Kaffe, la guerrera wayúu que ama la paz
El mismo día en que asesinaron a su tío Cacipa, bañada en lágrimas y con el corazón destrozado por la fatalidad, Kaffe sintió hervir la sangre wayúu en su consternada naturaleza y supo que a partir de ese momento se acababa un capítulo de su vida que jamás había pensado abandonar en la aparente holgura de la ciudad y la civilización, donde a pesar de todo palpaba la injusticia, la discriminación, la explotación de los grandes a los chicos y los blancos a los negros, los ricos a los pobres y los políticos a los crédulos y dio rienda suelta a su llanto copioso donde se mezclaban el dolor causado por la pérdida de los seres queridos y la rabia contenida ante el atropello inicuo que diezmaba a la familia e irrespetaba todos los principios y transgredía las leyes de su casta.
A Cacipa lo inmolaron el 13 de mayo de 2004, después de varios días de escarnecerlo y torturarlo. Era hijo de Franco Boscán, venerable cacique y patriarca mayor de la casta guajira de los Epinayú, destacada por ser precursora de pueblos y promotora del trabajo honrado como fuente de la supervivencia.
A Franco lo habían acribillado el 28 de diciembre de 2001, en un hecho que conmocionó al pueblo wayúu integrado de Colombia y Venezuela, donde su nombre y su presencia infundían respeto y orgullo y donde aún no se reponen frente a su ausencia que todavía se siente como un permanente escalofrío a través de la columna vertebral de la península.
Franco era ya casi octogenario y estaba enfermo pero conservaba su alta integridad y su valentía legendaria. Iba para su finca a ver los animales y los árboles y a proseguir su tarea de honesto trabajador y orientador de las generaciones nuevas, porque al final de muchas guerras tribales y conflictos resueltos mediante el mandato de la ley guajira, sabía que habría necesidad de buscar métodos y vías capaces de lograr el equilibrio necesario de la vida en común de una sociedad basada en la tolerancia y el respeto a las diferencias.
Cacipa sucedió a Franco en la conducción y defensa de su pueblo y nunca quiso abandonar su tierra aunque sabía que la muerte le pisaba los talones, pues los violentos que ahora llenan de sangre la alta, la media y la baja Guajira, lo tenían sentenciado. Cuentan quienes lo acompañaron en su camino hacia la muerte, que no doblegó su dignidad en momento alguno y que inerme enfrentó con la palabra ardiente a sus medrosos asesinos, que apretaron el gatillo y huyeron como fieras asustadas tras perpetrar su cacería despavorida.
Kaffe hizo el duelo humano indispensable en circunstancias dolorosas. Al tiempo tomó una decisión: ya no sería más la profesora universitaria que enseñaba los secretos de los computadores a decenas de estudiantes que pagaban a la institución que en cambio robaba su salario a los maestros, ella incluida.
Dejó también su trabajo profesional como diseñadora gráfica. Regaló faldas y blusas y bluyines y se vistió con su manta guajira que guardaba para ocasiones especiales. Convocó a la familia y les hizo saber que desde ese instante dedicaría su vida a poner la cara por las víctimas de la violencia en la Guajira, mientras allí continuaban las masacres que iban desde las muertes a bala de revólver hasta la decapitación de mujeres y niños cuyas cabezas envueltas en bolsas de basura rellenas de piedra iban a parar al fondo del mar.
No tenía ni idea de cómo comenzar una tarea tan peligrosa como exótica. Tocó entonces las puertas de las organizaciones indigenistas. Algunos le prestaron atención, otros se burlaron de su osadía y hubo también quienes la rechazaron.
Entonces apareció Juan Carlos Gamboa, un historiador boyacense con alma de antropólogo y de misionero, que ha pasado buena parte de su vida defendiendo los derechos de los pueblos gitanos. Y se enamoraron y se aliaron y se ayudaron a cumplir con sus procesos. Y Kaffe poco a poco fue ganando prestigio y credibilidad entre organizaciones humanitarias que respaldaron su ímpetu y valoraron su persistencia y su arrojo, que en tan corto tiempo la llevaron a recuperar su lengua nativa del wayunaiki (el idioma de los guajiros), a recorrer la geografía indígena de Colombia y luego la de América y a estar cerca de aboríenes de todas las montañas y las selvas, los ríos, los lugares secretos, el reencuentro con sus hermanos americanos desde el Norte hasta los territorios australes del continente.
Y luego Quito y después México y la travesía palmo a palmo de la América colonizada y el conocimiento directo de sus paisanos de todas las patrias. Y el estudio constante y la lectura y la curiosidad y el misticismo desbordado por cumplir con su sueño de no permitir que suceda con el resto de indígenas del mundo, con ningún ser humano, esa historia salvaje que acabó o desplazó a sus familiares guajiros, como sucede hoy en todos los pueblos de los cinco continentes.
Y de esos 5 continentes, por escogencia de la Organización de las Naciones Unidas, ella representa a América. Aquí ninguno lo ha dicho y en consecuencia no lo sabe nadie. Yo escribo esta crónica orgulloso y feliz, no solo porque utilizo a la verdad como materia prima de mi trabajo sino porque Kaffe está hoy en Ginebra, Suiza, al lado de otros cuatro indígenas del mundo que representan a Europa, Asia, África y Australia y que junto con ella, la portaestandarte de América la nuestra, analizan, estudian y pondrán en práctica estrategias para luchar con actitud pacifista por los derechos humanos como bandera ondeante.
Kaffe es una mujer inteligente y bella. Guerrera wayúu que ama la paz. Tiene alma de líder y conquista a cualquiera con su sonrisa tan blanca como la sal de Manaure. Su negrísimo pelo parece el mar cuando duerme de noche a orillas del Cabo de la Vela. Vive soñando con la paz de Colombia y del mundo y quiere que la gente se entienda a través de la razón en lugar de la guerra.
Pero también es combatiente y corajuda y no le tiemblan ni la voz ni el pulso cuando hay que gritar en nombre de los acallados, como lo ha hecho ya ante internacionales auditorios políticos donde comienza a hablarse de su frentera naturalidad.
También sabe reconditeces de su casta y siente en los cauces de sus venas por igual los ríos caudalosos que van al mar de la Guajira y los vientos poéticos que no puede controlar porque asimismo de ese barro está infundida.
Yo creo que tiene alas y que va a llegar muy lejos y ahora que la veo con su manta florida y su sombrero de princesa, que es símbolo de fuego y de hermosura al tiempo, no puedo negar que mis ojos se humedecen porque en ella contemplo a todas las mujeres que luchan por sus derechos y expanden su furor en procura de justicia para todos los seres de la tierra.
Ahora que va y viene por el mundo y regresa a su aldea guajira en el intento de aglutinar ideas que mejoren la vida por encima de las diferencias, me dan muchas ganas de abrazarla y de gritarle al mundo cuánto la amo y de qué alta manera me siento orgulloso de su condición y de su estirpe. Y esto preferiría no decirlo, pero ¿cómo ocultarlo? ¡Ella —Kaffe — es mi hija! Y no nos digamos mentiras: ¡me moría por contarlo! (En: “Cronopios”, diario virtual, 4 de junio de 2006)
Escribe: Ignacio Ramírez.
El mismo día en que asesinaron a su tío Cacipa, bañada en lágrimas y con el corazón destrozado por la fatalidad, Kaffe sintió hervir la sangre wayúu en su consternada naturaleza y supo que a partir de ese momento se acababa un capítulo de su vida que jamás había pensado abandonar en la aparente holgura de la ciudad y la civilización, donde a pesar de todo palpaba la injusticia, la discriminación, la explotación de los grandes a los chicos y los blancos a los negros, los ricos a los pobres y los políticos a los crédulos y dio rienda suelta a su llanto copioso donde se mezclaban el dolor causado por la pérdida de los seres queridos y la rabia contenida ante el atropello inicuo que diezmaba a la familia e irrespetaba todos los principios y transgredía las leyes de su casta.
A Cacipa lo inmolaron el 13 de mayo de 2004, después de varios días de escarnecerlo y torturarlo. Era hijo de Franco Boscán, venerable cacique y patriarca mayor de la casta guajira de los Epinayú, destacada por ser precursora de pueblos y promotora del trabajo honrado como fuente de la supervivencia.
A Franco lo habían acribillado el 28 de diciembre de 2001, en un hecho que conmocionó al pueblo wayúu integrado de Colombia y Venezuela, donde su nombre y su presencia infundían respeto y orgullo y donde aún no se reponen frente a su ausencia que todavía se siente como un permanente escalofrío a través de la columna vertebral de la península.
Franco era ya casi octogenario y estaba enfermo pero conservaba su alta integridad y su valentía legendaria. Iba para su finca a ver los animales y los árboles y a proseguir su tarea de honesto trabajador y orientador de las generaciones nuevas, porque al final de muchas guerras tribales y conflictos resueltos mediante el mandato de la ley guajira, sabía que habría necesidad de buscar métodos y vías capaces de lograr el equilibrio necesario de la vida en común de una sociedad basada en la tolerancia y el respeto a las diferencias.
Cacipa sucedió a Franco en la conducción y defensa de su pueblo y nunca quiso abandonar su tierra aunque sabía que la muerte le pisaba los talones, pues los violentos que ahora llenan de sangre la alta, la media y la baja Guajira, lo tenían sentenciado. Cuentan quienes lo acompañaron en su camino hacia la muerte, que no doblegó su dignidad en momento alguno y que inerme enfrentó con la palabra ardiente a sus medrosos asesinos, que apretaron el gatillo y huyeron como fieras asustadas tras perpetrar su cacería despavorida.
Kaffe hizo el duelo humano indispensable en circunstancias dolorosas. Al tiempo tomó una decisión: ya no sería más la profesora universitaria que enseñaba los secretos de los computadores a decenas de estudiantes que pagaban a la institución que en cambio robaba su salario a los maestros, ella incluida.
Dejó también su trabajo profesional como diseñadora gráfica. Regaló faldas y blusas y bluyines y se vistió con su manta guajira que guardaba para ocasiones especiales. Convocó a la familia y les hizo saber que desde ese instante dedicaría su vida a poner la cara por las víctimas de la violencia en la Guajira, mientras allí continuaban las masacres que iban desde las muertes a bala de revólver hasta la decapitación de mujeres y niños cuyas cabezas envueltas en bolsas de basura rellenas de piedra iban a parar al fondo del mar.
No tenía ni idea de cómo comenzar una tarea tan peligrosa como exótica. Tocó entonces las puertas de las organizaciones indigenistas. Algunos le prestaron atención, otros se burlaron de su osadía y hubo también quienes la rechazaron.
Entonces apareció Juan Carlos Gamboa, un historiador boyacense con alma de antropólogo y de misionero, que ha pasado buena parte de su vida defendiendo los derechos de los pueblos gitanos. Y se enamoraron y se aliaron y se ayudaron a cumplir con sus procesos. Y Kaffe poco a poco fue ganando prestigio y credibilidad entre organizaciones humanitarias que respaldaron su ímpetu y valoraron su persistencia y su arrojo, que en tan corto tiempo la llevaron a recuperar su lengua nativa del wayunaiki (el idioma de los guajiros), a recorrer la geografía indígena de Colombia y luego la de América y a estar cerca de aboríenes de todas las montañas y las selvas, los ríos, los lugares secretos, el reencuentro con sus hermanos americanos desde el Norte hasta los territorios australes del continente.
Y luego Quito y después México y la travesía palmo a palmo de la América colonizada y el conocimiento directo de sus paisanos de todas las patrias. Y el estudio constante y la lectura y la curiosidad y el misticismo desbordado por cumplir con su sueño de no permitir que suceda con el resto de indígenas del mundo, con ningún ser humano, esa historia salvaje que acabó o desplazó a sus familiares guajiros, como sucede hoy en todos los pueblos de los cinco continentes.
Y de esos 5 continentes, por escogencia de la Organización de las Naciones Unidas, ella representa a América. Aquí ninguno lo ha dicho y en consecuencia no lo sabe nadie. Yo escribo esta crónica orgulloso y feliz, no solo porque utilizo a la verdad como materia prima de mi trabajo sino porque Kaffe está hoy en Ginebra, Suiza, al lado de otros cuatro indígenas del mundo que representan a Europa, Asia, África y Australia y que junto con ella, la portaestandarte de América la nuestra, analizan, estudian y pondrán en práctica estrategias para luchar con actitud pacifista por los derechos humanos como bandera ondeante.
Kaffe es una mujer inteligente y bella. Guerrera wayúu que ama la paz. Tiene alma de líder y conquista a cualquiera con su sonrisa tan blanca como la sal de Manaure. Su negrísimo pelo parece el mar cuando duerme de noche a orillas del Cabo de la Vela. Vive soñando con la paz de Colombia y del mundo y quiere que la gente se entienda a través de la razón en lugar de la guerra.
Pero también es combatiente y corajuda y no le tiemblan ni la voz ni el pulso cuando hay que gritar en nombre de los acallados, como lo ha hecho ya ante internacionales auditorios políticos donde comienza a hablarse de su frentera naturalidad.
También sabe reconditeces de su casta y siente en los cauces de sus venas por igual los ríos caudalosos que van al mar de la Guajira y los vientos poéticos que no puede controlar porque asimismo de ese barro está infundida.
Yo creo que tiene alas y que va a llegar muy lejos y ahora que la veo con su manta florida y su sombrero de princesa, que es símbolo de fuego y de hermosura al tiempo, no puedo negar que mis ojos se humedecen porque en ella contemplo a todas las mujeres que luchan por sus derechos y expanden su furor en procura de justicia para todos los seres de la tierra.
Ahora que va y viene por el mundo y regresa a su aldea guajira en el intento de aglutinar ideas que mejoren la vida por encima de las diferencias, me dan muchas ganas de abrazarla y de gritarle al mundo cuánto la amo y de qué alta manera me siento orgulloso de su condición y de su estirpe. Y esto preferiría no decirlo, pero ¿cómo ocultarlo? ¡Ella —Kaffe — es mi hija! Y no nos digamos mentiras: ¡me moría por contarlo! (En: “Cronopios”, diario virtual, 4 de junio de 2006)