge Eliécer Gaitán. Como se sabe, ante la división liberal ganaron los conservadores. Pronto llegó el asesinato de Gaitán y el país entró en penumbra, penumbra que solo vino a disiparse con la instauración del Frente Nacional diez años después.
El conservadurismo de Sanín se manifiesta con mayor claridad en su artículo sobre el levantamiento del 9 de abril de 1948, “La moral y las muchedumbres”. Los compiladores lo califican de “texto extraordinario sobre el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán”[3]. En tres páginas Sanín explica la revuelta, la destrucción y saqueo de la ciudad como resultado, no de la ira popular por el asesinato de su líder, sino por la acción de “personas de ausente sentido moral” que brotan “cuando se dejan sueltas las tendencias al mal o no se las reprime adecuadamente”. A su juicio, en aquel momento “los malos instintos quedaron libres y dueños de la ciudad” por veinticuatro horas. Y aún más, pensaba que los desastres se habrían evitado si “doscientas personas de sangre fría” se hubieran presentado “ante los exaltados o los simples enemigos de la propiedad”.
III.
En el trabajo introductorio los compiladores dejan ver imprecisiones que algunos podrían calificar de poca monta. Es posible que ello sea cierto, pero en pro de la exactitud deberíamos señalarlas. En un pasaje se habla del mejicano Carlos Pellicer, “enviado a Colombia por el presidente José Vasconcelos” en calidad de diplomático. Hay que indicar, sin embargo, que Vasconcelos jamás fue presidente de Méjico. Solo secretario de educación y rector de la Universidad Nacional de México. Miguel Antonio Caro no fue, como se afirma, un “hacendado bogotano”. Hasta donde se tiene noticia, las propiedades de Caro no superaron la posesión de una vivienda en la capital con su respectivo jardín. El diálogo de Sanín con Georg Brandes en Copenhague en 1915 no se adelantó “en danés”, sino en la lengua de Shakespeare. El hijo del presidente Santiago Pérez, Santiago Pérez Triana, nacido en Bogotá en 1858 y muerto en Londres en 1916, estuvo lejos de ser un “liberal boyacense”. Los compiladores aseveran que Cunninghame Graham vinculó a Sanín “con el revolucionario romántico William Morris”. Hecho extraño por lo demás, cuando es de conocimiento que Morris murió en 1896, fecha en la que el rionegrero todavía vivía en Bogotá y no se conocía con Cunninghame Graham, el amigo de Joseph Conrad y muy familiarizado con la historia y los problemas de América Latina. De paso se apunta que el editor y amigo de Sanín, Samuel Glusberg era un “polaco emigrado” a la Argentina. Esto es atisbo impreciso, pues es de dominio público que había nacido en 1898 en Chisináu, la capital de Moldavia. Su familia, judía de habla rusa, salió de la ignota Besarabia para asentarse en Buenos Aires cuando Samuel era todavía un niño. En otra parte se dice que Sanín “se instaló variadamente en Gachalá, en Bogotá y en Popayán”. El hecho real es que Sanín jamás se “instaló” en Gachalá, si por ello se entiende el proyecto de establecerse por largo tiempo en una vecindad. Visitó el municipio de Gachalá en el departamento de Cundinamarca ocasionalmente. El viaje era largo e incómodo; no había carretera y todo se hacía a lomo de mula. Allí se encontraba parte de la herencia, una finca, que le había dejado su esposa y que administraba uno de sus cuñados. Pronto vendió el derecho y Gachalá no pasó de ser un recuerdo, que dejó estampado en algunas de sus crónicas.
Quizá la imprecisión mayor sea la del “premio Lenin”, que tanto subrayan los compiladores como reconocimiento a su “izquierdismo”. Es sabido, sin embargo, que Sanín no recibió el premio Lenin. Lo que la Unión Soviética le otorgó, en 1954, junto a otras ocho personalidades de la política, la ciencia y las letras –entre las que se encontraban el poeta Nicolás Guillen y el dramaturgo Bertolt Brecht– fue el “Premio Stalin”, por sus logros culturales y su lucha por el entendimiento entre los pueblos. Y así lo anunció el diario El Tiempo en primera plana la mañana del sábado 5 de febrero de 1955: “Hoy es el homenaje a Sanín Cano en la ciudad de Popayán […] a quien se le acaba de adjudicar el Premio Stalin de la Paz”. Además del diploma y la medalla, con el laurel venía un amable cheque de treinta y cinco mil dólares, suma que debió ser de gran alivio para el Sanín de noventa y tres años que ya había colgado la pluma, el frágil instrumento del cual derivaba buena parte de su modus vivendi.
¿Qué ocurrió entonces con el premio Lenin? Algo simple y nada terrible. Tras las denuncias de los crímenes de Stalin por Jrushchov en el xx Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el galardón fue rebautizado con el nombre de Lenin, que tenía mejor recibo en la comunidad internacional (no en vano era la versión soviética del Nobel de la Paz que se otorgaba cada año en Noruega a personas o instituciones comprometidas con la fraternidad entre las naciones). A causa de ello, a los premiados se les pidió que devolvieran el Stalin a fin de reemplazarlo por uno que ostentara el nombre de V. I. Lenin. Era la época en que se cambiaba el pasado por decreto. No sabemos si Sanín tuvo oportunidad de hacer el cambalache. Por los días en que finalizaban las sesiones del xx Congreso estaba bastante enfermo. Moriría un año después, el 12 de mayo de 1957, sin haber manifestado mayor entusiasmo por el reconocimiento venido de las lejanas extensiones asiáticas.
En pos de afinidades con el premio y el régimen que lo concedía, los compiladores sugieren que Sanín no era un comunista militante, “pero sí un adepto a sus ideales humanistas”. Si por humanismo entendemos amor a la humanidad, difícilmente Sanín hubiera festejado el “humanismo” de Stalin y sus asociados. Sería como destinar un día del año para honrar el afecto de Hitler por la suerte de los demás y el afán de Mussolini por el bienestar y prosperidad de sus semejantes. Es posible que los editores estén pensando en los ideales comunista per se, esto es, en aquella utopía que anuncia un futuro placentero de plena realización humana, y no en el experimento soviético de privación, angustia y flagelo. En este caso se deberían preguntar: ¿es que los ideales leninistas de la realización humana se hubieran podido llevar a cabo de otra manera? ¿No partía Lenin de una dirección rígida de la sociedad, de una dictadura del proletariado donde se avasallaba al hombre y a la mujer “por su bien”? ¿No estaba su discurso salpicado de un severo clima de sumisión y dominación, de sarcasmo y desprecio por la libertad de opinión y expresión? Es de dudar que Sanín, un liberal a ultranza, hubiese encomiado un “izquierdismo” proveniente de una versión del despotismo Oriental. Y Sanín lo sabía. En uno de los ensayos publicados en el presente libro escribió con arrojo: “la mutilación del individuo es más evidente en la Rusia comunista que en la Rusia imperial”[4].
IV.
Una vez que los interesados superan el estudio introductorio, se encuentran con una variada muestra de los trabajos de Sanín. Aquí brilla el idioma del rionegrero, esa escritura de frase compacta, astuta y perspicaz que ha ganado el corazón de varias generaciones de analistas. Los compiladores reúnen treinta y tres textos poco conocidos, hecho que le confiere al libro un aire de novedad y frescura, y a continuación emprenden su clasificación en nueve entradas: “Intercambio epistolar” (seis cartas), “Conferencias” (dos discursos), “Artículos de análisis político internacional”, “Análisis de coyuntura sobre Colombia”, “Crítica literaria”, “Análisis sociológico y crítica política”, “Ensayos contemporáneos”, “Ensayos sobre los escenarios de la vida intelectual” y “Ensayos de Izquierda”. Nunca se había visto clasificación más ingeniosa de la obra de Sanín, un escritor que redactó, a mano, cerca de dos mil textos. Cuando el observador llega a la categoría “Ensayos de Izquierda” se pregunta: ¿acaso los demás ensayos del libro son de derecha?
La clasificación trae más de una sorpresa. En la sección de “Análisis político internacional” aparece un ensayo, “El cenáculo”, que nada tiene que ver con los manejos interestatales. Sus páginas tratan de la vida de las academias y del afán de agremiación y asociación de sabios, escritores y hombres de negocios. El apartado “Crítica literaria” es desconcertante. Los ensayos que lo integran no examinan, en concreto, novelas, poemas, dramas o relatos cortos de escritores americanos o europeos. Su tema es la posibilidad de una historia conjunta de las letras españolas y americanas y el surgimiento de América Latina en el escenario de la cultura occidental. A ello se suman un trabajo sobre las relaciones entre periodismo y literatura y unas furtivas meditaciones sobre el origen y desarrollo de la lengua española.
La categoría “ensayos contemporáneos” es, para decir lo menos, inquietante, ya que todos o casi todos los ensayos publicados en el libro son contemporáneos. Sanín fue un periodista que examinaba los problemas de la hora, y aun cuando abordaba asuntos históricos lo hacía para iluminar las dificultades del momento. Lo mismo sucede con los “Análisis de coyuntura”, una manifestación de lo contemporáneo. ¿Qué se entiende por coyuntura? Nada nos dicen los compiladores al respecto, pero sospechamos que, con este vocablo, tomado de las sabidurías anatómicas, aluden a la combinación de factores y circunstancias que describen una situación crítica del momento. ¿Hay algo más actual, más hodierno para usar la expresión de Sanín, que una coyuntura?
Es evidente que los compiladores son demasiado laxos con sus categorías. Sus entradas son tan voluntariosas, que la mayoría de los materiales que integran un apartado se pueden trasladar a otro sin mayor violencia. Este tornadizo ordenamiento nos trae a la memoria los ardores analíticos de la mítica enciclopedia china ennoblecida por Borges que optó por dividir los animales sobre la tierra en fabulosos, sueltos, embalsamados, amaestrados, dibujados […], en pertenecientes al emperador, en los que parecen moscas cuando se los observa de lejos y en aquellos que acaban de romper los jarrones de la alacena. Es verdad que toda clasificación es injusta, unas son plausibles y otras respetables diría Sanín, pero se espera que aquellas que se prodigan por los terrenos académicos conserven alguna lógica que permita un mínimo control por parte de la comunidad científica.
Cabe recordar, por lo demás, que la labor de todo compilador no es arrumar los materiales de un autor del pasado por tres o cuatro centenares de páginas. Su tarea es clasificarlos en categorías comprensivas y antitéticas, junto a observaciones claras, serenas y equilibradas a fin de que los usuarios puedan apropiarse del mensaje de su contenido sin agobios. Los compiladores deben asumir las fatigas de su trabajo, no trasladárselas a los lectores.
Esta es la causa de que muchos ensayos del libro no se entiendan por falta de una ilustración adecuada. Veamos un ejemplo. Cuando en la carta a Arcesio Aragón de 1906, que en el índice aparece con el extraño y nada apropiado título de “Notas”, Sanín habla de la bohemia parisina de mediados del siglo xix, y cita el “lamentable libro” de Murger. El observador común no alcanza a saber de qué se trata. Una aclaración de los compiladores sería aquí más que bienvenida. Es de esperar que le hubiesen comunicado a la concurrencia –profesores y estudiantes, sobre todo– que se trataba de Escenas de la vida bohemia del francés Henri Murger aparecido en 1849. Sanín califica la obra de “lamentable”, pero no se debe olvidar que fue el origen de dos notables óperas, La bohème de Puccini y La bohème de Leoncavallo, de la zarzuela Bohemios del festejado Amadeo Vives y de varios arreglos musicales concebidos en el siglo xx. Y para mayor comprensión, los responsables de la edición debieron indicarle a la audiencia que a Murger se debe el uso moderno de bohemia y de su derivado, bohemio. Antes de él se los empleaba para calificar a los gitanos que venían de Bohemia, una región del mundo checo regada por los ríos Elba y Moldava. Después de Murger bohemia pasó a significar atmósfera de vida licenciosa y desordenada, la acepción que se ganó el favor del público y del habla corriente[5].
No es fácil aseverar que los trabajos compilados en este volumen constituyen una muestra representativa de los esfuerzos intelectuales de Sanín en la esfera política, el campo de interés de los compiladores. Es claro sin embargo, que en los mejores de ellos se siente el pálpito de Sanín, esa manera particular de acercarse a los temas con distancia y capacidad explicativa en medio de una prosa cargada de ironía, asombro y pasmo, como aquella que dice que si bien todos los latinoamericanos venimos de Occidente, también lo es que de allí, de Europa, “recibimos la cultura y la incultura presentes”. O aquella donde menciona que en Medellín residía un talentoso poeta que se había inoculado todos los vicios “para tener el placer de curárselos”. Y todavía más, aquella que sugiere que la metáfora sigue siendo el instrumento más eficaz para subrayar la clarividencia de una percepción: Bogotá, “ciudad triste como un remordimiento”.
A pesar de la desconcertante organización de los materiales del Guerrero letrado de América, que revela palmaria tibieza teórica de los compiladores, el volumen deja ver la evolución del lenguaje de Sanín. El idioma de Sanín del siglo xix, del cual hay varios ejemplos en el libro, es brusco, vacilante y a menudo atropellado. El joven Sanín era muy dado a llenar el párrafo con enviones de avidez polémica que perturban la claridad del razonamiento. El que conocemos y disfrutamos hoy en día por la forma y el contenido, es el de las primeras décadas del siglo xx, el Sanín que en Inglaterra y en Argentina depuró su estilo y que en Colombia terminó por domesticar. En medio de este largo y agónico proceso se hizo a una escritura burlona y contenida, clara, resuelta e informada, plena de gracia, precisión y fuerza para disfrute de nacionales y connacionales del orbe hispanoamericano. Una artesanía de la palabra y el hacer que le otorgó el título unánime de maestro en los más diversos escenarios de habla castellana.
V.
La factura editorial de Baldomero Sanín Cano, guerrero letrado de América es impecable. Los libros de ediciones unaula, a cargo del escritor Jairo Osorio, se ojean con deleite. El lector se mueve por sus aireadas y espaciosas páginas de feliz espesor con placer y enorme complacencia. Se encuentra con letras de buen tamaño y con una hoja trenzada por un espléndido interlineado acompañado de generosos márgenes que lo animan a redactar sus ocurrencias. Por sus folios el apuesto y venturoso idioma de Sanín avanza airoso en pos de sus más preciados temas de estudio: la política, las letras, la crítica de la cultura.
Notas
[1] Las itálicas son nuestras.
2] B. Sanín Cano, “Mi liberalismo”, El Tiempo, Lecturas Dominicales, Bogotá, 12 de agosto de 1951.
[3] Las itálicas son nuestras.
[4] Se debe mencionar aquí que cuando la izquierda revolucionaria se toma el gobierno, reprime la oposición. Los países socialistas no toleran la crítica interna. Como los demás ordenamientos totalitarios –fascistas, nazistas, franquistas– la avasallan hasta el punto que los críticos deben tomar el rumbo del exilio si desean evitar la cárcel, el patíbulo o el internamiento en campos de trabajo y exterminio. Cuando los comunistas llegan al poder, generalmente por la violencia, la crítica, ayer usada por sus representantes, es calificada ahora de “derecha”. Constituyen el mejor ejemplo de la sentencia atribuida al periodista ultramontano Louis Veuillot, que Sanín citaba con frecuencia, y que trae de nuevo en uno de los ensayos del presente libro para caracterizar a los conservadores de la Regeneración: usaron de las libertades cuando estaban en la oposición, pero las suprimieron cuando se hicieron a la administración pública.
[5] Lo mismo ocurre con otros ensayos en los que el tiempo ha pasado y las situaciones descritas o aludidas se han esfumado para el observador de nuestros días. ¿Qué decía, por ejemplo, la circular de Santiago Pérez Triana a la que Sanín respondía en su carta del 9 de marzo de 1912? Nada sabemos al respecto. Leemos a Sanín, pero apenas entendemos lo que está exponiendo. Los lectores esperan que los compiladores brinden alguna información al respecto. Lo mismo sucede con el artículo “Dos documentos humanos”, páginas donde el incauto se pierde y no logra saber la causa y repercusión de dos telegramas que supuestamente se cruzaron los conservadores Laureano Gómez y Abel Carbonell con el liberal Alfonso López Pumarejo en 1933. Por la prensa de la época sabemos que la causa de los telegramas fue un viaje de López a Lima para dialogar, a título personal, con su amigo el general Oscar Benavides, presidente del Perú, sobre el conflicto de Leticia. La eventual repercusión apuntaba a las posibles consecuencias políticas de estas conversaciones para los gobiernos de Perú y Colombia.