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El zorro comienza la leyenda

(Isabel Allende, Plaza y Janés, Colombia, 2005. Escribe: Álvaro Castillo-Granada). No tengo nada en contra de los best sellers o los libros más vendidos. Es más, muchas horas de placer me han deparado el encuentro con algunos de estos libros, cuyas historias tejidas con mil hilos, como si fueran un tapiz o un gobelino donde cada detalle es importante, van llevando al lector de emoción en emoción sin permitirle jamás un descanso o una tregua en esa actividad espléndida que es la lectura. Tal vez por eso emprendí con curiosidad y emoción la lectura de la última novela de Isabel Allende, El Zorro Comienza la leyenda. Desde niños El Zorro ha habitado nuestra memoria. La imagen que tengo de él, por supuesto, me ha sido dada por la televisión, el cine y los cuentos que se conseguían, hace ya muchísimos años en las tiendas (a los que ahora llaman «comics»). Una especie de Robin Hood latinoamericano: valiente, audaz, generoso, justiciero, enmascarado. Con esta presencia fue que me adentré en esta novela. Desde un principio no me atrapó (esta es una de las condiciones esenciales de una novela de aventuras: seducir al lector y no dejarlo salir de la historia). El estilo, pesado, recargado, moroso, acartonado, no es el apropiado para contar la historia de un hombre que cabalga por las llanuras y las montañas protegiendo a los desposeídos y desafiando a los poderosos. Le falta lo más importante en una novela: verosimilitud. No importa la historia que se cuente, lo importante es cómo se cuenta y que, como dijo alguna vez Samuel Taylor Coleridge, «se suspenda momentáneamente la incredulidad». Esto hace que todo sea posible. Lo cual no sucede con esta novela, por desgracia. Es tan fuerte la imagen del Zorro que todos llevamos dentro que nos chocamos con esta historia donde la aventura no corre sino que cojea. Martín Fierro sentenció alguna vez: «el hombre no puede creer en la renguera del perro». Con el ánimo de fijar una historia, de hacerla de alguna manera definitiva y permanente, de contarlo todo, se olvida que lo más importante es contarla como si fuera una película. Así, El Zorro no se acerca a nosotros. No alcanzamos a verlo en medio de la hojarasca de las palabras. Sólo había leído antes dos libros de Isabel Allende: Paula y el cuento para niños La gorda de porcelana. Libros que me conmovieron y emocionaron muchísimo. Me debía leer una de sus novelas. Siempre había escuchado que tenía una influencia mal asimilada o digerida de Gabriel García Márquez. Cosa que corroboré en esta novela. ¿O a quién más puede recordar esta frase: «(.) llenaba el cielo de una humareda volcánica que el viento arrastraba varias leguas mar adentro, alterando la conducta de las ballenas?». Es una lástima que esta primera lectura de una novela de Isabel Allende no haya sido afortunada. El Zorro, por suerte, siempre seguirá cabalgando. Su antifaz negro no se pierde en medio de las palabras. Es inmortal.

(Isabel Allende, Plaza y Janés, Colombia, 2005. Escribe: Álvaro Castillo-Granada). No tengo nada en contra de los best sellers o los libros más vendidos. Es más, muchas horas de placer me han deparado el encuentro con algunos de estos libros, cuyas historias tejidas con mil hilos, como si fueran un tapiz o un gobelino donde cada detalle es importante, van llevando al lector de emoción en emoción sin permitirle jamás un descanso o una tregua en esa actividad espléndida que es la lectura. Tal vez por eso emprendí con curiosidad y emoción la lectura de la última novela de Isabel Allende, El Zorro Comienza la leyenda. Desde niños El Zorro ha habitado nuestra memoria. La imagen que tengo de él, por supuesto, me ha sido dada por la televisión, el cine y los cuentos que se conseguían, hace ya muchísimos años en las tiendas (a los que ahora llaman «comics»). Una especie de Robin Hood latinoamericano: valiente, audaz, generoso, justiciero, enmascarado. Con esta presencia fue que me adentré en esta novela. Desde un principio no me atrapó (esta es una de las condiciones esenciales de una novela de aventuras: seducir al lector y no dejarlo salir de la historia). El estilo, pesado, recargado, moroso, acartonado, no es el apropiado para contar la historia de un hombre que cabalga por las llanuras y las montañas protegiendo a los desposeídos y desafiando a los poderosos. Le falta lo más importante en una novela: verosimilitud. No importa la historia que se cuente, lo importante es cómo se cuenta y que, como dijo alguna vez Samuel Taylor Coleridge, «se suspenda momentáneamente la incredulidad». Esto hace que todo sea posible. Lo cual no sucede con esta novela, por desgracia. Es tan fuerte la imagen del Zorro que todos llevamos dentro que nos chocamos con esta historia donde la aventura no corre sino que cojea. Martín Fierro sentenció alguna vez: «el hombre no puede creer en la renguera del perro». Con el ánimo de fijar una historia, de hacerla de alguna manera definitiva y permanente, de contarlo todo, se olvida que lo más importante es contarla como si fuera una película. Así, El Zorro no se acerca a nosotros. No alcanzamos a verlo en medio de la hojarasca de las palabras. Sólo había leído antes dos libros de Isabel Allende: Paula y el cuento para niños La gorda de porcelana. Libros que me conmovieron y emocionaron muchísimo. Me debía leer una de sus novelas. Siempre había escuchado que tenía una influencia mal asimilada o digerida de Gabriel García Márquez. Cosa que corroboré en esta novela. ¿O a quién más puede recordar esta frase: «(.) llenaba el cielo de una humareda volcánica que el viento arrastraba varias leguas mar adentro, alterando la conducta de las ballenas?». Es una lástima que esta primera lectura de una novela de Isabel Allende no haya sido afortunada. El Zorro, por suerte, siempre seguirá cabalgando. Su antifaz negro no se pierde en medio de las palabras. Es inmortal.

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Edición No. 134