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¿Será que seré?

Un ser era todos los seres. Todas las mujeres y todos los hombres y las piedras y los ríos y los árboles y el mar y el viento y el todo y la nada y la poesía y la realidad y la fantasía eran en él. Los vivos y los muertos eran él. Los grandes personajes de la historia y 1os anónimos transeúntes también eran sus huesos y su piel.

No se trataba de un juego delirante. No de un desdoblamiento ni un caso digno de Freud o de Lacan o de Piaget, ni de Merlín o de Nabucodonosor el de Laponia, que siendo nunca fue. Sí Lautreamont y Flaubert, sí Stevenson y Montaigne y Melville y Voltaire y sí y no también ninguno y todos eran él, laberinto sin ojos, inspector de salud de las gallinas, palpador libertino de bibliotecas de Babel.

Él era todos los seres de todos los tiempos en una realidad tan palmaria que era dado manosearle la carne y los huesos y escucharle la verba o contemplarle los silencios o el sueño y verle la ceguera desde el tacto o adivinarle la risa omnipresente como el bostezo de una calavera.

No necesitaba espejos para saber quién era. Simplemente sabía que en tal instante incorporaba este o aquel personaje y asumía con la misma congoja excéntrica con que se posesionan de su papel los siameses, su rol de vivir todas las vidas.

Era corriente una extraña simu1taneidad que le permitía ser muchos seres a la vez. Cumplía con los deberes de todos y conservaba la memoria integral sin que se moviera una hoja del árbol de su esqueleto, sin su voluntad.

Nadie al comienzo lo sabía. Pero un día diáfano de sol tropical alguien lo vio colándose por una historia que no parecía ser la suya y sucedió que como una bola de nieve comenzó a crecer el rumor de que ese hombre era todos los hombres y todas las mujeres y el todo y la nada del universo.

Y se dio la naturaleza del escándalo. Le hicieron famoso y prestigioso y acudieron a él en todo tiempo pues su infinita condición de ser seres parecíale propicia a todo el mundo para solucionar conflictos o descargar responsabilidades.

Fue consecuente con su carnadura. Se dejó ver por todas las dimensiones del tiempo y del espacio..No dejó realidad sin ficción ni biblioteca sin Alejandría.

Y aprendió y enseñó a reír desde lo circunspecto. Y fue burla burlando un burlador.

Sobre sus hombros cayeron todos los gobiernos y en la planta de sus pies estaba el gran encargo de sostener el mundo, como dicen que hacía el viejo

Atlas con los hombros en otras mitologías arcaicas.

La derecha y la izquierda eran su centro.

De su ombligo partían el ecuador de la rosa de los vientos y hasta el guantánamo de la ignominia, porque sabía reír cuando lloraba, y viceversa.

Sus ojos que todo lo veían sin ser vistos se responsabilizaron de las imágenes de la luz y de las sombras. La espera y el designio fueron sus tonos favoritos. y la palabra puyredon lo devolvía siempre a la infancia para que en la vejez fuese el arúspice traspasando la cábala.

Sus manos fueron instrumento de alfarería pero también artificiosas herramientas para la picaresca intemporal que palpita en las ondas donde se reflejó una vez el rostro de Heráclito y otras los de Narciso y Don Alonso Quijano y el polifacético Aleph sin faz lógica ilógica.

Amores de todo tipo y fuerza protagonizó, lo mismo que odios. Conoció muy a fondo el talante de la risa pero también se empapó muchas veces de la zozobra que acompaña inexorable al dolor y a la ausencia.

Era de ver su cara múltiple cuando la noche caía resbalosa sobre su historia sin fin. Una mujer de pelo blanco le acompañaba trémula. Y le dolía en todo el cuerpo, porque era él también esa mujer que era todas las mujeres para quienes guardaba un soneto raído en el bolsillo de su chaqueta negra.

Un día supo que iba a morir porque aunque todos los hombres y todas las mujeres eran él, “se muere siempre un poco/ y lo terrible es no sentirlo”.

Quiso en ese instante de suprema humanidad, rememorar su experiencia. Una especie de vértigo se le plantó en la imaginación: recordó que había sido Sófocles y Edipo. Urdió las batallas de Atila, nació en las pobres y humildes pajas de Jesús, se recostó sobre el pubis angelical de Teresa De Ávila y fue Eric el rojo y agitó las estrellas en el cielo amazónico y espantó gusanos en las calles de Calcuta, fumó todas las yerbas alucinógenas y repartió comunión en la Capilla Sixtina.

Y se hizo una pregunta que le causó la muerte: ¿Será que yo soy Borges?

Esto fue hace veinte años. Hoy el mundo está ciego. (En: “Cronopios”, diario virtual, edición del 14 de junio de 2006)

Escribe: Ignacio Ramírez.

Un ser era todos los seres. Todas las mujeres y todos los hombres y las piedras y los ríos y los árboles y el mar y el viento y el todo y la nada y la poesía y la realidad y la fantasía eran en él. Los vivos y los muertos eran él. Los grandes personajes de la historia y 1os anónimos transeúntes también eran sus huesos y su piel.

No se trataba de un juego delirante. No de un desdoblamiento ni un caso digno de Freud o de Lacan o de Piaget, ni de Merlín o de Nabucodonosor el de Laponia, que siendo nunca fue. Sí Lautreamont y Flaubert, sí Stevenson y Montaigne y Melville y Voltaire y sí y no también ninguno y todos eran él, laberinto sin ojos, inspector de salud de las gallinas, palpador libertino de bibliotecas de Babel.

Él era todos los seres de todos los tiempos en una realidad tan palmaria que era dado manosearle la carne y los huesos y escucharle la verba o contemplarle los silencios o el sueño y verle la ceguera desde el tacto o adivinarle la risa omnipresente como el bostezo de una calavera.

No necesitaba espejos para saber quién era. Simplemente sabía que en tal instante incorporaba este o aquel personaje y asumía con la misma congoja excéntrica con que se posesionan de su papel los siameses, su rol de vivir todas las vidas.

Era corriente una extraña simu1taneidad que le permitía ser muchos seres a la vez. Cumplía con los deberes de todos y conservaba la memoria integral sin que se moviera una hoja del árbol de su esqueleto, sin su voluntad.

Nadie al comienzo lo sabía. Pero un día diáfano de sol tropical alguien lo vio colándose por una historia que no parecía ser la suya y sucedió que como una bola de nieve comenzó a crecer el rumor de que ese hombre era todos los hombres y todas las mujeres y el todo y la nada del universo.

Y se dio la naturaleza del escándalo. Le hicieron famoso y prestigioso y acudieron a él en todo tiempo pues su infinita condición de ser seres parecíale propicia a todo el mundo para solucionar conflictos o descargar responsabilidades.

Fue consecuente con su carnadura. Se dejó ver por todas las dimensiones del tiempo y del espacio..No dejó realidad sin ficción ni biblioteca sin Alejandría.

Y aprendió y enseñó a reír desde lo circunspecto. Y fue burla burlando un burlador.

Sobre sus hombros cayeron todos los gobiernos y en la planta de sus pies estaba el gran encargo de sostener el mundo, como dicen que hacía el viejo

Atlas con los hombros en otras mitologías arcaicas.

La derecha y la izquierda eran su centro.

De su ombligo partían el ecuador de la rosa de los vientos y hasta el guantánamo de la ignominia, porque sabía reír cuando lloraba, y viceversa.

Sus ojos que todo lo veían sin ser vistos se responsabilizaron de las imágenes de la luz y de las sombras. La espera y el designio fueron sus tonos favoritos. y la palabra puyredon lo devolvía siempre a la infancia para que en la vejez fuese el arúspice traspasando la cábala.

Sus manos fueron instrumento de alfarería pero también artificiosas herramientas para la picaresca intemporal que palpita en las ondas donde se reflejó una vez el rostro de Heráclito y otras los de Narciso y Don Alonso Quijano y el polifacético Aleph sin faz lógica ilógica.

Amores de todo tipo y fuerza protagonizó, lo mismo que odios. Conoció muy a fondo el talante de la risa pero también se empapó muchas veces de la zozobra que acompaña inexorable al dolor y a la ausencia.

Era de ver su cara múltiple cuando la noche caía resbalosa sobre su historia sin fin. Una mujer de pelo blanco le acompañaba trémula. Y le dolía en todo el cuerpo, porque era él también esa mujer que era todas las mujeres para quienes guardaba un soneto raído en el bolsillo de su chaqueta negra.

Un día supo que iba a morir porque aunque todos los hombres y todas las mujeres eran él, “se muere siempre un poco/ y lo terrible es no sentirlo”.

Quiso en ese instante de suprema humanidad, rememorar su experiencia. Una especie de vértigo se le plantó en la imaginación: recordó que había sido Sófocles y Edipo. Urdió las batallas de Atila, nació en las pobres y humildes pajas de Jesús, se recostó sobre el pubis angelical de Teresa De Ávila y fue Eric el rojo y agitó las estrellas en el cielo amazónico y espantó gusanos en las calles de Calcuta, fumó todas las yerbas alucinógenas y repartió comunión en la Capilla Sixtina.

Y se hizo una pregunta que le causó la muerte: ¿Será que yo soy Borges?

Esto fue hace veinte años. Hoy el mundo está ciego. (En: “Cronopios”, diario virtual, edición del 14 de junio de 2006)

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Edición No. 138