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El hombre de Pilos

A León Duque y a Eugenio Matijasevic,

con afecto

«Corazón, corazón atormentado por inmensos dolores,

cobra valor y defiéndete ofreciendo el pecho al enemigo

y deteniéndote con valor junto a las emboscadas de los

hombres hostiles; si vences no te jactes de ello públicamente

y si eres vencido no gimas refugiándote en tu

casa. Date cuenta de las alternativas a que esta sujeto

el hombre.

Arquíloco (Fragmento del Libro de los Tetrámetros)

Me agrada sentir como me envuelve la brisa marina aquí en lo alto del promontorio de Coryphasimon, a la entrada de la bahía de Pilos, donde me encuentro tendido en una parihuela de pieles de cabra reponiéndome de mis heridas, a la sombra del pórtico del templo de las Moiras, las diosas del destino. Soy guardián de este lugar y no un sacerdote, pues al destino no se le puede rendir culto ni ofrecer sacrificios para detenerle, comprarle o tratar de manipularle, como ocurre con otras deidades; el destino es implacable. Así pues, este es un templo solitario y tranquilo donde no vienen procesiones, ni gentes en peregrinación pues ¿qué podrían pedirle u ofrecerle al destino? Vienen, eso sí, solitarios o gentes aisladas a mucho meditar. Algunos se acercan a mi humilde morada, situada en el fondo de los jardines del templo, y me buscan para conversar y yo les doy comida y abrigo.

El aire se llena de los graznidos de las gaviotas y escucho constantemente el ruido del «boom, boom…..» del chocar de las olas contra la base del acantilado de la pared exterior del promontorio, situado a once estadios de la ciudad de Pilos de donde soy originario. Me llamo Teoclo y soy el último de una larga lista de descendientes del rey Néstor, el gran consejero de Agamenón y Menelao, de Aquiles y de Diómedes, y de otros preclaros héroes caídos al pie de los muros de Troya. Soy, pues, mesenio y uno de los escasos supervivientes del contingente de nuestro pueblo que se unió a los tebanos bajo el mando de Epaminondas, para librar la batalla de Leuctra contra los espartanos. La batalla la ganamos a un terrible precio y hace ya de esto quince días. De lo encarnizado del combate, además de los vendajes en mi pecho y de la larga cicatriz que cruza mi rostro, dan fe mi casco hendido y mi coraza perforada en cuatro partes. Cuelgan ahora de dos clavos en una de las batientes de las puertas del santuario.

Enrollo y desenrollo los pergaminos que tengo bajo mi custodia para volverlos a guardar en el cilindro de cuero que los protege. Estoy nervioso pues debo desprenderme de ellos antes de morir. Espero a mi único amigo, (los demás murieron con la espada en la mano o a traición durante las «Kryptias» nocturnas espartanas) que por paradojas del destino es un espartano. El se encargará de ponerlos a buen recaudo mientras la situación se estabiliza. El ha hecho con la mano sobre el fuego el más terrible juramento: «por las aguas del Estigia» de cumplir su palabra y yo le creo, no por el terrible poder de las fuerzas invocadas, sino por qué le conozco bien desde niño y es un hombre cabal.

Los pergaminos contienen la historia de mi pueblo y de la terrible lucha que debieron librar contra Esparta por su supervivencia. Su éxodo y su esclavitud, y la promesa de un nuevo renacer como nación, están aquí consignados. Son los testimonios escritos de varias generaciones de nuestros bardos y de nuestros cronistas. Yo Teoclo, guardián del templo de la más indomeñable de todas las fuerzas, el destino, guardo en estos pergaminos la memoria de mi pueblo, tradición indispensable para la resurrección de mi nación mesenia, confiando en mi amigo, y por qué no, aunque me sea difícil de aceptar……..en el destino.

Conocí a Epiteles desde cuando éramos los dos niños. El espartano, yo mesenio. Un lazo fuerte nos une. Juntos, como mercenarios, estuvimos en la retirada de los Diez Mil y yo le salve la vida, cuando bajo una lluvia de flechas y rocas atravesábamos por un estrecho desfiladero el país de los carducos. Ese día de lluvia, barro y nieve, Epiteles recibió un flechazo en la espalda y yo lo abracé rápidamente, pues, herido como estaba, trastabillaba peligrosamente sobre el abismo. Logré arrastrarlo hacia una cornisa de rocas situada sobre nuestras cabezas que nos sirvió de refugio contra los proyectiles enemigos. Vi morir a mi lado a Cleónimo de Lacedemonia, soldado valeroso que pereció atravesado por una flecha que no habían podido detener ni su escudo ni su vestido de piel. También vi caer a Basias de Arcadia atravesada su cabeza de parte a parte.

Recuerdo bien a Jenofonte, saltando de su caballo, separando a un soldado de su fila, arrancándole el escudo de sus manos y obligándole a andar lo más rápido posible. Noté que, como llevaba puesta la coraza, se sentía aplastado por el peso de sus armas, y aún así nos seguía exhortando a los de adelante para que avanzáramos y a los de atrás para que nos siguieran. Vi como los soldados golpeaban al oficial de vanguardia Sotéridas que se había acobardado. Le tiraron piedras, le injuriaron y le obligaron por fin a tomar el escudo. Montó de nuevo Jenofonte a caballo y se sirvió de él mientras el camino fue practicable y cuando cesó de serlo lo abandonó. Finalmente nuestras tropas llegaron a la cima de la montaña. Yo me quedé rezagado pues cargaba con Epiteles hacia el destacamento de los heridos donde en la noche le fue extraída la flecha y vendada la herida. Ya en el campamento recuerdo al magnífico y terrible Quirisofo en el momento en que le trajeron dos prisioneros carducos. Ordenó que fueran separados intentando hacerles declarar si conocían otro camino además del que tenían en frente. El primero, a pesar de amenazarle con la tortura, manifestó que no conocía otro camino y puesto que nada se podía sacar de él que fuese útil para el ejército, Quirisofo lo degolló ante los ojos de su compañero. Este respondió que el hombre había pretendido no conocer otro camino por qué tenía por allí una hija casada, y prometió conducir al ejército por una ruta practicable incluso sobre las acémilas.

Viejos recuerdos. Espero a mi amigo. Por fortuna la amistad ha prevalecido sobre el odio de los pueblos.

El día de la batalla de Leuctra, Epaminondas pasaba revista a mi unidad y fijándose en mi me llamó aparte y me dijo con el alegre chispear de sus ojos: «oye mesenio ¿tu no consideras que eres demasiado viejo para estar aquí? La batalla va a ser muy dura». Y yo, encogiéndome de hombros, le respondí: «mira Beotarca, en parte tienes razón pues ya friso mis cincuenta y cuatro inviernos, pero quiero ser parte de este ajuste de cuentas con los espartanos que tanto daño le han causado a mi pueblo. Quiero además que mi destino se cumpla. Concédeme esta oportunidad”. Y él palmeándome en la espalda respondió: “si quieres morir es cosa tuya y no salgas con cuentos del destino porque tu mismo eres el que acaba de escoger ser parte de la primera línea de choque”.

Montó su caballo y con la mano hizo una señal de despedida desapareciendo entre la multitud de guerreros que tomaban sus posiciones, y a lo lejos le vi conversando con un oficial y señalarme.

Vinieron por mí y me encuadraron en la primera fila de la formación oblicua tebana. Resistimos el choque con los espartanos y combatí en medio de la polvareda hasta que fui herido y perdí el conocimiento. Desperté luego en una camilla camino al templo del destino.

Esto es todo por hoy, voy a dormir arrullado por el sonido del viento y el graznido de las gaviotas. Mientras trato de conciliar el sueño no puedo dejar de pensar: ¿Por qué existen grandes tareas o por lo menos tales que sus consecuencias sean bienhechoras para alguien y para la época y que sinembargo ningún hombre bueno debe tomar para sí? Tiemblo, siento mucho escalofrío y siento un dolor punzante en mi pecho. El mar Jónico está en calma y ya empieza a anochecer. El disco solar se hunde en este atardecer en la inmensa masa de agua. Sólo se que nunca he loado moralmente al destino. No se trata de una necesidad de las cosas, completamente independiente de toda voluntad consciente, y ya sea concebida como hecho suelto o como mero nexo general desde los comienzos del mundo, según sea el pueblo o los pensadores los que hablen, la Moira no es ninguna personalidad pero sí un poder absoluto.

El dolor está pasando y mi criado me trae un brasero para calentarme. Recuerdo la cara de Diopites, sacerdote de Delfos, y su risa irónica mientras me relataba un viejo mito: «Una vez Zeus fue lo bastante fuerte para sacar al destino de un apuro en que se había metido por causa de dos animales: el zorro tebano estaba predestinado a que nadie pudiera atraparlo, pero el perro ateniense, Céfalos, a coger todo lo que se pusiera delante, y una vez que se encontraron y el perro empezó a perseguir al zorro, Zeus los convirtió en piedra». ¿Por qué pienso en estas estupideces? Debe ser la fiebre. Debo mantenerme despierto en espera de Epiteles pues presiento que Diké no dispone ya para mí del tiempo suficiente.

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Edición No. 146