«Eso lo hice con la memoria, pero inventando» – Encuentro con Jorge Edwards
Ya nos habíamos encontrado una vez, cuando publicó El inútil de la familia (en noviembre de 2005). En lugar de la entrevista planeada nos pusimos a conversar largamente de uno de los escritores chilenos más fascinantes del siglo veinte: Jenaro Prieto (a quien conocí por El socio, novela que me regaló Laura García un domingo que cuchareábamos por el Paseo Ahumada, en Santiago). Me escribió en la dedicatoria: «Para Álvaro Castillo, después de hablar de literatura y no de marketing». Después estuvo una mañana en la librería. Seguimos conversando, esta vez de Pablo Neruda, por supuesto (su Adiós, poeta… es un libro fascinante y complejo), Cuba (Persona non grata, polémico, lo he leído varias veces, en sus muchas versiones), inevitable y, ahora no recuerdo por qué, Julio Cortázar. Compró dos libros: una antología de poesía chilena del siglo XIX y la primera edición de El que vino a salvarme, de Virgilio Piñera (Sudamericana, Buenos Aires, 1970). Me preguntó dónde podía conseguir la “Carta de los cubanos a Pablo Neruda”. La había extraviado. Coincidencialmente yo tenía una en el cajón del escritorio para mostrársela a un amigo. Le propuse el siguiente negocio: “Yo se la doy y usted me manda un libro suyo raro, dedicado”. Aceptó el trato y me dijo que me iba a mandar uno que tenía de ensayos sobre escritores chilenos. Pasó el tiempo y el libro no llegó. Nos volvimos a cruzar en Cartagena, en el Hay Festival de este año. En un momento que estuvimos frente a frente, bajo un sol infernal, le dije: “Usted me debe un libro”. Me miró extrañado. “Sí, yo le di la “Carta de los cubanos a Pablo Neruda” y usted quedó de mandarme un libro suyo”. “Claro, respondió, se me había olvidado. Discúlpame. Vuelve a darme tu dirección”. Le di una tarjeta de la librería. La miró y añadió: “La reconozco…claro…claro”. Contra toda esperanza, el 8 de febrero de 2008 llegué a mi casa y ahí estaba el libro esperándome: La otra casa. (Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2006). La presentación en Bogotá de La Casa de Dostoievsky fue la excusa perfecta para volverlo a encontrar, darle las gracias por el libro (no había tenido cómo) y ésta vez, sí, entrevistarlo. La cita la fijó Zoraya Peñuela, cómplice perfecta en esta y otras aventuras. Ese día, viernes, viernes 20 de junio de 2008, salió en El Tiempo un texto que escribí sobre él y su novela. Nos saludamos, le di las gracias por el libro que me había mandado y me dijo que le había gustado mucho mi texto, «Esa relación que hiciste entre escritura y memoria es perfecta. Diste en el clavo». Nos sentamos, nos trajeron un tinto y un jugo de naranja, probé la grabadora (en ese mismo lugar, hace años, se me dañó cuando iba a conversar con Gioconda Belli), todo perfecto, oprimí PLAY y la conversación nació:
-¿Por qué es y no es Enrique Lihn el protagonista de La Casa de Dostoievsky?
-La primera idea de esta novela la tuve hace como veinte años, escuchando una anécdota de Enrique. Con toda esa cosa de estar metido en una pieza, alquilada, donde se acumulaban las cosas y, al final, haber salido por la ventana. Yo dije: «Voy a escribir esta historia». Lo escribí como un cuento. Salió uno más bien largo y lo dejé ahí. Después…tomé ese cuento, lo releí, pensé que se podía desarrollar y de ahí salió La Casa de Dostoievsky. La anécdota original es de Enrique Lihn, pero yo tomé a este poeta y lo hice pasar por muchos episodios del siglo veinte, sobre todo del siglo veinte nuestro: el París de los años sesenta, la Cuba del «Caso Padilla», el Chile de la Unidad Popular… Enrique Lihn estuvo en casi todas esas cosas, lo mío es una ficción, pero una ficción que sigue bastante a Enrique. Fue muy cercano a mí, fuimos muy amigos durante largo tiempo. Incluso, cuando yo dejé de escribir poesía ya era amigo de Enrique. Alcanzó a escuchar algunos de mis poemas y no estaba muy convencido. Ni yo tampoco. Yo dejo de escribir poesía y me quedo observando a muchos poetas que yo conocía. Especialmente a Enrique. Así como también observaba, en otro terreno, a Pablo Neruda.
-¿Por qué observaba a Enrique?
-Porque a mí los poetas me parecían seres enigmáticos. Yo me preguntaba cómo funciona la mente de los poetas. Miraba muy de cerca a Enrique… ¿Cómo será? Hay muchas historias que no están contadas en esta novela, porque en una novela uno tiene que estructurar y eliminar mucho y seguir una línea. Yo podría escribir un capítulo de memorias sobre esta novela y episodios de la vida de Enrique Lihn que no entraron aquí, porque no me entraban, porque la estructura no me los admitía, pero que eran muy divertidos. Vivimos muchas aventuras. Yo me acuerdo de Enrique con un grupo de amigos y amigas en París llegando a un cabaret en la noche, donde había un escenario y una orquesta, qué sé yo. Enrique no tenía con quién bailar aparentemente. Agarró una silla y bailó con ella, en un baile tan frenético, que al final se subió con la silla al escenario. Siguió bailando y al final fue ovacionado. Fue un baile muy divertido, muy estrambótico… Hay tanta historia anexa que podría hacer un libro de memorias, creo yo… A mí me funcionó para mi propio trabajo de novelista, eso de no identificar totalmente al poeta.
-Usted juega con el lector al cambiarle todo el tiempo el nombre… Eso genera cierta ambigüedad.
-Con interrogación… ¿Esteban, Juan?
-Por lo menos en la primera parte. En mi caso, uno logra identificar al personaje cuando llega a Cuba. En ese momento la ficción se entronca con la realidad (llamémosla así). Hay muchos elementos que permiten reconocerlo.
-Esa chica con la que se casó Enrique, María Dolores, la conocimos juntos. Estábamos mirando un kiosco y pasó esta chica. Le dijimos no sé qué y terminó tomando un café con nosotros. Fue así. Había un tercero en ese grupo, era Patricio Bunster. Un bailarín de la escuela de danza y del ballet nacional, muy bueno. Mayor que nosotros. Hermano de Álvaro Bunster, que era un abogado y profesor de derecho. Justamente es la historia más ficticia también, porque Enrique no pasó por el «Caso Padilla», por ejemplo.
-No, él se fue antes.
-Es verdad que estaba estudiando a Vicente Huidobro.
-En «Casa de las Américas» publicó una antología. Hay un juego aún más complejo: el primero sería Enrique Lihn y Cuba y el segundo, un retorno suyo a Cuba (usted se nombra una vez en la novela)
-Remotamente: «El encargado de negocios ha llegado por ahí».
-Muchas cosas que supuestamente el personaje, el poeta, vive usted las vivió. Ahí hay un retorno.
-Voy a decirle lo que pienso de ese retorno. Mi primer libro sobre Cuba fue un libro muy apegado a los hechos, es un relato de mi paso por Cuba desde la llegada hasta la salida.
-Casi día a día.
-Con un epílogo. En cambio aquí yo recupero una experiencia que la hice con Enrique cuando estuvo en el año sesenta y ocho en Cuba, como miembro del jurado de «Casa de las Américas» en el concurso de cuento y después como participante en el Congreso Cultural de La Habana, en enero o febrero. En esa época estaba Enrique y nosotros recorrimos la noche cubana. Íbamos a esos baritos, tabernas donde alguien cantaba, donde alguien tocaba el piano… Hice una errata fea…
-Con «Bola de nieve».
-Sí, no sé por qué le puse «Bola de sebo». Estaba pensando en Maupassant…
-Es una «errata cultural».
-Es una errata cultural que podría ser interpretada como una ficcionalización, incluso. Lo divertido es que a un negro retinto, como era él, lo llamaran «Bola de nieve»…
-A Neruda le gustaba «Bola de nieve».
-Eso no lo sabía. Nosotros oíamos tocar a «Bola de nieve» y veíamos a muchos de esos personajes. Yo sostengo que he vuelto a Cuba más atento, que en Persona non grata, a la gracia popular de la calle y de la noche.
-Eso se nota mucho en la novela. De una u otra forma, la carga política tan fuerte que existe en Persona non grata, acá está por debajo.
-Sí, dominan el paisaje, el ron, otras cosas… Incluso el amor o desamor, ese amor tan complicado finalmente, eso sigue muy de cerca lo que pasó, esa historia de «Titón» y María Dolores parece que fue así, pero yo no tengo una constancia científica.
-¿Por qué, si hay tanta precisión para ubicar hechos o personajes propios, «Titón» no aparece con su nombre real?
-No sé… Quizá para dejar el beneficio de la duda… Eso no fue una verdadera ficcionalización, fue un truco para disimular.
-Usted empezó escribiendo poesía.
-Sí. Yo entré en el mundo de la literatura por gusto de la poesía que yo leía en unos manuales escolares donde se hacían citas y había una parte de métrica. Para explicar lo que era un soneto citaban uno de Lope, de Quevedo… Entones empecé a seguir a esos autores. Después pasé a escribir, muy chico, trece, catorce años…
-¿Esa poesía, esos poemas, fueron publicados? ¿En diarios, en revistas?
-No, no salió nada. El único poema mío jamás publicado es un poema que escribí mucho después y que lo publicó Octavio Paz en la revista Vuelta. Este poema tuvo una motivación muy clara. Resulta que Nicanor Parra iba a presentar un libro. Estaba en Isla Negra e iba a venir a Santiago. A la una me llama el editor y me dice: «Fíjate que Nicanor ha tenido un pre-infarto y no puede venir. Por favor presenta tú el libro». Yo escribí un poema que era como una «Oda a Nicanor», dándole ánimo, mi idea era esa. Ese poema no salió mal. Es lo único mío en poesía publicado. Yo tuve un cierto pudor con mi poesía, no igual al que tuve con los cuentos, porque estos los fui publicando…
-Su primer libro, El patio, salió cuando usted era muy joven.
-Yo tenía veinte años. Salió en mayo del año cincuenta y dos.
-¿Para usted que representó la lectura de Dostoievski? Es una figura tutelar de esta novela.
-A mí Dostoievski me apasionó de adolescente. Creo que leí todo lo que se podía leer… El idiota, Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, Memorias del subsuelo, El jugador, Stepanchikovo y sus habitantes…, qué se yo… Todo lo que encontré. Me fascinaba, me encantaba. Era uno de los escritores que era más que un escritor: un mito generacional, un emblema, una figura. Había un escritor en nuestro grupo que se llamaba Claudio Giaconi, era muy amigo de Enrique, mío, de Alejandro Jodorowsky, Nicanor Parra… Claudio comenzó en la literatura diciendo «Yo soy el Dostoievski chileno». Después se empató con Gogol y escribió un ensayo bastante notable: Un hombre en la trampa. Una de las cosas buenas de mi generación que se está perdiendo.
-¿Usted por qué cree que los escritores rusos tuvieron tanto arraigo en su generación y en las anteriores? Ya nombró usted a Dostoievski y Gogol. Neruda tenía amor por Andreiev.
-Sí. Neruda comenzó leyendo rusos. Nosotros leímos mucho a Andreiev, también. Después se dio una obra de teatro, en el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, en Santiago, en la época en que nosotros teníamos diecisiete o dieciocho años. La vida del hombre, creo que se llamaba. Todos fuimos a ver eso y esa atmósfera rusa nos encantaba. Era una atmósfera inspiradora. Entonces nosotros tendíamos a ver la ciudad de Santiago, que tenía un lado puramente gris, pero tenía un bajo fondo, muy oscuro, y con personajes a veces muy extraños, muy extravagantes, y nosotros los veíamos con los ojos del lector de los rusos.
-Como si fueran las Memorias del subsuelo.
-Claro, como si fuera eso. Y había una casa que nosotros llamábamos «Casa de Dostoievski». Lo que pasa es que «La casa de Dostoievski» mía yo la trasladé para otro lado, porque había otra casa también, muy ruinosa, donde había pintores, por ejemplo, y yo, en la novela, llamo «Casa de Dostoievski» a esa otra casa. Está más al centro de la ciudad. Yo no sé si Enrique estuvo en una pieza en esa casa. Yo creo que no. Eso es ficción también. Pero sé que Enrique arrendó una pieza y se fue por la ventana, él mismo me lo dijo. Yo le inventé a la novela que en esa pieza había un «aleph», fue una referencia literaria, claro. Eso es un invento, un agregado. Yo me divertí enumerando las cosas que hay en esa pieza.
-Ya habló de la noche habanera. También hay, en esta novela, una reconstrucción de la noche santiaguina. Y los comienzos de los escritores de su generación que, para muchos, son desconocidos. Los encuentros del «poeta» con el «antipoeta» (que no se nombra pero sabemos quién es). ¿Cómo reconstruyó esa atmósfera de esa época?
-Bueno. Eso lo hice con la memoria, pero inventando. No siendo muy riguroso con los lugares, ni en los momentos, ni en los diálogos. Hay memoria de «Il Bosco», ese «Club de los hijos de Tarapacá». Esa escena, que ahí está sintetizada, de salir del club cuando está amaneciendo, en Santiago, y se acerca una señora con unos gorritos, con una güichas doradas, del «Ejército de salvación», con uniforme, y que le entregaban a uno el folleto que se llama El grito de guerra, ¡pero la guerra de Cristo contra el pecado! Eso lo viví varias veces. Lo resumí en una escena.
-¿Qué otros poetas de esa generación son para usted importantes?
-Lo que pasa es que mi generación tenía bastantes buenas relaciones con la generación anterior. «El grupo de la mandrágora» eran amigos nuestros que veíamos prácticamente todos los días, en el café… Incluso en el Parque forestal, por ejemplo. Teófilo Cid, el gordo, había sido un elegante diplomático, tan elegante que lo habían puesto en la «Dirección de protocolo». Esto porque tenía un parentesco con un presidente radical, el Presidente Juan Antonio Ríos. Se alcoholizó. La vida diplomática con sus copas y sus cosas lo alcoholizó perdidamente. El quería ser poeta. Y se fue y terminó casi en la miseria. Siempre, más o menos, salvándose con algún programita de radio. Esa gente la veíamos a cada rato. A un poeta que nunca escribió un poema pero que todos le decíamos «El poeta»: Eduardo Molina Ventura, era un tipo un poco amanerado, exagerado para hablar, muy divertido, de gran humor. Buen lector pero nunca se supo de un poema escrito por «el poeta Ventura».
-¿Y anunciaba que los estaba escribiendo?
-A veces anunciaba una novela. Lo divertido era la invención de la novela en la conversación. Después Braulio Arenas hizo un cuento interesante (además escribió novelas cortas que, a mí, es lo que más me gusta del surrealismo chileno). Jorge Cáceres (que aparece con su nombre en la novela) era un tipo flaquito, finito, muy simpático, muy afectuoso además, y era bailarín y tenía la facha de un bailarín, ágil… Y poeta y además dibujaba. Murió de repente. Este es uno que aparece porque yo recuerdo a Jorge Cáceres, en la gran fiesta de la «Escuela de danza», que existió, a la que fuimos con Enrique Lihn y una cantidad de amigos más, y que Enrique Lihn terminó en la cárcel pública. Nos íbamos retirando. Estaba muy desesperado por esta chica que había conocido, que le había desintegrado los botones y qué sé yo, y se había ido un poco molesta. Entonces, empezó a dar vueltas como remolino y con un golpe de puño, pulverizó un vidrio de una ventana de una casa baja. Nos íbamos y sonaron dos pitazos de carabinero. Empezamos a correr y el «chico Sanhueza», que aparece en la novela como el «chico Adriazola», corrió hacia los carabineros y, como era chico, se escabulló. Los carabineros nos persiguieron a nosotros y a Enrique se le torció un pié. Terminamos en la comisaría. Enrique hidalgamente dijo que él había roto el vidrio. A mí me dejaron ir. Fui a avisarle al papá. Enrique entró a la cárcel pública, no pudimos encontrar al juez que lo tenía que liberar y tuvo que estar hasta el lunes.
-¿Por qué cree que la figura de Gabriela Mistral no es prácticamente conocida en América (fuera de Chile, por supuesto y Cuba)?
-Es muy caricaturizada. Se ve como una especie de lesbiana, vestida con trajes largos… En España también hay la misma idea. Yo no sé a qué se debe exactamente. Había poetas de mí tiempo, que eran muy mistralianos. Hay un libro de ella, Tala, que es un libro extraordinario. Lihn era bastante mistraliano. Y un poeta mayor que escribió poco, pero mucha prosa poética, Luis Oyarzún Peña. Muy amigo nuestro. Era «El mistraliano» por excelencia. Se carteaba con ella, tenía una relación interesante. Lo que pasa es que Oyarzún continuó siendo una especie de católico de izquierda, cuando la mayoría de los poetas de ese tiempo eran marxistas. En eso, claro, se encontraba con Gabriela. Tenían algo en común. En el resto de América no es conocida simplemente. Gabriela era una ensayista muy inteligente, tenía un estilo medio áspero, era dura, pesada a veces. Tenía un ensayismo interesante que seguía un pensamiento pedagógico. Muy preocupada por el tema de la educación en Chile y los problemas de la sociedad chilena, la desigualdad, el mundo indio… Ella nació en el Valle de Elqui y se preocupó mucho de las comunidades indígenas del norte de Chile. Era una tipa interesante, Gabriela, pero todo eso fue poco conocido afuera. Quedó la idea de esta señora que tenía siempre una secretaria, que andaba con el pelito corto, un poco masculino… Ella, joven, tuvo apasionados amores masculinos. Tuvo muchas decepciones, muchos desengaños, después ya no se veía más que con mujeres.
-«El antipoeta» es otro de los personajes importantes de esta novela. ¿Cómo ve usted a Nicanor Parra?
-Yo quise mantenerlo como «el antipoeta», no siempre Nicanor. Hay algún momento en que se lo nombra, creo. Me interesó eso de mantenerlo en un tono de leyenda, lo que pasa es que los poetas pasan a ser leyenda. Sobre todo en Chile, que es un país donde hay mucho poeta. Entonces hay mucha fabulación y mucha mitología alrededor de su figura. Esto se acentúa cuando se mueren. Por ejemplo, ahora, la juventud en Chile es muy pro Lihn. Se lee y se habla mucho de él. Ahora que supieron que yo escribí esto, la novela está teniendo mucha lectura de los jóvenes. El otro día un joven me dijo: «Esta novela es rockera». «¿Por qué me decís eso?», le pregunté. «Porque tiene un ritmo y una cuestión así… Y ahora me voy a leer todo lo suyo», respondió.
-Era «rockera» de Rock, no de Pablo de Rokha.
-Sí, no de Pablo de Rokha. Se ha producido una «leyenda lihniana» y una «antileyenda nerudiana». Está tan oficiliazado. Por ejemplo. Escuché un discurso de Michelle Bachelet en un homenaje a la presidente de la India: «Neruda…Neruda había estado en la India…». Después me tocó escuchar un discurso de Ricardo Lagos… «Neruda…». Después un discurso de un tipo de derecha que es como presidente del Senado o la Cámara. «Neruda…». Resulta que es imposible hacer un discurso político hoy día sin nombrar a Neruda. Hace poco hubo un proyecto para ponerle «Neruda» al aeropuerto de Santiago. Escribí una crónica en tomadura de pelo: «Yo propongo que a Chile le pongamos «Neruda». Capital: «Neruda». Y al aeropuerto también». Hay un «Hotel Neruda» y un pleito por el uso del nombre. Y un vino «Neruda». O sea, Chile se «nerudizó» de una manera extraña. Oficial. Esa gente que cita a Neruda, busca una cita por ahí, pero no ha leído a Neruda…
-Además, Neruda sirve para todo.
-Da para todo. Entonces hay ahora una idealización de los poetas más malditos, más solitarios, más incómodos… Se lee mucho a Teillier y a Lihn y se tiene mucho cariño por Nicanor. Más que por Gonzalo Rojas.
-Una última pregunta. Siempre el tiempo es corto. Esta es una cita suya: ¿»Cuándo nos encontramos en los terrenos exclusivos de la ficción, de la proyección de fantasías del espíritu»?
-Cuando uno está escribiendo la memoria se desliza a terrenos que son de la ficción pura, digamos. Eso ocurre en el París y en La Habana de esta novela. Ese apartamento es un invento, ese paisaje marino también es un invento. Esos amaneceres… Y en el Santiago más o menos profundo, de bajo fondo. Por ejemplo, el Santiago del «pingüino», el del «Paseo Ahumada», es un largo poema de Enrique Lihn. Yo le invento a ese poema unos paseos del poeta con el «pingüino», unas llegadas a lugares de los extramuros de la ciudad. Ficción. Deslizamientos. La memoria primero simpatiza, inventa cosas y hay un momento en la narración se desliza a la ficción pura. Hay una casa a la salida de Isla Negra, barrida por el viento, muy cerca de la ficción.
-No resisto dejar de preguntarle esto: ¿A Neruda le gustaba Enrique Lihn? ¿A Enrique Lihn qué le gustaba de Neruda?
-Neruda me dijo una vez, con estas palabras, «Tu amigo es un pesado». Enrique Lihn encontraba que Neruda era un poeta insoportable pero reconocía algunos grandes poemas de Residencia en la tierra. Eso sí, eso lo admitía. Enrique Lihn admiraba al Neruda de Residencia en la tierra y, como el Neruda de nuestro tiempo era otro, el del Canto general, el de Las uvas y el viento, ese Neruda simplemente lo detestaba. Enrique era «huidobriano» con algunas reservas. Huidobro tenía, a veces, cierta majadería. Era vanidoso. Admiraba a Huidobro, respetaba mucho a Gabriela Mistral, le tenía mucho respeto intelectual y le gustaban mucho algunas poesías. Después Rimbaud, Laforgue y Vallejo. Mi generación comenzó sin saber quién era Vallejo y cuando lo supimos hubo una gran lectura de Trilce y Poemas humanos. Borges en prosa. El respeto que se produjo por la poesía de Borges vino un poco más tarde. Yo creo que Lihn tenía un gran afecto y admiración por Nicanor Parra. En la casa de Nicanor, en una época en que vivía en el centro de la ciudad, había una mesa, donde estaban una cantidad de diarios y unas tijeras. Recortábamos frases (yo participé una o dos veces, pero Lihn participó mucho más) y las pegábamos en forma absurda: «Vaca embiste contra locomotora». Cosas así… Cambiaba la tipografía y las pegábamos en unos cartones. Era un diario mural que se llamaba El quebrantahuesos. Ese diario mural se pegaba en una calle del centro de Santiago. Tenía mucha lectura. Se agolpaba la gente y se reía de estas cosas.
-¿Eso es antes o después de los Artefactos de Nicanor?
-Mucho antes… Yo creo que eso anuncia los Artefactos…
Había desparecido el tiempo disponible. Oprimí STOP.
Seguimos hablando otro rato.
