Historia de las ideas políticas en Colombia
Prólogo
Propio del pensar no es sólo el movimiento de las ideas,
sino igualmente su detención.
Walter Benjamín,
Über den Begriff der Geschichte[[Walter Benjamín, «Über den Begriff der Gescichte» en: Walter Benjamin, Gesammelte Schriften, I, 2, Hrgg. Von Rolf Tiedelmann und Hermann Schweppenhäuser, Frankfurt a.M., Suhrkamp, 1991, p. 712 (Tesis XVII). Las traducciones las he tomado, citando la página en internet, de la magnífica edición y traducción de Bolívar Echeverría, Walter Benjamín, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/tesis.pdf (aquí p. 31).]]
Esta Historia de las Ideas Políticas en Colombia que presenta la Editorial Taurus y el Instituto de Estudios Sociales y Culturales PENSAR a la opinión pública, busca fomentar la reflexión acerca de la situación que atraviesa el país, situación tan extrema que bien pudiera llevar a la interpretación del poeta Hölderlin de que «allí donde crece el peligro allí está la salvación». Naturalmente sólo se da la salvación a quienes asumen el peligro. Disintiendo, por tanto, de quienes estiman que reflexiones filosóficas sobre la crisis y la sociedad colombiana, al ser menos concretas pueden ser calificadas de no pertinentes, quiero leer las Tesis sobre la historia, las reflexiones de Walter Benjamin sobre «el concepto de historia», escritas entre 1939 y 1940, cuando la situación política de Europa en plena guerra lo lleva a quitarse la vida en la frontera con España. Mi lectura pretende ayudar a comprender nuestra historia ya bicentenaria, magníficamente expuesta por los 10 colegas que la han escrito.
I
Mi interpretación desde Benjamin se facilita al constatar que los autores no han caído en una presentación funcionalista de nuestra historia, y mucho menos historicista, en el sentido que la critica Benjamin:
El historicismo se contenta con establecer un nexo causal entre distintos momentos de la historia. Pero ningún hecho es ya un hecho histórico solamente por ser una causa. Habrá de serlo, póstumamente, en virtud de acaecimientos que pueden estar separados de él por milenios[[Ibid., p. 704 (Apéndice A) (Trad. p.33).]].
Y aquí radica el problema de la comprensión de la historia para un historiador crítico, quien no simplemente va acumulando datos, héroes y eventos. Debe penetrar en el sentido de épocas pasadas, en las que se dieron muchas luchas por el cultivo de la humanidad y por la construcción de un futuro mejor, que en la perspectiva de nuestros predecesores es nuestro presente y en relación con la cual se puede evaluar mejor qué pudo pasar para que no se cumplieran las esperanzas de generaciones anteriores. Continúa Benjamin:
El historiador que parte de esta comprobación no permite ya que la sucesión de acaecimientos le corra entre los dedos como un rosario. Aprehende la constelación en la que ha entrado su propia época con una muy determinada época anterior. Funda de esta manera un concepto del presente como ese «tiempo del ahora» en el que están incrustadas astillas del tiempo mesiánico[[Ibid.]].
Este «tiempo del ahora», «Jetztzeit», en el que el historiador que piensa y no sólo recita como autómata las avemarías del rosario, le otorga no sólo la visión del pasado, en el sentido en que lo hemos dicho, sino el de un pasado detenido en el «tiempo del ahora», para darle una nueva oportunidad, sin repetirlo, al proyectarlo a un futuro que es nuestro presente viviente, desde el cual como limitada respuesta a las angustias e ilusiones de generaciones anteriores, es posible decir algo de un futuro que no puede no responder a las frustraciones propias de la historia. El historiador no puede olvidar el sentido del pasado que se le da en las múltiples luchas sociales y políticas, no siempre no violentas.
Para desarrollar esta idea, quizá nada mejor que la imagen bellamente propuesta por Benjamin del «ángel de la historia»: se trata de la muy conocida tesis XI que con epígrafe reza como sigue:
«Mi ala está pronta al vuelo.
Retornar, lo haría con gusto,
pues, aun fuera yo tiempo vivo,
mi suerte sería escasa.»
Gerhard Scholem, Saludo del Angelus.
Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso[[Ibid., ps. 697-8 (Trad. p. 24).]].
El ángel de la historia nos funda como comunidad con el pasado y con el futuro, para que en comunicación[[Insisto, a pesar de historiadores colombianos de profesión, en mi interpretación de este pasaje de las Tesis desde una teoría del actuar comunicacional, como lo hice en mi «Introducción: la historia es comunicación» a Varios Autores, Un mundo jamás imaginado 1492-1992. Ministerio de Educación Nacional, Santillana, Bogotá 1992, pp. 6-9.]] descubramos lo que ha sucedido a partir de las penurias que han desembocado en nuestro presente, para que, tenidas en cuenta, encuentren en el futuro respuestas menos dolorosas y más felices. Pero al ángel de la historia no se le dan hechos desencadenados, se le da el todo: una catástrofe única, en la que crece el cúmulo de ruinas hasta el cielo. Se trata pues de una historia de personas y colectividades, no de hechos, instituciones y resultados. Y esta relación con las personas es sobre todo una relación con las víctimas, con los perdedores, con los que su memoria nos reclama seguir luchando por una forma de hacer política sin violencia.
La tensión en la que se encuentra el historiador y que es en última instancia su razón de ser entre un futuro que nos jala hacia el progreso y un pasado que nos retiene, si todavía somos capaces de sensibilidad moral, es la que lo lleva a comunicarse con las víctimas, sobre cuyas ruinas se ha construido el progreso. No es válida una evaluación de las acciones humanas orientada sólo por resultados. El progreso por sí mismo no explica la historia, más bien la desfigura, instalando el progreso y no el «principio esperanza» como su teleología, haciendo de ella el protagonismo de los vencedores. La razón por la cual Benjamin insiste en la necesidad de privilegiar a los perdedores y a las víctimas en la presentación de la historia no es sólo de índole moral y política. También hay razones epistemológicas si se quiere tener una auténtica visión de lo acontecido. Así lo formula la Tesis VII:
«Considerad lo oscuro y el gran frío
De este valle que resuena de lamentos»
Brecht, La ópera de tres centavos.
Fustel de Coulanges le recomienda al historiador que quiera revivir una época que se quite de la cabeza todo lo que sabe del curso ulterior de la historia. Mejor no se podria identificar al procedimiento con el que ha roto el materialismo histórico. Es un procedimiento de empatía. Su origen está en la apatía del corazón, la acedia, que no se atreve a adueñarse de la imagen histórica auténtica, que relumbra fugazmente. Los teólogos medievales vieron en ella el origen profundo de la tristeza. Flaubert, que algo sabía de ella, escribió: «Pocos adivinarán cuán triste se ha necesitado ser para resucitar a Cartago». La naturaleza de esta tristeza se esclarece cuando se pregunta con quién empatiza el historiador historicista. La respuesta resulta inevitable: con el vencedor. Y quienes dominan en cada caso son los herederos de todos aquellos que vencieron alguna vez. Por consiguiente, la empatía con el vencedor resulta en cada caso favorable para el dominador del momento[[Walter Benjamin, op. cit., p. 696 (Trad. 22-23).]].
Es muy importante que el historiador logre reconstruir la relación entre las víctimas y el dominador en la época que pretende analizar. Pero para hacerse al punto de vista de los perdedores es necesaria sensibilidad moral, capacidad de sentir con las víctimas, empatía que rompe con ese desabrimiento moral, con la apatía e indiferencia de quienes siempre han estado del lado de los vencedores, del progreso a toda costa. Y por ello el veredicto contundente: el historiador historicista y funcionalista es funcionario del vencedor, su cómplice, no pocas veces adornado de cientificidad, neutralidad valorativa, actitud no política. Y entonces se deja todo sentido de solidaridad con los oprimidos a una pertenencia religiosa, que renunciando a la acción política, o haciendo política desde los máximos de sus creencias, desgasta su discurso en misericordia, no rencor, virtudes y moralismo edificante. Continúa Benjamin:
El materialista histórico tiene suficiente con esto. Todos aquellos que se hicieron de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de guerra es conducido también en el cortejo triunfal. El nombre que recibe habla de bienes culturales, los mismos que van a encontrar en el materialista histórico un observador que toma distancia. Porque todos los bienes culturales que abarca su mirada, sin excepción, tienen para él una procedencia en la cual no puede pensar sin horror. Todos deben su existencia no sólo a la fatiga de los grandes genios que los crearon, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión a través del cual los unos lo heredan de los otros. Por eso el materialista histórico se aparta de ella en la medida de lo posible. Mira como tarea suya la de cepillar la historia a contrapelo[[Ibid., pp. 696-697 (Trad. p.23).]].
Los autores de esta Historia de las ideas políticas han sabido cepillar la historia de Colombia a contrapelo. Ojalá lo puedan aprender sus lectores. Lejos de dejarse seducir por quienes recientemente nos han dado «la bienvenida al futuro» a costa de mayor desempleo, menos igualdad, menos autonomía nacional, son enfáticos en buscar las causas de la pobreza, las exclusiones y discriminaciones en una historia que va más allá de ser bicentenaria, pero que prometió en su momento emancipación, dignidad, justicia como equidad. Así lo plantearon los autores de Dialéctica de la ilustración, cuando mostraron el rostro de Jano de doble fase de la modernidad, devenida en mera modernización. Cepillar la historia a contrapelo significa comprometerse con un sentido de cultura y de progreso más complejo que el de los funcionalistas modernizadores. Es cuestionar radicalmente propuestas de desarrollo científico, técnico y tecnológico, en los que el criterio para la innovación y las políticas de investigación, se reducen a la productividad y a la competitividad. Se ha olvidado la componente social, de la cual el historiador sabe mucho si se compromete sin pusilanimidad y sin cobardía con la memoria.
Y en cada momento de crisis, después de guerras partidistas entre generales ansiosos de victoria, después de constituciones que parecerían ser los catálogos de lo no cumplido por el Estado de derecho, después de reformas radicales, conservadoras o liberales, que lo único que no tenían en cuenta es que las anteriores reformas se hicieron sin contar con la ciudadanía de carne y hueso, se volvió a prometer lo mismo, sin considerar que es necesario tener en cuenta también La razón de los vencidos[[Éste es el título de uno de los primeros libros de Reyes Mate, inspirado en el pensamiento de Walter Benjamin, en Anthropos, Barcelona, 1991.]], a los que por ser perdedores se les niega toda razón, dado que por algo van perdiendo.
Pero la orientación de Benjamin, de acuerdo con Jürgen Habermas, es radicalmente diferente a la del historicismo: «La esperanza de lo nuevo en el futuro sólo se llena por la memoria de un pasado reprimido»[[Jürgen Habermas, Der philosophische Diskurs der Moderne, Frankfurt a.M., Suhrkamp, 1985 (excurso sobre las tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin), p. 21.]]. Lo cual significa trascender la concepción de historia como simple espacio de experiencia o mero horizonte de esperanzas. No es el futuro en cuanto tal el que nos puede salvar, sino nuestra capacidad de responder en el futuro a un pasado que nos dona el tiempo y lo carga de tareas y nos lo conserva en la memoria (histórica).
Habermas concluye sus reflexiones sobre las Tesis mostrando cómo ellas transforman radicalmente la ocupación con la historia: «La reparación anamnética de una injusticia, que ya no se deja considerar como no sucedida, pero que sí puede ser reconciliada al menos virtualmente gracias a la memoria, ata el presente a un contexto comunicativo de una solidaridad histórica universal»[[Ibid., p. 26.]]. Y esta visión es crítica a un narcisismo muy propio de la modernización que ha depositado todo el futuro en la responsabilidad de un presente, en perspectiva pragmática, que al no mirar hacia el pasado y motivarse por sus falencias, repite todos los errores cometidos desde antaño.
II
Es también en estas Tesis sobre el concepto de historia en las que se inspira Jürgen Habermas al dar el famoso debate a los historiadores alemanes, que pretendían poder fortalecer la identidad alemana de la posguerra haciendo un paréntesis al holocausto[[Ver: Jürgen Habermas, «Eine Art Schadensabwicklung» en: J. Habermas, Eine Art Schadensabwicklung. Kleine politische Schriften VI, Granfurt a.M., Suhrkamp, 1987, pp. 115-158.]]. Se trataba de tendencias apologéticas, que disculpaban de alguna forma el régimen nazi y en especial a colaboracionistas y a la población civil, como fenómeno anómalo y disfuncional de la historia de Alemania, y optaban por un uso público de la historia que fuera edificante para ciudadanas y ciudadanos que tenían que integrarse dignamente en el proyecto democrático de Occidente al terminar una guerra incomprensible, absurda. Se establecía una especie de continuo historicista entre la nación alemana de entreguerras y la liberada del régimen nazi, ansiosa de futuro, capaz de cumplir sus tareas en Occidente, como si la barbarie hubiera sido algo así como un vacío histórico, inexplicable por parte de los alemanes, producto de mentes enloquecidas, terroristas, enfermas, provocadas además por la intransigencia de dos enemigos en Oriente y Occidente, entre el comunismo soviético y materialista y el no menos materialista americanismo individualista y pragmático.
Los historiadores neoconservadores y neoliberales miran la historia desde el futuro del progreso, no desde sus víctimas en los campos de batalla y en los otros campos, sin tener en cuenta los vecinos, traicionados, perseguidos y desplazados, porque había que ganarle al monstruo, que había interrumpido la historia de Europa. Culpabilidad, ninguna, y la que hubiere, había sido castigada por los vencedores en Nüremberg. Justo castigo, que cancelaba un error histórico. Responsabilidad de la población y sobre todo de sus políticos, muchos de ellos conniventes con el tirano, no conviene urgirla, porque la memoria amenaza con debilitar la unidad.
Pero otro es el sentido de identidad de un pueblo y de una nación, quizá no tanto de aquella «Patria», de la que más hablaba Hitler, cuanto más se aproximaba la hecatombe: das Vaterland! Pero si los historiadores comprenden la historia que ayuda a refundar identidad, explicando qué pudo pasar, precisamente desde la perspectiva de las víctimas, los mismos alemanes engañados, pero sobre todo, los judíos, polacos, checos, la población campesina rusa masacrada al final del holocausto, entonces sí parece tener sentido su oficio como pedagogos de una nueva ocupación con la historia en su uso público: sus museos, monumentos, archivos, escritos que hablan desde un pasado no resuelto con los vecinos y con los de otras razas. Y la identidad sólo puede consistir en la conciencia de un pueblo de ser capaz de avergonzarse y por tanto de reconocer culpa y hacerse digno del «perdón de lo imperdonable» (Derrida). Se trata del entonces Canciller de Alemania arrodillado a la entrada del campo de concentración de Varsovia, reconociendo que los vencedores también pueden pedir perdón a los vencidos.
III
En Colombia esperaría uno, naturalmente en tono menor, pero por ello mismo no menos justo con nuestra identidad nacional, un discurso que la refunde desde la perspectiva de las víctimas[[Ver Guillermo Hoyos Vásquez (Editor y Prólogo), Las víctimas frente a la búsqueda de la verdad y la reparación en Colombia, Bogotá, Goethe/PENSAR, 2007, pp. 9-21.]]. Lo importante de esta Historia de las ideas políticas es que podemos contar, por lo discutido en ella, con historiadores que se oponen a la fábula de que en estos últimos años de violencia en Colombia, por más despolitizada y desmoralizada que se la quiera estampar y por más criminalizada que se la sufra, no se ha tratado de confrontación armada, manifestación ella de parte de nuestra identidad nacional. Sólo si la asumimos como tal, -y a esto tendían quienes criticaron hasta último momento la ley de justicia y paz- lograremos integrar en nuestra identidad a los desplazados, las víctimas, las injusticias, discriminaciones y toda esa serie que se pierde en el infinito, hasta las vísperas de la independencia, de crímenes de exclusión, masacres, esclavitud, explotación. También esas víctimas, por cuanto han sido los «pacientes» en esta empresa bicentenaria de agentes del progreso, son parte de nuestra identidad, nos guste o no nos guste, quepan o no quepan en el sospechoso término nacionalista a ultranza de la «Patria».
Desde la primera campaña presidencial de Álvaro Uribe Vélez el protofilósofo de la seguridad democrática, José Obdulio Gaviria Vélez se inventó, con aquella originalidad fantasiosa que lo caracteriza, el metarrelato de que en Colombia no hay conflicto[[Ver. José Obdulio Gaviria Vélez, Sofismas del terrorismo en Colombia, Bogotá, Planeta, 2005. Esta tesis se repite en sus múltiples publicaciones e intervenciones, como si la verdad de las ideas dependiera del número de veces que enuncian, así los argumentos y los hechos las vayan cuestionando.]]; lo que hay es una manada de bandidos, es decir terroristas que le tienen declarada una guerra al Estado colombiano, a la «Patria». Este imaginario llevó a la política del gobierno Uribe I y Uribe II a consumirse en seguridad democrática; en ella inmoló un sentido de política, que se inventó para solución de los conflictos, comenzando por el de la «insociable sociabilidad» (Kant), y desplazó la política de su principal campo de acción en tiempos de crisis, entre la violencia política y la política democrática, precisamente en la solución de las causas de las luchas que inveteradamente se busca solucionar a bala, de suerte que puedan ser solucionadas con palabras. Se opta por la concepción de política a la Cart Schmitt, uno de los más cercanos al nacionalsocialismo, para plantear el campo de la política entre amigo/enemigo, acercándose peligrosamente en términos locales a uribistas/terroristas. Se hace necesario constitucionalizar la política, de suerte que no quede a disposición del más fuerte (Schmitt) o de una comprensión moralista nacionalista de la democracia (doctrina Bush). Esto se refleja en dos formas de entender hoy en día el problema del terrorismo y en dos modos de concebir la cooperación internacional. Un derecho hegemónico que exige represión inclusive violando derechos humanos y territorios ajenos y un sentido de organización democrática que tiene ante todo en cuenta la soberanía de los Estados y los derechos de la personas como ciudadanos del mundo[[Ver mi ensayo: «Ethos mundial y justicia global en un enfoque discursivo» en: Francisco Cortés Rodas y Miguel Giusti, Justicia global, derechos humanos y responsabilidad, Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2007, pp. 333-359.]].
En la última cumbre de Río sostenida en República Dominicana el viernes 7 de marzo de 2008, el Presidente Álvaro Uribe declaró en su militante intervención delante de todos los jefes de Estado y sus Cancilleres de Latinoamérica: «yo no nací para la política, esto tiene mucho de farsa, lo mismo la diplomacia»; más adelante se confesó demócrata y cristiano. Me temo que ni siquiera podría ser recibido en la democracia cristiana, quien declara farsa la política y la diplomacia en un evento que se caracterizó felizmente por ser muestra fehaciente de hasta dónde puede llegar la política en el camino hacia la paz perpetuamente, de acuerdo con el Kant de La paz perpetua que auguraba ya a fines del siglo XIX algún día en el que la política, si bien lentamente, brillara con todo su esplendor[[Ver: Immanuel Kant, La paz perpetua, Madrid, Aguilar, 1966, p. 113]]. Para apostarle de esta forma decidida a la paz antes que a la guerra hay que compartir lo que el mismo Kant recoge de un pensador griego: «Lo malo de la guerra radica en que crea más personas malas que las que elimina»[[Ibid., p. 82.]]. Por ello, si no se parte de un compromiso inconfundible con la paz antes que con la guerra, con ciudadanas y ciudadanos en frontera antes que con el protagonismo de los líderes y de los militares, la escena de Santo Domingo queda trasformada, con abrazo final incluido y con frenéticos aplausos, en juego de marionetas en el que se enfrentan y se abrazan como títeres unos a otros como en el teatro de guiñol.
Allí repitió el Presidente Uribe su interpretación de la reciente historia de Colombia, expuesta académicamente en el periódico de la Universidad de Antioquia, Alma Mater, No. 568 de febrero 2008 bajo el ilustrado título, digno de una «inteligencia superior» (expresión del protofilósofo): «Izquierda y derecha. Esa discusión en el continente es obsoleta, polarizante». Afirma Uribe, Abogado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas en la conmemoración de los 180 años de su Facultad:
De allí viene la tragedia que han padecido sindicalistas de nuestro país. Porque esas guerrillas marxistas, en nombre de la combinación de formas de lucha, penetraron sectores del movimiento sindical, de la política y del periodismo. Siguieron avanzando los terroristas frente a un Estado que tenía la equivocada concepción de que la civilidad era buscar el diálogo con los terroristas y no enfrentarlos. Y después llegaron los otros terroristas, los paramilitares, a competir en crueldad e hicieron lo mismo. Y asesinaban líderes sindicales acusándolos de ser colaboradores de la guerrilla y viceversa.
Así de simple como toda la historia de Colombia cuando se lee desde los triunfadores. Como si todo esto sucediera por arte de birlibirloque, sin luchas sociales, sin exclusiones, masacres, genocidios de indígenas y afrocolombianos o simplemente de campesinos que estorbaban el desarrollo de la industrialización del campo y convertían cualquier intento de reforma agraria en campo de rastrojos. Y lo más grave la masacre de la Unión Patriótica, auténtica solución política, resultado de los diálogos de paz del Presidente Betancur, si los colombianos hubiéramos estado preparados para la solución pacífica del conflicto[[El autor de este Prólogo estuvo como miembro de la Comisión de Verificación de los Acuerdos de Paz en la Fundación de la Unión Patriótica y recientemente asistió en 2006 como Presidente de la Comisión de «solución amistosa» a la ruptura de la misma.]].Uno de los fenómenos más interesantes del desarrollo de lo público en la sociedad postsecular es la visibilidad que han cobrado las víctimas. En otras épocas era posible una justicia de transición teniendo a las víctimas solamente como objeto posible de reparación, si ésta no se entendía inclusive sólo como pena para evitar toda impunidad. La justicia restaurativa trata de responder a las víctimas. En cierta forma las víctimas son quienes mejor ponen de manifiesto los diversos sentidos complementarios de la tolerancia. Son ellas quienes efectivamente toleran el crimen, lo soportan, y son también ellas quienes ofrecen la clave fundamental para la reconciliación, dado que la víctima conserva en su existir, en su memoria como negación de la tolerancia, el imperativo de la política sin violencia[[Ver: Reyes Mate, Justicia de las víctimas y reconciliación en el País Vasco, Madrid, Fundación Alternativa, 2006 (Documento de trabajo).]]. Su experiencia del mal es reclamo permanente no sólo para los victimarios sino para la sociedad en general: es injusta una política con base en la violencia, la exclusión y discriminación, la negación del otro como persona moral y como ciudadano. Por ello no se puede pensar en una paz negociada ignorando el punto de vista y la experiencia de las víctimas. Ellas son tolerancia visible.
Si se las tiene en cuenta y se reconoce su punto vista, es decir su exigencia de verdad, se puede muchas veces constatar que su reclamo de justicia no es tanto el de un castigo ejemplar, sino el de la urgencia de crear condiciones que eviten en el futuro la repetición de actos violentos. En este sentido la reconciliación debe mirar ante todo a constituir las condiciones para una paz y una convivencia viable, en especial entre comunidades que se han excluido y victimizado mutuamente. Este libro sobre la historia de las ideas políticas en Colombia aspira a tener muchos lectores y sobre todo historiadores que no se la crean: el conflicto actual tiene su historia, sus víctimas y victimarios, como también el actual gobierno la tiene: es resultado de historias de dominación, de intolerancia, de injusticias, es el de los triunfadores.
