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Gracias, caballero

(Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Las miro nuevamente: son doce revistas blancas. Las conocía desde hacía tiempo. Lo que más me llamaba la atención era que en la primera página siempre hubiera un facsímil de un poema o un texto autógrafo de algún escritor. «Ese señor debe tener una colección magnífica», me dije muchas veces. Guardo con especial cariño dos números: el 65, de Abril-Junio de 1988, dedicado a Fernando Pessoa y el 85, de Abril-Junio de 1993, dedicado a Gabriel García Márquez. Cuando comencé a escribir, más bien, cuando comencé a querer que mis amigos leyeran lo que estaba haciendo, nunca pensé que algunos de mis textos serían publicados. Los veía, más bien, andando por los correos como si estuvieran paseando y charlando por ahí. Una mañana me enteré que el Doctor Duque, León Duque, le había mandado uno de ellos a

Carlos-Enrique Ruiz, director de la revista Aleph, de Manizales, y que a éste le había gustado y que lo iba a publicar. El primero que apareció fue «La rompevientos» en el número 120, de Enero-Marzo de 2002. Fue una sensación muy extraña ver uno de esos textos impreso: ya no eran sólo para mis amigos, ahora estaban a merced de los demás. Muy cumplidamente Carlos-Enrique me mandó varios ejemplares de la revista que, por supuesto, inmediatamente regalé. Así me presentó: «Álvaro Castillo-Granada. Joven escritor y librero. Reside en Bogotá.» El fue la primera persona que me llamó escritor (palabra que no consigo asociar conmigo, lo que yo hago simplemente es contar las cosas que me suceden por ahí y que creo puede interesarle leer a alguien). Sólo recuerdo haberlo visto una vez personalmente: fue a San Librario a preguntarme por un libro de Herbert Read (creo). Se convirtió en uno de los destinatarios de mis correos, y para mi sorpresa, incluía algunos de ellos en la sección NOTAS. Creo que en ese momento comencé a ser consciente que, de alguna manera, lo que estaba escribiendo era un libro. Cada número, desde entonces, lleva una colaboración mía. Hemos conversado a lo largo de estos tres años siempre por correo electrónico. No recuerdo haber hablado nunca por teléfono con él. Como yo, es amante de las primeras ediciones y los libros autografiados. Uno de los tesoros que le vendí fue una primera edición firmada de Louis Aragon.

Es extraño tener un contacto casi diario con una persona a la que prácticamente no se conoce. Con la cual apenas se ha cruzado la mirada una vez. Ha bastado con eso para sentir que, de alguna extraña manera, somos amigos. No solamente ha publicado mis textos sino que ha accedido a mi pedido de publicar algunos en particular. Así lo hizo, por ejemplo, con el que le escribí a Catalina Dávila, la mamá de Betania y Miguelito. Para mi era muy importante que su familia viera su nombre impreso en una revista. Lo mismo que mi Diario de Cuba. Muchos de estos ejemplares navegan en esa isla maravillosa. Escribo esto después de recibir el último número de la revista, dedicado a Rafael Gutiérrez Girardot (de quien me contó que le había gustado mi texto sobre Pablo Neruda en Bogotá), donde se las arregló para que también estuviera. Ahora me presenta así: «Álvaro Castillo-Granada. Escritor, librero (en Sanlibrario, Bogotá), editor, viajero. Autor de: «El libro (recuerdos de un lector)» (2004); «Julio Cortázar, una lectura permutante del capítulo 7 de Rayuela» (2005), y de número apreciable de presentación de escritores y de diálogos/entrevistas». Ha sido un compañero fiel de la aventura de Ediciones San Librario, desde un principio, cuando era apenas un proyecto de doce entusiastas; además, dos de sus libros enriquecen nuestro catálogo: Sesgo de claveles y Nociones del vigía. Cree en el valor de lo más importante, de lo único que jamás un hombre puede perder: su dignidad y su palabra. Vuelvo a mirar las revistas: caben en una mano. Desde ellas, desde esas páginas, comencé a sentir que lo que hacía no era tan malo y que cumplía con su destino: tener lectores. Desde esa pequeña revista que le abrió las páginas, con una generosidad espléndida, a alguien que estaba contándose, se puede ver el mundo, como dice el cuento de Jorge Luis Borges: «-¿El Aleph? -repetí. -Si, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». Ya no importa si escribo siempre lo mismo: lo que hago es darle vueltas a la manzana, a veces caminando, a veces corriendo, llegado siempre a la misma meta. Y no hay problema. Mientras hago el recorrido puedo ver muchas cosas distintas: la niña no es siempre la misma niña y el cielo no es siempre el mismo cielo. La danza consiste en eso. ¿O no, querido Carlos-Enrique Ruiz? Usted me abrió sus páginas. Eso no lo olvido, no puedo hacerlo. Lo único que quiero es hoy decirle: «Gracias, caballero».

(Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Las miro nuevamente: son doce revistas blancas. Las conocía desde hacía tiempo. Lo que más me llamaba la atención era que en la primera página siempre hubiera un facsímil de un poema o un texto autógrafo de algún escritor. «Ese señor debe tener una colección magnífica», me dije muchas veces. Guardo con especial cariño dos números: el 65, de Abril-Junio de 1988, dedicado a Fernando Pessoa y el 85, de Abril-Junio de 1993, dedicado a Gabriel García Márquez. Cuando comencé a escribir, más bien, cuando comencé a querer que mis amigos leyeran lo que estaba haciendo, nunca pensé que algunos de mis textos serían publicados. Los veía, más bien, andando por los correos como si estuvieran paseando y charlando por ahí. Una mañana me enteré que el Doctor Duque, León Duque, le había mandado uno de ellos a

Carlos-Enrique Ruiz, director de la revista Aleph, de Manizales, y que a éste le había gustado y que lo iba a publicar. El primero que apareció fue «La rompevientos» en el número 120, de Enero-Marzo de 2002. Fue una sensación muy extraña ver uno de esos textos impreso: ya no eran sólo para mis amigos, ahora estaban a merced de los demás. Muy cumplidamente Carlos-Enrique me mandó varios ejemplares de la revista que, por supuesto, inmediatamente regalé. Así me presentó: «Álvaro Castillo-Granada. Joven escritor y librero. Reside en Bogotá.» El fue la primera persona que me llamó escritor (palabra que no consigo asociar conmigo, lo que yo hago simplemente es contar las cosas que me suceden por ahí y que creo puede interesarle leer a alguien). Sólo recuerdo haberlo visto una vez personalmente: fue a San Librario a preguntarme por un libro de Herbert Read (creo). Se convirtió en uno de los destinatarios de mis correos, y para mi sorpresa, incluía algunos de ellos en la sección NOTAS. Creo que en ese momento comencé a ser consciente que, de alguna manera, lo que estaba escribiendo era un libro. Cada número, desde entonces, lleva una colaboración mía. Hemos conversado a lo largo de estos tres años siempre por correo electrónico. No recuerdo haber hablado nunca por teléfono con él. Como yo, es amante de las primeras ediciones y los libros autografiados. Uno de los tesoros que le vendí fue una primera edición firmada de Louis Aragon.

Es extraño tener un contacto casi diario con una persona a la que prácticamente no se conoce. Con la cual apenas se ha cruzado la mirada una vez. Ha bastado con eso para sentir que, de alguna extraña manera, somos amigos. No solamente ha publicado mis textos sino que ha accedido a mi pedido de publicar algunos en particular. Así lo hizo, por ejemplo, con el que le escribí a Catalina Dávila, la mamá de Betania y Miguelito. Para mi era muy importante que su familia viera su nombre impreso en una revista. Lo mismo que mi Diario de Cuba. Muchos de estos ejemplares navegan en esa isla maravillosa. Escribo esto después de recibir el último número de la revista, dedicado a Rafael Gutiérrez Girardot (de quien me contó que le había gustado mi texto sobre Pablo Neruda en Bogotá), donde se las arregló para que también estuviera. Ahora me presenta así: «Álvaro Castillo-Granada. Escritor, librero (en Sanlibrario, Bogotá), editor, viajero. Autor de: «El libro (recuerdos de un lector)» (2004); «Julio Cortázar, una lectura permutante del capítulo 7 de Rayuela» (2005), y de número apreciable de presentación de escritores y de diálogos/entrevistas». Ha sido un compañero fiel de la aventura de Ediciones San Librario, desde un principio, cuando era apenas un proyecto de doce entusiastas; además, dos de sus libros enriquecen nuestro catálogo: Sesgo de claveles y Nociones del vigía. Cree en el valor de lo más importante, de lo único que jamás un hombre puede perder: su dignidad y su palabra. Vuelvo a mirar las revistas: caben en una mano. Desde ellas, desde esas páginas, comencé a sentir que lo que hacía no era tan malo y que cumplía con su destino: tener lectores. Desde esa pequeña revista que le abrió las páginas, con una generosidad espléndida, a alguien que estaba contándose, se puede ver el mundo, como dice el cuento de Jorge Luis Borges: «-¿El Aleph? -repetí. -Si, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». Ya no importa si escribo siempre lo mismo: lo que hago es darle vueltas a la manzana, a veces caminando, a veces corriendo, llegado siempre a la misma meta. Y no hay problema. Mientras hago el recorrido puedo ver muchas cosas distintas: la niña no es siempre la misma niña y el cielo no es siempre el mismo cielo. La danza consiste en eso. ¿O no, querido Carlos-Enrique Ruiz? Usted me abrió sus páginas. Eso no lo olvido, no puedo hacerlo. Lo único que quiero es hoy decirle: «Gracias, caballero».

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Edición No. 135