Realidades y ficciones de la enfermedad
Para Rafael Marulanda,
médico de servicio humano
Más allá de la enfermedad, la salud. O la muerte. La obra de Alberto Barrera Tyszka, justa ganadora del Premio Herralde de Novela 2006, elige la segunda vía. Porque, en efecto, narrativa y dramáticamente hablando tal vez no hubiera tenido gran eficacia asistir a la curación de un enfermo, que en el mundo de lo real, es lo que invariablemente se anhela. Pero en la novela, bien se sabe, rigen otras pulsiones.
En ese proceso entre la enfermedad y su desenlace, sea uno o el otro, aparece la figura del galeno, de quien siempre se espera que devuelva la salud, que prolongue la vida y venza a la muerte. No es pues menudo papel el que se confía al curandero o el chamán, desde las sociedades primitivas, y al médico en las sociedades modernas, en las que las clínicas y hospitales son lugares tan abominables, necesarios y concurridos como los centros comerciales.
Además de la admirable novela de Barrera Tyszka, que lleva precisamente por título La enfermedad (Anagrama 2006), otro autor venezolano, Vicente Lecuna, también aborda el tema en el libro aparecido meses antes, Informe Médico (Mondadori 2006), un conjunto de relatos recogidos y anotados a lo largo de su ejercicio de cirujano y gastroenterólogo. Relatos que dan cuenta, con otra mirada y otras herramientas escriturales, de las “dificultades burocráticas”, situaciones absurdas, equivocaciones y desidias fatales, que ocurren en el día a día de la praxis médica actual que se ha deshumanizado y se ha banalizado de manera extrema.
El médico que miraba a los ojos, que indagaba de manera detallada en la historia personal y familiar del paciente, que le dedicaba todo el tiempo necesario, que era, en fin, un servidor de la humanidad ha cedido el paso a la parafernalia clínica. “El médico moderno pasa a ser un medio de la máquina”, y la relación médico paciente, cada vez más impersonal, “es mediada por el computador que, a través de fórmulas matemáticas dice lo que se debe hacer”. El fenómeno de la tecnocracia en que se ha convertido el arte de curar a los enfermos es uno de los aspectos en los que reflexiona de manera brillante Orlando Mejía-Rivera, médico y escritor colombiano en el libro, La muerte y sus símbolos (Universidad de Antioquia, 2000).
Las dos obras narrativas a las que me refiero atraen de manera singular, entre otras cosas, por tocar aquello de lo que nadie quiere hablar, aquello en lo que es mejor no pensar, la enfermedad y la muerte, que, sinembargo, son consubstanciales a la vida. Pero que, además, adquieren en el hombre, como único ser de la naturaleza que tiene conciencia del deterioro y la finitud, una dimensión particular. Sinembargo, “por que nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad”? se lee en la segunda página de La enfermedad”. Por la misma razón por la que nos resultan tan antipáticos un hospital y un cementerio. Por la misma razón por la cual nos embarga la más profunda desazón mientras aguardamos en una sala de espera los resultados de un examen patológico. Que es precisamente la situación con la que abre Barrera Tyszka su relato.
Enfermedad y muerte son pues asuntos que, salvo para los mismos médicos, pertenecen en nuestra sociedad al reino del tabú y son tratados en los textos de Vicente Lecuna de manera descarnada, con una escritura seca y unas frases cortantes, cual informe médico, ni más ni menos, sin contemplaciones, consideraciones ni juicios. Así ocurrió, así lo presencié o lo escuché y aquí están -para que el lector saque las conclusiones- estas historias anónimas, enumeradas del uno al cincuenta y ocho, sin título y sin nombre propio. Asímismo, por un número, el de la habitación que ocupan, suelen identificarse los pacientes que en determinado momento pasan por una clínica, de donde salen recuperados o amortajados. Refiriéndose a los relatos de Vicente Lecuna escribió José Balza que “lo no literario se convierte en literatura, gracias a los matices sutiles de la ironía y la compasión”.
Que “los hospitales son lugares de paso: templos para el adiós, grandes monumentos a las despedidas”, comenta el narrador de La enfermedad, en la que concurren dos dolientes: uno de cáncer en etapa terminal, encaminándose ineludiblemente hacia el final, y otro que, al parecer no padece de ningún mal de la physis, no al menos de los que se pueden rotular de acuerdo con unos síntomas y unos signos. Es que, como lo recuerda este segundo paciente a su doctor, no hay enfermedades sino enfermos, que es un dictamen al que recurrían los médicos de antes para explicar que los males que asaltan a los organismos humanos no son codificables ni descifrables de la misma manera que otros objetos de estudio. Siempre hay en la medicina, aunque las nuevas prácticas de la tecnocracia pretendan ignorarlo, un más allá, un margen de sombra que la distingue de las ciencias exactas y la acerca a las ciencias humanas.
El relato sobre la enfermedad del señor Miranda, verdadera protagonista de la novela, pone al reflexivo escritor que es Barrera Tyszka en situación de pensar en torno a la muerte y al irse muriendo. De manera incisiva cuestiona no sólo el concepto mismo de enfermedad, sino el ejercicio médico que incluye la dialéctica paciente-doctor. De su mirada inquisidora no se escapa la relación distorsionada que tenemos los modernos con la muerte. Eso que ha llamado -para citarlo una vez más- Orlando Mejía-Rivera, “la negación de la muerte en la sociedad tecnológica”, desarrollada en uno de los capítulos de su notable libro. Porque “la modernidad, dice, necesita esconder la presencia de la muerte en la vida, porque ella derrumbaría su máximo ofrecimiento: lo nuevo siempre es lo mejor y se encuentra en el futuro, tiempo que todavía no es, pero que se garantiza, llegará a ser, en la línea continua de la vida absoluta”.
Y si digo que Barrera Tyszka se pone en situación de pensar es porque he sentido palpitar en su libro el aliento de un filósofo que pensó y meditó con gusto en la muerte. No es acaso totalmente pascaliano aquel pasaje en el que, en el curso de un taller para desahuciados al que asiste el viejo Miranda, comenta la persona que lo conduce que “hay seres humanos que pasan toda su vida tratando de evitar lo que ya saben, tratando de no pensar en ello. Hay gente que sólo puede vivir cuando se olvida de que va a morir…”. En estas palabras, insertas en las páginas de una novela, se oye el eco del sabio francés del siglo XVII, cuando en el capítulo sobre la Miseria del hombre, de sus Pensées, dice que los hombres inventaron la diversión para evadir del asunto crucial de la vida; que los hombres, al no haber podido vencer la muerte, la miseria y la ignorancia, decidieron olvidarse de eso para ser felices. Lo único que consuela de las miserias es la diversión que, sinembargo, viene a ser la mayor de las miserias.
La enfermedad, de Barrera Tyszka, nacido en 1968, debe ser una de las mejores novelas venezolanas de los últimos tiempos. Se impuso, entre 172 competidoras del ámbito hispanoamericano, en el importante concurso narrativo de la editorial Anagrama que en anteriores oportunidades han obtenido Sergio Pitol, Javier Marías, Roberto Bolaño, Enrique Vila Matas y Juan Villoro, entre otros. Ya la editorial Gallimard adquirió sus derechos de traducción y dentro de muy poco tiempo estará La maladie en las librerías de Francia.
Con la discreta extensión de 168 páginas, tengo la impresión de haber leído un libro catártico en el sentido aristotélico. Una obra que a base de una prosa filosa e inteligente, un lenguaje eficaz, un tono contenido, una sólida construcción y un humor latente conjura con creces el temor del aburrimiento que inevitablemente asalta cuando uno aborda una obra narrativa y que, según declaraciones del autor a la revista El librero, es lo único que no puede permitirse jamás una novela. Y la suya, aunque se ocupa de asuntos graves y serios como ninguno, asuntos de naturaleza chocante que todos quisiéramos eludir y postergar hasta un día sin fecha ni hora, lejos, pues, del aburrimiento resulta, para dar la razón a don Blaise Pascal, tan divertida y entretenida que nos hace olvidar legítimamente todas las miserias de la vida, las pequeñas y las grandes: de la salud, el bolsillo, la ignorancia, la política e incluso la muerte.