Todos los fuegos el fuego,
Julio Cortázar, Fondo de Cultura Económica, Aula Atlántica, México 2005
Abrir de nuevo Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar, después de no hacerlo durante muchos años; leer todos los cuentos (La autopista del sur, La salud de los enfermos, Reunión, La señorita Cora, La isla a mediodía, Instrucciones para John Howell, Todos los fuegos el fuego y El otro cielo), en la nueva edición publicada por el Fondo de Cultura Económica en su colección Aula Atlántica; uno por uno, como si fuera la primera vez (siempre es la primera vez cada relectura: en la memoria se instala una sensación de cercanía y reconocimiento, de campo recorrido, que hacen que vayamos dispuestos a todo al encontrarnos de nuevo con un texto leído, amado y querido); constatar que el tiempo no ha transcurrido y descubrir que siempre que leemos un texto (cualquiera) suyo volvemos a ser jóvenes, porque otra vez nos sorprendernos y asombramos y vemos que en cualquier historia basta un giro, cruzar una calle, doblar una esquina, para que todo se transforme y sea distinto. Posible, dispuesto, como fue y es ser joven. Ver las cosas de otro modo, lo que se oculta, lo que intuimos, es lo que nos producen, en este caso, los cuentos de Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar.
Sus cuentos son llamados “fantásticos” por falta de un mejor nombre: “se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse (…) dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas”. A partir de este libro (publicado originalmente en 1966, por la editorial Sudamericana) la perspectiva, “el sentimiento de lo fantástico”, cambia: ya no se busca la vacilación y el desconcierto del lector (como sucedía en Bestiario y Las armas secretas), de lo que ahora se trata es buscar los pasajes, los puentes, entre los mundos paralelos que están aquí y ahora, el doble o los dobles que habitamos y nos habitan, a través de cuidadosas estructuras relacionadas “por nexos sintácticos, semánticos o léxicos” que consiguen, logran, que las narraciones se bifurquen en personajes, tramas, narradores y tiempos. Hay que leerlos como si se observara el funcionamiento de un reloj (cada palabra hace parte del mecanismo que hace posible que tengamos la sensación de tener el tiempo en las manos) y asistiéramos a una partida de ajedrez o un juego de dominó. En una carta a su editor Paco Porrúa, el 6 de diciembre de 1965, Cortázar lo explicó: “Cada página, y a veces cada frase es como una jugada de ajedrez que en vez de ser eficaz en el tablero que tengo ante los ojos, repercute en una infinidad de otros tableros que de golpe se vuelven visibles, o aparecen para desaparecer a la jugada siguiente; y así yo creo que si escribo este libro lo habré escrito en cierto modo a ciegas, a puro coup des dés”. O como dice Beatriz Colombi, prologuista de esta edición: “Todos los fuegos el fuego se encuentra en una zona intermedia, entonces, entre el ajedrez y el juego de dados, entre la racionalidad y el azar”.
Leer y releer a Julio Cortázar es y siempre será un placer, la posibilidad de encontrarse con que la literatura es una perspectiva de combinaciones infinitas y que siempre, siempre, se requerirá de nuestra complicidad para que el acto de leer no sea único e irrepetible. Hacerlo en esta edición de tapas color incendio es una invitación a reunirnos, caminar por pasajes y galerías, ver de lejos a Isidore Ducasse, esperar en medio de los que tal vez desesperan, correr e incendiarnos para, al voltear la página, “deshacerlo todo y recomenzar”. De nuevo, siempre de nuevo.
Julio Cortázar, Fondo de Cultura Económica, Aula Atlántica, México 2005 (Escribe: Álvaro Castillo-Granada).
Abrir de nuevo Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar, después de no hacerlo durante muchos años; leer todos los cuentos (La autopista del sur, La salud de los enfermos, Reunión, La señorita Cora, La isla a mediodía, Instrucciones para John Howell, Todos los fuegos el fuego y El otro cielo), en la nueva edición publicada por el Fondo de Cultura Económica en su colección Aula Atlántica; uno por uno, como si fuera la primera vez (siempre es la primera vez cada relectura: en la memoria se instala una sensación de cercanía y reconocimiento, de campo recorrido, que hacen que vayamos dispuestos a todo al encontrarnos de nuevo con un texto leído, amado y querido); constatar que el tiempo no ha transcurrido y descubrir que siempre que leemos un texto (cualquiera) suyo volvemos a ser jóvenes, porque otra vez nos sorprendernos y asombramos y vemos que en cualquier historia basta un giro, cruzar una calle, doblar una esquina, para que todo se transforme y sea distinto. Posible, dispuesto, como fue y es ser joven. Ver las cosas de otro modo, lo que se oculta, lo que intuimos, es lo que nos producen, en este caso, los cuentos de Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar.
Sus cuentos son llamados “fantásticos” por falta de un mejor nombre: “se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse (…) dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas”. A partir de este libro (publicado originalmente en 1966, por la editorial Sudamericana) la perspectiva, “el sentimiento de lo fantástico”, cambia: ya no se busca la vacilación y el desconcierto del lector (como sucedía en Bestiario y Las armas secretas), de lo que ahora se trata es buscar los pasajes, los puentes, entre los mundos paralelos que están aquí y ahora, el doble o los dobles que habitamos y nos habitan, a través de cuidadosas estructuras relacionadas “por nexos sintácticos, semánticos o léxicos” que consiguen, logran, que las narraciones se bifurquen en personajes, tramas, narradores y tiempos. Hay que leerlos como si se observara el funcionamiento de un reloj (cada palabra hace parte del mecanismo que hace posible que tengamos la sensación de tener el tiempo en las manos) y asistiéramos a una partida de ajedrez o un juego de dominó. En una carta a su editor Paco Porrúa, el 6 de diciembre de 1965, Cortázar lo explicó: “Cada página, y a veces cada frase es como una jugada de ajedrez que en vez de ser eficaz en el tablero que tengo ante los ojos, repercute en una infinidad de otros tableros que de golpe se vuelven visibles, o aparecen para desaparecer a la jugada siguiente; y así yo creo que si escribo este libro lo habré escrito en cierto modo a ciegas, a puro coup des dés”. O como dice Beatriz Colombi, prologuista de esta edición: “Todos los fuegos el fuego se encuentra en una zona intermedia, entonces, entre el ajedrez y el juego de dados, entre la racionalidad y el azar”.
Leer y releer a Julio Cortázar es y siempre será un placer, la posibilidad de encontrarse con que la literatura es una perspectiva de combinaciones infinitas y que siempre, siempre, se requerirá de nuestra complicidad para que el acto de leer no sea único e irrepetible. Hacerlo en esta edición de tapas color incendio es una invitación a reunirnos, caminar por pasajes y galerías, ver de lejos a Isidore Ducasse, esperar en medio de los que tal vez desesperan, correr e incendiarnos para, al voltear la página, “deshacerlo todo y recomenzar”. De nuevo, siempre de nuevo.