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El concepto de cultura

La Editorial Revista Colombiana publica en 1967 un pequeño volumen con dos ensayos del filósofo colombiano Danilo Cruz-Vélez, el primero de ellos intitulado «¿Para qué ha servido la filosofía?», que además le da título a la obrita, y el segundo, «La filosofía y las ciencias del lenguaje». Como ya es sabido, Cruz-Vélez reelabora sus ideas y las va modificando más que menos en la medida en que publica sus obras, razón por la cual debe quedar explícito acá que nos acercamos a su idea de cultura solamente a partir del primero de los textos mentados[[CRUZ VÉLEZ, Danilo. ¿Para qué ha servido la filosofía? Bogotá: E. R. C., pp. 9-53. Tenemos la versión digital en http://danilocruzvelez.googlepages.com/paraquehaservidolafilosofia]].

Cruz-Vélez cita unos breves renglones de la página 85 de Die Unschuld des Werdens (La inocencia del devenir) de Nietzsche, redactados en 1873, que le motivan a hacer patente la pregunta por la utilidad práctica de la filosofía, es decir, «para qué le ha servido a la cultura», cuestionamiento éste que ha sido tema de la teoría y de la historia de la cultura a finales del siglo XIX y comienzos del XX, según nuestro filósofo, en las cuales se comprende metafóricamente la filosofía como una rama de la cultura, junto al arte, la ciencia, la religión, etcétera, perdiéndose de esta manera el sentido del preguntar nietzscheano, por lo que según Cruz-Vélez se hace necesario partir desde sus raíces y, así, Cruz-Vélez avanza hacia la comprensión etimológica de cultura.

Comprensión etimológica

No quiere decir que vengamos a quedarnos solamente en una noción etimológica de carácter histórico porque ello nos mantendría en el orden de las ciencias positivas y Cruz-Vélez aspira a algo más profundo; además, el significado puramente originario puede empobrecer toda esa riqueza significativa que va acumulando y re-constituyendo el lenguaje a través de su evolución y práctica dialogal humana. Pero también es verdad que fueron precisamente los griegos quienes se valieron del etimológico como un método auxiliar para comprender el ser de las cosas, a partir del cual se desarrolla la tarea filosófica. Así entonces, nos dice Danilo Cruz-Vélez que cultura viene del verbo latino colere, cultivar, término que mentaba el cultivo de la tierra, de donde se deduce que la primera forma de cultura fue la agricultura; metafóricamente, con el tiempo, pasó a designarse con cultura el cultivo de la vida humana: lo cultivable en el ser humano es su naturaleza, esa animalidad que se supera precisamente gracias a la cultura. El ejercicio éste de la cultura es lo que hace verdaderamente humano al hombre, según así también lo comprendió Cicerón y dado el presupuesto heredado de los griegos para quienes el ser humano es un animal racional.

El predicado «animal racional» dice, primero, que el ser humano es un ente natural, diferenciado inmediatamente de los demás entes naturales por su racionalidad o espiritualidad. Los intentos por esclarecer el ser del ser humano han inclinado la balanza por uno de estos dos campos de su ser. «La antropología naturalista ve al hombre desde la naturaleza», explicando inclusive sus propiedades racionales pero desde las fuerzas instintivas propias de todo ser animal y que, según el capricho de cada autor se hace destacar uno de esos instintos como el fundamental; así, para Marx el ser humano no es más que su necesidad de alimento y subsistencia, y para Freud (como para Bergmann) todo se explica desde el instinto sexual. A su vez, la antropología racionalista responde otro tanto, como puede verse en Platón o en la concepción teológica y mística de esta disciplina. De todas maneras, en ambos casos, Cruz-Vélez evidencia confusión de conceptos y oscuridad intelectual. Tal vez quien traiga algo de claridad, aunque de ninguna manera la luz definitiva, sea Max Scheler, para quien el ser humano es la posibilidad de conciliación entre el instinto y la racionalidad según algún plan del ser supremo y que ejecuta el ser humano en lo que comprendemos como cultura: ésta viene a ser, en definitiva, para Scheler, el proceso en el que se conquista la humanidad de su propio ser, allí donde también Dios adviene y se realiza.

Morada del ser humano

Ahora nos explica Cruz-Vélez que como los latinos eran una población rural, al principio ellos estaban dedicados totalmente al trabajo agrícola, comprendieron el agro como su lugar de habitación, como su morada natural, circunstancia de la que se originó el término colere: este término, entonces, originalmente se comprendía como «estar habitualmente en», «habitar», «morar». Naturalmente se entiende que como los latinos habitualmente estaban en el cultivo (agro), colere pasó a significar esto segundo olvidándose aquel sentido primero. Pero falta todavía más: se habitaba en un lugar con los dioses locales; estos, a diferencia de los que habitaban el Olimpo, protegían al ser humano en su morada, en su territorio particular, y de ahí también cómo colere significa culto, el culto a los dioses que les protegían en un lugar habitual.

Con este rodeo etimológico es como Danilo Cruz-Vélez argumenta el sentido de cultura como morada del ser humano: «el lugar donde se encuentra habitualmente el hombre, como hombre, no es la naturaleza, sino la cultura», afirma explícitamente. La naturaleza es el lugar para el ser natural del ser humano; la cultura es la morada para su ser cultural, racional, espiritual. ¿En qué sentido resultan antagónicas su animalidad y su humanidad? En que la animalidad se conduce según el instinto; y en una reacción -que en el ser humano, también podríamos comprender como natural a ese su ser-, en una reacción contra esta naturaleza instintiva se conduce el hombre humanamente. No la naturaleza sino la red de formas culturales, o simbólicas, citando a Cassirer, es «lo que constituye el ámbito dentro del cual el hombre llega a ser lo que es», ¡la cultura como morada del ser humano!

El origen de la cultura

Si el ser humano, en cuanto humano, habita la cultura, ¿dónde está el origen de ésta?, se pregunta Cruz-Vélez. Pues bien, una primera respuesta dice que la cultura se da en el mundo, por lo que nuestro filósofo debe aclarar los dos sentidos con que comprende este término: primero, mundo hace referencia a la totalidad y orden de las cosas, por lo que es sinónimo de cosmos; segundo, significa el mundo-del-ser-humano, el conjunto de posibilidades que en cada caso le posibilitan su ser. Según Cruz-Vélez la esencia del ser humano es libertad, trascendencia, existencia, y por ello tras de realizar sus posibilidades, es decir, tras de la constitución de su mundo, emerge en este movimiento la cultura. En las formas culturales, propias del ser humano, éste constituye su mundo. De acá se deduce «que el hombre es el origen de la cultura y que mediante ella el hombre alcanza su ser concreto».

¿Y la pregunta de Nietzsche?

Aunque hasta este punto ya nos aclaró su comprensión de cultura, no debemos olvidar que este texto de Cruz-Vélez tenía otra intencionalidad: indagar los efectos culturales de la filosofía, según una pregunta ya citada de Nietzsche. Pero como la filosofía tiene una posición preeminente en el conjunto de la cultura, Cruz-Vélez argumenta cómo aquélla es fundamento de ésta; conservando la metáfora inicial, dice que la filosofía con su esencia metafísica es la raíz del árbol de la cultura, el horizonte de las posibilidades culturales. No otra rama (no otra ciencia), sino la raíz, «un acto estatuyente, que no consiste en registrar e inventariar las estructuras objetivas de las cosas, sino, más bien, en establecer el horizonte en que éstas van a aparecer», el horizonte de comprensión del mundo y su modo de ser. Cada cultura humana se corresponde al establecimiento del mundo de una determinada época de la historia, sentencia ésta que resulta ser la última referencia de Cruz-Vélez al concepto de cultura en el mentado texto.

A modo de conclusión

A propósito del mentado texto de 1967 nos acercamos al concepto de cultura en Danilo Cruz-Vélez como la morada del ser humano, en cuanto humanización racional-espiritual. Es evidente la toma de distancia con respecto a su maestro Martín Heidegger, para quien la morada del ser humano es el lenguaje (pero dejemos esto como un dato informativo, no nos alejemos del horizonte del colombiano). El ser humano, por su natural forma de ser, siempre busca realizarse dentro de sus posibilidades; en ese esfuerzo de realización construye su mundo, el mundo «concreto» por el que se realiza en sus posibilidades (no entendido como universo de cosas, de entes); el mundo que él mismo construye -en su realización como ser humano- lo constituye, y en dicha constitución ya deviene lo cultural, ya está ahí la cultura. Pero esta cultura, originada en el ser humano (por la búsqueda de realización de su propio ser de posibilidades), se transforma, a su vez, en algo así como su hábitat, en su medio como natural de existencia, es decir, en términos de Cruz-Vélez, en su morada. En ésta su morada, o mundo cultural, es donde puede realizar esas sus posibilidades de ser.

Considerado lo expuesto ya se comprende lo magistral del texto tratado, en el que plantea su autor cierta innovación sobre concepciones como la referida a la morada heideggeriana. A partir de las consideraciones que Danilo Cruz-Vélez nos ofrece se puede profundizar en varios de sus aspectos y, así, ampliar el camino, la andada, hacia otros o enriquecidos horizontes de comprensión ontológica, antropológica, sociológica y cultural -por lo menos-, razón por la cual hace falta estudiar más la obra de este filósofo colombiano… y sea ésta la oportunidad para invitar a tan ineludible tarea.

Quisiera finalizar esta disertación llamando la atención en un detalle de la noción etimológica, indicado ya por Cruz-Vélez: colere también significa culto, porque en el lugar que se habita hacen presencia los dioses, no aquellos dioses lejanos del Olimpo, sino precisamente los dioses cercanos, cotidianos, personales. La presencia de Dios deviene, también, en la cultura, indudablemente; al fin de cuentas, cultura y culto tienen exactamente la misma raíz etimológica. Profundizar en esto también hace parte de la tarea, de nuestra tarea del pensar.

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Edición No. 143