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Nicole y Emile, del uno al otro: el desafío del ser

A la memoria de Nicole Blondel-Parfait*

* Nació en Francia. Profesora de literatura alemana y teatro en la Universidad de Hamburgo. Luego de realizar estudios en Münster, en la Freie Universität de Berlín y en la Sorbona, trabajó como consejera artística en teatros de Hamburgo, Bochum, Salzburgo y Berlín. Investigadora y catedrática universitaria en los Institutos de Estudios Teatrales de Berlín, Karlsruhe y Leipzig, fue también profesora de la Universidad de Saarlandes. Entre sus obras, destacan Cioran ou Le défi de l’être (2001), Une entente de raison. La chute du mur de Berlin et les relations franco-allemandes (2000), Hölderlin et la France (1999), Une certaine idée de l’Allemagne (1999), ensayo que trata sobrela identidad alemana y sus pensadores de Luther a Heidegger, y Traditions vestimentaires créoles-parures de Guyane, La mort d’Empédocle-un essai sur le don (1996).

Quiero, ante todo, agradecer con cariño al director del Centro de Estudios Filosóficos de la Pontificia Universidad Católica del Perú, cher Miguel Giusti, como también a todos y cada uno de los presentes, por haber aceptado la proposición de organizar esta mesa redonda sobre Emile Cioran, en homenaje a la memoria de la filosofa, poeta y pintora francesa Nicole Blondel-Parfait. Homenaje en amistad a la persona y obra, en particular su libro, cuyo titulo nos reúne hoy: Cioran o el desafío del ser (Cioran ou le défi de l’être), publicado en París por la editorial Desjonquères, en mayo de 2001.

Tiene, a mi parecer, sentido de especial reconocimiento que nos reunamos aquí y ahora, como en una de las actividades de la Cátedra andina de filosofía francesa contemporánea, pues esta cátedra fue concebida, propuesta y creada por Nicole, durante el tiempo que trabajó por la cooperación universitaria regional en la Embajada de Francia en Bogotá. La propuso en el marco del subprograma PREPA (Programa de cooperación Regional para los Países Andinos) y dentro del programa PREFALC (Programa de cooperación Regional Francia, América Latina, Caribe). Tengo el honor de haber sido el gestor de estos programas cuando me encontraba en París, entre el 2001 y el 2005, ejerciendo el cargo de jefe de la oficina «Américas» en la DRIC (Dirección de Relaciones Internacionales y de Cooperación) del ministerio de Educación nacional, Enseñanza superior e Investigación de Francia. Y sobre todo, me honra haber sido el defensor de la propuesta de Nicole, en una comisión parisina de burócratas donde se decidía la creación o no del proyecto Cátedra andina de filosofía francesa contemporánea.

Tratándose de Cioran, pensador libre, sin más nacionalidad que las fronteras del juicio, sin más geografía que la constelación solar, sin más historia que la absurdidad de creer en el hombre como ser de comienzo a fin, es probable que no tenga nada que ver con el titulo temático, geográfico y general de esta Cátedra, en la cual enmarcamos el homenaje a Nicole, comentando a Cioran. Pues su Rumania natal la consideraba él como un pecado mortal, tan lejana e inaccesible como el jardín de los lulos de oro de la infancia o el paraíso perdido, especie de alma y tormento. «El pueblo rumano es el más fatalista del mundo«, decía Cioran, comparándolo a veces con el pueblo ruso o español. Su testamento espiritual, con respecto a su patria y nación, es una gaya ciencia que desmitifica patriotismos y nacionalismos; es una especie de des-fascinación del nacionalismo. Por eso Cioran llevó en París una vida de exilio voluntario, escribiendo una obra fuera de los centros del saber y del poder, una obra propiamente excéntrica, fuera de historias y geografías. Pero, a veces, agradecía el haber nacido en Rumania o el «ser rumano», pues decía que así podía ufanarse originario de un país sin grandeza histórica, lo que entonces le permitía ser libre, no tener que cargar con testigos, testimonios ni estigmas propios a las naciones vencedoras. «¡Qué pesado y terrible es tener que ser uno Persa, Griego o Romano!», se decía. Entiéndase, si se quiere, a la manera del fragmento de René Char en Hojas de Hipnos: «a nuestra herencia no la precede ningún testamento«. La postura de Cioran no debe entenderse pues como una revuelta política o administrativa, ni tampoco de carácter etnocéntrico, sino como una cuestión metafísica, tal vez a veces la estética de un ser sin otro sentido, en la constelación solar, que perseverar en su impulso vital, hasta la fatiga y la transformación en hielo o fuego.

Nicole rara vez escribió sobre «filosofía francesa contemporánea». Sus libros son principalmente sobre Alemania, pensadores alemanes e identidad alemana, amén de un libro interesante sobre filosofía política que trata la necesidad vital de una estrategia franco-alemana para enfrentar, conmemorando el bicentenario de la Revolución francesa, la caída del muro de Berlín. Nicole considera que la base de dicha estrategia es un entendimiento basado en la razón y no en la pasión.

Presiento que para Nicole, el encuentro con el pensamiento de Cioran fue como una catarsis, una cura mental crítica de las teorías y abstracciones propias a la filosofía alemana. Como si Nicole, rumiando a Cioran, intuyera y viviera el drama mismo entre pensamiento y reflexión, idea y concepto. Algo que la ponía, sinembargo, en filiación pensadora con un alemán sin «pensamiento continente», habitado por el «pensar archipiélago», como diría Edouard Glissant de Fréderic Nietzsche.

Cioran pone este drama en escena, en la temática de la lucidez, algo relacionado con la percepción de lo ineluctable en el morir. Reside allí un singular vértigo o «ausencia de locura», como dice el mismo Cioran. Fernando Savater, en su Ensayo sobre Cioran, hace una distinción pertinente entre «conciencia» y «lucidez». Estamos en la arena, en combate abierto entre la maquinaria conceptual hegeliana y la lucidez cioránica. Para Hegel, la conciencia, breve y esquemática: «es la relación determinada del yo con un objeto» (cf. Propedéutica filosófica). Esa es, ciertamente, una de las posibles definiciones del tener la conciencia de algo. Lo que le importa a Cioran en esa «relación» es percibir como el yo genera el propio conocimiento y no es el conocimiento el que subsuma el yo. O, si se quiere, cierto tipo de conocimiento del «yo mismo» que llamaremos una experiencia del estupor. En su libro Caída en el tiempo, Cioran precisa que la lucidez es monopolio del hombre y no la conciencia de sí, al menos a nivel del impulso sensible, lo que también tiene la amiba. «La lucidez representa el desenlace del proceso de ruptura entre el espíritu y el mundo; es necesariamente conciencia de la conciencia y, si nos distinguimos de los animales, el mérito o la culpa es suya«. Se trata no solamente de un desgarramiento mundano, sino también de un ensimismamiento humano.

En su excelente libro, Cioran o el desafío del ser, Nicole dice que, en resumidas cuentas, todas las concepciones de Cioran fluyen de una visión del mundo basada en un postulado según el cual la conciencia es el resultado de una «deficiencia vital». Visión primera de homo sapiens o de animal racional. En el vacío de lo vital emerge lo racional. Y de los delirios racionales surge la luz de lo espiritual. Desnudo y de todos los mamíferos terrestres, el más frágil y el más expuesto, el hombre tiene por garra natural la conciencia, es decir, una capacidad de distanciamiento con el ambiente para evitar y sobre todo prevenir el zarpazo mortal del carnívoro salvaje. En su proceso de hominización, el hombre ha generado otra arma o garra fundamental, se trata de la cultura, el saber hacer o técnica. Sigue pendiente en la evolución del ser humano el proceso de humanización, cuya garra es lo espiritual. Si conciencia y cultura protegen al hombre del medioambiente, de los predadores, el hambre y la intemperie, la espiritualidad protege al medioambiente del delirio destructor del homo sapiens-demens y sobretodo de su manía autodestructora.

Ligar conciencia y vitalismo nos mantiene en la dispersión del tiempo, en el correr simple del existir. En términos dialécticos, es como estar en un primer estado de la conciencia. Sinembargo, es evidente que el ser humano genera otro tipo de experiencias, como las experiencias del estupor y de la lucidez, para decirlo en palabras de Cioran. Lúcido es aquel que toma el pulso a la temporalidad, por eso es alguien tan místico como musical. Entonces, liguemos ahora conciencia de lo fenoménico y lucidez del ser para que emerja lo espiritual, es decir, el arma complementaria y fundamental para domar nuestra animalidad vital y desquiciar el deliro identitario de nuestra humanidad cultural.

Hay una posible influencia de la obra de Henri Bergson en el pensamiento de Cioran. Recordemos que el primer estudio de Cioran, en 1937, para obtener el diploma de licenciatura en Filosofía, fue sobre el «intuicionismo bergsoniano». Ese mismo año, Cioran redactó un proyecto de tesis doctoral, nos cuenta Nicole, para obtener una beca del Instituto francés de Bucarest, sobre las «condiciones y limites de la intuición«. Cioran se proponía, en aquel entonces, estudiar las posibles conexiones de dichas condiciones con la función gnoseológica del éxtasis místico, estableciendo así un lazo con la «trascendencia en el acto del conocimiento intuitivo«. Su propósito era trazar la filiación greco-germana-francesa entre Plotino, Maestro Eckhart y Bergson. Consta en sus libros que el tema místico lo atormentó durante toda su vida. Para decirlo en términos kantianos: lo atormentaba el hecho de poder tener la sensación de algo de lo cual no se puede hacer ninguna experiencia fenomenológica. Es decir, la sensación indescriptible, por incidencia o metáfora, de algo que no se puede oler, ver ni sentir. Algo con lo cual los cinco sentidos suman cero. Que esto pueda existir le parecía a Cioran algo extravagante o sublime. En otros análisis, Cioran le echa la culpa al insomnio, pues la experiencia del insomnio aviva la lucidez. «Si no hubiese sido por el insomnio, no hubiese escrito una línea«, precisa. Hay una metafísica en la fenomenológica del insomnio cuya critica racional, estética y pragmática reside en archipiélago y caleidoscopio en la obra cioránica. Mario Montalbeti ya lo ha captado mejor que yo. Cioran nunca estableció «académicamente» dichas conexiones, es decir, nunca terminó dicha tesis; por consiguiente su beca no fue renovada y poco importaba, pues estalló la Segunda Guerra mundial y Cioran se instaló definitivamente en París. Hizo su ermita del barrio latino.

Yo mismo, de una manera infinitamente modesta e irrisoria, consagré mi tesina de Magíster en la Sorbonne – Paris IV, y luego la relativa al primer año doctoral en el antiguo sistema francés, es decir el «Diploma de Estudios Profundizados», sobre la «filosofía religiosa» y el problema de la durabilidad en la obra de Bergson. Como Cioran, y tal vez por las mismas razones ligadas a un exilio voluntario y una necesaria trashumancia mental para poder sobrevivir en el mundo de los sentidos encasillados, ha quedado inconclusa esa tesis doctoral. Mi vida no se enrumbó pues por las sendas de la Academia. Por lo que ya no me sirve de nada ese «pasaporte universitario». Aquel pasado lo percibo con la sentencia del poeta René Char: «acabada la escuela, riqueza en lágrimas«… el acceso al conocimiento es también una pasión, rica en karmas (larmes).

Cioran cuenta que llegó a París, en 1937, becado por el Instituto francés de Bucarest, con el compromiso de hacer aquella tesis doctoral – «compromiso puramente formal«, precisa, «jamás, en efecto, visioné el mas mínimo trabajo serio, en ningún momento traté de aferrarme a un tema cualquiera, sin dejar por lo mismo de creer que me encontraba sobrecargado de estudio«. No se trata, por lo menos en el caso de Cioran, de incompetencia intelectual, sino de un pensador anti-académico, diletante escrutador de los abismos del ser y del saber, visionario del instante en sus fracturas aberrantes, eterno adolescente y estudiante parisino. Vivió casi toda su vida en cuartos de hotel, buhardillas, siempre en el barrio latino, vivió de becas, premios, derechos de autor irrisorios, préstamos de amigos. Su trabajo fue la escritura de una obra fragmentada, a la manera de los grandes presocráticos, en la cual, a pesar de la magistral fragmentariedad, se puede uno aventurar al rastreo de ciertas líneas de continuidad temática. Para nuestro placer, Nicole rastreó y organizó algunas de ellas.

Como los místicos del Alto Medioevo, los ejercicios de tipo espiritual, complemento de los físicos, la obra de Cioran está concebida como un combate espiritual (de esos que son «más rudos que la batalla de hombres«, como dice Rimbaud en Iluminations). Se trata de ejercicios de des-fascinación (expresión que resalta en su libro El aciago demiurgo). Es así, pues, como irónico y sonriente, combatiendo la duda con la ironía y temperando la ironía con la sonrisa, el pensamiento de Cioran nos deja en el umbral de cualquier ideología, sistema filosófico, corriente política o doctrina religiosa. En uno de sus fragmentos de los llamados Cuadernos, libro publicado en París, en 1997, dos años después de su muerte, Cioran escribía: «Todo el mundo habla de teorías, de doctrinas, de religiones, de abstracciones, en suma, nadie de cosas vivas, vividas, de cosas de primera mano«. Es una sentencia interesante y hasta fascinante de entrada, así parezca ingenuo que se pueda «hablar de cosas de primera mano«, pues somos en tanto somos seres de segunda mano. Tal vez Dios pueda ser el que es ser de «primera mano«. Lo que importa aquí es la intuición de Cioran cuando nos alerta contra lo «abstracto en el peor sentido de la palabra, de la filosofía y del resto«. Allí donde la abstracción descompone el tiempo en temporalidad, es decir, en una sucesión de subproductos.

Solitario ensimismado del Jardín de Luxemburgo y de la Plazuelita del Odéon, Cioran era el experimentador del sentido de la vida en sus propias vivencias. El sí mismo, el yo y la otredad, como laboratorio propedéutico del ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? Y ¿a dónde vamos?. «Los hombres ya no buscan el sentido de la vida a partir de sus experiencias, sino de los datos aportados por la historia o tal o cual religión«, escribe Cioran en uno de sus fragmentos. Y subraya: «si no hay en mi sobre qué hablar relacionado con el dolor o la nada, ¿a santo de qué perder el tiempo estudiando el budismo?«. «Lo que me interesa es mi vida, y no las doctrinas sobre la vida«, nos dice Cioran. En el aforismo 1078 de los antes mencionados Cuadernos, Cioran escribe: «a medida que cumplo años, me despreocupo de los problemas y dejo de interesarme por lo que no sea mi pasado. Es mucho más fácil tener recuerdos que ideas«.

II.

Quiero compartir, en este homenaje a la memoria de Nicole, mis recuerdos de estudiante y ligarlos con la manera elegante, discreta, silenciosa, ensimismada que ella tenía de encender un cigarrillo y fumarlo como una especie de rito. La última vez que la vi fue en su oficinita de la cancillería francesa, en el bulevar San-Germán, encargada de misión para el desarrollo de las ciencias humanas y sociales en la cooperación con la región que había aprendido a conocer y a querer tanto: América latina. Condenada a terminar una brillante carrera de investigadora y doctora en filosofía como funcionaria menor de una subdirección empolvada y conservadora, ella sufría discretamente al verse, por razones materiales u otras, encerrada en el camisón de fuerza de imperativos administrativos, sellos, expedientes, mezquindades burocráticas. Ella, que tenía un espíritu elegantemente libre. Y sinembargo, por la parte republicana, respetuosa del manejo institucional, Nicole ejercía su tarea con responsabilidad y conciencia. En el mundo kafkiano de una gran administración estatal en decadencia, la oficinita oscura de Nicole estaba decorada con objetos personales, en su mayoría oriundos de culturas peruanas. Objetos bellos y resplandecientes que, como su libro sobre Cioran, mostraban la lucidez y la finura de su espíritu. Nicole no gustaba, en lo poco que de ella tuve la suerte de conocer, de gestas grandilocuentes. Detestaba, por pudor seguramente, las relaciones conceptuales o físicas de poder. Creo que era mujer capaz de gran dulzura y, tal vez, excesiva capacidad de comprensión y de aceptación; creo que siempre prefirió estar del lado de las victimas y no de los verdugos. Por una postura ética, en pos tal vez de algo tan sutil como lo puede ser la bondad. Cioran decía que «bajo cualquier circunstancia debe uno ponerse de lado de los oprimidos, incluso cuando van errados, pero sin perder de vista que ellos están amasados con el mismo barro de sus opresores«.

Pienso en Nicole Blondel-Parfait cuando Cioran, en sus Ejercicios de admiración, Ensayos y Retratos, nos describe a la filosofa y poeta María Zambrano. Cioran, lapidario, intempestivo y a golpes de martillo conceptual, condena de entrada el género femenino -perdón por las damas presentes, pero es para sacar el diamante del carbón- : «apenas una mujer se consagra a la filosofía, se vuelve ventajosa y agresiva, y reacciona en advenediza. Arrogante y sinembargo incierta, extrañada visiblemente, no está ella, la mujer pues, con toda evidencia, insiste Cioran, en su elemento«. Se trata de un viejo y machista estribillo según el cual el «trabajo intelectual» conlleva una dimensión que altera la histeria, pone en crisis, pero conlleva igualmente su catarsis propia. Que la filosofía sea elemento de machos debe de ser por lo que hay en ciertos filósofos obsesionados con el absolutismo conceptual. La realidad es que lo filosófico como tal tiene tanta dimensión femenina como masculina. Es algo de aquella prudente sabiduría de la Grecia antigua en donde lo cortés no quitaba lo valiente. Sócrates lo sabía cuando elogiaba a Diotima. Y no porque se esté pensando únicamente en la dimensión poética del pensar. Por lo demás, curiosamente, Filo-Sofía tiene lindo nombre de mujer. Lo que es, reconozco, una facilidad nominal.

Lo que parece surgir en la voluntaria posición machista de Cioran es poner un negro espeso al lado del cual se deje ver el claroscuro de una luz serena: si Maria Zambrano no tenía, al filosofar, la arrogancia conceptual de la aplanadora dialéctica y su escora, el poder, es, nos dice Cioran: «porque María Zambrano no vendió su alma a la idea«.

Yo quisiera decir lo mismo de Nicole Blondel-Parfait, al verla en mi recuerdo, fumar discreta y serena un cigarrillo en su oficinita parisina, pidiéndome como un testamento que velara por la «Cátedra andina de filosofía francesa contemporánea«. Así lo haré, se lo prometí. Y nunca jamás podré volver a verla. Al menos que suceda, como hoy, el milagro de Mnemosina. Gracias a la amistad vigilante y conspiradora para lo mejor con Bernard Grau, y a la atenta predisposición de Miguel Giusti, hemos dado mayor impulso a esa Cátedra, en lazo triangular Perú-Francia-Colombia. Hago votos por que un día, en reconocimiento a la cooperación universitaria francesa, lleve el nombre de Nicole.

No vender su alma a ideas, es decir, no estar alienado por ideologías, es mantenerse constantemente en estado de auténtica incertidumbre, afinar las armas que combaten los encasillamientos y enloquecimientos ideológicos (sean de tipo político, religioso, doctrinario, estético, pragmático, económico, etc.). Situación sin duda de alta tensión y embriagadora melancolía. La duda vital es un antídoto casi natural que permite a la mente catear su elemento inasible, el espíritu. Esta duda espiritual es como una interrogación existencial inclusa, incitada y desligada, por tanto del afán estructural discursivo de lógica binaria. En el caso de Cioran, como lo escribe en Caída en el tiempo, dicha duda espiritual permite conocer mejor lo existencial, vivir en carne propia la experiencia de lo esencial y de lo creativo, de lo insomniaco, en sentido místico visionario y no analítico. Conocer lo esencial es «penetrarlo con la mirada, y no con el análisis, ni con la palabra«.

La duda espiritual se alimenta de los tormentos que pesan sobre nuestra humana condición. «Sólo vale lo inevitable, lo que corresponde a nuestras dolencias y nuestras adversidades. La duda auténtica nunca será voluntaria. Se le reconoce en la caída en el tiempo«, corrobora Cioran.

Volviendo a la mujer visible y específica del filosofar, a María Zambrano o a Nicole Blondel-Parfait, algo en su presencia hacía presentir que el gesto salvaba la esencia única poniendo la experiencia de lo insoluble por encima de la reflexión. Entonces la palabra se liberaba del lenguaje. Por eso, ya el idioma, juego ilusorio de Torres de Babel, no es más que un pre-texto estructural para captar por un momento cultural lo esencial de una época, los esquemas furtivos de una construcción, en espera del cataclismo final e ineluctable del gran morir.

Lo bonito es que, recuerdo, en el gesto de Nicole, cuando fumaba, uno podía percibir, si la miraba, tal vez mas allá de la bocanada y del círculo de fuego y de ceniza, que el lenguaje sin trabas discursivas, liberaba de repente un vocablo imprevisible y decisivo, la probable respuesta a prolongadas cavilaciones o a una pregunta que ya no requería ser formulada. Ciertas personas tienen el don extraordinario de darnos respuestas a preguntas que no se han formulado. Se trata siempre de algo existencial. Nicole era una de ellas.

III.

Nicole y Emile, del uno al otro: el desafío del ser, es el titulo que he querido dar a este testimonio inacabado. Dos cosas justifican que hable en esta mesa tan prestigiosa, al lado de filósofos reconocidos como Miguel Giusti, Rosemary Rizo-Patrón o Mario Montalbeti, así como en presencia de mi hermano mayor, Daniel Parfait. Una hubiese sido suficiente: evocar a Nicole Blondel-Parfait. La segunda tiene que ver con Emile Cioran. Tengo el honor de haberlo conocido personalmente en París, un domingo del verano de 1988. Yo tenía en ediciones originales, luego diré por qué, algunos de sus libros: Caída en el tiempo, Breviario de podredumbre, En las cimas de la desesperación, La tentación de existir, entre otros… Por supuesto no los había leído, como se lee un tratado de escolástica o la Critica de la Razón Pura. A Cioran se lee por ráfagas, saltando páginas, rumiando intuiciones, confrontando impresiones. Siempre lo leo por momentos, estados de ánimo, uno o varios libros al mismo tiempo, casi siempre de pie, confrontando tal o tal aforismo; saboreando sus aparentes contradicciones; abriendo los libros en cualquier página. Poco me importa dónde. Me zambullo en la ráfaga o en la huella invisible que deja de pronto la idea relámpago, que emerge de súbito como quien entra inopinadamente en un cuarto oscuro o en un lago de altiplano. Temeroso, atento, asombrado. Reconozco que lo leo de manera narcisista, buscando mis desvaríos en el sentido afinado de pensamientos paradójicos. Ya he dicho que Cioran es «ejercicios de des-fascinación«. Pero el des-velamiento que empieza por si mismo es el más certero de todos. De memoria, no recuerdo en qué libro, ni cuándo, Cioran cuenta la fascinación que sintió repentinamente al entrar en un compartimiento de un tren provincial, y contemplar embelezado la abrumadora belleza de una mujer, de esas que uno atisba de inmediato que son imposibles de alcanzar, de aquéllas que nos confrontan con lo invisible de la mujer. Se sintió desvanecer, perderse a si mismo, alienarse sin albedrío posible, victima indefensa de una pasión inmemorial, profunda, como si, frente a tanta belleza, hubiese sido contradictoriamente transformado en primate o transcendido a lo desencarnado angelical. Cómo no recordar en este instante Concepción, el misterioso poema de Lucía EtxeBarria: «Entonces era cuando me perseguías / con tus tentáculos / omnipresentes / Me enredaste entre ellos, me traías / del pasado al presente / de repente / Yo me dejaba hacer, / noctámbula, sonámbula, / pues había algo en ti / -esa especie de pulpo iridiscente- / que me hacía… (…) / No era mi corazón -ni sus latidos- / quien iba puntuando aquella escena (…) / era un sonido eléctrico (…) / Idéntico sonido al que escuchara / en el seno materno / feliz fetal bebé que nada absorto / mientras se chupa el dedo (…)«. Entonces, tomando conciencia vital, para poder recuperar su singularidad, Cioran se aferró a la lucidez y estratégicamente empezó a desvestir con el pensamiento a tan bella mujer. No para autosatisfacerse y bajar la presión de los tubos, sino para retomar el control sobre si mismo. No se trataba de algún strip-tease de bajo precio, sino de un arte o sutil ejercicio de des-velamiento, pues esto, de igual manera, tiene que ver con el tradicional ejercicio ático de la verdad, originario del pensar, en sentido heideggeriano. No se trataba pues de quitarle la ropa, sino de despojarla en la idea de su apariencia y brillantez fenomenológica, inoculando temporalidad a tanta belleza, en la ineluctable descomposición de la materia: piel que se arruga, dientes y cabellos que se caen, senos que se aplastan, cuerpo que hiede con la podredumbre cotidiana del morir. Así, en un segundo, ya no tenía frente a si una belleza abrumadora, en sentido baudeleriano, sino simplemente un cuerpo que, como cualquiera, estaba generando también en ese mismo momento la polvareda de la muerte. Ni siquiera el consuelo del gran Góngora, aquello de que está bien que seamos polvo o ceniza, pero «polvo enamorado», bastaba para evitar la lucida conciencia al retomar el control de si. Así, pues, Cioran manejaba ejercicios mentales para no caer en la fascinación de la apariencia. No se dejaba seducir por la fenomenología. Cioran estaba siempre bailando, juego de pasos a todos lados, sin dejarse encasillar en un solo estadio de vida, sin dejarse petrificar por la belleza del estado estético del ser.

Recuerdo otro terrible ejercicio de des-fascinación del anacoreta parisino. Cuenta él que un día, agobiado por el tedio de si mismo, deprimido al borde de la locura, lo contrario de la lucidez, su mamá le preguntó: ¿pero qué te pasa, pues, hijo mío? Y Cioran le respondió: «¡es que ya no puedo más con esta vida!». «Si hubiera sabido, hubiera abortado«, dijo su madre de manera tajante. Cioran cuenta que nunca frase tan corta le había ocasionado una reacción de buen ánimo tan certera.

Contaba yo que tuve el privilegio de conocer personalmente a Cioran la tarde de un domingo de verano en la casa de su amigo y compatriota, el epistemólogo rumano Stéphan Lupasco. Trabajaba entonces como lazarillo, si tal cosa es un trabajo, pues en mi caso era un aprendizaje de vida y pensamiento con un gran pensador y profesor de universidad que tenía la edad para ser mi abuelo y hasta bisabuelo. Todos los días, entre las cuatro y cinco de la tarde, llegaba yo a la casa de Lupasco, en el boulevard Denfert-Rochereau, tocaba la puerta, me la abría su esposa, una reconocida pintora, me invitaba a entrar en un salón inmenso para mí, que vivía en Montparnasse en una buhardilla de cuatro metros cuadrados.“Cuando te visita el médico, tienes que sacar la lengua por debajo de la puerta para que te examine«, esquematizaba acertada e inolvidablemente mi condición parisina, mi viejo amigo Guillermo Arizmendi. Mientras Lupasco terminaba su siesta y se preparaba para su paseo diario, yo contemplaba una extraordinaria biblioteca, en particular las ediciones originales, en las colecciones de Gallimard, de la obra de «E. M. Cioran». Como al entrar al salón, Lupasco me veía siempre ojeando los mismos libros, me preguntaba si los había leído y qué pensaba de Cioran, mientras lo ayudaba a bajar las escaleras, atravesábamos el bulevar, frente a la famosa plaza desde donde nos miraba la heroica historia del «León de Belfort». Nos sentábamos entonces en el café de la esquina, justamente aquel que lleva el nombre León de Belfort, siempre en la misma mesita, y siempre hacíamos el mismo pedido: una soda Perrier con una tajadita de limón para él y un café con un vaso de agua para mí. Recuerdo que mi abuelo materno, en su casa de Don Matías, tomaba siempre el café acompañado al lado con un vaso de agua. Imperturbablemente se reiniciaba entre nosotros la conversación del día anterior, como si entre las cinco de la tarde del ayer y las cuatro del hoy no hubiese habido sino el voltear de una página o el respiro y mordaza de un pedazo de banano para marcar el punto seguido. Retomábamos la conversación con la consabida pregunta: «¿cómo siguen sus estudios sobre la temporalidad bergsoniana?» Pues me encontraba yo en aquella entonces terminando el primer año de doctorado de filosofía en la Sorbona de Paris IV. Acto seguido, le gustaba comentar conmigo la actualidad, desde la farándula hasta los últimos debates sobre el sexo angelical en las academias del Quai Conti. Era la condición con la que su hija me había contratado meses antes. Yo tenía que entretener al anciano, una hora por día, religiosamente a la misma hora de lunes a domingo, llevarlo religiosamente al mismo café, como un coche de lujo al que se debe prender el motor a diario para que no se oxide. Nacido en 1900, Lupasco guardaba una fina lucidez y un extraordinario sentido del humor con tinte picaresco. Recuerdo que Cioran a veces acerca el pueblo rumano con el español y el ruso, en cuanto lo picaresco no tiene nada que ver con el sexo propiamente, sino con una especie de morbosidad existencial que hace bufo cotidianamente el morir. Conversar con Lupasco no era un trabajo, era un privilegio. Autor de una obra magistral, Stéphan Lupasco se le recuerda en los medios académicos como uno de los grandes filósofos rumanos de expresión francófona, quien entre las dos guerras mundiales trató de compaginar la lógica clásica con la física quántica, inventando el concepto de «lógica dinámica de lo contradictoria” o “lógica del Tercero incluido”, la cual integra a su parecer las tres dimensiones o polaridades de la “materia-energía” con que estaría compuesto el universo por el hombre conocido, a saber, la materia microfísica, la vital y la psíquica o micro física.Lupasco, quien fuera sin éxito en 1952 propuesto con Maurice Merleau-Ponty para acceder a una Cátedra del prestigioso Collège de France, se le recuerda en definitiva como uno de los filósofos más importantes en la renovación de la lógica y la epistemología moderna, sobre todo en lo referente a la temática del Pensamiento complejo. Edgar Morin debe a Lupasco el concepto de «Tercero incluido».

Sin saber que aquel domingo del verano de 1988 sería el último verano de Lupasco, me pidió que nos quedáramos por primera vez tomando la soda Perrier y el café en su casa, pues vendría a tomar el té un viejo amigo suyo de Rumania. No sé por qué pensé de inmediato en Ionesco. Tal vez porque nuestra conversación se había suspendido el día anterior entorno a la cuestión de lo absurdo y a los lazos de esa postura filosófica en el teatro de Camus, Sartre y Ionesco, siendo Ionesco, según Lupasco, el absurdo más divertido. A los pocos minutos, para mi emocionante sorpresa, tocaban la puerta y entró en hueso, carne y espíritu E. M. Cioran. Era un hombre delgado, de talla mediana, visiblemente alerta de cuerpo y discreto como una sombra. Me impactó la extrema elegancia de su conversación, con frases simples, concretas, discretas, pensamientos abiertos, en círculos virtuosos y siempre a disposición del otro, como si en cada una de las frases de nuestra conversación emergiese por cuenta del ser mismo del lenguaje, lo inesperado, lo inédito, lo asombroso, la belleza. Era impresionante. Nunca me había sentido tan «inteligente». Cioran era en el trato cotidiano un hombre de vital alegría. ¿Cómo entender entonces que sea el pensador austero del irremediable morir, de la incertidumbre sin complacencia, de la duda existencial y bailarina, de la desesperanza en fascinantes carcajadas que desvelan tanto en sentido nocturno como teatral? Yo, que esperaba toparme con un nihilista, un viejo pesimista y amargado, arruinado por pensamientos archipiélagos, un viejo triste, lleno de arrugas en ojos y manos, carcomido por la melancolía gris, me encontré con un sabio, un bailarín, sonámbulo genial de las más altas cumbres borrascosas del pensar. Un maestro. Un domingo de otoño de 1988, al llegar a la hora de siempre a casa de Lupasco, su hija me entregó mi tesina de primer año de doctorado. Tenía amables anotaciones del filósofo rumano. «Fue lo último que leyó anoche mi padre, la encontré abierta encima de su escritorio«, me dijo, con los ojos rojos de insomnio y dolor. Al abrir el paquete, sentado hasta que cerraran el café, pasada la media noche, en la misma mesita del Lion de Belfort, me encontré con las ediciones originales de algunas de las obras que Cioran había dedicado a su amigo de siempre, Stéphan Lupasco. Hoy, chère Nicole, están en mi biblioteca al lado de tu libro Cioran ou le défi de l’être. Así, discretamente, eras tú, y no diré que en paz descanses, sino que en el espíritu permanezcas siempre en movimiento vital y generador de poemas, pinturas, pensamientos. Para regocijo de quienes te queremos y recordamos. Así sea. Gracias.

Nota

«Cioran: El inconveniente del ser». Mesa redonda en homenaje a Nicole Blondel-Parfait. 23 de noviembre de 2007. Coorganizada con la Embajada de Francia en el Perú. El Centro de Estudios Filosóficos de la PUCP, en coordinación con la Embajada de Francia en el Perú, organizó un homenaje académico póstumo a la filósofa francesa Nicole Blondel-Parfait, quien fuera doctora en Filosofía; especialista en Heidegger; catedrática de Filosofía moral en diversas universidades de América Latina y Alemania; directora del Instituto Francés de Hamburgo; miembro del Consejo Científico del Collège International de Philosophie – CIPH; fundadora de la casa editora «Anne C», cuyo objetivo es promover y defender la cultura guyanesa; miembro del Comité internacional de la revista «Areté»; entre otros cargos. Su obra se centró principalmente en estudiar a Émile Cioran. En su libro Cioran ou Le défi de l’être, publicado en el año 2001, Nicole Blondel-Parfait se propone reconstituir, en su integridad, la visión del mundo de Cioran al poner en evidencia sus principios, su construcción y sus meandros, así como sus debilidades. Por ello, el homenaje consistirá en una mesa redonda sobre el filósofo y ensayista rumano Émile Cioran. Participaron en la mesa redonda Dante Dávila, Mario Montalbetti, Daniel Parfait, Rosemary Rizo-Patrón, Nelson Vallejo-Gómez y Miguel Giusti.

Nicole Blondel-Parfait. Nació en Francia. Profesora de literatura alemana y teatro en la Universidad de Hamburgo. Luego de realizar estudios en Münster, en la Freie Universität de Berlín y en la Sorbona, trabajó como consejera artística en teatros de Hamburgo, Bochum, Salzburgo y Berlín. Investigadora y catedrática universitaria en los Institutos de Estudios Teatrales de Berlín, Karlsruhe y Leipzig, fue también profesora de la Universidad de Saarlandes. Entre sus obras, destacan Cioran ou Le défi de l’être (2001), Une entente de raison. La chute du mur de Berlin et les relations franco-allemandes (2000), Hölderlin et la France (1999), Une certaine idée de l’Allemagne (1999), ensayo que trata sobre la identidad alemana y sus pensadores de Luther a Heidegger, y Traditions vestimentaires créoles-parures de Guyane, La mort d’Empédocle-un essai sur le don (1996).

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Edición No. 146